La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La última vez que los vieron

El hombre encargado de las cámaras llevaba diez minutos intentando convencernos de que las grabaciones de la urbanización eran mejores de lo que parecían.

—Las cambiamos hace dos años porque hubo varios robos en los garajes. El problema es que por la noche algunas matrículas salen borrosas, sobre todo cuando los coches llevan las luces encendidas. De día funcionan bastante bien.

Molina señaló una de las imágenes congeladas en el monitor.

—Entonces vamos a aprovechar que ayer todavía era de día. ¿Puede volver a poner la grabación desde las seis y media?

El encargado retrocedió unos minutos. Se llamaba Andrés y trabajaba para la comunidad de propietarios desde hacía siete años. Había instalado dos monitores sobre un escritorio demasiado pequeño para los archivadores, las llaves y las herramientas que tenía repartidas por allí.

En la pantalla apareció una calle tranquila, con varios chalets a ambos lados y un vehículo aparcado junto a la acera.

Un hombre entró en el encuadre caminando desde la derecha.

Llevaba pantalones oscuros, una chaqueta azul y una carpeta bajo el brazo izquierdo.

—Ese podría ser Rafael Cobo —dijo Molina.

Me incliné hacia el monitor.

El hombre avanzó hasta desaparecer detrás de un seto. La cámara estaba situada al otro lado de la calle y ofrecía una imagen bastante aceptable de su ropa, aunque apenas permitía distinguirle el rostro.

—¿A qué hora está grabado?

Andrés señaló la esquina superior.

—A las dieciocho cincuenta y uno.

—¿Está seguro de que el reloj funciona correctamente? —preguntó Molina.

—La grabación es de ayer.

—Eso ya lo sabemos. Le pregunto por la hora. Hay sistemas que adelantan unos minutos y otros que se quedan atrasados cuando llevan tiempo sin sincronizarse.

El encargado abrió una ventana de configuración y comparó el reloj del sistema con el de su teléfono.

—Ahora mismo adelanta casi siete minutos. Tendría que revisarlo, pero nadie nos había dicho que hubiera un problema.

Molina anotó la diferencia.

—Pues ya tenemos una primera comprobación pendiente. Conservaremos la grabación original y determinaremos el desfase antes de fijar horarios.

Le pedimos que reprodujera de nuevo la secuencia.

El hombre apareció caminando con paso rápido, cambió la carpeta de brazo y continuó hacia la vivienda.

—La señora Pastor nos dijo que lo había visto regresar alrededor de las siete —comenté—. Su recuerdo es compatible con esta imagen, aunque todavía tenemos que confirmar que sea él.

—Y que el reloj llevara el mismo adelanto ayer —añadió Molina—. Pero fíjate en otra cosa. Viene caminando desde la zona de las parcelas del fondo, no desde donde están los garajes comunitarios.

Andrés señaló un extremo del monitor.

—Por allí hay un camino que comunica con otras calles. Lo utiliza bastante gente, especialmente quienes salen a pasear o van a comprar.

—¿Ese camino tiene cámaras?

—Esta es la única que lo alcanza. Más atrás empieza una zona de parcelas grandes y cada propietario tiene su sistema, si quiere instalarlo.

Molina me miró.

—Entonces las cámaras principales pueden decirnos qué vehículos entraron o salieron por la urbanización, pero no qué personas utilizaron los caminos laterales.

—Exactamente —confirmó Andrés—. Hay otras salidas peatonales. Algunas llevan a calles donde no tenemos ninguna instalación.

Seguimos revisando imágenes durante casi media hora.

Los dos coches de la familia Cobo no aparecían abandonando la urbanización durante el periodo que estábamos examinando. Tampoco encontramos ninguna imagen clara de Esther ni de los niños.

Eso reducía algunas posibilidades, pero todavía dejaba demasiadas abiertas.

Molina pidió que conservaran todas las grabaciones disponibles desde el día anterior, no únicamente las correspondientes a la tarde.

—Necesitamos saber quién pasó por aquí antes de que desaparecieran —le explicó al encargado—. También nos interesan los vehículos que entraron y salieron varias veces, aunque ahora mismo no sepamos si tienen relación con el caso.

Mientras Andrés preparaba la conservación de los archivos, volví a mirar la imagen congelada del hombre con la carpeta.

Habíamos encontrado a alguien que parecía Rafael regresando a casa. Aquello encajaba con lo que nos había contado Rosa.

Seguíamos sin saber quién estaba dentro cuando llegó.

A media tarde regresamos a la vivienda.

Pilar había terminado de documentar buena parte de los dormitorios y se encontraba en la habitación de Lucía, examinando los objetos del escritorio. En el pasillo había varias cajas de material y uno de los técnicos trabajaba junto a la escalera.

—Hemos fotografiado las habitaciones y podemos enseñaros lo que hemos encontrado —dijo cuando nos vio—. Pero prefiero que dejéis los objetos donde están hasta terminar la recogida.

Molina observó las fotografías familiares que colgaban de la pared.

—¿Alguna novedad sobre las puertas o las ventanas?

