La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 15 #2
63%

CAPÍTULO 15 #2

Tomás señaló la esquina contraria.

—En el almacén de materiales tienen una cámara que mira hacia la salida. La instalaron hace unos meses porque les golpearon una persiana con una furgoneta. Quizá desde allí se vea mejor.

Le pedí los datos de contacto y agradecí su colaboración.

Antes de marcharnos, Molina se quedó observando la imagen congelada.

—Tenemos una furgoneta blanca cerca de una posible salida trasera de la vivienda —dijo—. Es más de lo que teníamos esta mañana.

—Todavía no sabemos si es la de Julián, otra furgoneta de trabajo o un vehículo relacionado con la familia.

—Lo sé. Pero ahora podemos buscarla en una calle concreta y en una franja que vamos a verificar.

La diferencia importaba.

Hasta entonces habíamos reconstruido las posibles rutas de salida a partir de planos, recuerdos y cámaras que no abarcaban todos los accesos. Ahora había un paso real, un recorrido practicable y una grabación que justificaba concentrar recursos en aquel lugar.

Regresamos a la calle del vivero, donde Pilar seguía trabajando con su equipo.

Le explicamos lo que habíamos encontrado y le pedí que ampliara la documentación de los accesos para incluir el punto donde se había detenido la furgoneta.

Molina empezó a reorganizar las comprobaciones.

—Voy a enviar la imagen al equipo que busca el vehículo de Julián —dijo—. También quiero que revisen los registros de las empresas y colaboradores que hacían transportes para Umbral. Si alguna persona utilizó una furgoneta por esta zona el miércoles, necesitamos saberlo cuanto antes.

—Y que alguien contacte hoy mismo con los responsables del almacén —añadí—. Conservad las grabaciones antes de que se sobrescriban. Después compararemos los vehículos que aparezcan con los datos que ya tenemos.

Mientras hablábamos, uno de los agentes nos mostró una nueva fotografía del portillo.

Habían encontrado dos impresiones parciales en una zona de tierra protegida por el cerramiento. Una era más estrecha que la otra, pero las marcas estaban incompletas y el suelo había sufrido alteraciones posteriores.

Pilar las examinó sin intentar atribuirlas a nadie.

—Vamos a documentarlas y valorar si contienen algún detalle aprovechable. Por ahora solo puedo deciros que hay señales de tránsito. No sabemos quién las dejó ni cuándo.

Me quedé mirando el camino abierto entre las ramas.

Habíamos encontrado una forma razonable de salir de aquella casa sin pasar por la calle donde Rosa vigilaba a sus vecinos. También disponíamos de un lugar concreto en el que podía haberse detenido un vehículo.

Para comprobar si Esther y los niños habían utilizado aquel recorrido necesitábamos seguir trabajando.

Molina guardó las fotografías.

—Me quedo con el equipo. Quiero revisar personalmente las cámaras de esta calle y hablar con el responsable del almacén.

Consulté la hora.

Elena me había recordado aquella mañana que Claudia terminaba su ensayo a las cinco y media. Habíamos acordado que yo la recogería y que después pasaríamos por casa de un compañero de Daniel, donde se había quedado haciendo un trabajo del colegio.

—¿Puedes encargarte sin mí? —pregunté.

Molina me miró con extrañeza.

—Claro. ¿Te ocurre algo?

—Tengo que recoger a Claudia. Si encontramos una identificación o algo que requiera una decisión urgente, me llamas. Para el resto, sabes lo que necesitamos.

Molina comprobó la hora en su teléfono.

—Vete. Yo termino aquí y te envío las novedades. Aunque intentaré que no tengas que explicarle a tu hija por qué vuelves a llegar tarde.

—Te lo agradecería.

Cuando llegué al instituto de Claudia quedaban diez minutos para que terminara el ensayo.

Aparqué en una calle próxima y entré en la cafetería de la esquina para comprar una botella de agua. Desde la ventana veía a varios padres esperando junto a la puerta lateral del centro.

Claudia apareció con una carpeta bajo el brazo y una mochila que parecía pesar más que ella.

Me vio antes de que pudiera salir de la cafetería.

—Has llegado pronto —dijo cuando nos encontramos en la acera.

—Habíamos quedado a las cinco y media.

—Ya, pero normalmente estás intentando encontrar aparcamiento a esa hora.

Le tendí la botella.

—Hoy he encontrado sitio.

—Entonces habrá que celebrarlo.

Empezamos a caminar hacia el coche. Claudia abrió la carpeta y me enseñó una página llena de anotaciones.

—Nos han cambiado una escena porque el profesor dice que resulta demasiado larga. Llevamos dos semanas aprendiéndola y ahora quiere que la hagamos de otra manera. Además, una compañera cree que su personaje debería tener más frases, así que llevamos toda la tarde discutiendo.

—¿Y tú qué opinas?

—Que el profesor tiene razón con algunas cosas, pero que debería habérnoslo dicho antes. También creo que mi compañera tiene frases suficientes, aunque no pienso decírselo así porque entonces discutiremos otros veinte minutos.

Llegamos al coche y guardó la carpeta en el asiento trasero.

—¿Quieres que repasemos el texto antes de recoger a Daniel? —le pregunté.

—Si te lo aprendes tú también, puede que sí. Pero tienes que hacer las voces, porque la última vez leíste todos los personajes igual.

—No recuerdo que aquello estuviera entre las condiciones.

—Pues ahora lo está.

Me pasó las páginas marcadas mientras me sentaba al volante.

El teléfono vibró en el soporte. Era un mensaje de Molina confirmando que habían comenzado a conservar las grabaciones del almacén y que el equipo seguía trabajando en el acceso.

Le respondí que me avisara si aparecía algún resultado urgente.

Claudia ya estaba buscando la escena.

—Empieza aquí —dijo, señalándome una intervención—. Y procura no saltarte las frases largas. Son las que más me cuestan.

Coloqué la carpeta sobre mis rodillas antes de arrancar.

—Entonces empezaremos por esas.

Claudia se acomodó en el asiento y esperó a que leyera.