La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Una firma antigua

La furgoneta que aparecía en la grabación no era la de Julián Soria.

Molina había conseguido una imagen más nítida de una cámara situada cerca de uno de los accesos a Aravaca.

El vehículo era blanco, llevaba un distintivo azul en la puerta y había circulado por aquella zona el miércoles por la tarde.

Durante varias horas habíamos creído que podía tratarse de la furgoneta del técnico, hasta que un agente logró ampliar la matrícula lo suficiente para compararla con la que nos había facilitado Carla.

—Pertenece a una empresa de reparto —me explicó Molina—. Ya hemos hablado con ellos. El conductor estaba haciendo una ruta por la zona y los horarios coinciden con sus entregas. Tenemos los justificantes y estamos comprobando dos paradas, pero la matrícula descarta que sea la de Julián.

Observé la imagen congelada.

—Entonces podemos retirar este vehículo de la búsqueda principal. ¿Qué ocurre con las cámaras del otro acceso?

—Seguimos revisándolas. El problema es que una parte del recorrido queda fuera de cobertura y no sabemos si Julián aparcó exactamente donde Rosa recuerda haber visto la furgoneta.

Tenemos su mensaje de llegada a las cuatro y treinta y nueve, pero eso no demuestra que dejara el vehículo junto a la puerta.

Molina cerró la reproducción y abrió otra carpeta.

—También hemos recibido las últimas comprobaciones de los alojamientos de Umbral.

No hay ningún ingreso registrado a nombre de Esther o de los niños desde el miércoles.

Adela insiste en que algunos colaboradores realizaban traslados por su cuenta, sin pasar necesariamente por los recursos habituales.

—¿Han terminado de localizar a los responsables de transporte?

—A los que figuran en los registros, casi todos. Quedan varias personas que trabajaban ocasionalmente con Rafael. Estamos intentando hablar con ellas sin comprometer las direcciones de las familias que atienden.

Me enseñó la relación de llamadas completadas.

Había respuestas negativas, números antiguos y dos personas que habían pedido que volvieran a contactar con ellas. Era un trabajo menos vistoso que encontrar una imagen de los desaparecidos, pero permitía empezar a descartar lugares donde creíamos que podían haberse refugiado.

—Quiero que mantengamos esa línea —le dije—. Si el traslado se organizó fuera de Umbral, habrá que encontrar a quienes participaron. Mientras tanto, comprobemos los accesos posteriores de la urbanización. La furgoneta de Julián tuvo que acabar en algún sitio.

Molina volvió a mirar la pantalla.

—Llevamos días buscando un vehículo del que conocemos la matrícula y seguimos sin localizarlo. Me preocupa que alguien lo haya sacado de Madrid antes de que supiéramos siquiera que había un muerto en esa casa.

—Es posible. Pero antes necesitamos establecer por dónde pudo salir.

Me disponía a acompañarlo cuando vi en el ordenador una comunicación del equipo que investigaba el asesinato de Irene Valdés en Alicante.

Habían enviado documentación nueva para contrastarla con el expediente antiguo.

La inspectora encargada de revisar los archivos de Alicante apareció en la pantalla con varias carpetas apiladas detrás.

Habíamos mantenido contacto durante los últimos meses a propósito de la revisión de la condena de Damián Rueda.

Las declaraciones de Isabel Cuesta y la transferencia de ciento cincuenta mil euros autorizada por Gabriel Lozano habían abierto preguntas difíciles de responder con el expediente original.

Aquella mañana, sin embargo, la inspectora quería hablarme de una persona cuyo nombre no figuraba entre los testigos.

—Estamos revisando la documentación de Alborán Patrimonial —me explicó—.

La empresa administraba varias propiedades en 2014, incluida la vivienda relacionada con la muerte de Irene.

Entre los pagos antiguos encontramos servicios de limpieza, mantenimiento y supervisión realizados por trabajadores eventuales.

Abrió un documento escaneado.

Era una relación de facturas de septiembre de 2014, con referencias a distintos inmuebles y cantidades que en su mayoría correspondían a pequeños trabajos.

—Aquí aparece Teresa Villena. Figura en varios pagos de aquel periodo y también hemos localizado un recibí con su nombre. Lo que necesitamos comprobar es si llegó a trabajar en la vivienda que nos interesa.

Amplié la imagen.

En uno de los documentos aparecía una firma inclinada hacia la derecha. Debajo, escrito a mano, se leía el apellido Villena.

—¿Habéis comprobado que esa firma sea suya?

—Todavía no. Es una copia conservada en la documentación de la empresa. Tenemos que localizar el original y averiguar quién lo cumplimentó. De momento sabemos que alguien registró unos trabajos a su nombre y que existe un recibí atribuido a ella.

Pasó a otra hoja.

—Hay una referencia de inmueble que coincide con una de las utilizadas por Alborán en los pagos de mantenimiento. El problema es que la relación no incluye las direcciones completas. Estamos recuperando los anexos para saber qué propiedad corresponde a cada código.

