Capítulo 13
Después de limpiar la casa, algunos de nosotros nos fuimos antes y otros se quedaron para terminar de recoger.
Yo me fui con mi esposo y mi mamá hacia la morgue.
Llevábamos una bolsa con la ropa que habíamos escogido para ellos y, aunque pudiera parecer una cosa sencilla, para mí aquel momento tenía algo profundamente doloroso.
Yo había elegido ropa blanca para mi tía y para mi abuela un vestido verde, también busqué las medias con las que cubrirían sus manos, mientras mi mamá buscaba para mi abuelo aquel pantalón azul que tantas veces se había puesto cuando tenía que salir a algún lugar de gala, acompañado de una de sus camisas favoritas.
Nunca imaginé que alguna vez tendría que escoger la ropa con la que vestirían a las personas que amaba después de que ya no pudieran buscarla por sí mismas.
Cuando llegamos, ya había personas esperando.
Habían ido muchos conocidos de mi tía, personas con las que había trabajado a lo largo de los años, compañeros que alguna vez compartieron con ella jornadas enteras y que ahora estaban allí para despedirse.
Algunos me reconocieron enseguida y se acercaron a saludarme.
Entre ellos había amigos con los que yo había compartido momentos de mi infancia, personas que recordaba de aquellas fiestas familiares en las que mi tía preparaba su famoso flan de vainilla y todos terminábamos reunidos alrededor de la misma mesa.
Hacía muchísimo tiempo que no veía a muchos de ellos y me impresionó descubrir cuánto habían cambiado.
Los años habían pasado para todos, aunque aquella mañana parecía que el tiempo se había detenido precisamente para nosotros.
El hijo de mi tía también estaba allí. No lloraba.
Yo tampoco lloraba todo el tiempo. Había momentos en los que simplemente permanecíamos allí, mirando, escuchando conversaciones a nuestro alrededor, intentando entender qué se suponía que debíamos hacer después de algo así.
Quizá todavía estábamos demasiado cerca del impacto como para comprenderlo completamente.
El dolor no siempre comienza con lágrimas.
A veces comienza con una especie de vacío, con la sensación de estar viviendo algo que le pertenece a otra persona y no a ti.
Hasta que entré.
Y los vi.
Mis abuelos estaban cada uno sobre una camilla de metal, separados uno del otro, vestidos con la ropa que nosotros mismos habíamos llevado.
Recuerdo el color frío de aquellas camillas, el ambiente silencioso, la luz que hacía que todo pareciera todavía más irreal y la sensación de que aquel lugar no podía ser el mismo mundo en el que ellos habían vivido durante tantos años.
Había algo profundamente contradictorio en verlos allí, inmóviles, después de haberlos conocido llenos de pequeñas costumbres, sonidos y movimientos.
Ahora los dos permanecían completamente quietos.
Fue entonces cuando me derrumbé. Me acerqué a mi abuelo y lo primero que hice fue besarlo en la frente.
Estaba frío.
Tan frío que todavía puedo recordar la sensación.
Lo acaricié y toqué sus manos, aquellas manos que durante tantos años habían trabajado, cargado cosas pesadas, preparado alimentos, sostenido herramientas y hecho todas esas pequeñas cosas que uno deja de notar cuando forman parte de la vida cotidiana.
Ahora estaban duras y engarrotadas, sin responder al contacto de las mías.
Y lloré.
Lloré muchísimo.
Miré su rostro y vi las lesiones que había recibido. No quiero convertir este momento en una descripción de violencia, porque para mí aquello no era un cuerpo que había sufrido heridas. Era mi abuelo. Y yo estaba allí acariciando un cuerpo que ya no podía devolverme ningún gesto.
Después fui hasta mi abuela.
Los labios estaban morados y las manchas de su piel seguían visibles. Sin embargo, al mirarla, tuve una sensación completamente distinta. Parecía dormida. Había algo en su rostro que me hacía pensar que, si esperaba unos segundos más, podría abrir los ojos y preguntarme qué hacía allí.
Me acerqué y la besé.
Después la abracé.
Me lancé sobre su pecho mientras lloraba, como si todavía pudiera encontrar en aquel abrazo a la mujer que había conocido durante toda mi vida. No me importaba que estuviera fría. En ese momento no quería pensar en nada de eso. Solo quería abrazarla una última vez.
