CAPÍTULO 16
Nadie había cenado
El encargado del almacén tuvo que detener una carretilla elevadora para que pudiéramos llegar hasta la oficina de vigilancia. El vehículo quedó atravesado entre dos filas de palés y su conductor nos observó con impaciencia mientras Molina intentaba apartarse de una mancha de aceite.
—Si me dejan el pasillo libre, puedo terminar la descarga —protestó—. Llevamos toda la mañana esperando ese camión.
—En cuanto acabemos con las grabaciones, podrá seguir —respondió Molina—. Aunque, si prefiere, podemos quedarnos aquí hasta que termine de explicarnos por qué no cabe una carretilla por un pasillo de cuatro metros.
El hombre regresó a su asiento sin contestar.
En la oficina nos esperaba Iván, responsable del almacén. Había preparado las grabaciones que Molina había solicitado el día anterior y se mostró dispuesto a colaborar, aunque insistió en que necesitaba recuperar cuanto antes el ordenador que utilizaba para gestionar las entradas de mercancía.
—He encontrado la fecha que me pidieron —explicó—. La cámara funciona por detección de movimiento. Cuando no pasa nada deja de grabar y, si hay actividad, guarda los fragmentos correspondientes. Por eso algunas secuencias tienen pequeños saltos.
Molina había llevado una copia del vídeo obtenido en el taller de Tomás. Colocó ambas imágenes en el monitor y buscó un camión rojo que aparecía circulando por la calle secundaria.
Lo reconocimos en las dos grabaciones.
—Al menos podemos relacionar parte de las secuencias —comentó—. El reloj del taller y este no coinciden, pero el camión pasa por ambos lugares en el mismo recorrido. Eso nos permitirá ordenar algunos movimientos sin asignarles todavía una hora real.
Iván amplió la segunda imagen.
La cámara del almacén ofrecía una vista más amplia de la calle, aunque una hilera de contenedores metálicos tapaba precisamente la zona situada frente a la entrada del vivero.
Vimos aparecer una furgoneta blanca.
Avanzó hasta el extremo de los contenedores y desapareció detrás de ellos. Durante varios minutos siguieron pasando turismos, una motocicleta y un hombre que llevaba dos bolsas de supermercado. Después, la misma furgoneta volvió a aparecer por el lado contrario y continuó calle abajo.
—¿Podemos asegurar que permaneció allí todo ese tiempo? —pregunté.
Molina examinó los fragmentos intermedios.
—La cámara habría captado buena parte de la calle si hubiera salido hacia este lado.
Pero existe otro acceso y el sistema tiene interrupciones.
Podemos establecer que aparece en dos momentos separados por varios minutos; para afirmar dónde estuvo entre ambos necesitamos estudiar las posibilidades de movimiento.
—¿Y la matrícula?
Iván amplió el último fotograma.
—He intentado mejorar la imagen, pero el reflejo tapa esa parte. No creo que puedan leerla con esta cámara.
La furgoneta tenía una pequeña moldura oscura en el lateral, aunque la resolución tampoco permitía compararla con seguridad con las fotografías del vehículo de Julián.
Molina pidió conservar la secuencia original.
—Ahora sabemos que un vehículo compatible con el visto por Tomás circuló por esta calle y apareció de nuevo varios minutos después. Eso justifica comprobar qué empresas utilizaban este acceso el miércoles, especialmente las relacionadas con transportes de personas.
—Y conservar también las imágenes de las calles siguientes —añadí—. Si encontramos una matrícula tendremos algo más útil que otra fotografía de una furgoneta blanca.
Iván nos acompañó hasta la salida.
La carretilla seguía esperando. Su conductor comenzó a moverla en cuanto vio que abandonábamos el pasillo.
Pilar había extendido sobre la mesa de trabajo varias fotografías del comedor de Aravaca. Los platos originales permanecían custodiados para su examen, de modo que utilizaba las imágenes tomadas antes de recogerlos y las fichas correspondientes a cada objeto.
Cuando llegamos, colocó junto a ellas una hoja con los primeros resultados.
—He terminado de revisar lo que encontramos en la mesa —dijo—.
Las cuatro cucharas estaban limpias de restos de sopa y en las superficies examinadas no aparecieron indicios de que se hubieran utilizado durante aquella comida.
Los platos conservaban una distribución del contenido que tampoco muestra señales reconocibles de consumo.
Molina se quedó mirando una de las fotografías.
—Era lo que parecía desde el primer día. Nadie había tocado la sopa.
