CAPÍTULO 1 #2
—Lo sé. Pero tampoco tenemos pruebas de que les haya ocurrido nada. Podrían estar con algún familiar y haber dejado los teléfonos para evitar que los localicen.
—Por eso vamos a buscar a los familiares.
—Sergio, no te estoy diciendo que esperemos. Solo quiero que tengamos abiertas todas las posibilidades.
Tenía razón.
Volví hacia el pasillo.
—Prepara las comprobaciones con la información que tenemos. Yo hablaré otra vez con la vecina, a ver si conseguimos establecer cuándo los vio por última vez.
Bajamos juntos.
Antes de salir, me detuve frente a una fotografía colgada junto a la escalera.
Aparecían los cuatro delante de un paisaje de montaña. Rafael tenía un brazo alrededor de Esther y el otro apoyado sobre los hombros de Nicolás. Lucía estaba a un lado, ligeramente separada, aunque sonreía a la cámara.
Parecían una familia cualquiera durante unas vacaciones.
Le pedí a Molina que solicitara una copia de aquella imagen y continué hacia el jardín.
Rosa Pastor nos recibió en su cocina.
Desde la ventana podía verse la casa de los desaparecidos y parte de la calle. Había una cafetera sobre la encimera y una radio encendida a un volumen tan bajo que apenas distinguí las voces.
—¿Han encontrado algo? —preguntó antes de que nos sentáramos.
—Todavía estamos examinando la vivienda. Necesitamos que nos ayude a reconstruir las últimas horas. ¿Cuándo vio a alguno de ellos por última vez?
Rosa se sentó frente a nosotros y empezó a buscar entre sus recuerdos.
—Ayer por la tarde vi entrar a Rafael. Serían las siete o quizá algo antes. No podría asegurárselo. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía tener prisa, pero eso no era raro en él. Siempre andaba ocupado con alguna cosa.
—¿Y a Esther?
—Por la mañana. Salió a tirar unas bolsas al contenedor y hablamos un momento. Me dijo que tenía muchas cosas que hacer y que llevaba unos días durmiendo mal.
—¿Le explicó por qué?
—No. Tampoco quise preguntarle. Es una mujer agradable, pero bastante reservada. Desde que llegaron he intentado hacerme amiga suya y nunca hemos pasado de hablar en la calle.
Molina abrió su cuaderno.
—¿Solían recibir visitas? Familiares, amigos, compañeros de trabajo...
—Muy pocas. Alguna persona que venía en coche y se marchaba al cabo de un rato. Rafael siempre decía que preferían estar tranquilos porque habían tenido problemas antes de mudarse.
—¿Qué clase de problemas?
Rosa negó despacio.
—Eso no me lo contó. Yo pensé que serían cuestiones de trabajo o quizá algo relacionado con la familia. Los niños parecían educados y Esther nunca me pidió ayuda, aunque algunas veces la encontraba preocupada.
—¿Preocupada por algo concreto?
—Eso es lo que no sé. Si lo hubiera sabido, se lo habría dicho.
La mujer miró hacia la ventana.
—Lo que me preocupa es Nicolás. Normalmente sale por la mañana camino del colegio y a veces lo veo cuando acompaño a mi nieto. Hoy no apareció. Primero pensé que estaría enfermo, pero después vi que el coche seguía dentro y que nadie contestaba al timbre.
Le pedí que nos explicara exactamente qué había hecho después.
Rosa describió cómo cruzó la calle, encontró el acceso del jardín mal cerrado y se acercó hasta la puerta trasera. Llamó varias veces y regresó a su casa cuando comprendió que nadie iba a responderle.
No recordaba haber escuchado gritos ni discusiones durante la noche.
Tampoco había visto salir ningún coche.
Antes de despedirnos, me acompañó hasta la puerta.
—Inspector, ¿usted cree que se han marchado porque querían?
—Es una posibilidad que tenemos que comprobar, igual que las demás.
—Rafael parecía un buen hombre. Siempre estaba pendiente de Esther y de los niños. Quizá demasiado, ahora que lo pienso.
Me interesó aquella última observación.
—¿Por qué dice eso?
Rosa tardó en contestar.
—Porque cada vez que hablaba con Esther acabábamos hablando de lo que Rafael consideraba conveniente. Si iba a apuntar a Nicolás a una actividad, si Lucía podía quedarse después de clase, si era mejor salir o permanecer en casa... Supongo que todas las familias tienen sus costumbres.
