CAPÍTULO 9
Un mensaje a medianoche
El primer mensaje había llegado seis semanas antes de la desaparición.
El último, a las doce y catorce de la madrugada del miércoles, unas dieciséis horas antes de que Julián Soria anunciara a su socia que estaba entrando en la casa de Aravaca.
Nuria había colocado las comunicaciones recuperadas en una pantalla, ordenadas por fecha. A mi lado, Molina examinaba las fotografías de los teléfonos encontrados en el salón.
—La extracción autorizada del dispositivo de Esther terminó anoche —explicó Nuria—. Habíamos podido recuperar parte de la actividad reciente, pero faltaba procesar el contenido de varias conversaciones. Estos mensajes proceden de un número que Esther no tenía guardado en sus contactos.
Me acerqué al monitor.
El más antiguo era breve.
Sé que os habéis marchado. Eso no significa que no pueda encontraros.
Había otro enviado once días después.
Dile a Rafael que deje de esconder a mis hijos.
El último contenía una advertencia más concreta.
Ya sé dónde vivís. Rafael no podrá esconder eternamente a los niños.
Debajo figuraba la hora: 00:14.
—Esto cambia bastante las cosas —dijo Molina—. Óscar reconoció que había intentado encontrar a Esther y que estuvo recorriendo Aravaca. Además, los mensajes hablan de los niños como si fueran del remitente. Necesitamos volver a hablar con él.
—Sí, pero primero quiero saber qué podemos demostrar sobre la línea.
Nuria abrió otra ventana.
—Se activó hace varios meses. Hemos confirmado el número y las fechas de actividad, aunque todavía no tenemos una identificación fiable de la persona que lo utilizaba.
La contratación tampoco basta, por sí sola, para atribuirle todos los mensajes.
Estamos esperando la documentación complementaria solicitada a la operadora.
Molina señaló la primera amenaza.
—Óscar nos dijo que empezó a sospechar que vivían en Aravaca hace unas tres semanas. Aquí tenemos un mensaje anterior en el que alguien afirma saber que se han marchado. Si lo escribió él, conocía el traslado desde mucho antes.
—O sabía que se habían ido sin conocer el destino —respondí.
—Puede ser, pero esa diferencia no me tranquiliza.
Tenemos a un hombre con antecedentes de amenazas que admitió haber buscado a su expareja, y ahora aparecen mensajes de alguien que reclama a los niños.
Aunque Óscar estuviera en Valladolid el miércoles, todavía podría haber enviado esas comunicaciones.
Molina tenía razón en algo importante. La posible coartada para la muerte de Julián no resolvía el origen de las amenazas.
Le pedí que continuara comprobando el desplazamiento a Valladolid y que contrastara con Ángel Salcedo cuándo había comunicado a Óscar que vio a Esther por Aravaca.
Nuria amplió la conversación.
—Hay otro detalle. En varios mensajes se menciona a Rafael por su nombre. El remitente parece conocer el papel que tenía en la familia, pero eso no nos permite identificarlo. Necesitamos reconstruir quién sabía que vivían juntos y qué información podía circular fuera de la casa.
Volví a leer la última advertencia.
Ya sé dónde vivís.
Hasta aquel momento habíamos encontrado una vivienda donde alguien había preparado una cena que nadie llegó a comer y una habitación cerrada con un cadáver dentro. Ahora sabíamos que, durante semanas, Esther había recibido comunicaciones que podían haber hecho razonable su miedo a salir.
Faltaba averiguar si la amenaza procedía realmente de fuera.
Nuria recuperó también una conversación del teléfono de Lucía.
Los mensajes pertenecían a un intercambio con Alba, la compañera a la que habíamos entrevistado en el instituto. Se habían enviado durante la semana anterior a la desaparición.
Alba le preguntaba si iba a continuar en la obra de teatro.
Lucía había respondido:
No lo sé. En casa está todo complicado. Ya te contaré.
La conversación continuaba con una propuesta para ensayar juntas después de clase. Lucía decía que prefería esperar porque todavía tenía que organizar algunas cosas.
Reconocí el asunto. Alba nos había explicado que su amiga estaba pensando en abandonar la actividad y que últimamente parecía tener dificultades para quedarse después del instituto.
—Al menos coincide con lo que nos contó —comenté.
—Sí —respondió Nuria—. También demuestra que esa preocupación existía antes de la desaparición. La cuestión es saber a qué se refería cuando hablaba de problemas en casa.
Molina se inclinó hacia la pantalla.
—Podría estar hablando de las amenazas. Si Esther recibía mensajes de alguien que decía conocer su domicilio, es lógico que limitaran las salidas de los niños.
—También podría estar refiriéndose a otra cosa —respondí—. Pero ahora tenemos dos datos que merece la pena relacionar: una adolescente que empieza a abandonar sus actividades y una madre que, según Umbral, pide información para vivir en otro alojamiento.
Nuria buscó las fechas.
La solicitud de Esther a la asociación se había producido unas dos semanas antes de la desaparición. Los mensajes intimidatorios habían empezado bastante antes y continuaban después de aquella gestión.
