La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El hombre que protegía a todos

Vicente Salas dejó de empujar el carro cuando vio a Adela esperándonos en la puerta del almacén. Llevaba dos cajas de mantas apiladas sobre otras de productos de limpieza y tenía la camisa pegada a la espalda, aunque hacía fresco dentro de la nave.

—Si has venido a decirme que también tengo que entregar los teléfonos de las familias, ahórratelo —le soltó—. Ya me han llamado tres personas esta mañana y ninguna quiere que su dirección acabe en una comisaría.

Adela apartó una caja que obstaculizaba la entrada.

Había reunido a dos antiguos colaboradores de Umbral después de revisar, junto a Beatriz, los contactos personales que Rafael utilizaba cuando necesitaba ayuda fuera de los servicios habituales.

Vicente no figuraba entre los conductores registrados: había dejado de realizar transportes para la asociación dos años atrás, aunque seguía pasando por el almacén para preparar repartos.

—Estos agentes están buscando a Esther y a sus hijos —respondió Adela—. Te he pedido que vengas porque hablabas con Rafael incluso después de dejar los traslados. No tenemos intención de entregarles direcciones ajenas al caso.

Vicente nos miró a Molina y a mí.

—Pues empiecen por explicarme por qué llevan tantos días diciendo que Rafael puede estar metido en algo malo.

Ese hombre recogió a mi madre del hospital cuando yo estaba trabajando de noche.

Nadie de la asociación podía acercarse y él apareció con su coche.

Después me dejó dinero para comprarle una cama articulada.

Se lo devolví meses más tarde, sin que me lo reclamara una sola vez.

—Eso forma parte de lo que queremos conocer —contesté—. También buscamos a una mujer y dos menores que vivían en una casa donde apareció muerto un técnico. Si Rafael pidió ayuda para trasladarlos, necesitamos hablar con quien la prestó, aunque haya sido por hacerle un favor.

—Yo no llevé a nadie —dijo Vicente—. Hace tiempo que no conduzco para otros. Tengo una furgoneta pequeña y bastante vieja; la utilizo para estas cajas. Si Rafael necesitaba mover a una familia, conocía a gente que podía hacerlo mejor.

Volvió a agarrar el carro, pero Adela le cerró suavemente el paso.

—Quiero que te quedes y nos digas quiénes eran. Ya he permitido demasiadas veces que una gestión terminara en Rafael sin saber quién hacía el trabajo.

Vicente soltó las asas con un ruido seco.

—Hablas como si te hubiera engañado durante años. Cuando faltaba dinero, él ponía dinero. Cuando alguien no quería pasar una noche en un centro, buscaba una alternativa. Ahora todos decís que había que vigilarlo más. Me habría gustado oíros cuando os solucionaba las urgencias.

Adela se hizo a un lado.

—A mí también —respondió—. Sobre todo a mí.

Dejamos el carro junto a una pared y entramos en la pequeña sala que utilizaban para clasificar las donaciones. Una mujer nos esperaba sentada ante una mesa cubierta de etiquetas. Se llamaba Noelia Pardo y había colaborado en acompañamientos escolares y visitas de seguimiento.

Vicente se detuvo al reconocerla.

—No sabía que estabas aquí.

—Adela me llamó ayer. Le dije que vendría si podía hablar delante de todos, porque hace meses que me preocupa cómo se hacían ciertas cosas y no pienso volver a discutirlas por teléfono.

Beatriz llegó con una carpeta de contactos y la dejó abierta ante nosotros. Adela le pidió que permaneciera en la sala.

—Hemos revisado la llamada que Esther hizo hace dos semanas para consultar otras opciones de vivienda —dijo Beatriz—.

Yo la atendí y después anoté la gestión como resuelta porque Rafael aseguró que iba a encargarse.

Durante esta revisión he encontrado mi propia nota: Esther había pedido expresamente que le contestara alguien de la asociación.

Leí aquella frase y aun así acepté que hablara él.

Vicente tomó asiento sin dejar de mirarla.

—Rafael se ocupaba de los papeles porque Esther tenía bastante con sus hijos. Eso no significa que la obligara a quedarse donde estaba.

—No lo sé —respondió Beatriz—. Y ese es exactamente el problema. Tendría que habérselo preguntado a ella.

Noelia sacó del bolso una carpeta de cartón, bastante gastada en las esquinas.

—Yo sí estuve en la casa un mes antes de que desaparecieran.

Tenía que llevarle a Lucía material para una actividad del instituto y Rafael me pidió que se lo dejara a él en la entrada.

Ella nos oyó y salió al porche. Le pregunté si podía asistir a una reunión de preparación que hacíamos los viernes; me dijo que quería ir, pero Rafael contestó que no era buen momento para que se moviera por su cuenta.

—¿Y qué hizo Lucía? —pregunté.

—Se quedó allí, con la carpeta que acababa de darle.

No discutió delante de mí. Después me escribió para preguntarme si podía hablar con una profesora sin tener que pedirle permiso a Rafael.

Le respondí que las reuniones escolares las organizaba el centro y que podía consultar directamente allí. Nunca supe si lo hizo.

Molina se inclinó hacia ella.

—¿Conserva ese mensaje?

—Sí. Se lo enseñaré si lo necesitan. Pero quiero aclarar una cosa: yo apreciaba a Rafael.

Había acompañado a jóvenes que nadie más quería escuchar.

Cuando empezó a decidir qué visitas eran convenientes para aquella familia, pensé que se estaba pasando de protector.

Se lo dije y discutimos. Él insistió en que Óscar seguía buscándolos y en que yo no entendía el riesgo.

Vicente movió la cabeza.

