La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Hay algo que todavía no entiendo —dijo—. Si alguien los obligó a salir, podría haberles quitado los teléfonos para impedir que pidieran ayuda. Pero entonces tendría que haber tenido tiempo de colocarlos aquí. Y si se marcharon voluntariamente, alguien decidió dejarlos preparados de esta manera.

—En cualquiera de los dos casos necesitamos saber cuándo se reunieron.

—Y si estaban juntos antes de desaparecer.

Me pareció una pregunta mejor que las anteriores.

Habíamos hablado de una familia de cuatro personas como si todos sus movimientos dependieran unos de otros.

La mesa, las fotografías y las habitaciones reforzaban aquella imagen, pero todavía no teníamos un solo testimonio que confirmara que los cuatro habían estado reunidos durante las últimas horas.

Encontramos a Rosa Pastor hablando con un agente junto a su verja.

Al vernos, interrumpió la conversación y se acercó sin esperar a que la llamáramos.

—He estado pensando en lo que me preguntaron esta mañana. Sobre cuándo los había visto por última vez. Hay algo que quizá debería haberles contado.

Le pedí al agente que nos dejara hablar y nos apartamos hacia la entrada de su jardín.

—Cuéntenoslo desde el principio.

Rosa se apoyó en la verja.

—Ayer vi salir a Lucía con una bolsa de tela. Debían de ser las cinco y algo, aunque no estaba pendiente de la hora. Yo venía de comprar y estaba colocando unas macetas cuando la vi pasar por delante de su casa. Nicolás salió detrás de ella y estuvieron hablando un momento junto a la puerta.

—¿Salieron los dos a la calle?

—Sí. Lucía llevaba la bolsa colgada del hombro y el pequeño iba bastante entretenido con algo que tenía en las manos. Después se marcharon hacia la esquina. No me fijé en más porque tenía que terminar con las plantas.

Molina abrió su cuaderno.

—Esta mañana nos dijo que no había visto salir ningún coche, pero tampoco mencionó que hubiera visto marcharse a Lucía y Nicolás. ¿Por qué no nos lo contó entonces?

Rosa pareció molesta por la pregunta.

—Porque pensé que me preguntaban por la desaparición, por cuándo se habían marchado definitivamente. Los niños salían a comprar o a dar una vuelta muchas tardes. Yo supuse que regresarían, como siempre. Si hubiera creído que aquello tenía importancia, se lo habría dicho.

—Entiendo —respondió Molina—. ¿Vio a Esther acompañándolos?

—Desde donde estaba, no. Pero hay árboles delante de la entrada y tampoco podía ver todo el jardín. Quizá salió antes o después. Lo único que recuerdo con claridad es a los dos niños.

Le pregunté si podía ayudarnos a precisar la hora a partir de alguna actividad que hubiera realizado aquella tarde.

Rosa pensó unos segundos.

—Había salido del supermercado después de recoger un encargo en la farmacia. Conservo el recibo, si les sirve. Lo llevaba todo en una bolsa y recuerdo que todavía tenía que preparar la merienda de mi nieto.

—Nos servirá para acotar la franja. También necesitaremos comprobar si los vio regresar.

—Eso ya no podría asegurárselo. Entré en casa y estuve ocupada bastante rato. Más tarde vi llegar a Rafael con una carpeta, como les dije esta mañana.

Molina le mostró una imagen fija de la cámara.

Rosa se acercó para verla mejor.

—Sí, diría que es él. Esa chaqueta la llevaba muchas veces. Y la carpeta también parece la que vi, aunque desde aquí no puedo distinguirle la cara.

—¿Recuerda haber escuchado algo extraño mientras estaba en casa? —pregunté—. Una discusión, algún vehículo, una puerta cerrándose con fuerza...

Rosa vaciló.

—Hubo un golpe, pero tampoco sabría decirles de dónde venía. Estaba tendiendo ropa en la parte de atrás y escuché algo bastante fuerte. Pensé que alguien había dejado caer una herramienta o que habían cerrado un portón.

—¿Antes o después de ver a los niños?