Y entonces comprendí algo que nunca había entendido hasta ese momento: cuando perdemos a alguien, el cuerpo de esa persona puede seguir frente a nosotros, pero ya no podemos encontrar allí aquello que verdaderamente amábamos.
No estaba su voz.
No estaba su manera de mirarme.
No estaba su carácter.
No estaba aquella forma peculiar que tenía de hablar.
Estaba su rostro, estaban sus manos, estaba su cuerpo, pero faltaba ella.
Y eso duele de una manera que no se parece a nada.
Fue allí, en medio de aquel momento, cuando ocurrió algo que todavía recuerdo con indignación.
Uno de los trabajadores de la morgue estaba hablando con una mujer por videollamada.
Al principio no presté demasiada atención, pero escuché la conversación y comprendí que parecía tratarse de una conversación personal, incluso con cierto coqueteo entre ambos.
En algún momento ella le preguntó qué estaba haciendo y él respondió algo parecido a «aquí».
Entonces giró el teléfono.
La cámara apuntó hacia mis abuelos.
Hacia sus cuerpos.
Hacia las personas que nosotros estábamos allí despidiendo.
Mi mamá se quedó sin palabras.
Yo no.
No pude quedarme callada.
Le dije que aquello era una falta de respeto, que no tenía derecho a hacer algo así y que debía respetar el dolor de las personas que estaban allí. No sabía su nombre. No sabía nada de él. Pero tampoco necesitaba saberlo para comprender que aquello estaba mal.
En aquel lugar había familias despidiéndose de sus seres queridos. No había nada que pudiera justificar convertir ese momento en parte de una conversación personal.
Al final pidió disculpas y se marchó.
Yo volví a mirar a mis abuelos y me quedé pensando en lo extraño que era que, en medio de uno de los momentos más dolorosos de nuestra vida, alguien pudiera olvidar que aquellos cuerpos no eran simplemente cuerpos.
Eran personas.
Eran padres.
Eran abuelos.
Eran esposos.
Eran parte de una familia.
Eran nuestros.
Después tuvimos que salir nuevamente. No recuerdo exactamente para qué. Cuando regresé, mi tía ya estaba vestida y cubierta. Su esposo había pedido que no la vieran en aquel estado y, por respeto a él, apenas pude acercarme. No necesitaba verla completamente para reconocerla.
Su cabello negro estaba suelto. Su rostro estaba girado hacia un lado. Sus ojos permanecían cerrados. Parecía dormida. Y esa imagen me llevó inmediatamente a otro lugar. A mi teléfono. A las fotografías que yo le había tomado cuando estuvo conmigo en el materno.
Recuerdo verla dormida entonces, agotada después de pasar horas cuidándome, y tomarle fotografías sin despertarla. Era una imagen cotidiana, casi insignificante en aquel momento. Ella dormía y yo la miraba.
Ahora volvía a verla con los ojos cerrados.
Pero ya no podía despertarla. Me acerqué y toqué sus manos.
Estaban duras. Después toqué sus pies y me fijé en algo que quizá otra persona no habría considerado importante: ya no tenía puestos los anillos que durante tantos años había llevado en los dedos de los pies.
Los recordaba. Formaban parte de ella. Eran una de esas pequeñas cosas que parecían insignificantes mientras estaba viva y que ahora, al no encontrarlas, me hicieron sentir que faltaba algo.
Me quedé allí unos instantes. No sabía qué decir. No sabía qué hacer. Así que simplemente la toqué y la miré. Y entonces hice una promesa. No la dije en voz alta. No sé siquiera si moví los labios. Fue una promesa que hice dentro de mí, mientras estaba frente a ella.
Le prometí que cuidaría de su hijo. Que estaría para él. Que intentaría acompañarlo en todo lo que pudiera, porque ella había amado a ese niño con todo lo que tenía.
Y yo sabía que, aunque jamás podría reemplazarla, había algo que todavía podía hacer por ella.
Cuidarlo.
Quizá esa fue mi manera de decirle que podía descansar, que su hijo no estaría solo. Salí de aquel lugar sabiendo que acababa de despedirme de tres personas que habían sido parte de mi vida de maneras completamente diferentes.
Pero también entendí que aquella no sería la última vez que estaría con ellos. Porque después de aquel día vendrían los recuerdos. Las fotografías. Las historias. Las preguntas. Las cosas que todavía no sabía.
Y, algún día, las páginas de este libro.
Aquella fue la última vez que pude tocar sus manos, pero no sería la última vez que hablaría de ellos.