—Quiero una cronología única —dije—. Fechas de las amenazas, cambios de actividad de Lucía, contactos de Esther con Umbral y cualquier incidencia comunicada sobre la alarma. Hasta ahora hemos estudiado esas cuestiones por separado.
Molina se acercó a la mesa.
—Sergio, hay algo que me preocupa. Si las amenazas proceden de Óscar y Rafael estaba intentando protegerlos, nuestras sospechas sobre la manera en que organizaba la casa podrían tener una explicación bastante distinta.
—Por eso tenemos que comprobar quién envió los mensajes. Pero también necesitamos averiguar cómo respondían a ellos las personas que vivían allí. Una amenaza real puede explicar muchas precauciones; eso no significa que todas las decisiones tomadas en su nombre fueran necesariamente adecuadas.
Molina volvió a examinar la primera comunicación.
—Voy a pedir que se revise si Óscar utilizaba algún otro número durante aquellos meses. También quiero contrastar cuándo supo que Rafael vivía con los niños. Si lo conocía desde antes, tendremos una referencia para interpretar las fechas.
—De acuerdo. Hazlo con las solicitudes y comprobaciones que correspondan. Y procura que la investigación de Julián siga su curso. Todavía no hemos encontrado su furgoneta.
Nuria guardó las imágenes de la conversación y abrió la relación de dispositivos.
—Hay otra cuestión pendiente. Los teléfonos de Esther, Lucía y Nicolás estaban apagados cuando se encontraron. El de Rafael permanecía conectado al cargador. Estamos reconstruyendo las últimas actividades, pero todavía no sabemos quién apagó cada uno ni cuándo se reunieron sobre aquella mesa.
—Quiero esas horas en cuanto podáis establecerlas —respondí—. Los mensajes nos hablan de lo que estaba ocurriendo antes del miércoles. Ahora necesitamos saber qué sucedió después.
Regresamos a Aravaca antes del mediodía.
Pilar había solicitado nuevas fotografías de algunos cierres interiores de la vivienda. Las contraventanas de la planta superior estaban aseguradas con mecanismos adicionales que no parecían formar parte de la instalación original.
Uno de los técnicos nos enseñó las imágenes mientras permanecíamos junto a la escalera.
—Aquí tenéis el cierre habitual —explicó, señalando el marco de una ventana—. Y debajo hay un pestillo añadido, fijado con tornillos distintos. Hemos encontrado mecanismos similares en otras habitaciones, aunque no todos están colocados de la misma manera.
—¿Podemos saber cuándo los instalaron? —preguntó Molina.
—Tendremos que examinar el material y comprobar si existen facturas o fotografías anteriores. Por su aspecto, algunos podrían llevar bastante tiempo. Lo que podemos afirmar es que hay cierres adicionales.
Me acerqué a la ventana.
Desde dentro, la contraventana impedía ver el jardín. Para abrirla había que retirar primero el pestillo añadido y después accionar el cierre principal.
Pensé en las amenazas que había recibido Esther.
—¿Han comprobado si esos dispositivos dificultaban abrir desde el interior?
—Se pueden accionar manualmente, pero hay que conocerlos y retirarlos uno por uno. En esta habitación hay dos cierres separados.
Molina observó las fotografías.
—Si alguien temía que entraran desde fuera, tiene sentido reforzar las ventanas. Aunque me gustaría saber si fue una decisión de Esther o de Rafael.
—Preguntaremos a la empresa de mantenimiento y a Umbral —respondí—. Puede que existan encargos o justificantes de compra.
El técnico regresó al trabajo.
Molina permaneció frente a la ventana.
—Hay otra posibilidad. Si Rafael instaló los cierres para protegerlos, quizá Esther confiara en que eran necesarios. Puede que llevaran meses viviendo con esa preocupación.
—Podría ser. Pero la presencia de un pestillo no nos dice quién decidió colocarlo ni cómo lo utilizaban. Lo averiguaremos con las personas que estuvieron aquí.
Salimos al jardín trasero.
El cielo estaba cubierto y había empezado a levantarse algo de viento. Junto al muro lateral, varias ramas se movían sobre la zona donde los agentes habían documentado las marcas en la vegetación.
Molina se detuvo a observar aquel tramo.
—Todavía quiero saber si hay una comunicación con la finca del vivero. Los planos antiguos muestran accesos que ya no aparecen, y la vegetación nos impide seguir el cerramiento desde aquí.
—Que continúe la comprobación con la documentación de las parcelas. Si existió una puerta de servicio, debería haber dejado algún rastro.
Mientras hablábamos, escuché a Rosa Pastor llamarnos desde el otro lado de su verja.
La vecina llevaba una bolsa de basura en una mano y una chaqueta abrochada hasta el cuello.
—Inspector, ¿puedo decirle una cosa? He estado pensando en los coches que me preguntaron el otro día.
Nos acercamos.
—¿Ha recordado algún vehículo?
—Una furgoneta. La vi el miércoles por la tarde, estacionada cerca de la casa. Me pareció que era de algún servicio de mantenimiento, así que no le presté mucha atención.
Molina sacó su cuaderno.