La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Julián Soria

La denuncia por la desaparición de Julián Soria Beltrán llevaba casi dos días registrada cuando conseguimos relacionarla con el cadáver de Aravaca.

La había presentado su hija Paula el jueves por la noche, después de llamar varias veces a su padre, comprobar que tampoco había regresado a la empresa y visitar el domicilio donde vivía solo desde hacía años.

Tenía cincuenta y dos años, trabajaba instalando y reparando sistemas de seguridad y conducía habitualmente una furgoneta blanca que tampoco había aparecido.

Los datos de la denuncia coincidían con la documentación recuperada entre las pertenencias del fallecido. Las comprobaciones posteriores habían permitido confirmar su identidad durante la mañana del sábado.

Paula ya había recibido la noticia.

Molina dejó una copia de la denuncia sobre mi escritorio.

—La empresa se llama Seguridad Soria y Asociados. Está en un polígono de Móstoles y la lleva con una mujer llamada Carla Medina. He hablado con ella hace unos minutos. Sabía que Julián había desaparecido, pero todavía no le habían comunicado que lo hemos encontrado.

—¿Tienen registrada la intervención de Aravaca?

—Sí. Carla dice que conserva la orden de trabajo y que Julián salió el miércoles para revisar una instalación. Le he pedido que mantenga todo tal como está hasta que hablemos. También ha confirmado que la furgoneta sigue desaparecida.

Revisé la dirección de la empresa.

—¿Qué sabemos del vehículo?

—Tenemos matrícula y descripción. Ya se estaba buscando a raíz de la denuncia, aunque hasta anoche nadie había relacionado su ausencia con la casa. He pedido que amplíen las comprobaciones a los accesos de Aravaca y a las zonas donde pudiera haber quedado estacionado.

Cogí la chaqueta.

—Vamos a hablar con Carla. Quiero saber qué esperaba encontrar Julián en aquella vivienda y quién sabía que iba a trabajar allí.

La empresa ocupaba una nave pequeña, entre un almacén de materiales eléctricos y un taller de carpintería metálica.

Tenía un escaparate estrecho donde se exhibían cámaras, detectores de movimiento y cerraduras electrónicas.

Detrás del cristal, una pegatina anunciaba un servicio de asistencia durante las veinticuatro horas.

Carla Medina nos abrió antes de que llamáramos.

Tendría unos cuarenta y cinco años. Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey gris con el logotipo de la empresa. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y sostenía unas llaves que hacía girar entre los dedos.

—Inspector Rivas, supongo. Me ha dicho su compañero que venían esta mañana. ¿Han encontrado alguna cosa de Julián?

La acompañé hasta el interior.

El mostrador daba paso a un despacho separado del almacén por una mampara de cristal. Sobre una mesa había carpetas de clientes, varias cajas de material y una taza de café que conservaba una película de leche en la superficie.

Carla nos ofreció dos sillas, pero permaneció de pie.

—Paula me llamó el jueves porque estaba preocupada.

Llevábamos desde el miércoles intentando localizarlo y yo pensaba que habría tenido algún problema con la furgoneta o que estaría en un hospital.

Ayer llamé otra vez a la Policía para preguntar si había novedades.

¿Han sabido dónde estuvo después de salir de aquí?

Esperé a que dejara las llaves sobre el mostrador.

—Carla, hemos localizado a Julián en la vivienda de Aravaca. Lamento decirle que ha fallecido. Su hija ya ha sido informada esta mañana por los compañeros encargados de comunicarle lo ocurrido.

Me miró sin responder.

Después se sentó y apartó la taza de café hasta el extremo de la mesa.

—¿En la casa donde tenía que revisar la alarma?

—Sí. Lo encontramos anoche en una habitación interior, junto a material que parece relacionado con su trabajo. Estamos investigando las circunstancias de la muerte.

Carla dirigió la vista hacia la mampara. En el almacén, un trabajador estaba colocando cajas sobre una estantería y se detuvo al advertir que ella lo observaba.

—Ayer estuve llamando al cliente —dijo finalmente—. Pensaba que a lo mejor Julián había terminado allí y se había marchado a otro servicio sin avisar. Él nunca hacía esas cosas, pero cuando llevas dos días intentando encontrar a alguien empiezas a pensar cualquier tontería.

Se levantó para cerrar la puerta del despacho.

Cuando volvió, había guardado las llaves en un cajón.

—Díganme qué necesitan. Tengo todas las órdenes de trabajo. Julián era muy maniático con eso y ahora me alegro de que lo fuera.

Nos enseñó el registro de servicios del miércoles.

Julián había salido de la empresa a media tarde. La intervención estaba prevista para las cuatro y media, aunque Carla aclaró que los horarios podían variar según el tráfico y la duración de los trabajos anteriores.