—Ahora tenemos resultados que respaldan esa impresión —respondió Pilar—.
También hemos examinado las servilletas.
Conservaban los pliegues de preparación y no hay señales apreciables de uso.
Eso permite describir una mesa dispuesta para cuatro comensales que, aparentemente, no llegaron a empezar a comer.
Me acerqué a la imagen del vaso infantil, situado junto a uno de los platos de borde azul.
—¿Y podemos saber si alguien preparó la mesa después de que los demás salieran?
Pilar apartó una fotografía y dejó a la vista otra ficha.
—Hay algo más que quiero enseñaros. En la funda de uno de los teléfonos recogidos en el salón encontramos un residuo alimentario muy pequeño, próximo al borde lateral. El análisis es compatible con una mezcla semejante a la sopa de verduras que había en los platos.
Observé la ampliación.
Una mancha apenas visible quedaba atrapada en la unión de la funda con la carcasa.
—¿De cuál de los teléfonos procede? —preguntó Molina.
—Del aparato pequeño, el de la funda transparente con pegatinas, que los datos recabados atribuyen a Nicolás. Se documentó y embaló por separado. El residuo no parece proceder de las manipulaciones posteriores realizadas para su examen, aunque siempre tenemos que valorar esa posibilidad.
Recordé los cuatro móviles alineados en el salón.
—Alguien pudo manejar el teléfono mientras preparaba la comida y dejarlo después junto a los demás.
—Esa es una posibilidad —contestó Pilar—. También pudo mancharse antes, durante alguna comida corriente. La composición del residuo guarda semejanza con la sopa, pero no permite demostrar que ambas muestras procedan necesariamente de la misma preparación.
Molina volvió a mirar las cucharas.
—La mesa estaba lista, pero nadie comió. Si los teléfonos se reunieron al mismo tiempo que se preparaba aquella cena, quien lo hizo necesitó disponer de todos los aparatos y tuvo tiempo para colocarlos. Parece una forma muy elaborada de simular una desaparición repentina.
—O de ocultar cuándo salió realmente cada persona —añadí.
Pilar nos entregó las fichas.
—Podéis estudiar ambas posibilidades. Lo que tenemos acreditado es la ausencia de señales de consumo y una pequeña transferencia alimentaria en uno de los teléfonos. La secuencia exacta de preparación todavía requiere otras pruebas.
Guardé las fotografías en su carpeta.
Por primera vez disponíamos de algo más que la apariencia extraña del comedor. Había razones materiales para cuestionar que aquella familia hubiera sido interrumpida mientras cenaba.
Nuria nos esperaba en la vivienda de Aravaca con los datos de consumo eléctrico que habían conseguido del suministro de la casa.
La cocina estaba vacía. Habían retirado los utensilios de interés y quedaban algunas señales de las etiquetas que Científica había colocado durante las inspecciones.
—Los registros permiten observar variaciones en el consumo por intervalos —explicó Nuria mientras colocaba la documentación sobre la encimera—.
La noche del miércoles aparece un aumento notable después de las nueve.
No puedo identificar un electrodoméstico concreto a partir de estos datos, pero sí afirmar que hubo una demanda eléctrica superior a la habitual en esa franja.
Molina examinó la gráfica.
—¿Podría corresponder a una cocina eléctrica?
—Podría, igual que a otros aparatos de cierta potencia. Una calefacción, un calentador o varios dispositivos funcionando a la vez pueden generar aumentos semejantes. Necesitamos conocer mejor qué estaba conectado y cómo se utilizaba normalmente la casa.
Miré hacia el comedor.
Los platos habían desaparecido y sobre la madera únicamente quedaban algunas pequeñas marcas de uso cotidiano. La estancia parecía mucho menos inquietante que cuando la vimos por primera vez.
—Tenemos que averiguar si alguien estuvo aquí preparando cosas después de que Esther y los niños abandonaran la vivienda.
—El consumo por sí solo no sitúa a una persona dentro —respondió Nuria—. Algunos dispositivos pueden funcionar de manera automática. Pero podemos comparar ese aumento con las operaciones del sistema de seguridad y con cualquier testimonio sobre luces o actividad en la casa.
Molina consultó sus notas.
—Uno de los vecinos de la calle posterior dijo que aquella noche había visto iluminación en la planta baja. Su declaración estaba pendiente de ampliarse porque inicialmente le preguntaron por vehículos y personas, no por las luces.
Decidimos ir a hablar con él.
Se llamaba Abel Becerra y vivía en una parcela situada al otro lado del camino de servicio. Nos recibió en el jardín, donde estaba recogiendo unas macetas antes de que empezara a llover.