—¿Y si tenía razón? Ese hombre había sido violento con Esther. Aquí lo sabíamos todos.

—El miedo de Esther era real —contestó Noelia—. Eso no autorizaba a Rafael a hablar en su lugar cada vez que alguien le preguntaba qué necesitaba.

La conversación empezó a subir de tono. Intervine antes de que volvieran sobre una discusión que ninguno estaba dispuesto a abandonar.

—Lo que cada uno pensaba de Rafael nos ayuda a entender sus relaciones, pero hoy necesitamos reconstruir movimientos. Vicente, cuando dijo que conocía gente con vehículos, ¿hablaba de colaboradores de Umbral o de personas a las que llamaba directamente?

—De ambas cosas. A veces pedía una furgoneta de reparto para trasladar muebles y otras conseguía que alguien acercara a una familia a una estación.

Yo le presenté hace años a una cooperativa que compartía vehículos entre varios proyectos.

Después trataron entre ellos. Sé que siguieron colaborando, pero hace mucho que no participo en sus encargos.

—¿Recuerda el nombre?

—La cooperativa se llama Camino Abierto. Están en la zona sur. Tienen una furgoneta blanca que utilizan para reparto y algunos viajes solidarios. No puedo decirles quién la llevaba el miércoles porque hay varias personas autorizadas.

Molina anotó el nombre. Una cooperativa con un vehículo blanco no bastaba para identificar la furgoneta filmada junto al vivero, pero era un contacto concreto de la red informal de Rafael que aún no aparecía en las comprobaciones de Umbral.

—¿Cuándo habló usted por última vez con Rafael? —pregunté.

Vicente empezó a responder y se interrumpió. Sacó el móvil del bolsillo, se puso unas gafas que llevaba enganchadas en el cuello de la camisa y recorrió el historial de llamadas.

—El miércoles de la desaparición —dijo, sorprendido por su propio recuerdo—. Me llamó a última hora de la tarde. Estaba descargando material aquí y no le presté mucha atención. Quería saber si conservaba el número de la persona que coordinaba los vehículos de Camino Abierto.

Me mostró la pantalla. Figuraba una llamada entrante a las dieciocho y doce, desde un número guardado como Rafael. Le pedí que conservara el teléfono tal como estaba para documentar aquel registro y cotejarlo con los datos de las compañías por las vías pertinentes.

—¿Le explicó para qué necesitaba el vehículo?

—Dijo que había surgido un problema con una familia y que prefería sacarla de un sitio antes de que anocheciera. Yo pensé en una de las urgencias de siempre. Le contesté que no sabía quién llevaba los turnos y le pasé el contacto general. Luego seguí con las cajas.

Noelia dejó de ordenar sus papeles.

—¿No se te ocurrió llamar a Adela?

—Rafael llevaba años resolviendo esas cosas —replicó Vicente—. Me llamó para pedir un teléfono, no para que yo tomara una decisión. Y ahora me estáis diciendo que tenía que haberlo tratado como a un desconocido.

Adela acercó su cuaderno.

—Te estamos diciendo que necesitamos saber a quién llamó después.

Yo pediré que nos faciliten los contactos profesionales pertinentes y dejaré constancia de quién tuvo acceso a ellos.

También quiero que las personas alojadas puedan hablar con nosotros sin que nadie filtre las llamadas, empezando por los casos en los que Rafael figuraba como único interlocutor.

—Eso ya lo pusimos en marcha —observó Beatriz—.

Hoy hemos completado las primeras verificaciones.

Dos familias han confirmado que reciben directamente nuestras comunicaciones; en otro expediente hemos tenido que corregir el contacto porque solo constaba el teléfono de un voluntario.

Los registros originales siguen conservados.

Adela cerró el cuaderno y se volvió hacia Vicente.

—Y tú vas a ayudarnos con Camino Abierto, si estás dispuesto. No para demostrar qué clase de hombre fue Rafael. Para averiguar dónde pueden estar tres personas a las que todos decíamos proteger.

Vicente guardó silencio. Después buscó en su agenda y nos dio el nombre de la coordinadora de transportes. La dirección profesional y el teléfono coincidían con los datos que tenía de sus antiguos repartos.

Antes de salir, lo acompañé hasta el almacén. Había quedado una caja en el suelo, junto al carro detenido.

—Mi madre siguió preguntando por Rafael hasta que murió —me dijo mientras levantaba la caja—. Nunca se enteró de cómo funcionaban las cosas en esa casa. Yo tampoco. Si encuentran a esos niños, díganme al menos que están bien.

Le expliqué que cualquier información sobre los menores se comunicaría por los cauces correspondientes y que su colaboración podía ayudarnos a encontrarlos.

Cuando regresé a la sala, Molina ya había hablado con la cooperativa.

Habían confirmado que disponían de una furgoneta blanca compartida y que revisarían de inmediato, mediante la solicitud formal que estaba preparando el equipo, las asignaciones y desplazamientos del miércoles.

El responsable de guardia había dado instrucciones para conservar los registros de reserva y cualquier dato asociado al vehículo.

Beatriz nos facilitó la relación actualizada de colaboradores que habían tenido contacto directo con Rafael durante el último mes, separada de los domicilios protegidos de las familias.

Incorporamos los datos pertinentes a las diligencias y asignamos las comprobaciones que podían realizarse esa misma tarde.

Al marcharnos, Vicente estaba descargando el carro.

Noelia se había quedado ayudándole con las cajas y discutían sobre dónde guardar las mantas.

La puerta del almacén permanecía abierta, y Adela atendía desde su despacho una llamada de una de las familias a las que habían decidido volver a escuchar directamente.