—Estamos revisando los cierres. La entrada trasera tiene una pequeña holgura y la cerradura presenta desgaste, pero todavía no podemos atribuirlo a una manipulación reciente. También hay varias contraventanas cerradas desde dentro. Parece que las utilizaban habitualmente.

Entramos en el dormitorio de Lucía.

Durante la primera visita me había fijado en la ropa y los libros, pero ahora el escritorio estaba despejado y Pilar había extendido algunos cuadernos sobre una superficie protegida.

Había apuntes escolares, ejercicios de matemáticas y un libreto de teatro con varios nombres escritos junto a los personajes.

Me detuve frente a él.

—Mi hija también está preparando una obra —comenté—. Lleva semanas ensayando y todavía cambia algunas frases cuando cree que nadie la escucha.

Pilar señaló las anotaciones del margen.

—Esta chica hacía algo parecido. Hay correcciones, intervenciones tachadas y varias páginas marcadas. También hemos encontrado mensajes relacionados con actividades del instituto, aunque su contenido tendrá que examinarse por las vías correspondientes.

Pasé la mirada por el resto del escritorio.

Entre dos carpetas había una cartulina blanca doblada por la mitad. En su superficie habían dibujado una casa con un tejado rojo y varios árboles alrededor.

Debajo, escrito con letras grandes, aparecía un mensaje.

NO MIRAR FUERA.

—¿Eso estaba aquí? —pregunté.

Pilar acercó una de las fotografías.

—Debajo de una carpeta. Lo hemos documentado antes de moverla. La letra parece infantil, pero será necesario compararla si queremos atribuírsela a alguien.

Molina contempló el dibujo.

—Podría ser de Nicolás. A esa edad escriben cosas bastante más extrañas cuando juegan.

—También podría ser una norma de la casa —respondí.

—Podría. Pero una frase escrita en una cartulina no demuestra que nadie les prohibiera mirar por las ventanas.

Tenía razón, aunque había algo que merecía comprobarse.

Me acerqué a una de las contraventanas. Estaba cerrada, con el mecanismo interior encajado. La habitación recibía algo de claridad por una pequeña separación entre las hojas.

—¿Han encontrado los demás cierres igual? —pregunté a Pilar.

—La mayoría. Hay alguna ventana con las persianas levantadas y otras con las contraventanas abiertas. No presenta una distribución uniforme.

Molina observó los cuadernos.

—Lo que me interesa es averiguar si Lucía había dejado de hacer su vida normal antes de desaparecer. Tenemos un libreto, actividades escolares y ropa preparada. Podemos hablar con el instituto y con sus amigas, comprobar cuándo la vieron y si comentó algo que sus padres no conocieran.

—Eso nos ayudará más que interpretar un dibujo —respondí.

Pilar volvió a colocar la cartulina en su funda.

—Me alegra escucharos llegar a esa conclusión sin que tenga que recordároslo.

Salimos al pasillo.

En la habitación de Nicolás habían recogido parte de los objetos que estaban sobre la mesa. La nave espacial continuaba en el suelo, rodeada de piezas de construcción. Miré hacia la ventana, cuya contraventana también estaba cerrada.

Aquellas habitaciones tenían las marcas habituales de una convivencia: ropa utilizada, libros abiertos, juguetes que nadie había guardado.

Los niños habían dejado muchas cosas a medias.

Seguíamos sin saber si esperaban regresar para terminarlas.

Nuria nos esperaba en el salón cuando bajamos.

Había llegado con un equipo para documentar los cuatro teléfonos y coordinar las primeras comprobaciones digitales. Sobre la mesa auxiliar seguían los dispositivos, ahora identificados y fotografiados.

—Tenemos algo que puede ayudaros a reconstruir cómo quedaron las cosas —dijo—. El teléfono que atribuimos a Rafael estaba conectado al cargador. Los otros tres estaban apagados cuando se encontraron.

Molina se acercó.

—¿Apagados voluntariamente o sin batería?

—Todavía tenemos que comprobarlo. El estado en que los encontramos no basta para saberlo, y tampoco podemos dar por hecho quién utilizó cada aparato por el lugar donde estaba colocado. Estamos verificando las líneas y preparando las extracciones que puedan autorizarse.

Observé la posición de los dispositivos.

El cable del cargador llegaba desde un enchufe situado detrás de la mesa. Los otros tres teléfonos estaban alineados a su lado, con los bordes casi a la misma altura.

—¿Todos estaban colocados así cuando entró la patrulla?

—Eso consta en las primeras fotografías. También estamos comprobando si alguno fue desplazado durante la inspección inicial, pero por ahora no hay constancia de que ocurriera.

Molina señaló el teléfono más pequeño.

—Supongo que será el de Nicolás.

—Es probable, aunque la funda no demuestra quién lo utilizaba. La asignación de números y titulares nos ayudará a identificar cada uno.

Le pedí que nos avisara cuando tuviera datos contrastados sobre los últimos movimientos y comunicaciones.

Antes de marcharnos, Molina se quedó unos instantes frente a los cuatro móviles.