La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Óscar Ledesma

Óscar Ledesma estaba terminando de cambiar una rueda cuando llegamos al taller. Habíamos conseguido localizarlo aquella mañana y, después de varios intentos por hablar con él, aceptó recibirnos antes de cerrar.

La persiana de la entrada permanecía levantada hasta la mitad. Dentro había dos elevadores, un coche con el capó abierto y varias herramientas repartidas sobre un banco de trabajo. Olía a aceite usado y a caucho caliente.

Óscar tendría unos cuarenta años. Era corpulento, llevaba un mono azul manchado de grasa y tenía las manos ennegrecidas hasta las muñecas. Nos observó desde el otro lado del vehículo mientras Molina le enseñaba la identificación.

—Ya me han dicho que estaban intentando encontrarme. Si esto tiene que ver con Esther, prefiero que hablemos aquí. Estoy harto de tener que dar explicaciones cada vez que alguien menciona su nombre.

Dejó la llave de ruedas sobre el banco y se limpió las manos con un trapo.

—Necesitamos hablar de Esther Aranda y de sus hijos —dije—. También de Rafael Cobo. ¿Podemos sentarnos en algún sitio?

Óscar señaló una puerta al fondo del taller.

—Hay una oficina, pero antes quiero saber qué ha pasado. Si han venido por algún problema con las visitas, todo lo que tengo que decir está en los papeles. Llevo años enseñando los mismos documentos y parece que nunca sirven para nada.

—Estamos investigando la desaparición de Esther, Lucía y Nicolás. Rafael tampoco ha sido localizado.

El trapo dejó de moverse entre sus manos.

—¿Cómo que han desaparecido?

Le expliqué que llevábamos desde el jueves intentando establecer su paradero y que ninguno de los cuatro había regresado a la vivienda.

Óscar miró a Molina y después volvió a concentrarse en mí.

—¿Desde el jueves? ¿Y me lo dicen ahora? Son mis hijos. ¿Quién ha decidido que yo no tenía que enterarme mientras ustedes buscaban por ahí?

—Desde que obtuvimos sus datos estamos intentando localizarlo. Necesitamos que nos ayude a reconstruir los últimos días, pero podemos hablar en un lugar donde no nos interrumpan.

Óscar dejó el trapo sobre una estantería.

—Si les ha ocurrido algo, quiero que me lo digan. Ya he tenido suficientes problemas con Rafael para que ahora me estén dando vueltas.

Nos condujo hasta la oficina y cerró la puerta.

El despacho era pequeño y estaba separado del taller por una ventana interior. Había un escritorio con facturas, un calendario de recambios y una estantería llena de archivadores. Sobre un armario descansaban varios trofeos de fútbol infantil.

Óscar ocupó la silla detrás de la mesa. Antes de sentarse por completo, cogió su teléfono y buscó un número.

—Voy a llamar a Esther. A lo mejor ustedes no pueden localizarla porque ha cambiado de móvil, pero si ve que soy yo...

Esperó mientras sonaban los tonos.

Acabó dejando el aparato sobre la mesa.

—No contesta. Antes al menos saltaba el buzón. Ahora ni siquiera sé si sigue utilizando este número.

—¿Cuándo habló con ella por última vez? —pregunté.

—Hace meses. Después de que se marcharan, intenté averiguar dónde estaban. Esther me dijo que necesitaba tranquilidad y que los niños estaban bien. Quise hablar con Lucía, pero la conversación terminó como terminaban todas últimamente: con Rafael explicándome lo que convenía hacer.

Molina abrió su cuaderno.

—¿Rafael participaba en sus conversaciones con Esther?

—Se metía en todo. Al principio pensé que era un amigo que la estaba ayudando.

Después empezó a contestar llamadas, a explicar que los niños necesitaban tiempo y a hablar como si yo tuviera que pedirle permiso para dirigirme a ellos.

Esther confiaba en él, y cada vez que discutíamos acababa apareciendo su nombre.

—¿Por qué necesitaba Esther aquella ayuda? —pregunté.

Óscar se recostó en la silla.

—Supongo que ya habrán leído lo que hay sobre mí. Mi separación no fue precisamente tranquila, inspector. Discutíamos por las visitas, por el dinero y por cosas que ahora me parecen bastante menos importantes de lo que me parecían entonces.

Había tenido tiempo de revisar parte de las diligencias relacionadas con aquella separación. Constaban amenazas, intervenciones policiales y episodios de intimidación. Algunas actuaciones se referían a conflictos por los menores y otras describían situaciones de violencia en la relación.

—Hemos consultado esos antecedentes —respondí—. Hay hechos graves, señor Ledesma. Necesito que entienda que debemos comprobar si ha intentado localizar a Esther recientemente y en qué circunstancias.

Óscar acercó la silla a la mesa.

—¿Creen que he ido a hacerles algo? Porque puedo explicarles lo que pasó entre nosotros, pero les agradecería que no confundieran aquella época con una desaparición de la que me estoy enterando ahora.

—Podemos empezar por lo que ocurrió durante la separación.

Durante unos segundos observó los papeles que tenía delante.

—La esperé varias veces a la salida del trabajo cuando ya me había dicho que no quería verme.