Me acerqué al monitor.

Reconocí la referencia de la documentación que habíamos examinado al estudiar la titularidad de la casa. Busqué la copia que conservábamos en nuestro expediente y abrí el anexo donde aparecían las propiedades administradas por Alborán.

Localicé el código y se lo indiqué.

—Este es el que figura en los documentos de la vivienda de Irene.

La inspectora consultó su propia copia antes de responder.

—Coincide. Eso nos permite relacionar al menos una de las gestiones con el inmueble, aunque todavía tenemos que aclarar qué trabajo realizó Teresa y en qué fecha estuvo allí. El recibo se emitió después del periodo facturado.

Me quedé observando aquella firma.

Durante la investigación original se habían recogido declaraciones de personas relacionadas con Irene, trabajadores habituales y responsables de la propiedad. No recordaba ninguna entrevista a una mujer llamada Teresa Villena.

—¿Habéis buscado su nombre en las declaraciones de 2014?

—Hemos revisado las relaciones de testigos y las diligencias que tenemos digitalizadas. No aparece. Seguiremos comprobando las partes que todavía están en papel, pero por ahora no consta que la entrevistaran.

—Entonces pudo haber trabajado en aquella casa sin que nadie llegara a preguntarle qué sabía.

—Pudo hacerlo, Sergio. También es posible que se limitara a una tarea administrativa o que acudiera en una fecha que no tenga ninguna relación con la muerte. Precisamente por eso queremos localizarla.

La inspectora retiró el documento de la pantalla.

—Hay otra dificultad. Los datos de contacto son de hace doce años. El teléfono ya no está operativo y la dirección corresponde a un domicilio donde, según nuestras primeras comprobaciones, no reside actualmente. Hemos empezado a reconstruir sus datos de localización.

—¿Necesitáis que me desplace?

—Todavía no. Quería que vieras la documentación porque conoces las actuaciones recientes y podrías reconocer alguna referencia que se nos hubiera escapado. Cuando tengamos una localización fiable decidiremos quién debe hablar con ella y cómo organizar la entrevista.

Molina, que había permanecido trabajando junto a la ventana, se acercó al escuchar la última parte.

—Tenemos a dos menores desaparecidos en Madrid —comentó—. Ahora mismo nos vendría bastante mal perder al inspector varios días.

La mujer de la pantalla lo miró.

—Lo sé. Tampoco he pedido que viaje. Nosotros seguimos ocupándonos de las diligencias de Alicante.

—Disculpa —respondió Molina—. Es que cada vez que aparece algo del caso de Irene terminamos reorganizando media semana.

—No será necesario esta vez.

Intervine antes de que la conversación se desviara hacia nuestros problemas de organización.

—Continuad localizando a Teresa y comprobad la documentación original. Si conseguimos hablar con ella, quiero que se determine primero qué trabajos realizó y qué recuerdos conserva, sin presentarle hipótesis sobre la muerte de Irene que puedan condicionar su declaración.

La inspectora aceptó.

Antes de despedirnos, me pidió que le enviara la referencia del anexo que acabábamos de comparar.

Cuando terminé la comunicación, Molina seguía observando el documento abierto en mi ordenador.

—Una firma de hace doce años —dijo—. Y puede que sea de alguien que estuvo en aquella casa.

—Eso es lo que tienen que comprobar.

—¿Crees que sabe algo?

—No tengo ninguna razón para afirmarlo. Pero si trabajó allí durante aquel periodo, merece la pena escucharla. Nunca apareció en la investigación original.

Molina se apoyó en el respaldo de la silla.

—Lo que me preocupa es que, cuando consigamos localizarla, quieras ir personalmente.

—Si llega ese momento, veremos cómo está la investigación de Aravaca y qué necesitan de mí en Alicante.

No pareció satisfecho.

—Sergio, sabes que no podemos dejar esta búsqueda a medias.

Hay una madre y dos niños cuyo paradero desconocemos.

También tenemos a Rafael desaparecido y a Julián muerto.

Si tenemos que repartir el trabajo, habrá que hacerlo de manera que el equipo siga funcionando sin depender de ti para cada decisión.

Me molestó que lo planteara como si fuera una posibilidad que yo no hubiera considerado, aunque reconocí que tenía motivos para insistir.

—Estoy de acuerdo. Por eso Alicante está llevando sus diligencias y nosotros seguimos aquí. Si tengo que desplazarme más adelante, lo organizaremos. De momento necesito que terminemos de reconstruir los movimientos del miércoles.

Molina recogió las fotografías de las cámaras.

—Eso sí podemos hacerlo sin irnos a Valencia.

Pilar me esperaba en la vivienda de Aravaca cuando llegué a primera hora de la tarde.

Habían retirado algunos elementos de la despensa para examinarlos por separado, aunque la mayor parte del espacio continuaba protegida. El panel que ocultaba la habitación interior estaba abierto y un técnico trabajaba junto a su bastidor metálico.