La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 5
20%

CAPÍTULO 5

El quinto hombre

Avancé detrás de Pilar, procurando apoyar los pies donde ella acababa de hacerlo.

El paso era más estrecho de lo que parecía desde la despensa y desembocaba en una habitación rectangular, con el suelo de baldosas oscuras y las paredes cubiertas por una pintura que se había desprendido en varios puntos.

El olor a humedad se mezclaba con otro más desagradable, que todavía no conseguía identificar.

Pilar iluminó una mesa de trabajo situada a nuestra derecha. Sobre ella había herramientas, varios cables y una caja de plástico abierta. Detrás, junto a una de las paredes, descansaban dos armarios metálicos.

Molina entró después de mí.

—Aquí cabe bastante más de lo que parecía desde fuera. ¿Hasta dónde llega la habitación?

—Unos cuatro metros, aproximadamente —respondió Pilar mientras dirigía la linterna hacia el fondo—. Esperad un momento.

Se había detenido junto a la mesa.

Seguí la dirección de la luz y vi un zapato negro que sobresalía por debajo del tablero. Al principio pensé que alguien lo había dejado allí, pero detrás aparecía una pernera oscura y parte de una pierna extendida.

—Hay una persona —dije.

Pilar se acercó por el lado que ofrecía más espacio, esquivando una caja de herramientas que había quedado abierta sobre el suelo.

—Sergio, necesito que os quedéis donde estáis mientras compruebo su estado. Molina, pide asistencia sanitaria y avisa de que tenemos una persona aparentemente inconsciente.

Mi compañero sacó el teléfono.

Desde nuestra posición distinguí el cuerpo de un hombre tendido de costado, parcialmente oculto por la mesa. Llevaba pantalones de trabajo, una prenda azul oscura con bolsillos y botas de seguridad. Tenía el cabello entrecano y una mano apoyada sobre el suelo, cerca de una de las patas metálicas.

Pilar se agachó junto a él.

La escuché llamarlo y vi cómo realizaba una comprobación rápida de sus signos vitales, procurando alterar lo menos posible su posición. Después permaneció unos segundos inmóvil.

—Está frío y no responde. Que venga el equipo sanitario cuanto antes. También necesitaremos al médico forense.

Molina transmitió la información y se acercó hasta donde yo estaba.

—¿Podría ser Rafael?

—Rafael tiene cuarenta y ocho años. Este hombre parece algo mayor, pero hasta que podamos examinarlo e identificarlo...

Volví a observar su ropa.

Ninguno de los cuatro desaparecidos había sido descrito con aquel uniforme. En el bolsillo de la prenda distinguí una zona rectangular donde parecía haber estado cosida una identificación.

—Tenemos que comprobar el resto de la habitación —dije—. Podría haber alguien más.

Pilar indicó a uno de los técnicos que permanecían junto a la entrada que realizara una inspección visual de los rincones y los armarios accesibles, sin mover objetos innecesariamente.

La estancia terminaba en una pared continua. Había una pila antigua, una instalación de ventilación junto al techo y varios muebles cerrados. La comprobación inicial no permitió localizar a ninguna otra persona.

Cuando llegaron los sanitarios, les facilitamos el acceso y dejamos que trabajaran.

Poco después confirmaron el fallecimiento.

Me aparté hacia la despensa con Molina.

Durante dos días habíamos buscado a cuatro personas que parecían haberse marchado de una vivienda dejando atrás sus objetos personales.

Acabábamos de encontrar a una quinta, muerta en una habitación que alguien había disimulado detrás de una pared.

La presencia del cadáver modificó inmediatamente el trabajo en la casa.

Mientras se comunicaba el hallazgo a la autoridad judicial y se organizaba la intervención forense, Pilar amplió la zona protegida y comenzó a documentar los accesos.

Uno de sus compañeros fotografió el mecanismo del panel desde ambos lados; otro tomó imágenes generales de la estancia antes de acercarse a los objetos.

Molina y yo permanecimos junto a la entrada.

—Voy a pedir que revisen los avisos de personas desaparecidas y los servicios técnicos que pudieron acudir a esta casa —comentó—. Si llevaba esa ropa por trabajo, alguien debería poder decirnos dónde tenía que estar el miércoles.

—Empieza por quienes gestionaban el inmueble. La asociación conocía las reparaciones y Rafael se encargaba habitualmente de recibir a los técnicos. También quiero saber qué empresas han trabajado aquí durante los últimos meses.

—¿Y el propietario?

—Que nos facilite las facturas y cualquier contrato de mantenimiento que conserve. Si el fallecido estaba revisando una instalación, tenemos que establecer quién lo llamó, cuándo llegó y por qué acabó dentro de esta habitación.

Molina volvió la vista hacia el panel.

—Hay algo que me preocupa. Para entrar aquí hay que conocer el mecanismo o encontrarlo por casualidad después de retirar las estanterías.

A este hombre podrían haberle enseñado el acceso si necesitaba trabajar dentro, pero también habría que explicar por qué alguien quiso ocultárselo a la gente que vivía arriba.

