CAPÍTULO 11
Las cosas que no se preguntan
—Ese trabajo lo tengo yo. Me lo llevé a casa para corregirlo y todavía no lo había devuelto.
La profesora dejó una carpeta sobre la mesa del despacho. Había llegado unos minutos antes que nosotros y llevaba el abrigo puesto, como si tuviera intención de marcharse en cuanto termináramos.
Se llamaba Marta Valcárcel y daba Lengua a Lucía.
Había estado ausente durante nuestra primera visita al instituto, cuando hablamos con la orientadora, otra profesora y Alba.
Al reincorporarse y conocer los detalles de la investigación, había recordado una conversación mantenida con la adolescente pocos días antes de su desaparición.
—Ayer revisé los ejercicios porque quería comprobar cuándo lo había entregado —continuó—. La actividad era de la semana anterior. Les pedí que escribieran una escena en la que un personaje tuviera que tomar una decisión difícil.
La orientadora, que nos acompañaba de nuevo, acercó una silla.
—Marta me llamó después de leerlo. Le expliqué que ya habíamos hablado con ustedes, pero consideramos que debían conocerlo antes de que decidiéramos qué hacer con el documento.
La profesora abrió la carpeta.
—Quiero que lo lean entendiendo que es un ejercicio de clase. Lucía escribe bastante bien y suele utilizar situaciones inventadas. Me preocuparía que acabáramos interpretando cada frase como si estuviera contando algo que le ocurrió realmente.
—Lo tendremos en cuenta —respondí—. Pero necesitamos conocer cualquier información relacionada con sus circunstancias antes de desaparecer.
Marta retiró una hoja del interior.
Tenía varias correcciones realizadas con bolígrafo rojo. En la parte superior figuraban el nombre de Lucía y la fecha de entrega.
El texto hablaba de una muchacha que se había comprometido a cuidar una casa a cambio de vivir en ella. El propietario le había ofrecido alojamiento cuando más lo necesitaba y, desde entonces, la joven procuraba cumplir todos sus encargos.
Al principio eran tareas pequeñas: regar las plantas, recoger el correo, comprobar que las ventanas estuvieran cerradas.
Después empezaron a aparecer otras, casi siempre cuando ella tenía previsto salir.
Si había quedado con una amiga, debía esperar a un proveedor.
Si quería pasar la tarde fuera, surgía alguna reparación que necesitaba su ayuda.
Me detuve en una frase que Lucía había tachado y vuelto a escribir: «Dijo que estaría fuera una hora, pero se quedó porque no quería tener que explicar adónde iba».
En la última página, un niño descubría una mochila escondida debajo de la cama y preguntaba si iban a marcharse.
La protagonista le contestaba que todavía no lo sabía. Después cerraba la cremallera y volvía a guardar la mochila.
Dejé la hoja sobre la mesa.
—¿Lucía habló con usted sobre el contenido?
—Le dije que me había gustado y que quizá el final necesitaba un poco más de desarrollo. Ella respondió que prefería dejarlo así. Discutimos unos minutos sobre si todos los relatos tienen que resolver el conflicto, pero aquello ocurrió delante de otros alumnos y no hablamos de su familia.
Molina examinó las correcciones.
—¿Había escrito antes algo parecido? Me refiero a personajes que quisieran marcharse de algún lugar o que tuvieran dificultades para tomar decisiones.
—Había escrito relatos de todo tipo. Una vez inventó una historia sobre una mujer que se despertaba convertida en una estatua y otra sobre dos hermanas que se intercambiaban las vidas. Era bastante imaginativa. No me pareció que este trabajo fuera distinto hasta que supe que había desaparecido.
La orientadora intervino.
—Nos preocupa que una interpretación precipitada pueda presentar a Lucía como una víctima de una situación que todavía desconocemos. También podría haber escrito esto porque habíamos trabajado el tema de la responsabilidad y las relaciones entre personajes.
—Precisamente por eso necesitamos separar lo que escribió de lo que hizo —respondí—. Nos dijeron que había recordado también una conversación.
Marta retiró el abrigo de sus hombros y lo colocó sobre el respaldo de la silla.
—Sí. Eso es lo que quería explicarles.
La conversación había ocurrido el martes anterior a la desaparición, al terminar una clase.
Lucía se quedó recogiendo sus cosas mientras los demás salían al pasillo. Cuando Marta le preguntó si necesitaba algo, quiso saber cómo funcionaba el traslado de expediente si un alumno cambiaba de domicilio durante el curso.
—Le expliqué que dependía de las circunstancias y que debía comunicarlo su familia a Secretaría. Pensé que quizá estuvieran planteándose una mudanza, pero me dijo que todavía no había nada decidido.
—¿Mencionó algún municipio o algún instituto concreto? —preguntó Molina.
—Ninguno. Preguntó cuánto se tardaba en preparar la documentación y si podía llevarse ella misma los impresos para enseñárselos a su madre.
La profesora buscó entre unas notas que había preparado.
