La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Lo que figura en los papeles

El primer documento que nos obligó a corregir la información sobre la familia de Aravaca llegó mientras yo regresaba de dejar a Claudia en casa.

Nuria me llamó desde comisaría y me pidió que pasara por allí antes de volver a la vivienda. Había recibido las comprobaciones solicitadas a los centros escolares y necesitaba enseñarme algo que, según sus palabras, era mejor leer que escuchar por teléfono.

Cuando entré en su despacho, tenía varias ventanas abiertas en el ordenador y una fotografía de los cuatro desaparecidos junto al teclado.

—Hemos estado llamando a Rafael Cobo padre de familia desde que encontramos la casa —dijo mientras me acercaba una silla—. Pues parece que eso es algo que nos han contado los vecinos, porque los documentos dicen otra cosa.

Giró la pantalla hacia mí.

La ficha escolar de Nicolás identificaba a Esther Aranda como madre y a Óscar Ledesma como padre. Rafael figuraba en otro apartado, entre las personas autorizadas para recoger al menor.

—¿Y la documentación de Lucía?

—Igual. Esther y Óscar aparecen como progenitores. Rafael está autorizado para recogerla y consta como teléfono de contacto alternativo. En el instituto creían que era su padre porque acudía con frecuencia, pero nadie recuerda que él se presentara expresamente como tal.

Repasé los nombres y las fechas. Ambos menores compartían progenitores y los datos de filiación coincidían con las comprobaciones realizadas por el equipo.

—Comprueba también si existe algún vínculo matrimonial entre Esther y Rafael. En el colegio pueden figurar datos antiguos y convivir con unos niños tampoco convierte a nadie en su padre.

—Ya hemos solicitado la comprobación. Por ahora no consta matrimonio entre ellos. Eso, naturalmente, no nos dice qué relación tenían ni cómo llegaron a vivir juntos.

Me fijé en una autorización firmada por Esther meses atrás.

Permitía que Rafael recogiera a Nicolás y se ocupara de determinadas gestiones escolares. La firma estaba fechada poco después de que la familia se instalara en Aravaca.

—¿Quién presentó esa autorización?

—La propia Esther, según el centro. Recuerdan que acudieron juntos una mañana para completar los trámites. Rafael llevó parte de la documentación y ella firmó lo que correspondía.

Devolví la hoja.

—Entonces nadie ha suplantado la identidad de un padre. Al menos, que sepamos. Necesitamos averiguar qué papel tenía Rafael en esa casa y por qué los vecinos daban por hecho que era el marido de Esther.

Nuria abrió otra carpeta.

—Hay algo más. Óscar Ledesma aparece en antecedentes relacionados con amenazas durante la separación.

También constan intervenciones policiales por episodios de violencia en aquella relación.

Estamos recuperando la documentación para distinguir qué hechos quedaron acreditados y qué medidas pudieron adoptarse.

Le pedí que me mostrara las fechas.

Los episodios eran anteriores a la llegada de Esther a Aravaca. Una parte de las actuaciones correspondía a conflictos por los menores y otra a denuncias que describían situaciones de intimidación.

La fotografía que Nuria había colocado junto al teclado adquirió para mí un significado distinto.

Rafael tenía un brazo alrededor de Esther y otro sobre los hombros de Nicolás. Los cuatro sonreían delante de una montaña, como habrían hecho miles de familias durante unas vacaciones.

Hasta entonces habíamos supuesto que el hombre de la imagen era el padre de los niños.

—¿Tenemos localizado a Óscar? —pregunté.

—Estamos comprobando sus domicilios y su trabajo. Figura vinculado a un taller de reparación de vehículos, aunque todavía falta confirmar su situación actual.

—Quiero que el equipo que lo busca conozca las circunstancias de la separación. Si ha intentado contactar con Esther o los niños recientemente, necesitamos averiguarlo. Y que comprueben su paradero durante la tarde del miércoles.

Nuria comenzó a transmitir la instrucción, pero levantó la vista antes de terminar.

—Hay otra posibilidad, Sergio. Si Esther se trasladó allí para alejarse de él, quizá Rafael estuviera ayudándola. Eso explicaría que una tercera persona recogiera a los niños y apareciera como contacto habitual.

—Es una posibilidad importante. Averigüemos quién organizó el alojamiento.

La respuesta estaba en los pagos de la vivienda.

Uno de los agentes que revisaba la documentación del alquiler había localizado las transferencias mensuales correspondientes a los últimos ocho meses. Procedían de una asociación llamada Umbral.

Nuria me mostró la información básica de la entidad.

Se dedicaba a prestar apoyo a personas en situación de vulnerabilidad, principalmente mediante orientación, acompañamiento y alojamiento temporal. Tenía domicilio en Madrid y varios proyectos sostenidos mediante subvenciones y donaciones privadas.

