La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La primera explicación

Pilar colocó dos fotografías sobre la mesa y deslizó hacia nosotros una copia del informe. En la primera se veía la base del panel oculto detrás de la despensa; la segunda mostraba la misma zona después de retirar una pieza del bastidor.

—Ya tenemos el cotejo —dijo—. Las dos muestras que pudieron analizarse contienen un perfil genético coincidente con el de Julián Soria. La sangre que encontramos en ese borde era suya.

Molina se inclinó sobre las fotografías. Había llegado conmigo al laboratorio sin terminar el café y sostenía el vaso de cartón por la tapa.

—Entonces lo hirieron cuando estaba abriendo la puerta.

—Eso es una reconstrucción, no un resultado —replicó Pilar—. Pudo manchar el mecanismo después de resultar herido, o alguien pudo mover el panel con sangre en las manos o en la ropa. El análisis nos dice a quién pertenecen los restos; la posición ayuda a formular hipótesis sobre cómo llegaron allí.

En el informe aparecía marcada la unión inferior de la hoja móvil, en la cara que daba a la despensa. Recordé lo estrecho que era aquel paso cuando las estanterías estaban apartadas.

—¿Y la lesión que provocó su muerte?

—El examen apunta a un traumatismo craneal por un impacto principal con un objeto contundente.

Tiene otras lesiones menores, pero no encontramos indicios anatómicos de una pelea prolongada.

Eso tampoco significa que no hubiera un forcejeo breve.

Cuando terminemos de comparar las superficies y los objetos intervenidos podremos precisar mejor el mecanismo.

Molina dejó el vaso en una papelera antes de que Pilar pudiera reprochárselo.

—Si entró un desconocido y Julián intentó detenerlo, una discusión de pocos segundos podría explicar ese golpe.

—También podría explicarlo una discusión con alguien a quien dejó acercarse mientras trabajaba —respondió ella—. Os entrego lo que hemos encontrado. La persona que estaba allí tendréis que buscarla vosotros.

Salimos del laboratorio con una certeza nueva: la sangre de Julián había alcanzado el acceso a la habitación. Seguíamos sin saber quién lo había golpeado ni quién cerró el panel después.

En comisaría nos esperaba otro documento, esta vez procedente de la empresa receptora de los avisos de alarma. No era la orden de trabajo conservada por Carla Medina, sino el registro de una llamada realizada desde el número asociado a Rafael Cobo el miércoles de la desaparición.

La operadora había dejado constancia de ella a las tres y veintiséis de la tarde.

Molina leyó el apartado de observaciones y me pasó la hoja.

El cliente manifiesta haber visto al padre de los menores por la zona del domicilio. Solicita revisión urgente de la instalación y confirmación de visita técnica.

—Esto no estaba en la ficha que nos enseñó Carla —comentó.

—Son dos servicios distintos. La central recibe los avisos y Seguridad Soria se ocupa del mantenimiento. Hay que comprobar quién redactó esta nota y si conserva algo más de la conversación.

—Pero ahora tenemos un aviso anterior a la llegada de Julián. Rafael decía que había visto a Óscar cerca de la casa el mismo miércoles.

Le señalé las palabras del documento.

—Decía haber visto al padre de los menores. Es Rafael quien lo comunica; la operadora no afirma haber visto a nadie. Y todavía no sabemos si se refería a ese día o a una ocasión anterior.

Molina cogió su chaqueta.

—Pues vamos a preguntar. Si vamos a reconstruir aquella tarde, prefiero hacerlo delante de alguien que pueda explicarnos cómo funciona el registro.

La responsable de la central nos recibió en una oficina pequeña situada detrás de la sala de operadores. Desde allí llegaba un murmullo continuo de voces y avisos electrónicos. Nos mostró el asiento original y la identificación interna de la empleada que había atendido a Rafael.

—La anotación se hizo durante la llamada —explicó—. Hemos conservado el registro y facilitado los datos solicitados por la vía correspondiente. No se envió un vigilante porque el cliente no comunicó una intrusión en curso. Quería asegurarse de que acudiría el técnico que ya tenía concertado.

—¿La operadora recuerda si dijo haber visto al hombre ese mismo día? —pregunté.

—No lo recuerda con seguridad. Ha revisado la nota y cree que Rafael hablaba de algo reciente, pero sería irresponsable convertir esa impresión en palabras literales. Lo que sí consta es la hora de la llamada y lo que ella escribió entonces.

Molina se quedó unos segundos mirando la pantalla.

—¿Le pidió que llamara a la Policía?

—Según la incidencia, le indicaron que acudiera a emergencias si consideraba que alguien estaba amenazando a la familia. Él respondió que lo urgente era comprobar el sistema antes de que anocheciera. No tenemos registrada ninguna solicitud de intervención policial en esa gestión.

Fuera, Molina me detuvo junto al coche.

—Llevábamos días preguntándonos por qué Rafael insistió tanto en que Julián fuera personalmente. Quizá tenía miedo de que Óscar apareciera y quería estar seguro de que la alarma funcionaba. Si de verdad lo había visto, la urgencia tendría sentido.

—Y si quería que la familia creyera que alguien estaba cerca, esa llamada también le servía —respondí—. Lo que necesitamos es encontrar un hecho independiente de Rafael.