—Recuerdo otra cosa. Quería saber a quién llamábamos cuando había algún asunto relacionado con su matrícula. Le expliqué que utilizábamos los contactos autorizados y que los trámites importantes se comunicaban a sus responsables legales.
—¿Le preguntó por alguna persona en particular?
—Sí. Me dijo que, si tenía que hablar alguien con su familia, prefería que llamaran directamente a Esther y no a Rafael.
Molina dejó de escribir.
—¿Le explicó por qué?
—Le pregunté si había algún problema y me contestó que su madre era quien tomaba las decisiones sobre sus estudios. Después añadió que Rafael se ocupaba de muchas cosas en casa y que a veces resultaba difícil hablar de un asunto con una sola persona.
Marta me miró.
—No recuerdo sus palabras exactas. Lo que sí recuerdo es que insistió en que quería hablar ella primero con su madre.
—¿Le dio algún impreso? —pregunté.
—Le indiqué dónde podía solicitarlo y le dije que, si llegaban a decidir un cambio de centro, su madre tendría que participar en los trámites. Lucía me dio las gracias y se marchó. No volvimos a hablar de ello.
La orientadora confirmó que Secretaría había revisado los registros y que no constaba ninguna petición formal de traslado.
—Eso explica por qué no apareció nada cuando solicitaron la documentación escolar —añadió—. La consulta fue personal y no llegó a convertirse en un procedimiento administrativo.
Volví a mirar el relato.
Esther había llamado a Umbral dos semanas antes de desaparecer para informarse sobre otro alojamiento. Ahora sabíamos que Lucía también había preguntado cómo cambiar de instituto.
Las dos gestiones podían estar relacionadas, aunque ninguna demostraba que existiera un traslado decidido.
—¿Por qué no comunicó a orientación aquella conversación? —pregunté a Marta.
La profesora apartó el trabajo de Lucía.
—Porque los alumnos preguntan a menudo cómo funcionan las matrículas. Algunos se mudan, otros están descontentos con su instituto y muchos quieren cambiar de centro sin que sus familias lo hayan decidido. Lucía no me dijo que estuviera en peligro.
—Pero sí le pidió que hablara directamente con su madre y no con una persona que tenía autorización para recogerla. ¿No le pareció que podía haber algún problema detrás?
—Me pareció que quería decidir cómo contar una posible mudanza. Si cada vez que una alumna pide hablar con su madre interpreto que alguien la está controlando, terminaré convirtiendo cualquier conversación normal en una intervención.
Su respuesta fue más firme de lo que esperaba.
—Ahora hay dos menores desaparecidos y un hombre muerto en la casa donde vivían —dije—. Entenderá que necesitamos saber si hubo señales que pasaron inadvertidas.
Marta recogió su carpeta.
—Lo entiendo perfectamente, inspector. Por eso los he llamado. Pero usted me está preguntando por qué no actué cuando todavía no sabía lo que sabe usted ahora.
La orientadora intentó intervenir, pero Molina se adelantó.
—Creo que estamos mezclando dos cuestiones. La profesora nos está contando una conversación que no había quedado registrada y que puede ayudarnos a reconstruir los planes de Lucía. Si seguimos discutiendo sobre lo que debería haber pensado aquel día, quizá perdamos detalles que todavía recuerda.
Marta volvió a dejar la carpeta sobre la mesa.
Había formulado mi pregunta con una dureza que no nos ayudaba a obtener información. Le pedí que continuara y regresamos a las palabras que podía recordar.
—Hay algo más —dijo después de unos segundos—.
Cuando terminó de preguntarme por el traslado, quiso saber si podía solicitar una copia de sus calificaciones, aunque todavía no fuera a cambiarse de instituto.
Le dije que sí, siguiendo el procedimiento correspondiente.
Parecía interesada en tenerlo todo preparado, pero no llegó a presentar ninguna solicitud.
—¿Cree que quería marcharse pronto?
—No puedo saberlo. Quería informarse. Puede que su madre estuviera considerando otro domicilio o puede que Lucía hubiera empezado a pensar en esa posibilidad por su cuenta.
La profesora guardó silencio mientras yo terminaba de anotar los detalles.
Después señaló el relato.
—Me gustaría conservar el original hasta que indiquen cómo debemos entregarlo. Es un trabajo de una alumna que sigue desaparecida. Quiero que quede constancia de dónde ha estado y quién lo ha tenido.
Le expliqué que documentaríamos su procedencia y tramitaríamos la incorporación de una copia por los cauces correspondientes.
También le pedí que dejara constancia escrita de la conversación del martes, diferenciando las palabras que recordaba con seguridad de las que solo podía reconstruir aproximadamente.
Marta aceptó.
Antes de marcharnos, la orientadora nos confirmó que el centro no había recibido ninguna petición posterior de cambio de matrícula.
En el coche, Molina abrió las notas de la entrevista.
—Tenemos dos consultas independientes sobre una posible mudanza. Esther pregunta por ayudas de alquiler y Lucía quiere saber cómo trasladar su expediente. Empieza a parecer que tenían intención de cambiar de casa.