CAPÍTULO 8
Una familia prestada
Adela Muñoz cubrió con una hoja de papel las direcciones que aparecían en el documento antes de permitir que me acercara a su escritorio.
Era domingo por la mañana y las oficinas de Umbral permanecían cerradas al público.
Habíamos acordado reunirnos allí porque la presidenta quería consultar los archivos de la asociación, aunque al llegar descubrí que ya estaba trabajando con una empleada que reconocí por la voz: era la mujer con la que había hablado por teléfono el viernes.
—Inspector Rivas, entiendo que necesiten comprobar nuestros alojamientos, pero algunas de esas direcciones no pueden circular sin control.
Tenemos mujeres que han tenido que marcharse de sus casas por situaciones bastante graves.
Si facilitamos indiscriminadamente sus datos, podemos crearles otro problema.
La mujer que estaba junto a ella dejó una carpeta sobre la mesa.
—Adela, quizá convendría explicarles primero lo que hemos comprobado esta mañana. Llevamos desde las ocho llamando a los centros y todavía falta que nos conteste uno.
—Ahora iremos con eso, Beatriz.
Me senté frente al escritorio, dejando a un lado la fotografía de Esther y sus hijos que había llevado conmigo.
—Comprendo las razones de esa confidencialidad.
También quiero que entienda nuestra situación.
Buscamos a una madre y dos menores desde el jueves, y en la vivienda donde residían hemos encontrado a un hombre muerto.
Necesitamos saber si alguno de sus colaboradores los trasladó a otro lugar, con independencia de que el movimiento siguiera los procedimientos habituales.
Adela miró la fotografía.
Tendría unos cincuenta y cinco años, el cabello corto y unas gafas que se quitaba cada vez que necesitaba leer algo de cerca. Vestía un pantalón oscuro y una chaqueta de lana. Sobre la mesa tenía un cuaderno abierto donde había escrito varios nombres junto a números de teléfono.
—Desde que recibimos su primera llamada estoy intentando localizar a Rafael.
Lo conozco desde hace años y nunca había dejado una gestión importante sin respuesta.
Ahora tengo a dos niños desaparecidos, una mujer que confiaba en nosotros y un policía diciéndome que ha aparecido un cadáver en la casa que pagamos.
Dígame exactamente qué espera que haga, porque quiero ayudar, pero necesito saber qué está pasando.
Le expliqué lo que podíamos comunicarle sobre Julián Soria, su intervención en el sistema de seguridad y el hallazgo de su cuerpo.
Adela escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, se quitó las gafas y las dejó sobre una carpeta.
—Entonces tenemos que averiguar quién estuvo allí el miércoles. Rafael recibía a los técnicos, pero también había otras personas que conocían la vivienda. No quiero que se pierda tiempo porque todo el mundo dé por hecho que él era el único que podía abrir aquella puerta.
—Precisamente por eso necesitamos conocer los accesos, las comunicaciones y los movimientos de los colaboradores.
Adela se volvió hacia Beatriz.
—Trae el expediente de Aravaca. Solo ese. Después revisaremos los registros de traslados y veremos qué información necesitamos facilitarles sobre las demás viviendas.
El expediente ocupaba una carpeta de cartón con varias separaciones de colores.
Había contratos, justificantes de gastos, informes de seguimiento y documentos relacionados con el alojamiento de Esther y los menores. La información personal estaba ordenada por fechas y algunos apartados contenían anotaciones manuscritas.
Adela pasó varias páginas antes de detenerse en la primera evaluación.
—Esther llegó a nosotros después de una separación muy complicada.
Necesitaba asesoramiento, un lugar donde vivir y cierta estabilidad para sus hijos.
Umbral ofrece apoyo temporal, orientación jurídica y acompañamiento.
Nosotros no somos un programa de protección de testigos, inspector, ni podemos garantizar que una persona permanezca oculta para siempre.
—¿Por qué acabó viviendo en Aravaca?
—La casa estaba disponible y reunía las condiciones que necesitábamos. Los niños podían continuar con sus estudios y Esther tendría tiempo para organizarse. En principio se trataba de una estancia de varios meses, revisable según sus circunstancias.
—¿Rafael participó en esa decisión?
—Había empezado a acompañarla antes. Conocía su situación y se ofreció a gestionar parte del traslado. Nosotros necesitábamos una persona de confianza que pudiera ocuparse de reparaciones, suministros y cuestiones prácticas. Rafael llevaba años haciendo precisamente ese trabajo.
Adela abrió otro apartado.
Entre los documentos aparecía una relación de pagos adelantados por el propio Rafael para resolver incidencias de distintos alojamientos.
—Cuando tuvimos problemas de financiación, adelantó dinero para mantener algunos suministros.
También acompañó a familias a consultas médicas y consiguió materiales para viviendas que necesitaban reparaciones urgentes.