—La casa no parece formar parte de ningún programa policial de protección —me explicó—. Es un recurso de una asociación. Según sus documentos públicos, trabajan con familias que necesitan salir de situaciones complicadas y encontrar otro lugar donde vivir.

—¿Rafael trabaja allí?

—Figura entre los colaboradores desde hace años. Estamos comprobando si tiene contrato, pero en las referencias que hemos encontrado aparece como voluntario. Su nombre está relacionado con la gestión de algunos alojamientos.

Cogí el teléfono y pedí que nos pusieran en contacto con la asociación.

La mujer que atendió la llamada se identificó como responsable de administración. Al escuchar el nombre de Esther Aranda, dejó de hablar durante unos segundos y me pidió que precisara por qué necesitábamos información.

Le expliqué que investigábamos una desaparición y que ya habíamos solicitado colaboración por los cauces oficiales.

—Conozco la vivienda —respondió finalmente—. La asociación se hace cargo del alquiler y de determinados suministros. Es uno de los alojamientos que utilizamos cuando alguien necesita un lugar donde quedarse durante un tiempo.

—¿Rafael Cobo era el responsable?

—Se ocupaba de muchas gestiones prácticas. Llevaba años colaborando con nosotros y conocía la casa bastante bien. Cuando surgía una reparación o había que recibir a alguien, normalmente se encargaba él.

—¿Vivía allí con Esther y sus hijos?

—Eso tendrán que hablarlo con Adela, nuestra presidenta. Yo puedo confirmarles los pagos y que Rafael colaboraba con la asociación, pero desconozco cómo habían organizado su convivencia. Nosotros gestionamos varios recursos y no participo directamente en todas las decisiones.

—¿Cuándo habló usted por última vez con Esther?

—Personalmente, hace bastante. Las comunicaciones sobre esa vivienda solían llegarnos a través de Rafael.

Anoté la respuesta.

Le pedí que conservaran los registros de contacto, los documentos del alojamiento y cualquier comunicación relacionada con los desaparecidos. También acordamos una entrevista con la presidenta de Umbral.

Cuando terminé la llamada, Nuria seguía examinando la fotografía.

—Si Rafael estaba encargado de la casa, tenía motivos para entrar y salir, recibir técnicos y tratar con los vecinos. Eso explicaría muchas cosas que nos han parecido normales desde el principio.

—Y quizá explique por qué Esther llegó allí. Pero todavía necesitamos escuchar su versión, y para eso tenemos que encontrarla.

Volví a mirar los expedientes escolares.

La presencia de Rafael en la vida de los niños estaba documentada. Había sido una persona autorizada por su madre para ocuparse de ellos.

Ahora sabíamos también que otra persona figuraba como padre y que Esther tenía antecedentes de un conflicto grave con él.

Pedí que actualizáramos la información enviada a los equipos de búsqueda. Ya teníamos una razón para comprobar posibles destinos vinculados a Umbral y para investigar si Óscar conocía el domicilio.

Era más de lo que sabíamos aquella mañana.

Molina me recibió en la entrada de la casa poco después de las ocho.

Tenía el plano doblado en cuatro y una mancha de polvo sobre la manga de la chaqueta.

—Pilar ha conseguido averiguar cómo está construido el cierre. Vas a tener que ver esto.

Mientras atravesábamos la cocina, le expliqué lo que habíamos descubierto sobre Esther, Rafael y Óscar.

Molina escuchó con atención, aunque interrumpió cuando mencioné las antiguas amenazas.

—Entonces tenemos a un hombre con antecedentes de violencia que podría tener motivos para buscar a Esther. Y a otro que vivía con ella y los niños sin ser su padre ni su marido. Lo primero que quiero saber es si Óscar conocía la dirección.

—Estamos comprobándolo. La asociación que paga el alquiler dice que Rafael se ocupaba de la vivienda. También quiero hablar con su presidenta para saber por qué Esther llegó aquí.

Molina guardó el plano bajo el brazo.

—Pues voy a proponerte otra pregunta. Si Rafael era quien gestionaba el alojamiento, ¿quién más tenía llaves? Porque el hombre que ha vivido aquí podía abrir cualquier puerta, pero también puede que otros voluntarios conocieran la casa.

—Incluye esa comprobación. Necesitamos una relación de todas las personas que hayan tenido acceso durante estos ocho meses.

Llegamos a la despensa.

Las estanterías habían sido desplazadas después de documentar su posición. La moldura que ocultaba la estructura metálica descansaba sobre una superficie protegida y parte del revestimiento había quedado retirada.

Pilar nos esperaba junto a la pared con dos técnicos.

—Hemos encontrado algo bastante distinto de lo que parecía ayer —dijo.

Me acerqué.

Lo que habíamos tomado por un tabique añadido no estaba construido como el resto de la pared. Era un panel rígido montado sobre un bastidor metálico. Lo habían recubierto con una capa delgada de material texturizado y pintado hasta darle el mismo aspecto que los muros de la despensa.