—Tengo uno que podemos contrastar hoy. Ángel Salcedo. Le pedimos que aclarara exactamente qué información le había dado a Óscar; ha encontrado los mensajes y está dispuesto a enseñárnoslos.

Ángel trabajaba en un almacén de recambios, a poca distancia del taller donde habíamos entrevistado a Óscar. Nos recibió en una oficina con el suelo cubierto de cajas sin desembalar y dejó su móvil sobre la mesa después de buscar una conversación antigua.

—Yo le dije que había visto a Esther con el niño por Aravaca —explicó—. Me preguntó dónde y le mencioné la calle por la que los vi caminar. Al principio pensé que quería saber si estaban bien. Luego empezó a insistir en si había visto dónde entraban, y le dije que eso no lo sabía.

—Óscar declaró que solo conocía aproximadamente el barrio —comentó Molina.

—Pues conocía al menos esa calle, porque se la dije yo. También le advertí de que no volviera a preguntarme. Conozco a Óscar del trabajo, pero no quiero verme metido en sus problemas con Esther.

Nos enseñó un intercambio del martes anterior a la desaparición. Óscar había preguntado si Ángel estaba seguro de reconocer a Nicolás. La respuesta decía que sí, pero que no había vuelto a verlos y que prefería dejar el asunto.

—¿Le dio el número de la vivienda? —pregunté.

—Ni lo tenía ni se lo habría dado. Me encontré a Esther de casualidad. Óscar fue quien quiso convertirlo en una búsqueda.

Documentamos los mensajes con su colaboración. No situaban a Óscar en Aravaca el miércoles, pero demostraban que había seguido preguntando por los niños después de aquella visita que nos describió como un intento abandonado.

Molina regresó a comisaría conduciendo en silencio hasta que dejamos atrás el almacén.

—Voy a proponerte una reconstrucción. Quiero que me digas dónde falla y después que intentemos comprobarla, en vez de descartarla solo porque nos incomode.

En la sala de trabajo extendió las fotografías sobre una mesa despejada. Colocó la llamada a la central antes del mensaje de Julián de las cuatro y treinta y nueve; debajo situó el recibo de farmacia de Rosa, las imágenes del hombre con carpeta y las muestras del panel.

—Óscar sabía más sobre la zona de lo que reconoció.

Rafael comunica que ha visto al padre de los niños por allí y pide una revisión urgente.

Julián llega. En algún momento, alguien entra o se acerca a la habitación donde trabaja y se produce el golpe.

Después Rafael regresa, descubre lo ocurrido y organiza una salida para Esther y los niños, quizá convencido de que Óscar volverá.

—Hay varias personas a las que esa secuencia coloca donde nadie las ha visto —respondí—.

Ni siquiera tenemos confirmada la identidad del hombre de la cámara.

Y el jueves encontramos un cadáver oculto, cuatro teléfonos alineados y una cena que nadie había tocado.

Eso requiere decisiones posteriores que tu explicación todavía no justifica.

—Lo sé. Tampoco pretendo cerrar el caso en esta mesa. Pero si Óscar hubiera salido de Valladolid después del trabajo de la mañana, tenemos que comprobar si podía estar aquí durante la franja que nos interesa. Que exista una orden de servicio no lo sitúa allí toda la tarde.

Señaló las fotografías del panel.

—Además, el golpe pudo ser rápido. No necesitamos imaginar una pelea que despertara a todo el vecindario.

—Ni tenemos que imaginar que Óscar sabía manejar una puerta escondida detrás de una estantería. Alguien conocía esa habitación y pudo cerrarla. Según Carla, Julián ya había trabajado allí y Rafael gestionaba las visitas. Esos datos también forman parte de la reconstrucción.

Molina apartó las fotografías, dejando a la vista el plano de la vivienda.

—Entonces vamos a separar las preguntas.

Yo me encargo de establecer la presencia de Óscar durante toda la tarde, con registros independientes y no solo con su versión.

También volveré sobre las imágenes de los accesos que permitan comprobar un desplazamiento desde Valladolid.

Tú sigue la cadena de contactos de Rafael y el recorrido de la familia.

Si mi hipótesis falla, quiero saber exactamente en qué punto.

Acepté el reparto. Lo que acabábamos de escuchar justificaba tomar en serio aquella posibilidad, aunque buena parte de su fuerza procediera de un aviso realizado por Rafael.

Antes de que Molina se marchara, retiré de la mesa la fotografía de los cuatro platos y la guardé con el resto de imágenes de la escena.

—Hay algo que no voy a dejar fuera —le dije—. Sea cual sea la explicación de la muerte de Julián, tres personas continúan desaparecidas. Si encontramos a quienes las trasladaron, puede que sepamos mucho antes qué ocurrió en esa casa.

—Por eso necesitas que yo termine lo de Óscar —respondió—. Así podremos dejar de perseguirlo si los datos lo descartan, o buscarlo con otras medidas si lo sitúan aquí.

Molina salió con las copias de la llamada y los mensajes de Ángel. Yo me quedé con la relación de colaboradores de Umbral que habían intervenido en transportes particulares.

Aquella mañana habíamos conseguido relacionar la sangre del panel con Julián. Por la tarde, la hipótesis de Molina había dejado de ser una sospecha vaga para convertirse en una secuencia que podíamos someter a prueba.

Con el resto del equipo empezamos por localizar a los conductores que habían trabajado con Rafael durante el último mes.