CAPÍTULO 10
La casa sin ventanas
El cuaderno de Nicolás tenía una pegatina de un dinosaurio en la portada y varias hojas arrancadas.
Pilar lo había encontrado entre el material escolar que sus compañeros recogieron durante la inspección de la vivienda. Hasta entonces habíamos examinado las fotografías generales de sus pertenencias, pero quedaban objetos cuyo contenido todavía no se había revisado individualmente.
Lo extendió sobre una mesa de la sala de trabajo, junto a las reproducciones de otros dibujos.
—Quería enseñártelo antes de que vuelvas a Aravaca. Hay varias representaciones de la casa y algunas diferencias que pueden interesarnos.
En las primeras páginas aparecían animales, vehículos y una vivienda de tejado rojo rodeada de árboles. Las ventanas tenían cortinas azules y, en uno de los dibujos, una figura pequeña saludaba desde el piso superior.
Más adelante había dos dibujos realizados con un rotulador negro. Representaban una casa parecida, aunque las paredes eran más oscuras y las ventanas habían desaparecido bajo varias capas de tinta.
En el segundo, encima del tejado, alguien había escrito con letras grandes:
LA CASA SIN VENTANAS.
Pasé la mirada de una página a otra.
—En su habitación encontramos una cartulina donde alguien había escrito «NO MIRAR FUERA». Estaba entre las cosas de Lucía.
—Lo recuerdo. Aquí hay algo parecido, pero el cuaderno contiene dibujos de distintas épocas. Todavía no podemos establecer cuándo hizo cada uno ni afirmar que representen una situación que viviera realmente. También habría que comprobar la letra si esa atribución termina siendo relevante.
Molina se acercó y observó las páginas.
—Lo extraño es que antes dibujaba las ventanas. En uno incluso hay una persona mirando desde dentro. Después las tapa todas.
—Puede que esté contando una historia —respondí—. O reproduciendo algo que veía en su casa. Cuando encontremos a Nicolás podremos intentar averiguarlo sin imponerle ninguna interpretación.
Pilar pasó una hoja.
En el reverso había un dibujo de tres figuras junto a un coche. Una estaba pintada de azul y las otras dos de amarillo. No aparecían nombres y el vehículo tenía unas ruedas tan grandes que ocupaban buena parte del papel.
Molina sonrió ligeramente.
—Al menos este se parece bastante a los coches que dibujaba yo de pequeño.
Pilar cerró el cuaderno.
—Voy a conservarlo con los demás efectos. Si necesitáis consultar las imágenes, tenéis las copias. Prefiero que el original siga protegido.
Me llevé las reproducciones. Aquella mañana teníamos prevista una nueva revisión de los registros de la alarma, y quería comprobarlos teniendo delante las fechas que habíamos reunido sobre la vida de la familia.
Nuria nos esperaba en la vivienda con un ordenador conectado a una copia de los registros de seguridad.
La central permanecía en la habitación interior donde había aparecido Julián Soria, aunque parte de sus componentes ya se habían documentado y examinado.
El equipo había preservado los datos disponibles en la instalación y conseguido información complementaria del servicio que recibía las comunicaciones del sistema.
Encontramos a Nuria junto a la mesa de trabajo, donde habían colocado una pantalla auxiliar.
—Ya puedo enseñaros algo más que las explicaciones generales de Carla —dijo—. Hemos comparado los registros conservados en la central con los eventos recibidos por el servicio exterior. Hay coincidencias que permiten distinguir el origen de varias alertas.
Molina se situó a su lado.
—¿Alertas de intrusión?
—Ese es precisamente el problema. Algunas aparecían en las notificaciones con una descripción que podía interpretarse como una advertencia de seguridad, pero el registro de origen no corresponde a un detector exterior.
Nuria abrió una relación de incidencias.
Había fechas, identificadores técnicos y códigos que apenas comprendía. Seleccionó una entrada correspondiente a varias semanas antes de la desaparición.
—Aquí tenemos un aviso comunicado a los teléfonos asociados a la instalación. En la información resumida figura como una alerta de seguridad. Sin embargo, el registro de origen indica una acción iniciada desde la aplicación mediante una cuenta autorizada.
—¿Y el sensor de la puerta? —preguntó Molina.
—No registró una activación que explique este aviso. Tampoco los detectores de movimiento que hemos podido contrastar. Eso permite afirmar que esta alerta concreta no se originó en una detección de esos dispositivos.
Nuria seleccionó otra fecha.
—Aquí sucede lo mismo. La central recibió una orden de usuario y transmitió el aviso correspondiente. En cambio, en otras incidencias sí encontramos problemas de alimentación, comunicaciones de mantenimiento o señales procedentes de sensores. El sistema no registraba todo de la misma manera.
