La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La conductora

La hoja de Camino Abierto registraba la salida de la furgoneta el miércoles a las seis y treinta y siete de la tarde. Junto a la hora había dos iniciales: SG. Lidia Montero, la coordinadora de transportes, mantenía el cuaderno abierto sobre el mostrador.

—La furgoneta volvió esa noche, pero la hoja de kilometraje está incompleta —explicó—. Silvia dejó las llaves en el buzón, como hacemos fuera de horario. Aparté la documentación cuando llamó su compañero y tengo los datos de identificación del vehículo.

Molina señaló la anotación.

—¿Quién autorizó el desplazamiento?

—Yo. Un hombre llamó al teléfono general y dijo que necesitaba un traslado urgente. Se presentó como Rafael Cobo. Habíamos trabajado con él otras veces, aunque últimamente utilizaba sus propios contactos. Silvia estaba disponible y conocía ese tipo de servicios.

—¿Por qué Rafael pidió ese número a Vicente si ya había trabajado con ustedes? —pregunté.

Lidia se quitó las gafas.

—Porque hasta hace dos meses trataba con mi antecesora. Ella se marchó y aquella línea profesional dejó de funcionar al cerrarse el proyecto que coordinaba. Hemos cambiado los teléfonos varias veces. Vicente quizá era la única persona a la que Rafael recordaba que podía preguntar.

Había una reserva, una conductora identificada y una matrícula que aún debíamos relacionar con las imágenes del vivero.

Lidia llamó a Silvia. Contestó al segundo intento.

—Están aquí los inspectores que te dije. Quieren hablar contigo sobre el servicio del miércoles... Silvia, escucha. Han encontrado muerto a un hombre en aquella casa.

Al regresar, tenía el teléfono pegado al pecho.

—Está trabajando en un local de la cooperativa, en Leganés. Dice que hablará con ustedes, pero no quiere que vaya nadie al lugar donde dejó a la familia. No me ha explicado qué significa eso.

—Iremos nosotros. Necesitamos saber qué ocurrió y por qué no informó de la desaparición.

Lidia nos dio la dirección. Molina pidió conservar las comunicaciones de la reserva. Enseñé a Lidia una imagen del vehículo visto junto al vivero: reconoció una moldura semejante, aunque advirtió que muchas furgonetas eran iguales.

Silvia Garrido nos esperaba junto a una mesa de herramientas, en un local donde varias personas reparaban bicicletas donadas.

Tendría unos cuarenta años, llevaba el pelo recogido y tenía una pequeña mancha de grasa en la muñeca izquierda.

Había apartado una silla para sentarse frente a nosotros, aunque continuó de pie hasta que me identifiqué.

—Me enteré por las noticias de que buscaban a una mujer y dos niños —dijo antes de que preguntáramos nada—.

Vi las fotografías. Sabía que eran ellos y pensé en llamar, pero Rafael me había asegurado que el padre era peligroso y que había gente intentando averiguar dónde estaban.

Después salió lo del hombre muerto. Desde entonces no consigo hablar con Rafael.

—¿Por qué no acudió a la Policía? —preguntó Molina.

—Me dijeron que no dejara un rastro fácil de seguir. Me asusté. Cada día tenía menos sentido callarme, pero ya no sabía si había ayudado a esa familia o a alguien que quería llevársela.

No intenté tranquilizarla.

—Necesito que nos relate el miércoles desde el momento en que recibió el encargo. Estamos buscando a esas tres personas y lo que usted sepa puede servir para encontrarlas hoy.

Silvia tomó asiento y agarró el borde de la mesa.

—Lidia me llamó poco después de las seis y media.

Dijo que Rafael necesitaba sacar a una familia de una vivienda porque podía haber sido localizada por una persona violenta.

Yo conocía a Rafael desde hacía años; había hecho para Umbral dos traslados de muebles y una mudanza de emergencia.

Me llamó al móvil mientras recogía las llaves.

Reconocí su voz. Estaba alterado, más seco de lo habitual.

Me pidió que fuera sola y que evitara la entrada principal de la urbanización.

Sacó su teléfono y buscó la conversación.

—Me envió un punto de encuentro. No era la casa: era una calle estrecha detrás de un vivero abandonado. Aparqué junto a una verja y esperé. La furgoneta no entró en el terreno; había una cadena y apenas se podía pasar andando por un lado.

El punto enviado coincidía con nuestra calle secundaria. Documentaríamos el mensaje sin atribuir por ello su envío a una persona determinada.

—¿Llegó Rafael hasta la furgoneta? —pregunté.

—No. Me llamó otra vez y dijo que los tres saldrían por el camino.

Al cabo de unos minutos vi llegar a la mujer y a los niños.

Venían andando entre las hierbas. La madre llevaba una bolsa y Lucía otra más pequeña.

El niño miraba hacia atrás y preguntaba por sus juguetes.

Los ayudé a subir porque la puerta lateral estaba dura.

—¿Reconoce a las personas de estas fotografías?

Silvia observó las imágenes de Esther, Lucía y Nicolás.

Las había visto ya publicadas, por lo que el reconocimiento no podía tratarse como una identificación independiente sin más comprobaciones, pero describió dónde se había sentado cada uno y recordó una conversación que no figuraba en las noticias.

—Nicolás estaba enfadado porque había dejado una nave de piezas en su habitación.

Me preguntó si volverían esa noche. Yo no sabía qué responderle.

Esther me pidió que le explicara adónde íbamos y quién nos esperaba.

Rafael le había dicho que cambiarían de alojamiento unas horas, pero al llegar al coche quiso saber la dirección.

Le contesté que iríamos a una zona de Getafe y que allí nos recogería otra colaboradora.

Le ofrecí llamar a Rafael desde mi teléfono.

