La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Una puerta que no estaba

En los planos de la vivienda había un pasillo donde el día anterior habíamos visto una estantería llena de latas de conserva.

Molina extendió la copia sobre la encimera de la cocina y sujetó una esquina con un bote de azúcar.

Habíamos regresado a Aravaca poco después de las nueve de la mañana.

La búsqueda de los cuatro desaparecidos continuaba y, durante la noche, varios agentes habían revisado los accesos de las urbanizaciones cercanas sin encontrar imágenes que permitieran seguir sus movimientos.

—Son los planos de una reforma de principios de los ochenta —me explicó—. Los he pedido porque la parte trasera de la casa no terminaba de cuadrarme. Según el catastro, la superficie construida es algo mayor de lo que parece desde dentro.

Señaló un rectángulo situado entre la despensa y el muro exterior.

—Aquí había un pasillo de servicio. Comunicaba con otra estancia que no aparece identificada. Podría tratarse de un cuarto de instalaciones, un almacén o cualquier cosa que utilizaran los propietarios de entonces.

Observé el dibujo.

La cocina ocupaba prácticamente la misma posición que en la vivienda actual. A su derecha aparecía una despensa rectangular y, al fondo, una abertura que comunicaba con el pasillo.

—La casa ha tenido varias reformas —dije—. Es posible que eliminaran esa distribución hace años.

—Claro. Pero si lo hicieron, hay una cosa que me gustaría entender. El espacio que ocupaba el pasillo sigue estando dentro del perímetro de la vivienda. Si levantaron un tabique, tendría que haber algo detrás.

Molina recogió los planos y me acompañó hasta la despensa.

Era una estancia estrecha, con estanterías metálicas en dos paredes y un pequeño congelador junto a la entrada. Los agentes habían documentado su contenido durante la inspección inicial. Pilar había autorizado que examináramos las medidas sin desplazar los objetos.

Molina señaló el fondo.

—Según el dibujo, el paso debería estar aquí.

Me acerqué a la pared.

Estaba pintada del mismo color que las restantes, aunque la superficie resultaba algo más irregular. Unos centímetros por encima del suelo había un rodapié de madera que continuaba de un extremo al otro.

—¿Cuándo se hizo la última reforma?

—Estamos intentando localizar al propietario para que nos facilite la documentación. La modificación más reciente que consta en el Ayuntamiento es bastante posterior a estos planos, pero la descripción de las obras no aclara qué hicieron con esta parte de la casa.

Sacó una cinta métrica del bolsillo.

—He hablado con uno de los técnicos de Científica. Van a comprobar las dimensiones interiores antes de que decidamos hacer nada. Si el plano es correcto, aquí falta bastante más que el grosor de un tabique.

Medimos la distancia entre la entrada y el muro del fondo. Después repetimos la operación tomando como referencia una ventana de la cocina y el extremo de la fachada.

La diferencia no era suficiente para afirmar que existía una habitación oculta, pero tampoco parecía explicarse únicamente por el espesor de las paredes.

—¿Has comentado esto con Pilar? —pregunté.

—Sí. Viene con un compañero para revisar la zona. Me ha pedido expresamente que no toquemos nada hasta que terminen de examinarla.

—Me parece una petición razonable.

Molina guardó la cinta.

—A mí también, aunque me habría gustado que lo dijera con menos entusiasmo.

Salimos de la despensa para dejar trabajar a los técnicos.

Pilar llegó acompañada de un agente que transportaba material de medición y una pequeña cámara. Había pasado buena parte de la mañana supervisando la recogida de indicios, pero aceptó revisar personalmente la pared cuando Molina le mostró los planos.

—Si el hueco existe, tendremos que determinar primero cómo está cerrado —dijo—. Quiero documentar las uniones, los materiales y cualquier alteración que encontremos. Después veremos si podemos acceder sin destruir posibles pruebas.

—Seguimos buscando a dos menores —le recordé—. Si hay un espacio al que no hemos podido entrar, necesito saber qué contiene.

—Lo sé, Sergio. Precisamente por eso quiero que lo hagamos bien. Si detrás hay una estancia, puede tener otra entrada. Y si alguien ha levantado un cierre, necesito comprobar cómo está construido antes de pedir que lo retiren.

Le expliqué qué medidas habíamos obtenido. Ella escuchó sin interrumpirme y se agachó junto al rodapié.

Había una marca pequeña, de color pardo rojizo, cerca de la unión con una estantería.

—¿Esto estaba documentado? —preguntó.

Su compañero comprobó las fotografías de la inspección anterior.

—Se ve en una de las imágenes generales, aunque no la habíamos recogido como indicio independiente.

Pilar colocó una escala junto a la marca y comenzó a fotografiarla.

—Voy a tomar una muestra. Podría ser óxido, pintura, suciedad de algún objeto que hayan arrastrado o una sustancia biológica. Hasta que tengamos resultados, evitad ponerle nombre.

Molina se inclinó para observarla.

—¿Crees que tiene relación con el tabique?