—Recuerdo que había luz en aquella casa —nos explicó—. Yo había salido a recoger unas herramientas del cobertizo y desde aquí se distingue una de las ventanas de la planta baja. Pensé que estarían preparando la cena, como cualquier otra noche.
—¿Puede situar la hora? —pregunté.
—Serían las diez o algo más tarde. No miré el reloj en ese momento y no quiero asegurarle los minutos. Había terminado de ver un programa de televisión y salí antes de acostarme.
Molina se acercó al cerramiento.
—¿Vio a alguien dentro?
—Desde aquí se ve la claridad, pero apenas se distingue el interior. Además, las cortinas estaban echadas. Sé que había una luz encendida; quién la encendió es otra cosa.
Le preguntamos si podía tratarse de iluminación automática.
—No tengo ni idea. Muchas casas de esta zona tienen sistemas que se encienden solos. En la mía hay luces con temporizador. Nunca he estado dentro de esa vivienda como para saber cómo funciona.
Agradecí la precisión.
Cuando regresábamos al coche, Molina consultó de nuevo la gráfica de Nuria.
—Una furgoneta cerca de la salida trasera, una mesa sin utilizar y actividad eléctrica por la noche. Empieza a resultar difícil imaginar que los cuatro se levantaran de repente para escapar de alguien mientras cenaban.
—La hipótesis que debemos comprobar es que una parte de ellos saliera antes y alguien permaneciera en la casa —respondí—.
Eso explicaría por qué encontramos el comedor dispuesto y los teléfonos reunidos.
También es compatible con la operación de alarma registrada después de las nueve, aunque sabemos que pudo realizarse a distancia.
Molina guardó la documentación.
—Si Rafael organizó la salida por miedo a Óscar, podría haber preparado la mesa para retrasar la búsqueda. Mi reconstrucción todavía permite esa posibilidad.
—Pero entonces tendremos que explicar por qué ocultó un cadáver, por qué dejó todos los teléfonos y por qué desapareció él también. La teoría sobre Óscar debe someterse a sus propias pruebas, no utilizarse para completar lo que todavía ignoramos.
Molina no respondió inmediatamente. Volvió la vista hacia la casa y después abrió la puerta del coche.
—Terminaré de comprobar su coartada. Quiero que la descartemos o la sostengamos con datos, porque estamos dedicándole recursos que también necesitamos para encontrar a la familia.
En comisaría pedí que actualizáramos la cronología operativa de las desapariciones.
Hasta entonces, algunas comunicaciones seguían utilizando la cena del miércoles como referencia de la última actividad familiar. Esa descripción había nacido de lo que encontramos al entrar en la vivienda, cuando los cuatro platos parecían contar una historia sencilla.
Ahora disponíamos de suficientes indicios para revisar aquel supuesto.
Nuria preparó una nueva relación de hechos: los avistamientos individuales, la última actividad documentada de Julián, los registros de alarma, el acceso peatonal por el vivero y las imágenes de las furgonetas todavía sin identificar.
—Voy a retirar de la ficha la expresión «desaparición durante la cena» —dije—. Conservaremos que se encontró comida servida e intacta, pero la búsqueda debe organizarse a partir de los movimientos comprobados de cada persona.
Molina revisó el texto antes de distribuirlo.
—Añade que la salida por el vivero está confirmada como recorrido posible. Quiero que quienes examinan cámaras sepan que pudieron caminar hasta la calle secundaria. Si siguen buscando únicamente un coche saliendo del garaje, van a dejar sin revisar los vehículos que pudieron esperarlos fuera.
Nuria modificó la ficha y nos mostró la versión definitiva.
El documento ya no describía a cuatro personas desaparecidas en mitad de una comida. Hablaba de tres miembros de una familia y un colaborador cuyo último recorrido conocido debía reconstruirse por separado, mientras se investigaba un homicidio cometido en la misma vivienda.
Le pedí que distribuyera la actualización a los equipos de búsqueda y confirmé con Molina la prioridad de las grabaciones del entorno del vivero.
Cuando salimos del despacho, él llevaba las fotografías de las furgonetas y yo las nuevas fichas de los desaparecidos.
Aquella casa nos había recibido con una mesa preparada para cuatro personas. Durante días habíamos intentado averiguar qué las obligó a levantarse.
Ahora empezábamos a considerar que quizá nunca se habían sentado.
Y esa diferencia acababa de cambiar nuestra manera de buscarlas.