CAPÍTULO 9 #2
—¿Recuerda de qué color era o si llevaba algún distintivo?
—Blanca, creo. Había una marca en uno de los laterales, aunque desde donde estaba no podía leerla. Estaba aparcada un poco más adelante de lo habitual, cerca de la esquina.
Le pedí que nos acompañara hasta el lugar desde el que la había visto.
Rosa dejó la bolsa junto a la entrada de su jardín y caminó con nosotros hasta la acera.
—Yo volvía de comprar. Había recogido unas cosas en la farmacia y llevaba bastante peso, así que me fijé en los vehículos porque uno estaba ocupando parte del espacio por donde suelo pasar.
Señaló un tramo de calle situado a unos metros de la vivienda.
—Estaba por ahí. No recuerdo si había alguien dentro ni vi bajar al conductor.
—¿La vio antes o después de encontrarse con Lucía y Nicolás? —pregunté.
—Creo que antes. Cuando llegué a casa todavía tenía las bolsas en la mano. Después estuve colocando las plantas y vi salir a los niños. Pero tendría que mirar otra vez el recibo de la farmacia para estar segura.
Le pedí que lo conservara.
La descripción era compatible con un vehículo de servicio, aunque había demasiadas furgonetas blancas en Madrid como para atribuirle una identidad por el color.
Además, seguíamos buscando la que Julián Soria había utilizado para acudir a aquella casa.
—¿Recuerda si volvió a verla más tarde? —preguntó Molina.
—No. Entré en casa y estuve ocupada. Cuando salí otra vez ya había oscurecido un poco, pero tampoco me fijé en si seguía allí.
Rosa nos observó mientras anotábamos los datos.
—¿Tiene importancia esa furgoneta?
—Estamos intentando reconstruir los movimientos de los vehículos que estuvieron aquí el miércoles —le expliqué—. Cualquier detalle puede servirnos, aunque después resulte que no tenía relación con lo sucedido.
La mujer pareció satisfecha y se dispuso a regresar a casa.
Antes de que se marchara, le pregunté si durante las últimas semanas había presenciado alguna discusión relacionada con las precauciones de seguridad de la familia.
Rosa se quedó unos segundos mirando hacia las ventanas.
—Una tarde vi a Rafael hablando por teléfono en el jardín. Esther salió y estuvieron discutiendo un momento. No fue una pelea escandalosa, pero recuerdo que ella quería ir a algún sitio y él insistía en acompañarla.
—¿Qué escuchó exactamente?
—Poco. Yo estaba al otro lado de la calle y había coches pasando. Ella dijo algo así como que podía ir sola. Rafael le contestó que no era buena idea, aunque no recuerdo las palabras exactas. Después entraron en casa y yo seguí con mis cosas.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace dos o tres semanas. No sabría decirle el día. Me acuerdo porque me sorprendió verlos discutir; normalmente parecían entenderse bastante bien.
Molina anotó el intervalo.
—¿Le pareció que Rafael intentaba impedir que saliera?
—No sabría decirle. También podría estar preocupado por ella. Ya les conté que decía que habían tenido problemas antes de mudarse.
Rosa volvió a mirar la vivienda.
—Esther era muy reservada, pero a veces tenía la impresión de que necesitaba pedir permiso para hacer cosas que cualquier otra persona habría decidido por su cuenta. Eso es una impresión mía, inspector. Nunca me dijo que Rafael se lo prohibiera.
Le agradecí que distinguiera lo que había visto de lo que pensaba sobre ello.
La acompañamos hasta su verja y esperamos a que recogiera la bolsa.
En el coche, Molina abrió la fotografía de la furgoneta de Julián que nos había facilitado Carla.
Era blanca y llevaba el logotipo de Seguridad Soria y Asociados en los laterales. La empresa nos había confirmado que había salido de Móstoles el miércoles y que todavía no había regresado.
—Puede que Rosa haya visto esta —comentó—. Estaba aparcada en la calle cuando llegó a casa, y Julián tenía que encontrarse dentro trabajando con la alarma.