—Todavía no sé si el tabique tiene algo que ver con la desaparición. Dadnos espacio y terminaremos antes.

Regresamos a la cocina.

Desde allí escuchamos el ruido de los instrumentos y las indicaciones que Pilar daba a su compañero. La pared permanecía intacta, pero la posibilidad de que hubiera un espacio sin inspeccionar obligaba a modificar nuestras prioridades.

Pedí que otro equipo comprobara desde el exterior la correspondencia de aquella zona con la fachada. También solicité que se mantuviera la búsqueda de los menores sin esperar al resultado de la inspección.

Habíamos encontrado una anomalía en la distribución de una vivienda. Eso justificaba examinarla.

Todavía estaba lejos de demostrar que explicara una desaparición.

A media mañana nos desplazamos al instituto de Lucía.

Una profesora y la orientadora nos esperaban en un despacho situado junto a la biblioteca. Habían reunido los registros de asistencia y habían hablado con algunos docentes que conocían a la adolescente.

—Lucía vino a clase el miércoles por la mañana —explicó la profesora—.

No detectamos ningún problema concreto durante las primeras horas.

Después faltó al ensayo de teatro que tenía previsto por la tarde.

Pensamos que habría avisado a alguno de sus compañeros, pero nadie nos comunicó una ausencia justificada.

—¿Era habitual que faltara?

—Últimamente había dejado de participar en algunas actividades. Antes se quedaba casi siempre a los ensayos, pero durante las últimas semanas empezó a marcharse al terminar las clases. Cuando le pregunté qué sucedía, me dijo que tenía asuntos en casa y que no sabía si podría continuar con la obra.

Molina consultó sus notas.

—¿Le pareció preocupada o asustada? Nos interesa saber si llegó a mencionar algún problema concreto, aunque fuera de manera indirecta.

La profesora tardó unos segundos en responder.

—La veía cansada. Había días en los que apenas intervenía y otros en los que estaba como siempre, hablando con sus amigas. Nunca me contó nada que pudiera interpretar como una amenaza. Si hubiera tenido un motivo claro para pensar que estaba en peligro, habría hablado con orientación.

La orientadora añadió que tampoco constaban denuncias ni comunicaciones recientes sobre problemas familiares.

Después nos facilitaron la posibilidad de hablar con Alba, una compañera cercana a Lucía. La adolescente acudió acompañada por la orientadora y se sentó frente a nosotros con las manos apoyadas sobre las rodillas.

—¿Ha aparecido? —preguntó antes de que empezáramos.

—Todavía estamos buscándola —respondí—. Queremos reconstruir sus últimos días y nos han dicho que sois amigas. Cualquier cosa que recuerdes puede ayudarnos, aunque te parezca poco importante.

Alba miró hacia la orientadora antes de contestar.

—El lunes estuvimos repasando una escena porque Lucía quería cambiar unas frases. Después dijo que seguramente tendría que dejar la obra. Le pregunté por qué y me contestó que en su casa estaban cambiando algunas cosas, pero que prefería hablarlo cuando lo tuviera claro.

—¿Volvisteis a comentar el asunto?

—El miércoles le pregunté si iba a venir al ensayo. Me dijo que intentaría hacerlo. Parecía tener prisa y se marchó en cuanto terminó la última clase.

Molina le preguntó si conocía a Rafael.

—Lo he visto recogerla alguna vez. Normalmente la esperaba fuera y ella salía bastante rápido cuando lo veía. Pero tampoco era siempre él. Algunas tardes se marchaba andando.

—¿Lucía te dijo que Rafael fuera su padre? —pregunté.

Alba negó.

—Yo pensaba que sí porque vivían juntos, pero ahora que me lo pregunta, creo que ella nunca lo llamó así delante de mí. Siempre decía Rafael.

Anoté la respuesta.

La profesora nos explicó que también habían comprobado la actividad extraescolar de Nicolás. El miércoles tampoco había acudido a la sesión que tenía programada, aunque todavía estaban contrastando si se había comunicado alguna ausencia.

Aquello ampliaba el periodo que debíamos reconstruir. Las interrupciones de las rutinas habían empezado antes de la supuesta cena familiar.

Antes de marcharnos, Alba nos preguntó si podía hacer algo para ayudar.

Le pedí que conservara los mensajes y que nos avisara si recordaba alguna conversación relevante. También le expliqué que podía hablar con la orientadora si necesitaba ayuda para organizar la información o se encontraba desbordada por lo ocurrido.

Cuando salimos del instituto, Molina caminó un trecho sin hablar.

—Tenemos dos niños que dejaron de acudir a sus actividades y una chica que llevaba semanas apartándose de las cosas que le gustaban —comentó al llegar al coche—. Puede haber una explicación corriente para cada ausencia, pero quiero comprobar cuándo empezaron exactamente esos cambios.

—Pide al equipo que reconstruya las últimas recogidas y los trayectos habituales. Si dejamos de encontrar a los dos en los lugares donde solían estar, quizá sepamos desde cuándo cambió su rutina.

Molina sacó el teléfono para transmitir las instrucciones.