Me acerqué a la pantalla.
—Entonces Julián tenía motivos para insistir en la revisión del histórico antes de recomendar la sustitución de los equipos.
—Tenía motivos para revisarlo —respondió Nuria—. Lo que llegó a concluir todavía debemos establecerlo mediante su documentación. Nosotros podemos confirmar cómo se originaron estas operaciones y cuándo quedaron registradas.
Molina señaló el identificador que aparecía repetido.
—¿Sabemos de quién era esa cuenta?
—Sabemos que estaba habilitada para realizar operaciones de administración.
Todavía estamos contrastando las credenciales asignadas, los posibles accesos compartidos y la configuración histórica.
Incluso cuando identifiquemos al titular, tendremos que diferenciarlo de la persona que utilizó la cuenta en cada momento.
Nuria abrió entonces los acontecimientos correspondientes al miércoles.
Había una activación manual registrada después de las nueve de la noche, seguida de una breve interrupción de la comunicación con el servicio exterior.
—¿Los horarios son fiables? —pregunté.
—Los estamos comprobando con las marcas del servicio receptor, que conserva sus propias referencias temporales. En estas operaciones la correspondencia es consistente. Aun así, mantendremos diferenciadas las horas de cada fuente en el informe.
Observé el registro.
—Si hubo una activación a esa hora, alguien podría haber seguido utilizando la instalación cuando la familia ya no estaba en condiciones de responder a los avisos.
Molina movió la silla para acercarse.
—O alguien pudo hacerlo desde otro lugar, Sergio. Nuria acaba de explicar que estas órdenes también pueden enviarse mediante la aplicación. La hora de una activación no sitúa necesariamente a una persona dentro de la casa.
Tenía razón. Me había adelantado a interpretar un resultado que acababan de mostrarnos.
—Entonces averigüemos desde dónde se podía utilizar la cuenta y qué dispositivos estaban autorizados. Lo que sí sabemos es que la central recibió una orden concreta aquella noche.
—Y que no fue la única operación iniciada de ese modo durante las semanas anteriores —añadió Nuria.
Señaló otras dos fechas.
Una de ellas era próxima a la llamada en la que Esther había solicitado a Umbral información sobre ayudas para alquilar otra vivienda.
La coincidencia me interesó, aunque por sí sola no establecía ninguna relación entre ambos hechos.
—¿Qué habría visto Esther en su teléfono cuando se produjeron esos avisos? —pregunté.
Nuria abrió una reproducción de la interfaz.
—Dependía de cómo tuviera configuradas las notificaciones. Podía recibir un mensaje de advertencia sin una explicación detallada de su origen. Una persona que no conozca el funcionamiento técnico puede interpretar que el sistema está avisando de un problema exterior.
Molina permaneció un momento observando las dos pantallas.
—Y si Rafael era quien normalmente explicaba las incidencias, Esther podía depender de lo que él le dijera sobre ellas.
—Eso tenemos que comprobarlo —respondí—. Pero ahora sabemos que algunas alertas cuya procedencia parecía incierta tienen un origen registrado. Quiero que diferenciemos esas operaciones de los avisos realmente producidos por sensores.
Nuria cambió la visualización y ordenó los acontecimientos por tipo de origen.
En una columna quedaron las detecciones de los dispositivos. En otra, las acciones efectuadas mediante cuentas autorizadas.
Hasta aquella mañana las habíamos tratado como posibles manifestaciones de un mismo problema.
Los registros demostraban que había diferencias importantes entre ellas.
Cuando salimos de la habitación, Molina recibió el resultado de una comprobación que llevábamos varios días intentando cerrar.
Uno de los agentes había conseguido la copia del recibo de farmacia de Rosa Pastor.
La compra correspondía al miércoles y estaba registrada a las cuatro y cincuenta y siete de la tarde.
—Al menos ahora sabemos a qué hora terminó aquella gestión —dijo Molina mientras me enseñaba la imagen—.
Rosa afirmó que vio la furgoneta después de regresar a su calle y antes de observar salir a los niños.
El recibo no nos da la hora de esos avistamientos, pero permite acotar el comienzo del recorrido.
—¿Habéis comprobado cuánto se tarda desde la farmacia?
—Unos minutos en coche y algo más andando. Según Rosa, regresó a pie. El agente ha comprobado también que la farmacia está en el lugar que ella nos indicó.
Molina guardó la imagen y abrió otra fotografía.
Era la de la furgoneta de Seguridad Soria y Asociados.
—Julián dijo a Carla que estaba en Aravaca a las cuatro y treinta y nueve. Rosa vio después un vehículo blanco con distintivos de servicio. La secuencia es compatible con que fuera su furgoneta, aunque seguimos sin tener una identificación visual.