—Es una posibilidad razonable. Pero quiero que comparemos la imagen con el lugar donde recuerda que estaba y con cualquier grabación disponible. Tenemos una matrícula concreta, así que merece la pena buscarla antes de depender de una descripción tan general.
Molina guardó la fotografía.
—Lo que sí tenemos es otra persona que recuerda una furgoneta cerca de la vivienda el miércoles. Y un técnico cuyo vehículo ha desaparecido.
—Eso nos obliga a reconstruir también cómo salió de aquí la furgoneta. Si alguien la utilizó después de la muerte de Julián, necesitamos saberlo.
Molina miró hacia la esquina señalada por Rosa.
—Y seguimos sin conocer el vehículo en el que pudieron marcharse Esther y los niños.
Habíamos pasado buena parte de la investigación intentando averiguar por qué nadie había visto abandonar la urbanización a los coches de la familia.
Ahora existían otros movimientos que debíamos comprobar sin dar por hecho que pertenecían a una misma secuencia.
Le pedí que distribuyera las imágenes y la matrícula de la furgoneta de Julián entre los agentes que revisaban las cámaras de los accesos. También debían comprobarse las zonas de estacionamiento próximas y los caminos que comunicaban con las parcelas posteriores.
Mientras Molina transmitía la información, abrí en mi teléfono la fotografía de la última amenaza recibida por Esther.
Rafael no podrá esconder eternamente a los niños.
Volví a leerla antes de guardarla.
La frase parecía señalar a un hombre que intentaba recuperar a sus hijos. Era una interpretación compatible con lo que Óscar nos había contado y con sus antecedentes, pero el número seguía sin estar atribuido.
Decidí que las próximas entrevistas no partirían de aquella interpretación como si fuera un hecho.
Necesitábamos averiguar quién había enviado los mensajes y, por separado, cómo habían condicionado las decisiones de Esther y de Rafael.
Al regresar a comisaría, Nuria había preparado una relación de las comunicaciones recuperadas, ordenadas junto a los movimientos conocidos de la familia.
Había marcado las fechas en las que Esther había recibido amenazas, las consultas realizadas a Umbral y las últimas actividades escolares de Lucía.
—También he separado los mensajes que se han recuperado íntegramente de aquellos de los que solo conservamos referencias parciales —me explicó—.
Prefiero que trabajemos con esa diferencia visible.
Si después necesitamos establecer una secuencia exacta, será importante saber qué contenido procede directamente del dispositivo.
Molina dejó sobre la mesa las fotografías de la calle.
—Tenemos otro testimonio sobre una furgoneta blanca el miércoles. Rosa no identificó matrícula ni conductor, pero señaló dónde cree que estaba aparcada. Vamos a contrastarlo con el vehículo de Julián y las grabaciones que faltan.
Nuria examinó la imagen.
—Entonces tenemos que conservar dos líneas de trabajo: los vehículos que pudieron llegar a la casa y los que pudieron utilizarse para abandonarla. Una matrícula conocida nos ayudará con la primera. Sobre la segunda seguimos teniendo muy poca información.
Le mostré la cronología que habíamos empezado a reconstruir.
—Quiero que incorporemos también las amenazas y que marquemos cuándo sabemos que Esther habló directamente con alguien fuera de la vivienda. Necesitamos averiguar qué información recibía y quién podía conocerla.
Nuria añadió una columna al documento.
Molina tomó asiento a su lado y empezó a revisar los horarios de las cámaras.
En la pantalla quedaron abiertos dos archivos: las comunicaciones de Esther y el registro de movimientos del miércoles.
Hasta aquel momento habíamos tratado de averiguar quién había conseguido que cuatro personas abandonaran una casa sin dejar rastro.
Ahora teníamos que distinguir entre quien las amenazaba, quien decía protegerlas y las personas que realmente habían decidido marcharse.
Me senté junto a ellos y comenzamos a comprobar las fechas.