En la ficha figuraban la dirección de Aravaca, el nombre de Rafael Cobo y una descripción breve: Revisión de avisos repetidos. Comprobar central e histórico de incidencias.

—¿Habían recibido muchas llamadas de esa vivienda? —pregunté.

—Durante las últimas semanas, sí. Rafael decía que el sistema se activaba de manera inesperada, sobre todo cuando estaban en casa.

Aseguraba que habían revisado puertas y ventanas sin encontrar nada.

Cada vez que hablábamos, quería saber si los sensores podían fallar o si alguien estaba intentando entrar.

Molina acercó la ficha.

—¿Ustedes habían confirmado alguna intrusión?

—Los avisos que recibíamos indicaban actividad del sistema. Eso es distinto de encontrar una puerta forzada o comprobar que alguien ha entrado. Para determinar de dónde venían necesitábamos revisar los registros completos y comparar los distintos tipos de incidencias.

Carla abrió una carpeta donde guardaban varias solicitudes anteriores.

—En principio ofrecimos enviar a otro técnico. Julián estaba bastante ocupado y teníamos dos instalaciones pendientes de terminar. Pero Rafael insistió en que fuera él. Decía que conocía la casa y que prefería no tener que explicarle todo a una persona nueva.

—¿Julián había trabajado allí antes?

—Sí. Hace años instalamos parte del sistema y después hicimos algunas modificaciones. La propiedad ha cambiado de manos, pero nosotros seguimos encargándonos del mantenimiento. Julián sabía dónde estaba la central y conocía una habitación interior que utilizaban para las instalaciones.

Recordé la lámpara roja, la pila y los cables que recorrían la estancia.

—¿Le había hablado de esa habitación?

—Alguna vez. La llamaba el cuarto oscuro porque antes se utilizaba para revelar fotografías.

Recuerdo que la entrada estaba escondida detrás de una especie de panel.

En las visitas anteriores, el responsable de la casa le enseñaba cómo abrirlo.

Julián decía que era una instalación incómoda, sobre todo cuando tenían que meter una escalera o herramientas grandes.

Molina me miró.

La explicación encajaba con el acceso que habíamos descubierto.

—¿Por qué Rafael necesitaba una revisión precisamente aquel miércoles? —pregunté—. ¿Había alguna avería que impidiera utilizar la alarma?

Carla buscó otro documento.

—Eso fue lo que nos costó entender. Él quería que preparáramos un informe para solicitar la sustitución de algunos equipos.

Al parecer, la entidad que pagaba parte de los gastos necesitaba justificar el desembolso.

Nosotros le explicamos que antes había que comprobar si existía una avería real.

Cambiar una central porque se reciben avisos extraños puede salir caro y no solucionar absolutamente nada.

—¿Y aceptó la revisión?

—Terminó aceptándola, aunque volvió a pedir que acudiera Julián. Insistía mucho en que las cosas tenían que hacerse con discreción porque en la casa vivían dos menores que estaban pasando una situación complicada.

Carla cerró la carpeta.

—Julián también me dijo que le parecía extraño que siempre hablara Rafael.

Cuando surgía alguna pregunta sobre quién había recibido un aviso o qué estaba haciendo la familia en ese momento, él contestaba por todos.

Mi socio quería comprobar los datos directamente en la instalación para dejar de discutir por teléfono.

Un trabajador abrió la puerta y preguntó a Carla si debía preparar una reparación que tenían prevista para aquella mañana.

Ella consultó el reloj y le pidió que llamara al cliente para explicar que tendrían que reprogramarla.

—Dile que ha surgido un problema grave y que esta semana reorganizaremos los servicios. Si necesita asistencia urgente, pásale el número de guardia. Prefiero que no dé más explicaciones hasta que haya podido hablar con todos.

Cuando nos quedamos solos, abrió uno de los cajones de su mesa.

Dentro había una libreta de tapas negras con varias hojas dobladas.

—Esto era de Julián. No llevaba toda su vida en el ordenador.

Apuntaba las cosas que quería comprobar y luego pasaba los datos al informe del cliente.

Los demás nos reíamos porque guardaba hasta las referencias de los tornillos, pero cuando alguien llamaba tres años después para preguntar qué pieza llevaba una puerta, él encontraba la respuesta.

Pasó las páginas hasta localizar la fecha del miércoles.

Había dos direcciones anteriores a la de Aravaca, acompañadas de anotaciones técnicas. La última ocupaba apenas cuatro líneas.

Carla señaló la primera.

—Aquí escribió que quería descargar el historial de la central y comparar los avisos con los registros de uso. También apuntó que revisaría las credenciales de administración antes de recomendar ningún cambio.

—Explíquenos esa diferencia —pidió Molina—. Si una familia recibe una alarma, ¿es posible que se haya activado sin que ningún sensor detecte movimiento?