Me dijo que prefería hacerlo cuando llegáramos.

Recordé la nave inacabada del dormitorio de Nicolás.

—¿Vio a Rafael acompañarlos desde la casa?

—Desde la verja se ve muy poco del camino.

Los tres llegaron solos. Esther se estaba quitando hojas del abrigo y comentó que Rafael había tenido que sujetar las ramas mientras les abría un portillo detrás de la casa.

Antes de arrancar, me dijo que él se quedaba para cerrar la vivienda y que iría después.

Yo di por hecho que era cierto, pero no lo vi.

Tampoco vi al técnico del que hablan en las noticias.

Molina apoyó los codos en las rodillas.

—¿En algún momento le dijeron que Óscar estuviera allí, junto a la casa, o que lo hubieran visto personalmente?

—Rafael afirmó que el padre había localizado el domicilio.

Esther estaba convencida de que debían marcharse cuanto antes, aunque se enfadó cuando comprendió que no conocía el destino final.

Durante el viaje me preguntó dos veces quién había comprobado aquella amenaza.

No supe contestarle porque yo tampoco había hablado con nadie más.

Silvia hizo una pausa. Desde el fondo del local llegaba el chasquido repetido de una llave de carraca.

—Lucía no habló casi nada. Una vez, mientras su hermano dormía, le preguntó a su madre si podían avisar a alguien del instituto. Esther le dijo que primero llegarían al otro sitio y después decidirían. Me pareció una discusión normal para una noche complicada. Ahora no dejo de pensar en ella.

—¿Dónde los dejó exactamente? —pregunté.

Silvia abrió un mapa en el teléfono y señaló un aparcamiento junto a unas instalaciones deportivas de Getafe.

—Aquí. Ya había quedado otras veces en ese lugar porque es fácil detenerse sin estorbar.

Una mujer esperaba en un turismo granate.

Se llama Marga; había coincidido con ella repartiendo material para varios proyectos sociales, aunque desconozco su apellido.

Rafael había coordinado el relevo. La reconocí y eso me tranquilizó.

—¿Tiene cómo localizarla?

Silvia dejó el dedo sobre el teléfono.

—Si les doy ese número y resulta que el padre está buscando a Esther, ¿qué pasará con la mujer que la recogió? He visto a familias cambiar de casa por una filtración. Sé que debería haber hablado antes con ustedes, pero tengo miedo de perjudicarlas otra vez.

—No vamos a divulgar una dirección protegida —le respondí—. Tenemos dos menores desaparecidos y necesitamos comprobar que están a salvo. Podemos investigar ese contacto sin informar a personas ajenas al procedimiento.

Silvia abrió la agenda.

—Conservo un número. No he hablado con ella desde aquella noche.

Molina anotó el número para verificarlo. Silvia describió el coche y el punto de parada. Los niños habían subido con Esther, y Marga aseguró que descansarían allí antes de continuar.

—¿Vio hacia dónde marcharon? —pregunté.

—Salieron antes que yo, hacia la avenida.

Yo tardé en recoger unas botellas de agua y en cerrar la puerta lateral.

Cuando volví a mirar, ya no estaban. Rafael me había dicho que no preguntara por las etapas siguientes para que cada conductor supiera solamente su tramo.

Entonces me pareció una precaución razonable.

—¿Cobró por el servicio?

—Los gastos se cargaron a la cooperativa como traslado solidario. No cobré nada aparte. Pueden comprobarlo en la hoja de reserva.

Aceptó formalizar su declaración y facilitar el examen de su teléfono. Antes de levantarse quiso preguntarme algo.

—¿Saben si los niños están vivos?

—Usted es la última persona que nos ha confirmado haberlos visto con vida —respondí—. Vamos a seguir ese traslado sin perder tiempo.

Miró hacia una bicicleta sin rueda que alguien había dejado apoyada contra la pared.

—Entonces díganme qué más puedo hacer. Tendría que haber venido antes.

Molina transmitió la descripción del turismo granate y los datos de contacto de Marga al equipo que seguía las rutas de los colaboradores.

Acompañamos a Silvia hasta la furgoneta para documentarla y contrastarla con la reserva.

Su matrícula coincidía con la ficha de la cooperativa; las imágenes del vivero seguían siendo insuficientes para identificarla por sí solas.

En el aparcamiento de Getafe, Silvia señaló el punto del relevo. Quedaba averiguar qué cámaras conservaban imágenes de las entradas y salidas.

Ordené conservar las grabaciones disponibles de los accesos y priorizar la localización de Marga. Otra unidad continuaba buscando la furgoneta de Julián, distinta de la identificada en la cooperativa y todavía desaparecida.

Molina se quedó junto al coche mientras yo acompañaba a Silvia unos pasos hacia la furgoneta.

—Cuando Esther subió —me dijo—, volvió a preguntarme si aquella gente la estaba protegiendo. Le contesté que Rafael llevaba años ayudando a familias y que podía confiar en él. Era lo único que yo sabía entonces.

Silvia abrió la puerta del conductor, pero esperó a que terminara de hablar.

—Ahora necesitamos escuchar a Esther —le respondí—. Lo que usted ha contado nos acerca a ella. Lo demás tendremos que preguntárselo cuando la encontremos.

Regresé junto a Molina. Tenía abierto el plano con la ruta entre Aravaca y Getafe y había marcado el punto de entrega.

Había al fin un testimonio directo de que Esther y los dos niños habían abandonado la casa juntos y vivos aquella tarde.

Seguíamos sin conocer su paradero actual ni por qué Rafael había desaparecido después.

Marqué la avenida por la que Silvia había visto salir al turismo granate y devolví el plano a Molina. Él llamó al equipo encargado de localizar a Marga mientras yo regresaba al coche.