La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4)
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CAPÍTULO 1
Cuatro platos
Cuando llegamos a la casa, una mujer discutía con el agente que vigilaba la entrada del jardín. Tendría unos sesenta años, llevaba una chaqueta de punto sobre la ropa de estar por casa y sostenía un teléfono que no había dejado de mirar desde que bajamos del coche.
—Llevo toda la mañana intentando explicárselo —decía—. Esa familia tiene dos niños y ninguno ha salido de casa. El pequeño tendría que estar en el colegio desde las nueve.
El agente nos vio acercarnos y aprovechó para interrumpirla.
—Inspector Rivas, esta es la señora que ha dado el aviso. Ya le he explicado que necesitamos mantener despejada la entrada, pero insiste en quedarse.
—Porque vivo enfrente y conozco a esa gente. Si quieren saber algo, tendrán que preguntarme.
Molina se colocó a mi lado.
—Eso tiene bastante sentido. Aunque quizá podríamos hacerlo sin discutir en mitad de la calle.
La mujer lo miró con una mezcla de desconfianza y alivio.
—Me llamo Rosa Pastor. Llevo treinta y dos años viviendo aquí y nunca había tenido que llamar a la Policía por algo parecido.
—¿Ha entrado en la vivienda? —pregunté.
—Al jardín, sí. La puerta estaba abierta y me pareció extraño. Llamé varias veces, pero nadie contestó. Después vi los coches y pensé que les habría pasado algo.
—¿Llegó a entrar en la casa?
Negó con la cabeza.
—La puerta de atrás estaba entreabierta. Me asomé, llamé a Esther y, cuando vi que no contestaba nadie, salí. No me atreví a seguir.
El agente confirmó que la patrulla había encontrado la vivienda en esas condiciones. Después de recorrer la planta baja y comprobar que no había nadie, solicitaron apoyo ante la posibilidad de que se tratara de una desaparición.
Miré hacia la casa.
Era un chalet de dos plantas, rodeado por un jardín que habría necesitado una poda semanas atrás.
La fachada estaba pintada de blanco, aunque algunas zonas habían adquirido un tono grisáceo por la humedad.
Las ventanas de la planta superior tenían las persianas bajadas y, junto a la entrada, una enredadera había empezado a cubrir parte de la pared.
No parecía abandonada.
Tampoco había nada que justificara, de momento, la presencia de varios coches policiales.
—Vamos a entrar —le dije a Molina—. Después hablaremos con la señora Pastor con más tranquilidad.
Rosa dio un paso hacia nosotros.
—¿Van a buscar también a los niños?
Me detuve.
—Vamos a averiguar dónde están los cuatro. Necesito que permanezca localizable porque tendremos más preguntas, pero ahora es importante que podamos trabajar dentro.
La mujer aceptó, aunque siguió observándonos mientras atravesábamos el jardín.
La primera habitación que encontramos fue el comedor.
Pilar estaba fotografiando la mesa y un técnico de Científica examinaba los accesos al salón. Al vernos, levantó una mano para que esperáramos junto a la puerta.
—Antes de que empecéis a pasearos, todavía estamos documentando la planta baja. La patrulla ha recorrido las habitaciones para comprobar si había alguien, pero queremos conservar el resto como estaba.
—Buenos días a ti también —respondió Molina.
—Son casi las doce y media.
—Pues mejores todavía.
Pilar volvió a concentrarse en la cámara.
El comedor era amplio, con una mesa rectangular de madera situada junto a una ventana que daba al jardín. Había seis sillas, aunque únicamente cuatro estaban separadas lo suficiente para utilizarlas.
Sobre la mesa habían servido la cena.
Cuatro platos hondos contenían lo que parecía una sopa de verduras. El líquido estaba frío y una película más espesa cubría parte de la superficie. Había pan cortado en una cesta, una jarra de agua y cuatro vasos colocados junto a los cubiertos.
Me acerqué hasta el límite de la zona que Pilar había señalado.
—¿Han encontrado algún indicio de violencia?
—De momento no. Tampoco señales claras de que hayan forzado los accesos, aunque todavía tenemos que examinarlos con detalle.
Molina observó la mesa.
—Parece que estaban a punto de cenar cuando ocurrió algo. Si alguien entró y los obligó a marcharse, explicaría que lo dejaran todo aquí.
—Es una posibilidad.
—También podrían haber salido por su cuenta, pero no entiendo por qué dejarían la comida servida. Y mucho menos si estaban los niños.
Me fijé en los cuatro platos. Dos tenían la misma decoración azul en el borde y los otros pertenecían a una vajilla distinta. Uno de los vasos llevaba un pequeño dibujo infantil, casi borrado por los lavados.
Eran objetos normales, utilizados, propios de una casa donde vivían varias personas.
Lo que me interesaba era su disposición.
Las cucharas descansaban junto a los platos. El pan estaba cortado en porciones de tamaño parecido. Las cuatro sillas permanecían ligeramente retiradas de la mesa, como si alguien las hubiera preparado para sentarse.
—¿Habéis encontrado comida en otro lugar? —pregunté.
Pilar dejó la cámara un instante.
—Hay una olla en la cocina y algunos utensilios utilizados. Todavía estamos trabajando allí. ¿Por qué?
