CAPÍTULO 15
La salida del vivero
La puerta estaba detrás de una maraña de hiedra que había terminado por confundirse con la valla.
Uno de los agentes apartó las ramas más gruesas mientras Pilar fotografiaba el cerramiento. A través de las hojas distinguí una bisagra oxidada, casi completamente cubierta de tierra, y una línea vertical que separaba dos tramos de malla metálica.
—Ahí la tenéis —dijo Molina, acercándose con los planos enrollados bajo el brazo—. En los documentos antiguos aparece justo en ese punto.
Habíamos regresado al jardín trasero de la casa de Aravaca para comprobar una comunicación que llevábamos investigando desde que descubrimos las marcas en la vegetación.
La primera inspección había permitido identificar el camino y los restos del vivero al otro lado de la parcela, pero todavía faltaba determinar si existía un paso practicable entre ambos terrenos.
Molina extendió la documentación sobre una tabla que habían colocado encima de dos caballetes.
—El plano es de cuando el vivero estaba en funcionamiento.
Por aquí entraban los trabajadores que se ocupaban del mantenimiento de las dos fincas.
Hemos encontrado además una referencia a un acuerdo de paso entre los propietarios de aquella época.
Todavía estamos comprobando si conservaba algún efecto jurídico después de las reformas, pero al menos explica por qué construyeron el portillo.
Pilar le pidió que sujetara el plano mientras terminaba las fotografías.
—Antes de quitar más vegetación quiero documentar los puntos donde las ramas están dobladas. Hay plantas que crecen así por el peso y otras que parecen haber sido desplazadas. Si empezamos a tirar de todo, perderemos la oportunidad de distinguirlas.
Me agaché junto al cerramiento.
La franja de grava que habíamos observado durante nuestra primera visita llegaba hasta la puerta. Entre las piedras había tierra arrastrada y varias hojas secas. Un tallo de hiedra permanecía partido cerca del cierre, con uno de sus extremos atrapado en la malla.
—¿Podemos determinar cuándo se rompió? —pregunté.
—Podremos examinarlo, pero no esperes una fecha exacta —respondió Pilar—. Lo interesante es que hay alteraciones en una zona que, según los responsables del mantenimiento, llevaba mucho tiempo sin utilizarse como paso habitual.
Uno de sus compañeros señaló la unión del marco.
—También hay una marca de rozamiento aquí.
Pilar se acercó y examinó el punto con una linterna. Bajo una capa de óxido aparecía una franja más clara, estrecha, situada a la altura del pestillo.
—Fotografiadla antes de hacer ninguna comprobación —ordenó—. Podría corresponder a una apertura reciente, aunque tendremos que estudiar si se produjo durante alguna reparación anterior.
Molina observó las ramas que cubrían la parte inferior.
—Si alguien hubiera salido por aquí con dos niños, habría tenido que apartar todo esto.
—Depende de cuánto estuviera despejado entonces —respondí—. Estamos viendo cómo se encuentra ahora, después de varios días y de que haya pasado gente trabajando cerca. Necesitamos saber si la puerta podía abrirse el miércoles.
El agente terminó de retirar, siguiendo las indicaciones de Pilar, la vegetación que impedía examinar el cierre. La hoja metálica tenía aproximadamente un metro de anchura y estaba sujeta por dos bisagras. El pestillo podía accionarse desde la parte de la casa, aunque costaba moverlo.
Pilar autorizó la comprobación después de documentarlo.
El agente levantó la pieza y empujó despacio.
La puerta cedió con un chirrido prolongado. Varias hojas cayeron al suelo y apareció un pasillo estrecho entre el cerramiento y una pared cubierta de musgo.
Molina miró hacia el otro lado.
—Por aquí puede pasar cualquiera andando.
—Y sin salir a la calle principal —añadí.
Accedimos al antiguo vivero desde la entrada exterior de la finca, por donde otro equipo había preparado un recorrido que evitaba alterar las marcas próximas al portillo.
Los invernaderos estaban abandonados. Quedaban estructuras metálicas, algunas superficies cubiertas por plásticos deteriorados y varios bancales invadidos por hierbas. En un lateral había un pequeño edificio de ladrillo, con las ventanas protegidas por tablones.
Molina caminó unos metros por el sendero de servicio y se detuvo frente a una curva.
—Desde el jardín de Rafael se llega hasta aquí. Después el camino continúa hacia la parte trasera, donde está la antigua entrada de vehículos.
Seguimos andando.
El suelo era irregular, pero permitía avanzar sin grandes dificultades.
En los tramos donde aún quedaba grava, las malas hierbas apenas alcanzaban los tobillos.
Más adelante, la vegetación se abría y aparecía una zona suficientemente ancha para que en otro tiempo hubieran circulado vehículos de reparto.
Al llegar al final, encontramos una verja de dos hojas. Estaba cerrada con una cadena antigua, aunque uno de los lados había cedido y dejaba un paso peatonal hacia una calle secundaria.
Al otro lado había varios almacenes, un taller y una pequeña nave dedicada a maquinaria de jardinería.
Consulté el reloj.
—Menos de cuatro minutos desde que entramos en el vivero.