Una noche fui a su casa y terminé gritando delante de los vecinos.

También hubo una discusión en la que la sujeté para impedir que se marchara.

Yo decía que quería hablar, aunque supongo que ustedes entenderán cómo pudo vivirlo ella.

Aquello terminó con la Policía allí y después vinieron más problemas con las visitas.

—¿La amenazó? —preguntó Molina.

—Le dije cosas que tendría que haberme callado. Quería que supiera lo enfadado que estaba y terminé haciendo que me tuviera miedo. Si quieren que les diga que me comporté bien, han venido al lugar equivocado.

Lo dijo mirando a Molina, pero después se volvió hacia mí.

—Eso fue antes de que se marchara. Desde entonces he intentado hablar con mis hijos sin acercarme a Esther. Que lo haya hecho mal en el pasado no significa que sepa dónde están ahora.

Anoté sus palabras. Sus explicaciones tendrían que contrastarse con las actuaciones y con las personas que habían intervenido en aquel conflicto.

—¿Cuándo conoció a Rafael?

—En una oficina de la asociación. Esther había empezado a recibir ayuda jurídica y él estaba allí casi siempre.

Al principio la acompañaba a las reuniones y se ocupaba de algunas gestiones.

Yo sabía que ella necesitaba apoyo y que nuestra relación había terminado mal.

Lo que me molestó fue que, con el tiempo, pareciera que todo tenía que pasar por él.

—¿Qué clase de gestiones?

—Las del alojamiento, principalmente. También recogía a los niños y acompañaba a Esther cuando tenía alguna cita.

Durante un tiempo ella decía que estaba agradecida porque le resolvía problemas que sola no podía afrontar.

Después, cuando intenté comunicarme con ella, Rafael era quien me explicaba que resultaba mejor esperar.

Óscar abrió un cajón y sacó una carpeta.

Contenía copias de comunicaciones relacionadas con las visitas. Las había ordenado por fechas y marcado con notas escritas a bolígrafo.

—Aquí está buena parte de lo que he intentado hacer. Pueden llevárselo si lo necesitan, pero quiero que conste que llevo tiempo pidiendo información sobre mis hijos.

Molina tomó los datos de la carpeta mientras yo volvía a preguntarle por sus contactos recientes.

—¿Sabía que Esther y los niños vivían en Aravaca?

Óscar dejó de buscar entre los documentos.

—Sabía que podían estar por esa zona. Me lo dijeron hace unas semanas, pero desconocía la dirección.

—¿Quién se lo dijo?

—Un conocido del taller. Se llama Ángel Salcedo y había tratado alguna vez con Esther. Me comentó que la había visto con Nicolás cerca de un supermercado. Como sabía que yo estaba intentando averiguar dónde vivían, pensó que me interesaría.

—¿Fue usted a buscarlos?

Óscar tardó más en responder de lo que había tardado al reconocer las discusiones con Esther.

—Fui una tarde a dar una vuelta por allí. Quería comprobar si era cierto lo que me habían contado. Estuve cerca de varios comercios y recorrí un par de calles, pero no los vi.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace unas tres semanas, aproximadamente. Tendría que mirar la fecha. Ángel me llamó una mañana y fui después de trabajar.

Molina dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.

—Hace un momento ha dicho que había intentado comunicarse con sus hijos sin acercarse a Esther. Ahora nos cuenta que fue al barrio donde creía que vivían. ¿Cómo debemos interpretar esa diferencia?

—Como quieran, pero prefiero contarlo yo antes de que alguien lo convierta en algo que no fue. Estuve por allí una tarde. No encontré a nadie y regresé a casa. No conozco la calle donde vivían ni he entrado en esa vivienda.

—¿Volvió en otra ocasión? —pregunté.

—No. Me di cuenta de que, si Esther me veía dando vueltas por su barrio, lo único que conseguiría sería empeorar las cosas. Ya tenía bastantes problemas.

Le pedí el teléfono de Ángel y una descripción de las calles que había recorrido.

Óscar facilitó ambos datos, aunque insistió en que su conocido no había participado en ninguna búsqueda organizada.

Aquella visita aumentaba nuestro interés por sus movimientos recientes. También explicaba por qué podía conocer la zona sin saber exactamente dónde estaba la casa.

—Necesitamos reconstruir lo que hizo el miércoles —dije—. Especialmente durante la tarde.

—Estaba en Valladolid. Tuve que desplazarme por un trabajo.

—¿A qué hora salió de Madrid?

—Por la mañana, poco después de abrir. Una empresa de transportes tenía un vehículo inmovilizado y necesitaban que revisáramos una avería. Fui yo porque conocía ese modelo. Estuve allí buena parte del día y regresé por la noche.

—¿Puede decirnos dónde trabajó y quién lo atendió?

—Tengo la orden de servicio, los datos del cliente y los justificantes del desplazamiento. También hay trabajadores que me vieron. Pueden llamar cuando quieran, aunque supongo que hoy será complicado encontrar al encargado.

Molina anotó el nombre de la empresa y le pidió que buscara la documentación.

Óscar se levantó, salió al taller y regresó con una carpeta de plástico. Dentro había una copia del encargo y varias facturas.

Las fechas coincidían con el miércoles.