—Quiero saber si estaban preparando la cena o si ya la habían terminado cuando pasó lo que fuera.
Molina señaló los platos.
—La respuesta parece bastante evidente.
—Entonces no tendremos problemas para confirmarla.
Pilar volvió a la cámara.
—Si vais a empezar otra de vuestras discusiones, hacedlo fuera. Tengo que fotografiar también los cubiertos y no quiero encontraros reflejados en todos los vasos.
Nos apartamos hacia el salón.
Había un sofá grande, dos sillones de distinto color y una estantería llena de libros, juegos de mesa y fotografías familiares. Un televisor ocupaba la pared principal. Cerca de la ventana descansaba una mochila escolar azul.
Sobre una mesa auxiliar encontré lo que buscábamos antes incluso de saber que debíamos buscarlo.
Cuatro teléfonos móviles.
Estaban colocados en fila, uno junto a otro, con las pantallas hacia arriba.
—Molina.
Se acercó y los observó sin tocarlos.
—Cuatro personas desaparecidas y cuatro teléfonos. Al menos sabemos que no se los han llevado.
—Eso no nos dice quién los dejó.
—Si han salido voluntariamente, resulta extraño. Hoy en día hay gente que se olvida de ponerse los zapatos, pero vuelve a casa cuando descubre que no lleva el móvil.
Uno de los teléfonos era considerablemente más pequeño que los demás. Tenía una funda transparente con varias pegatinas de colores.
Pensé en Claudia, que cambiaba las fundas del suyo con una frecuencia que Elena consideraba completamente absurda, y en Daniel, que llevaba meses pidiendo un teléfono porque algunos compañeros de clase ya tenían uno.
—¿Tenemos identificados a los ocupantes? —pregunté.
Molina consultó la información enviada por la patrulla.
—Rafael Cobo, cuarenta y ocho años. Esther Aranda, cuarenta y uno. Lucía y Nicolás, menores de edad. Los vecinos creen que son un matrimonio con dos hijos. La casa está alquilada desde hace unos ocho meses y, según parece, llegaron todos juntos.
—¿Sabemos si tienen familiares cerca?
—Estamos empezando a comprobarlo. De momento solo tenemos los datos que han facilitado los vecinos y algo de documentación encontrada aquí.
Volví a mirar los teléfonos.
—Que Nuria se encargue de coordinar las comprobaciones de las líneas y sus últimos movimientos, con las autorizaciones que correspondan. También quiero saber si alguien ha recibido alguna llamada o mensaje de ellos desde ayer.
—Se lo pediré. Voy a solicitar además las cámaras de la urbanización. Hay una en la entrada principal y otra cerca del cruce. Si han salido en algún vehículo, quizá podamos seguirlo.
—Incluye los accesos peatonales y los caminos de alrededor. Todavía no sabemos por dónde pudieron marcharse.
Molina tomó nota y se alejó para telefonear.
Me quedé unos segundos junto a la mesa auxiliar.
Las cuatro pantallas negras reflejaban parte del techo.
Alguien había reunido allí los teléfonos. Quizá sus propietarios antes de marcharse, quizá otra persona después. Era imposible saberlo y, sin embargo, la imagen resultaba difícil de ignorar.
En una familia de cuatro miembros, encontrar los cuatro móviles juntos era algo que merecía una explicación.
Subimos a la primera planta cuando Pilar confirmó que podíamos recorrer las habitaciones sin alterar los objetos.
Había tres dormitorios y dos baños.
El principal tenía una cama de matrimonio, dos mesillas y un armario empotrado. Sobre una cómoda descansaban varias fotografías enmarcadas y un pequeño recipiente con monedas. Junto a la ventana habían dejado una cesta de ropa limpia que alguien todavía no había guardado.
La habitación de Lucía estaba llena de libros, cuadernos y ropa. Una chaqueta vaquera colgaba del respaldo de una silla, mientras que sobre el escritorio había fotografías con amigas, material escolar y varios folios escritos a mano.
La tercera habitación pertenecía, presumiblemente, a Nicolás.
Tenía una cama individual, una estantería baja y varias cajas con juguetes. En el suelo había piezas de construcción repartidas alrededor de una nave espacial a medio terminar.
Molina apareció en la puerta.
—He hablado con Nuria. Ya está intentando localizar a los familiares y comprobar los teléfonos. También hemos solicitado las imágenes de las cámaras, aunque nos advierten de que algunas pertenecen a comunidades privadas y habrá que gestionar el acceso.
Asentí mientras observaba la nave.
Daniel habría intentado terminarla antes de hacer cualquier otra cosa. Le gustaban las construcciones complicadas y tenía la costumbre de extender las piezas por toda la habitación, convencido de que cualquiera que quisiera pasar debía encontrar otra ruta.
—¿Qué sabemos de los colegios?
—Han quedado en confirmarnos las últimas asistencias. Según la vecina, Nicolás tendría que haber ido esta mañana y Lucía también tenía clase. Vamos a verificarlo directamente.
Me aparté de la cama.
—Necesitamos las fotografías recientes de los cuatro y avisar a las unidades que correspondan. Con menores desaparecidos no podemos permitirnos esperar a que alguien decida regresar a casa.
Molina siguió mi mirada hacia los juguetes.