—¿Era Rafael quien se lo decía?
—Normalmente me lo explicaba ella. Pero hablaba mucho de lo que él opinaba.
Guardé el detalle sin darle todavía una interpretación.
—Gracias, señora Pastor. Es posible que necesitemos volver a hablar con usted.
—Cuando quieran. Estaré aquí.
De regreso a la vivienda, Molina recibió la confirmación de que ninguno de los dos menores había acudido a clase aquella mañana. Los centros estaban colaborando para facilitar la información pertinente y se habían iniciado las comprobaciones con sus contactos autorizados.
Junto a la puerta del jardín, consulté el teléfono.
Elena me había escrito para recordarme que Claudia necesitaba revisar unas páginas del libreto de teatro antes del próximo ensayo. También preguntaba si podría ocuparme de Daniel aquella tarde.
Contesté que todavía no sabía a qué hora terminaríamos, pero que la llamaría en cuanto pudiera organizarme.
Durante los últimos días habíamos hablado varias veces de cómo repartir el tiempo que exigían las nuevas diligencias sobre Irene Valdés.
La transferencia de ciento cincuenta mil euros autorizada por Gabriel Lozano, las declaraciones de Isabel Cuesta y la documentación remitida para revisar la antigua condena suponían un avance importante.
También implicaban nuevas gestiones, algunas fuera de Madrid.
Había prometido a Elena que no convertiría cada comprobación en una excusa para desaparecer durante días.
Guardé el teléfono y regresé al comedor.
Pilar había terminado las fotografías generales y sus compañeros continuaban examinando la casa. Molina permanecía junto a la mesa, consultando los datos que acababan de enviarle.
—Los dos coches están en el garaje —me informó—. Ninguno presenta daños aparentes y sus matrículas coinciden con las de los ocupantes. Estamos comprobando si existen otros vehículos relacionados con ellos.
—¿Y la cena?
—Pilar dice que recogerán muestras y documentarán los utensilios. De momento no puede precisar cuándo la prepararon.
Contemplé de nuevo los platos.
Cuatro personas habían vivido allí durante ocho meses. Tenían ropa en los armarios, fotografías en las paredes, alimentos en la cocina y juguetes en las habitaciones. Todo indicaba una convivencia normal, aunque eso no significaba que conociéramos sus circunstancias.
Había dos coches disponibles y ninguno parecía haberse utilizado para marcharse. Los teléfonos permanecían en el salón y la cena estaba servida.
Molina se acercó.
—He pedido que amplíen la búsqueda a los accesos de la urbanización. También comprobaremos los movimientos de los vehículos que pasaron por la zona desde ayer por la tarde. Con un poco de suerte encontraremos alguna imagen útil.
—Quiero que la búsqueda de los niños tenga prioridad. Y necesitamos hablar con alguien que los conozca mejor que los vecinos.
—Estoy de acuerdo. Rosa nos ha contado lo que veía desde enfrente, pero todavía no sabemos casi nada de lo que ocurría dentro de esta casa.
Me acerqué a la fotografía familiar que descansaba sobre un aparador.
Rafael sonreía a la cámara. Esther tenía una mano apoyada en el hombro de Nicolás y Lucía permanecía ligeramente inclinada hacia su hermano.
Pensé en lo poco que sabíamos de aquellas personas y en la facilidad con la que habíamos empezado a hablar de ellas como si conociéramos su vida.
Dejé la fotografía donde estaba.
—De momento tenemos cuatro personas desaparecidas —dije—. Averigüemos cuándo salió cada una de ellas y quién las vio. Después intentaremos explicar la mesa.
Molina cerró el cuaderno.
—Voy a organizar las entrevistas y las comprobaciones de cámaras. ¿Quieres que pida también los registros de las fincas cercanas?
—Sí. Y que nadie dé por hecho que los cuatro abandonaron la casa al mismo tiempo.
Regresé junto a la puerta mientras él empezaba a llamar.
A través del cristal veía a Rosa Pastor hablando con un agente al otro lado del jardín. Más allá, un repartidor había detenido su furgoneta frente a una vivienda y esperaba a que alguien saliera a recoger un paquete.
La calle continuaba funcionando como cualquier otra mañana.
Dentro, cuatro platos seguían esperando a cuatro personas de las que todavía no sabíamos dónde estaban.
Y aquello era lo único que, por el momento, podíamos afirmar con seguridad.