—Y desde la puerta trasera de la casa hasta el portillo hay poco más de uno —añadió Molina—. Una familia podía recorrer todo el trayecto sin aparecer en las cámaras principales de la urbanización.
Observé la calle.
Era estrecha, con una acera discontinua y espacio suficiente para detener una furgoneta junto al cerramiento sin bloquear completamente la circulación. Había restos de marcas de neumáticos sobre la tierra de la cuneta, mezcladas con otras más recientes.
—¿Han examinado esta zona? —pregunté.
—Pilar tiene otro equipo trabajando en el acceso. Aquí entran vehículos de los almacenes, así que encontrar una marca de rueda no nos servirá de mucho sin algo que permita relacionarla con una fecha o con un vehículo concreto.
Me acerqué a la verja.
Desde allí apenas podía distinguirse el portillo por el que habíamos pasado. Las estructuras del vivero y los arbustos ocultaban buena parte del recorrido.
Una persona que esperase junto a aquella calle solo necesitaría conocer el lugar donde terminaba el camino.
—Esto cambia la búsqueda —dije.
Molina se volvió hacia mí.
—Porque ahora tenemos una salida.
—Tenemos una salida posible y una calle donde alguien pudo recogerlos. Necesitamos saber qué vehículos se detuvieron aquí durante la tarde del miércoles.
Molina señaló los edificios próximos.
—Ya he pedido una relación de cámaras particulares, pero algunos propietarios todavía no han respondido. El taller del fondo está abierto. Podemos empezar por ahí.
El dueño del taller se llamaba Tomás y tenía las manos manchadas de grasa. Reparaba motores pequeños y sistemas de riego, aunque, según nos explicó, cada vez recibía más máquinas destinadas al mantenimiento de jardines particulares.
Nos recibió detrás de un mostrador lleno de piezas.
—La Policía ya estuvo preguntando por furgonetas la semana pasada —dijo cuando nos identificamos—. Les expliqué que pasan varias al día. Aquí los repartidores aparcan donde pueden y a veces tenemos que salir a pedirles que nos dejen entrar.
—Estamos comprobando una zona concreta —respondí—. ¿La cámara de su entrada alcanza a grabar la calle que hay junto al vivero?
Tomás miró hacia el monitor.
—Un trozo. La puse porque me habían robado herramientas del almacén. No sirve para vigilar toda la calle, pero se ve parte de la verja y los coches que pasan delante.
Nos permitió examinar el ángulo de la grabación.
En la imagen aparecía la entrada del taller y, a la derecha, un tramo de la calle secundaria. La verja del vivero quedaba parcialmente cubierta por una pared, aunque se distinguía el lugar donde un vehículo podía detenerse junto a ella.
—¿Conserva las imágenes del miércoles de la desaparición? —preguntó Molina.
—Si no se han borrado, sí. El equipo guarda varias semanas. Mi hijo lo revisa cuando hay algún problema, pero normalmente lo dejamos grabando.
Tomás abrió el calendario y seleccionó la fecha.
La grabación avanzó mostrando vehículos de reparto, algún turismo y varios peatones. En una ocasión apareció una motocicleta que permaneció detenida frente al taller durante casi diez minutos.
Molina tomó nota de la hora de la pantalla.
—Antes de utilizar esos horarios tendremos que comprobar el reloj del aparato —le expliqué al propietario—. ¿Está conectado a internet?
—No lo sé con seguridad. Mi hijo instaló el sistema y a veces lo cambia desde el móvil. Si necesitan datos técnicos, puedo pedirle que venga.
Continuamos revisando.
Poco después de las siete, según el reloj de la grabación, apareció una furgoneta blanca que avanzaba despacio por la calle.
Tomás detuvo la imagen.
—Esa es una de las que recuerdo haber visto por aquí. Me llamó la atención porque se quedó bastante cerca de la entrada del vivero.
Molina se acercó al monitor.
La furgoneta ocupaba solo una parte del encuadre. Desde aquella posición no se distinguía la matrícula y el lateral quedaba parcialmente oculto por un vehículo estacionado.
Tomás reprodujo unos segundos más.
La furgoneta redujo la velocidad, se detuvo junto a la acera y permaneció allí mientras un turismo pasaba en dirección contraria. Después avanzó hasta quedar fuera de la imagen.
—¿Recuerda haber visto quién la conducía? —pregunté.
—No. Yo estaba trabajando dentro. Me acuerdo del vehículo porque salí a comprobar que pudiera entrar un cliente. Desde la puerta vi que estaba cerca de la verja, pero no me fijé en las personas.
—¿Puede asegurar que eso ocurrió el miércoles?
—Ahora mismo recuerdo la furgoneta, pero si me pregunta por el día exacto tendría que fiarme de la grabación.
Molina volvió a reproducir la secuencia.
—No sabemos si entró en el camino o si simplemente estaba esperando para incorporarse a la calle. Tampoco podemos leer la matrícula.
—Pero sí tenemos un vehículo que merece una comprobación —respondí—. Conservaremos el archivo original y buscaremos otras cámaras que cubran lo que aquí no se ve.