—Desde fuera parecía una pared porque alguien se preocupó de que lo pareciera —explicó Pilar—. Pero la estructura tiene elementos móviles. Hay un carril en la parte superior y un sistema de retención junto a este lateral.

Me señaló una pequeña pieza que había permanecido oculta detrás de una estantería.

Tenía una superficie desgastada y un borde metálico apenas visible.

—¿Puede abrirse sin desmontar el revestimiento? —pregunté.

—Eso estamos comprobando. El panel parece diseñado para desplazarse hacia un lado. El rodapié forma parte del mismo conjunto y las uniones quedan disimuladas por los muebles. Queremos reproducir su movimiento sin forzarlo más de lo necesario.

Molina examinó el borde.

—Entonces alguien podía utilizarlo y volver a cerrarlo. Bastaba con conocer el mecanismo y apartar la estantería.

—Exactamente. Las marcas del suelo son compatibles con movimientos repetidos, aunque habrá que estudiar cuándo se produjeron.

Pilar me mostró una fotografía ampliada de la pieza de retención.

—Hemos introducido una cámara de inspección por la separación lateral. Al otro lado hay espacio libre y una pared perpendicular, pero el ángulo es muy limitado. No hemos visto a nadie en la zona que alcanza la imagen. Estoy preparando la apertura completa para comprobar el resto.

—Si hay una estancia detrás, tenemos que revisarla ahora —respondí—. Seguimos buscando a cuatro personas y no podemos dejar un espacio sin examinar.

—Ya hemos organizado la entrada. Hemos tenido que asegurar el panel porque una de las piezas estaba parcialmente suelta y podía desprenderse al moverlo. Hemos avisado también al personal necesario para intervenir si el acceso presenta algún problema.

Observé la abertura.

Desde el pasillo se escuchaba el ruido de los demás agentes trabajando en la planta baja. En la cocina habían dejado encendida una luz que llegaba hasta el suelo de la despensa, pero la zona situada detrás del panel permanecía oscura.

Molina se acercó a mí.

—He hablado con el propietario por teléfono.

Compró la casa hace unos años y dice que ya estaba así cuando la adquirió.

Recuerda que la anterior propietaria mencionó un cuarto de instalaciones que había dejado de utilizarse, pero jamás le enseñó la entrada.

Nos facilitará la documentación que conserve.

—¿Sabía Rafael que existía?

—Todavía no podemos demostrarlo. Aunque, si llevaba ocho meses encargándose de las reparaciones, es una posibilidad que merece comprobarse.

Miré las estanterías apartadas.

Durante la inspección inicial, aquella pared había quedado oculta tras latas, cajas de alimentos y productos de limpieza. Era fácil pasar por delante sin detenerse, especialmente si nadie esperaba encontrar una abertura.

Habíamos recorrido la despensa buscando indicios de una desaparición.

Alguien había diseñado aquel acceso para que pareciera parte de la casa.

Pilar pidió que nos apartáramos mientras los técnicos liberaban el mecanismo.

Uno sostuvo la pieza móvil desde un extremo y el otro actuó sobre el cierre lateral. Se escuchó un chasquido seco y el panel se separó unos centímetros del marco.

El técnico comprobó su estabilidad antes de continuar.

Después lo desplazaron lentamente hacia la izquierda.

El hueco que apareció era suficientemente ancho para que pasara una persona.

Más allá había un tramo estrecho de suelo oscuro y una pared que impedía ver el fondo.

El aire que salió de la abertura estaba cargado de humedad y tenía un olor desagradable, parecido al de los cuartos que permanecen cerrados durante mucho tiempo.

Pilar encendió una linterna.

El haz iluminó una superficie de baldosas antiguas, varios cables sujetos a la pared y el extremo de una mesa de trabajo. Sobre ella distinguí una caja de herramientas abierta y algunos objetos que, desde la entrada, no conseguía identificar.

El espacio se prolongaba más allá de lo que mostraban los planos.

Molina se situó a mi lado.

—Así que la casa tenía otra habitación.

Miré hacia el fondo.

En aquella parte de la vivienda no había ninguna abertura al exterior. Las paredes estaban cubiertas por pintura vieja y, cerca del techo, una instalación de ventilación discurría hacia una zona que permanecía fuera de nuestra vista.

Pilar terminó de comprobar que el panel quedaba asegurado y nos entregó material de protección para entrar.

—Vamos a revisar primero el espacio completo —dijo—. Despacio y procurando no alterar nada. Si hay alguien dentro, tendremos que atenderlo antes de continuar con el resto.

Me puse los cubrezapatos.

Molina encendió su linterna y esperó a que Pilar avanzara.

Detrás de la despensa había una habitación sin ventanas. Entramos a buscar a los desaparecidos.