Le estoy enseñando esto porque quiero que sepa cómo trabajaba.
Si ha hecho algo indebido, tendrá que responder por ello, pero la ayuda que prestó durante años también existió.
—¿Vivía de forma permanente con Esther y los niños?
Adela tardó en contestar.
—Sabía que pasaba mucho tiempo allí. Inicialmente se quedaba algunas noches para realizar trabajos y ayudarles a instalarse.
Después empezamos a tratarlo como una presencia habitual en el alojamiento.
Reconozco que dejamos de preguntar con suficiente frecuencia cómo estaba organizada aquella convivencia.
—¿Sabía que los vecinos creían que Rafael era el marido de Esther y el padre de los niños?
—Eso me sorprende. En nuestros documentos aparece como colaborador y persona de apoyo. Esther figura como madre y responsable de sus hijos. Nadie ha utilizado identidades falsas ni ha modificado ningún dato legal.
Beatriz intervino desde el otro lado de la mesa.
—En varias comunicaciones utilizábamos expresiones como «la familia de Aravaca» o «el alojamiento de Rafael». Puede que eso contribuyera a que otros pensaran que él formaba parte de la unidad familiar, aunque aquí nunca se registró así.
Adela la miró.
—Una cosa es cómo llamábamos al recurso para organizarnos y otra cómo vivían ellos. Eso deberíamos haberlo sabido mejor.
Anoté aquella observación.
—¿Cuándo habló por última vez directamente con Esther?
—Hace bastante. Tal vez dos meses. La llamé para preguntarle por la adaptación de Nicolás al colegio y me dijo que todo estaba bien.
Después Rafael empezó a encargarse también de las comunicaciones habituales.
Nosotros teníamos varios casos abiertos y resultaba cómodo hablar con una persona que conocía el funcionamiento de la asociación.
Beatriz levantó la vista de los papeles.
—Adela, hay una anotación que deberías ver.
La empleada sacó un registro de llamadas y lo colocó entre las dos.
Había una entrada fechada unas dos semanas antes de la desaparición. Esther había telefoneado para preguntar cómo podía solicitar una ayuda de alquiler y qué alternativas tendría cuando terminara su estancia en Aravaca.
Junto a su nombre aparecía una observación: Solicita información directamente. Prefiere hablar con alguien de la asociación.
—¿Quién atendió la llamada? —pregunté.
—Yo —respondió Beatriz—. Recuerdo que estaba algo apurada porque teníamos a varias personas esperando. Le expliqué que debía consultar qué opciones estaban disponibles y que alguien volvería a llamarla. Después dejé la nota en el sistema.
Adela señaló la anotación siguiente.
—Aquí pone que el asunto quedó gestionado.
Beatriz acercó la hoja.
—La respuesta la dio Rafael. Dijo que estaba ayudándola con la documentación y que hablaría con ella para preparar una solicitud. Lo anoté como una gestión resuelta porque era nuestro contacto habitual.
—¿Llegó usted a hablar otra vez con Esther? —pregunté.
Beatriz negó con la cabeza.
—Hasta ahora no había vuelto a revisar esa comunicación. Pensé que se ocuparían ellos y que, si necesitaba algo más, nos llamarían. Esther había solicitado información en otras ocasiones y Rafael solía ayudarla con los trámites.
Adela permaneció unos segundos examinando la hoja.
—Déjame el expediente completo de ese contacto, Beatriz. Quiero comprobar quién dio por cerrada la consulta y por qué nadie confirmó directamente con Esther que había recibido la información.
La empleada apartó la carpeta.
—Podemos recuperar las comunicaciones de aquellos días. También deberían constar los correos enviados a Rafael, si se utilizó el procedimiento habitual.
Adela volvió a ponerse las gafas.
—Si Esther estaba pensando en buscar otro alojamiento, tenía derecho a hacerlo. Nosotros ayudamos a las personas a recuperar su autonomía, aunque a veces nos acostumbramos demasiado a que alguien gestione todo por ellas.
Le pregunté si Esther había mencionado problemas de convivencia o alguna intención concreta de marcharse.
—En aquella llamada, según lo que tenemos escrito, pidió información. Necesitamos hablar con ella antes de atribuirle otros motivos.
Asentí.
Aquella gestión tenía importancia por sí misma. Esther había intentado contactar directamente con Umbral y la respuesta había vuelto a pasar por Rafael.
—Conserve toda la documentación relacionada con esa solicitud —le dije—. Necesitaremos incorporarla a las actuaciones correspondientes y comprobar si hubo otras comunicaciones parecidas.
Adela escribió algo en su cuaderno.
Después se levantó y nos condujo a una habitación donde guardaban los registros de ocupación.
Había varias estanterías con carpetas numeradas y un ordenador sobre una mesa estrecha. Beatriz abrió el registro de alojamientos mientras Adela buscaba una relación de responsables.