—Creo que después, aunque ahora que lo pregunta no estoy completamente segura. Entre las casas se oyen muchas cosas. Hay un vecino que lleva semanas arreglando el garaje y a veces parece que está tirando una pared.

Le pedí que nos mostrara desde dónde lo había escuchado.

Atravesamos el pequeño jardín y llegamos a una zona con varias cuerdas para tender, junto a un cobertizo. Desde allí se veía parte de la vivienda de los desaparecidos, aunque la vegetación impedía distinguir la puerta trasera.

Rosa señaló hacia la derecha.

—Me pareció que venía de allí, pero también podría ser de la finca siguiente. Ni siquiera salí a mirar.

Le expliqué que volveríamos a consultarle los horarios cuando comparásemos las grabaciones con su recibo.

—No quiero darles información equivocada —dijo mientras regresábamos a la entrada—. Llevo toda la vida fijándome en quién entra y sale por esta calle, pero una cosa es recordar a los vecinos y otra reconstruir todo un día.

—Precisamente por eso estamos comprobándolo por varias vías.

Antes de marcharnos, Rosa volvió a mencionar a Esther.

—La última vez que hablamos me dijo que estaba cansada. Ahora pienso que quizá debería haberle preguntado si necesitaba algo, pero en ese momento solo parecían las preocupaciones normales de cualquiera.

Me guardé su observación. También podía ser simplemente el recuerdo de una conversación corriente, convertido en algo más importante después de una desaparición.

Al llegar al coche, Molina extendió sus anotaciones sobre el capó.

Habíamos empezado la mañana con la imagen de cuatro personas desaparecidas durante una cena. Ahora teníamos a dos menores que quizá habían salido de casa varias horas antes, a un hombre que aparentemente había regresado solo y a una vecina que recordaba un golpe sin poder situarlo con precisión.

—Voy a organizar la cronología por personas —dijo Molina—. Rafael, Esther, Lucía y Nicolás. Si seguimos tratando todos sus movimientos como si fueran uno solo, acabaremos rellenando los huecos con suposiciones.

—También hay que comprobar si Lucía y Nicolás regresaron después de esa salida. Rosa no pudo verlos durante toda la tarde.

—Ya he pedido que revisen los comercios cercanos. Si llevaban una bolsa y fueron a comprar, quizá alguien los atendió. Y hay una cámara en la esquina del supermercado que podría abarcar parte de la acera.

Miré las imágenes que habíamos guardado de las grabaciones.

El hombre de la carpeta aparecía caminando solo hacia la casa. Hasta que consiguiéramos identificarlo con seguridad y corregir el horario del sistema, aquella escena seguía teniendo un valor limitado.

—¿Y el golpe que recuerda Rosa? —pregunté.

Molina cerró el cuaderno.

—De momento es un ruido que una vecina escuchó sin saber de dónde venía. Le preguntaremos al hombre que está arreglando el garaje y veremos si alguien más oyó algo. Sería un error convertirlo ahora en una agresión.

Guardé el teléfono, que acababa de consultar para comprobar la hora.

—Tenemos cuatro personas cuyo paradero desconocemos y varios movimientos que todavía no encajan. Sigamos buscando a los cuatro, pero dejemos de suponer que desaparecieron juntos.

Molina abrió la puerta del coche.

—Eso significa que también tendremos que averiguar por qué la casa parece preparada para contar precisamente esa historia.

Miré hacia las ventanas de la primera planta. Desde la calle apenas se distinguía el interior y, salvo una persiana levantada a medias, todas permanecían cerradas.

Pensé en la cartulina que habíamos encontrado sobre el escritorio de Lucía.

NO MIRAR FUERA.

Podía ser un juego, un dibujo antiguo o una frase que solo tenía sentido para quien la escribió. Había aprendido a desconfiar de las interpretaciones que encajaban demasiado bien con nuestras sospechas.

Subí al coche y le pedí a Molina que regresáramos a comisaría para organizar las siguientes comprobaciones.

La mesa continuaba en aquella casa, esperando a cuatro personas.

Pero empezábamos a tener razones para preguntarnos si alguna de ellas había llegado siquiera a sentarse.