La casa sin alma Capítulo 14
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Capítulo 14

—¿Qué se siente enterrar a las personas que amas?

No sé si existe una forma correcta de responder a esa pregunta.

Quizá porque enterrar a alguien no se parece a ninguna otra despedida.

Hasta ese momento uno puede conservar la ilusión de que todo aquello no es definitivo, de que todavía queda una posibilidad de despertar de aquella pesadilla y encontrar a la persona sentada en su lugar de siempre.

Pero llega un momento en que tienes que caminar detrás de un ataúd y aceptar, aunque tu corazón se resista, que esa persona ya no va a volver a casa.

Recuerdo el peso de aquellos días como algo difícil de explicar.

Había demasiadas personas, demasiadas flores, demasiadas palabras que intentaban consolar un dolor que no tenía consuelo.

Había abrazos de personas que apenas conocíamos y abrazos de quienes llevaban toda una vida a nuestro lado.

Todos hablaban, todos lloraban, todos intentaban encontrar alguna manera de acompañarnos, pero dentro de mí existía un silencio que ninguna voz podía llenar.

Porque una cosa es saber que alguien ha partido y otra muy distinta es verlo desaparecer bajo la tierra.

Creo que en ese momento entendí que el entierro no es solamente despedir un cuerpo.

También es despedirse de todas las posibilidades que todavía quedaban.

De las conversaciones que nunca volverán a ocurrir, de los cumpleaños que ya no tendrán su presencia, de las visitas que nunca volverán a ser iguales.

Es comprender que habrá lugares a los que regresarás muchas veces y, sin importar cuántos años pasen, siempre faltará alguien.

Después vino el vacío.

Un vacío que no apareció solamente en mi pecho, sino también en los lugares donde ellos habían vivido.

Las siguientes veces que fui al campo fueron extrañas.

Muy extrañas.

Antes de entrar ya podía sentir que algo había cambiado. La casa seguía allí, exactamente en el mismo sitio, pero ya no era la casa que yo conocía. Era como si alguien hubiera tomado todo aquello que le daba vida y se lo hubiera llevado de repente.

Ya no estaba mi abuelo.

No estaba mi abuela.

No estaba mi tía.

Y aunque las paredes seguían en pie, aunque los muebles continuaban ocupando sus lugares y aunque todavía podían quedar objetos que pertenecieron a ellos, la casa parecía haber perdido algo que no podía reemplazarse.

Su alma.

Eso era lo que sentía.

Como si las paredes hubieran aprendido durante décadas a reconocer sus voces y de repente no supieran qué hacer con el silencio.

Antes el campo tenía sonidos que yo relacionaba con ellos.

Los perros, el movimiento de la casa, las conversaciones, la radio, los pasos, las cosas que se hacían durante el día.

Había una vida allí. Incluso cuando nadie estaba hablando, siempre existía alguna señal de que la casa estaba habitada por personas que formaban parte de mi historia.

Después, todo parecía diferente. El silencio era demasiado grande. Miraba hacia los lugares donde mi abuelo solía estar y no encontraba nada. Pasaba por espacios donde había visto a mi abuela tantas veces y sentía que faltaba algo.

Pensaba en mi tía y recordaba que ya no iba a aparecer por ninguna puerta, que ya no iba a contarme alguna cosa que me hiciera reír. Era una casa llena de recuerdos y, al mismo tiempo, completamente vacía. Y había algo más que apareció después de aquella noche: la desconfianza.

Antes podía llegar al campo sin pensar demasiado en el lugar. Era simplemente la casa de mis abuelos. Un sitio familiar, conocido, asociado a mi infancia y a todos los años que pasé allí.

Después ya no podía mirarlo de la misma manera. Cada ruido me hacía prestar atención. Cada persona desconocida podía despertar una pregunta. Cada vez que escuchaba algo afuera, mi mente regresaba a aquella noche.

La tranquilidad que antes sentía allí desapareció. Y eso también fue una pérdida. Porque no solamente había perdido a mis abuelos y a mi tía. También había perdido la sensación de seguridad que tenía en aquel lugar.

Era extraño entrar y sentir miedo en un sitio donde durante tantos años había sentido tranquilidad.

Me quedaba mirando la casa y pensaba que allí había ocurrido algo que mi mente todavía no conseguía comprender por completo.

Las mismas paredes que habían escuchado nuestras conversaciones habían escuchado también aquella noche.

Los mismos espacios que habían guardado cumpleaños, comidas, discusiones familiares, risas y momentos de mi infancia habían guardado también el terror de aquellas últimas horas.

Y yo ya no podía entrar sin pensar en ello.

Quizá por eso sentía que la casa había perdido su alma, porque una casa no son solamente sus paredes.

Una casa son las personas que la convierten en hogar.

Es una voz llamándote desde otra habitación.

Es una hija que llega cansada del trabajo.

Es una familia reuniéndose en el patio. Es una televisión encendida.

Es una puerta que alguien abre. Es saber que, si entras, encontrarás a alguien.

Cuando ellos se fueron, todo aquello desapareció.

Y entonces comprendí algo que antes no había pensado nunca: hay casas que pueden quedarse de pie incluso después de que el hogar desaparezca.

La casa de mis abuelos seguía existiendo.

Pero el hogar había quedado en el pasado.

A veces me gustaría poder regresar a ella sin saber lo que sé ahora. Poder entrar como cuando era niña, sin miedo, sin preguntas, sin imaginar qué ocurrió allí. Poder encontrar a mi abuelo haciendo café, a mi abuela regañándome por alguna tontería y a mi tía ocupada con sus cosas.

Pero no puedo regresar a ese momento. Puedo regresar físicamente al campo. Puedo abrir la puerta. Puedo caminar por las habitaciones. Puedo tocar los mismos muebles. Pero nunca volveré a entrar en aquella casa como la niña que fui, porque ahora conozco la ausencia.

Y cuando uno aprende a reconocerla, comienza a verla en todas partes. La veo en una silla vacía. En una habitación silenciosa. En una taza que nadie vuelve a utilizar. En una cama que ya no espera a nadie. En el campo cuando cae la tarde. Y, sobre todo, en ese silencio que antes no estaba.

A veces pienso que eso es lo más difícil de perder a alguien: descubrir que el mundo continúa exactamente donde lo dejaron, mientras para ti todo cambió.

El sol sigue saliendo. Los perros siguen ladrando. Las personas siguen caminando por los mismos caminos. La vida continúa, pero tú sabes que hay tres personas que quedaron detenidas para siempre en un lugar al que ya no puedes regresar.

Y quizá por eso, cada vez que vuelvo al campo, no siento que esté visitando una casa vacía.

Siento que estoy visitando una parte de mi vida que todavía existe físicamente, pero a la que ya no puedo entrar de la misma manera porque ellos ya no están allí.

Y sin ellos, por mucho que las paredes permanezcan, la casa nunca volvió a sentirse como una casa.