La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Esto demuestra que tenía un trabajo programado —comenté mientras examinaba los papeles—. Comprobaremos cuándo llegó, cuánto tiempo permaneció allí y a qué hora regresó.

—Hagan todas las comprobaciones que quieran. Si necesitan saber dónde estuve, lo averiguarán. Lo que me gustaría es que pusieran el mismo interés en localizar a Rafael.

—¿Por qué cree que Rafael puede tener relación con lo ocurrido?

Óscar apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Porque vivía con ellos, sabía dónde estaban y se ocupaba de todo lo que tenía que ver con aquella casa. Si alguien puede explicar por qué se han marchado, es él. A mí me impedían incluso hablar con Nicolás por teléfono. Ustedes díganme quién tenía más posibilidades de saber lo que ocurría allí.

La respuesta resultaba conveniente para él, aunque contenía algo que ya habíamos comprobado: Rafael figuraba como persona autorizada en los centros escolares y gestionaba parte del alojamiento.

Le pregunté si conocía a Julián Soria o a la empresa que mantenía la instalación de seguridad.

Óscar negó conocerlos.

—Nunca he oído ese nombre. ¿Qué tiene que ver un técnico de alarmas con mis hijos?

—Estamos investigando también un fallecimiento relacionado con la vivienda. Necesitamos establecer si existe alguna conexión con las desapariciones.

Se incorporó en la silla.

—¿Ha muerto alguien en esa casa?

—Hay una investigación abierta y tendremos que comprobar las circunstancias. Ahora necesitamos que responda a lo que pueda ayudarnos a localizar a Esther, Lucía y Nicolás.

Óscar miró hacia la puerta de la oficina y se levantó para cerrarla, aunque ya estaba cerrada.

Cuando volvió a sentarse, su voz había cambiado.

—Si ese hombre ha muerto allí, quiero saber por qué Rafael estaba viviendo con mis hijos mientras ocurrían esas cosas. Y quiero que sepan que Esther puede haber tenido sus motivos para alejarse de mí, pero eso no le daba a Rafael derecho a decidir por ella para siempre.

Dejó de hablar y recogió los documentos que todavía tenía delante.

Terminamos la entrevista después de acordar cómo nos facilitaría el resto de los justificantes.

Le pedí que permaneciera localizable y que comunicara cualquier intento reciente de contacto por parte de Esther, Rafael o los niños. También le expliqué que la búsqueda seguía activa y que, si obteníamos información que pudiéramos trasladarle, se haría por los cauces correspondientes.

Óscar nos acompañó hasta la persiana del taller.

Uno de sus compañeros estaba bajando un vehículo del elevador y nos miró antes de continuar trabajando.

—Inspector —dijo Óscar cuando íbamos a salir—. Si encuentran a Rafael, pregúntenle por qué se empeñó en que yo desapareciera de la vida de mis hijos. Quizá tenga una explicación que todavía no les ha contado.

—Le preguntaremos por su relación con Esther y con los menores. También comprobaremos lo que usted nos ha dicho hoy.

Óscar permaneció junto a la entrada mientras atravesábamos la acera.

Al llegar al coche, Molina colocó la carpeta sobre el asiento trasero.

—Tenemos un hombre con antecedentes de violencia, que admite haber buscado a Esther por Aravaca y que asegura estar fuera de Madrid precisamente el miércoles. Habrá que comprobar esa coartada con mucho cuidado.

—Quiero las imágenes de los accesos y cualquier registro que permita situarlo durante esa tarde. También hablaremos con Ángel Salcedo. Es importante saber cuándo vio a Esther y qué dirección pudo transmitirle.

—¿Crees que Óscar llegó a encontrar la casa?

Miré hacia el taller. Óscar seguía dentro, hablando con el otro mecánico.

—Creo que tenía interés en encontrarla y que fue al barrio donde suponía que vivían. Es suficiente para investigar sus movimientos, especialmente ahora que sabemos que hay una persona muerta. Pero antes quiero saber si estaba realmente en Valladolid cuando llegó Julián.

Molina consultó el reloj.

—Voy a pedir que adelanten las comprobaciones. Si su cliente trabajaba en un almacén con control de acceso, quizá conserven registros. También podemos revisar los desplazamientos de su vehículo y contrastarlos con la documentación que nos ha dado.

—Hazlo. Y que alguien compruebe cuándo estuvo por Aravaca, aunque no coincida con el miércoles. Si encontró la vivienda antes de ese día, necesitamos saberlo.

A última hora de la tarde recibimos nuevas fotografías de la habitación oculta.

Pilar había terminado de documentar parte de los muebles que rodeaban la mesa de Julián.

En una de las imágenes aparecía la silla que habíamos visto debajo del tablero, con el respaldo orientado hacia la pared.

Otra mostraba una marca oscura en el lateral de una estantería, cerca del lugar donde se había encontrado el cuerpo.

Molina acercó las fotografías.

—La silla sigue pareciéndome mal colocada. Si Julián estaba trabajando en la central, tendría sentido que se sentara frente a la mesa. Pero aquí hay muy poco espacio y alguien ha terminado empujándola hacia una posición bastante extraña.

Examiné la imagen ampliada.

Una de las patas de la silla descansaba sobre una zona del suelo donde había menos polvo. En la fotografía general podía verse también una caja caída junto a una estantería.

—Pilar está estudiando esas marcas —respondí—. Quiero que compare la posición de la silla con las fotografías tomadas antes de intervenir y que examine si hubo algún desplazamiento reciente.

Molina señaló la marca del mueble.

—Si se produjo una discusión, puede que alguien golpeara la estantería o moviera la silla. Eso encajaría con la lesión de Julián.

—Necesitamos reconstruir lo que ocurrió dentro de esa habitación. La posición de los objetos puede ayudarnos, pero todavía hay que relacionarla con el resto de las pruebas.

Volví a observar la fotografía de la mesa.

La carpeta abierta, la tableta dañada y las herramientas seguían allí donde las habían encontrado. Julián había llegado a la vivienda para trabajar en una instalación que conocía desde hacía años.

Ahora teníamos dos hombres cuyos movimientos debíamos reconstruir con especial cuidado.

Óscar había admitido que buscó a Esther antes de la desaparición y nos había facilitado una explicación comprobable sobre el miércoles.

Rafael, en cambio, seguía sin aparecer y había sido la persona encargada de recibir al técnico.

Abrí el expediente y añadí las tareas que acabábamos de acordar. Después preparé una solicitud para contrastar el desplazamiento de Óscar a Valladolid y otra para identificar todos los movimientos conocidos de Rafael durante aquella tarde.

Las dos comprobaciones avanzarían en paralelo.

Antes de cerrar la carpeta, volví a mirar la orden de trabajo de Julián.

La hora de llegada figuraba en su último mensaje. Su cadáver había aparecido en la estancia donde debía revisar el sistema.

Entre una cosa y otra, todavía faltaba reconstruir lo que habían hecho las personas que pudieron estar con él.

Dejé la carpeta sobre la mesa y comencé por la primera llamada.