—Eso ya es un avance. Incorporemos el recibo y el intervalo a la cronología. También necesitamos encontrar dónde acabó el vehículo.
—Seguimos buscando la matrícula. Hay cámaras que captaron furgonetas parecidas, pero de momento ninguna imagen permite afirmar que sea la de Julián.
Atravesamos la cocina mientras continuábamos hablando.
Las estanterías de la despensa habían quedado apartadas para permitir el acceso a la habitación interior. Antes de descubrir el panel móvil, aquel rincón parecía un espacio de almacenamiento normal.
Ahora resultaba difícil mirarlo sin pensar en el hombre que había trabajado al otro lado de la pared.
—Hay otra cosa —comentó Molina—. He hablado con el equipo que está comprobando el desplazamiento de Óscar.
La empresa de Valladolid confirma que tenía programada una intervención el miércoles.
También han localizado a un trabajador que recuerda haberlo visto allí durante la mañana.
Falta precisar su salida y obtener los registros originales.
—¿Eso cambia tu hipótesis sobre su posible presencia en Aravaca?
—Empieza a complicarla. Si estuvo allí, necesitamos saber cuánto tiempo permaneció y qué margen real tenía para regresar a Madrid. Pero los documentos de la empresa ya no son únicamente los papeles que nos entregó Óscar.
Molina había insistido en esa comprobación desde la entrevista del sábado. Me alegró que los primeros resultados no le hicieran defender su sospecha a cualquier precio.
—Continúa hasta cerrar la franja horaria —le dije—. Y mantengamos separada su posible relación con los mensajes. Estar fuera de Madrid durante la muerte de Julián no demostraría quién escribió aquellas amenazas semanas antes.
—Eso lo tengo claro. Lo que no quiero es pasarme otros diez días trabajando con una teoría que quizá podamos descartar esta misma semana.
Me miró antes de guardar el teléfono.
—Y tampoco deberíamos dar por hecho que las alarmas implican a Rafael solamente porque gestionaba la casa.
—De acuerdo. Ahora tenemos que averiguar quién podía utilizarlas y si hay algún registro independiente que permita relacionar las operaciones con una persona.
Continuamos hacia el jardín.
En comisaría, Nuria había enviado ya las primeras tablas de incidencias.
Me senté con Molina para compararlas con las fechas de los mensajes recibidos por Esther y las comunicaciones de Umbral. La coincidencia temporal entre algunos acontecimientos era suficiente para orientar nuevas verificaciones, aunque todavía podía deberse a circunstancias independientes.
Sobre la mesa descansaban las fotografías del cuaderno de Nicolás.
Molina volvió a examinarlas mientras yo revisaba el informe preliminar.
—¿Crees que la casa estaba realmente tan cerrada como la dibujó?
—Hemos visto contraventanas aseguradas y algunos pestillos añadidos. También sabemos que la familia recibía advertencias y que Nicolás dejó este dibujo. Para entender cómo vivían allí necesitamos escuchar a quienes estaban dentro.
Molina colocó las fotografías junto a la reproducción de las ventanas de la planta superior.
—Si encuentras a un niño que ha dibujado su casa sin ventanas, al menos quieres preguntarle por qué.
—Yo también.
Recogí las imágenes y las guardé en su carpeta.
Después abrí el registro de incidencias que Nuria acababa de remitirnos. En él figuraban los avisos documentados, el tipo de operación que los había generado y las comprobaciones técnicas que sustentaban cada clasificación.
Hasta ese momento habíamos buscado el origen de unas alarmas que, según se decía, advertían de alguien que intentaba entrar en la casa.
Ahora teníamos pruebas de que varias habían sido iniciadas mediante órdenes autorizadas y transmitidas por un sistema que respondía a esas instrucciones.
Pedí que el equipo incorporara ese resultado a la investigación de la desaparición y que las pesquisas sobre posibles intrusiones se apoyaran en evidencias propias, en lugar de considerar cada aviso como una entrada frustrada.
La decisión afectaba también a la búsqueda de Esther y los niños: debíamos comprobar cualquier amenaza real contra ellos, pero sin dar por demostrada una persecución exterior por el simple hecho de que sus teléfonos hubieran recibido advertencias.
Molina corrigió la clasificación de las incidencias en el documento de trabajo. Donde antes aparecían reunidas bajo una misma categoría, quedaron separadas las activaciones de usuario y las detecciones físicas.
Al terminar, dejó el cursor en la casilla destinada a identificar a quien había ejecutado las órdenes.
Seguía vacía.
—Aquí todavía nos falta lo más importante —dijo.
Miré las fechas que aparecían sobre ella.
—Sí. Pero ahora sabemos exactamente qué estamos buscando.
Continuamos revisando los registros hasta completar la relación de los avisos cuya procedencia había podido verificarse.