—Puede que la habitación estuviera reservada para instalaciones y que no todos la utilizaran. Averigüemos quién tenía acceso antes de decidir qué significaba mantenerla escondida.

Pilar apareció junto a nosotros.

—Quiero enseñaros una cosa antes de que venga el forense. Desde aquí podéis verla sin entrar.

Nos condujo hasta el lateral del panel.

La estancia tenía una instalación antigua de revelado fotográfico. Quedaban una lámpara de cristal rojo, soportes en la pared y una pila profunda conectada a una tubería de desagüe. Parte de ese material había quedado relegado detrás de muebles modernos.

En cambio, los cables que recorrían la pared derecha terminaban en una caja de control mucho más reciente.

—Parece una instalación de seguridad —dijo Molina.

—Hay elementos compatibles con eso —respondió Pilar—. La central está conectada y tiene varias entradas. Prefiero que un especialista documente las conexiones antes de desconectar nada.

La mesa reunía herramientas que parecían destinadas a trabajos eléctricos y de mantenimiento. Había destornilladores de distintos tamaños, un comprobador, rollos de cinta aislante y una carpeta de plástico entreabierta.

En el extremo descansaba una tableta con la pantalla agrietada.

—¿La ha golpeado alguien? —pregunté.

—Podría haberse caído o haber recibido un impacto. Vamos a documentar las marcas y comprobar si conserva información. Por ahora solo sabemos que está dañada.

La caja de herramientas estaba abierta y faltaban varias piezas de sus compartimentos.

Me llamó la atención una silla colocada debajo de la mesa, con el respaldo orientado hacia la pared. Parecía una posición incómoda para trabajar, aunque el espacio disponible tampoco permitía muchas alternativas.

—¿Habéis encontrado algún documento de identidad? —pregunté.

—Todavía no hemos terminado de revisar sus pertenencias. Eso se hará con las garantías correspondientes. Hay una tarjeta en uno de los bolsillos, pero no voy a extraerla hasta que documentemos su posición.

Pilar nos mostró después una fotografía del suelo, tomada cerca del cuerpo.

La suciedad presentaba diferencias visibles. Había una zona más clara, con marcas irregulares, junto a otra donde el polvo se había acumulado alrededor de una pata de la mesa.

—Aquí parece que han pasado un paño o algún utensilio de limpieza —explicó—. Quiero recoger muestras. Podrían ser restos de mantenimiento, pero algunas marcas se encuentran cerca de otras manchas que tendremos que analizar.

Molina se inclinó sobre la fotografía.

—¿Has visto algo parecido en la despensa?

—Tenemos una muestra tomada junto al rodapié y todavía está pendiente de análisis. Si encontramos material que permita una comparación, lo estudiaremos.

No añadió nada más. Volvió al interior para continuar con su trabajo.

El técnico que había acompañado a Pilar señaló entonces un objeto situado cerca de un armario. Era una pieza metálica pequeña, con forma de cuña, parcialmente oculta entre una caja y la pared.

Pilar ordenó fotografiarla antes de mover cualquiera de los elementos que la rodeaban.

—Podría formar parte de una herramienta o de algún mecanismo de cierre —comentó—. Habrá que ver si tiene relación con algo de lo que hay aquí.

Observé de nuevo el cuerpo.

La mano del fallecido descansaba cerca de la pata de la mesa. Desde donde estábamos, no era posible saber si había caído mientras trabajaba o si alguien lo había movido después.

La autopsia y el examen de la estancia tendrían que ayudarnos a reconstruir sus últimas horas.

El médico forense llegó cerca de las diez y media.

Era un hombre de mediana edad, de voz tranquila y pocas palabras, al que había visto en otros servicios. Después de escuchar el resumen de Pilar, examinó el cuerpo y pidió que le facilitaran espacio para trabajar.

Cuando terminó la valoración inicial, nos reunimos junto a la puerta.

—Hay una lesión importante en la cabeza —explicó—. Presenta características que podrían corresponder a un impacto con un objeto contundente. Necesitaré la autopsia para establecer la causa de la muerte y valorar si existen otras lesiones.

—¿Puedes orientarnos sobre cuándo murió? —preguntó Molina.

—Puedo daros una estimación preliminar, pero las condiciones de esta habitación obligan a ser cuidadosos. La ventilación, la temperatura y la humedad pueden influir en los cambios post mortem. Prefiero examinarlo en condiciones adecuadas antes de fijar una franja que después resulte engañosa.

Le expliqué que investigábamos la desaparición de cuatro ocupantes desde el miércoles.

El forense volvió la vista hacia la mesa.

—Entonces interesa determinar si este hombre murió durante el periodo que estáis reconstruyendo. Los resultados deberían permitir acotarlo mejor, aunque no siempre se puede establecer una hora precisa.

Molina le mostró una fotografía de la pieza metálica.

—¿Podría ser el objeto que produjo el golpe?

El médico la examinó sin tocar el soporte.

—Es demasiado pronto para atribuirle una lesión. Primero tenemos que estudiar sus características y las del traumatismo. Después podrá valorarse la compatibilidad.