La casa sin alma Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Cómo recuerdas los días que siguieron?

No sé cómo explicar lo que sentía. Incluso hoy, meses después, hay una parte de mí que sigue sin aceptar completamente que aquello ocurrió.

A veces mi mente lo convierte en algo mucho más sencillo, como si simplemente llevara demasiado tiempo sin ver a mis abuelos y a mi tía.

Como si en algún momento fuera a volver a entrar por aquella puerta, encontrar a mi abuelo sentado en su sillón, escuchar la voz de mi abuela y encontrar a mi tía haciendo cualquiera de las cosas que hacía todos los días.

Sé lo que ocurrió, conozco la realidad y puedo contarla, pero una cosa es saberlo y otra muy diferente conseguir que el corazón lo entienda.

—¿Qué recuerdas de aquella primera mañana?

Recuerdo demasiada gente. Recuerdo las miradas.

Algunas eran de tristeza, otras de curiosidad y otras tenían algo que me resultaba imposible descifrar.

Estábamos rodeados de personas que querían saber qué había pasado, que observaban nuestra familia mientras nosotros apenas éramos capaces de comprender lo que estábamos viviendo.

Incluso pensé que entre quienes nos miraban podían encontrarse familiares de las personas responsables de aquello.

No podía saber quién era quién y tampoco tenía fuerzas para averiguarlo.

Solo quería dejar de sentir aquellas miradas encima de nosotros.

Yo tenía el pecho agitado. Respiraba, pero sentía que no podía hacerlo con normalidad.

Había llegado con mi bebé y, mientras intentaba procesar que mis abuelos y mi tía ya no estaban, también tenía que seguir siendo madre.

Quizá por eso mi hijo terminó convirtiéndose en una de mis mayores fuerzas.

Él no entendía nada de aquello. Solo estaba allí, necesitándome.

Y en medio de una realidad que parecía haberse desmoronado, tenerlo conmigo me obligaba a continuar respirando, a moverme, a atenderlo, a seguir adelante aunque yo no supiera todavía cómo hacerlo.

—¿Qué pasó con la casa durante los días siguientes?

Tuvimos que entrar en ella de una manera que jamás imaginé que tendría que hacerlo. Ya no era simplemente la casa de mis abuelos. Era el lugar donde había ocurrido todo y nosotros tuvimos que enfrentarnos a las consecuencias de aquello con nuestras propias manos.

Tuvimos que limpiar la sangre de nuestra familia.

Los suelos.

Las habitaciones.

Los lugares por donde habían pasado.

Todavía estaban los mosquiteros sobre las camas.

Había pisadas de sangre por el suelo y charcos enormes que hacían imposible mirar aquella casa como antes.

Cada cosa parecía contener una parte de aquella noche.

No era solamente limpiar una habitación.

Era tocar, mover y recoger cosas en un lugar donde todavía parecía estar presente algo que nosotros no podíamos comprender.

Y mientras hacíamos todo aquello, también teníamos que responder preguntas de la policía, intentar recordar detalles, aportar cualquier información que pudiera servir y tratar de entender por nuestra cuenta qué había sucedido.

Comenzamos a indagar, a pensar en posibles sospechosos, a reconstruir horarios y movimientos.

Cada respuesta parecía traer otra pregunta.

Los días siguientes fueron malísimos.

Y todavía lo son de alguna manera.

Porque un proceso así no termina cuando la policía abandona una casa ni cuando se colocan las cosas nuevamente en su sitio.

La cabeza continúa buscando explicaciones.

Uno vuelve sobre las mismas horas una y otra vez, intenta encontrar algo que no vio, una señal que ignoró, una conversación que ahora parece tener otro significado.

Yo también comencé a hacerme preguntas que me daban miedo.

¿Había sido planeado?

¿Desde cuándo?

¿Alguien sabía que aquella noche mis abuelos estarían con mi tía?

¿Habían estado observando sus movimientos?

¿Había alguna cosa que nosotros no habíamos visto?

Y apareció incluso un pensamiento que me aterrorizaba por completo: preguntarme si podía haber sido mi mamá. Ella había estado con mis abuelos la noche anterior y mi cabeza, desesperada por encontrar una explicación, comenzó a conectar cosas que quizá no tenían ninguna relación entre sí.

Ese es uno de los lados más crueles del dolor: cuando no tienes respuestas, tu mente intenta fabricarlas.

No porque quieras creerlas.

Sino porque necesitas entender.

—¿Qué era lo más extraño de estar dentro de aquella casa?

Que la casa todavía olía a ellos.

Eso es algo que no sé si alguna vez podré explicar completamente.

Porque mientras nosotros limpiábamos sangre del suelo, todavía estaba allí el olor del café.

El mismo olor que durante tantos años había anunciado que mi abuelo estaba despierto.

Su ropa seguía en el armario.

Sus cosas continuaban donde él las había dejado.

Y en medio de todo aquello estaban también las pertenencias de mi abuela: el talco, sus perfumes, sus cosas personales, objetos tan cotidianos que, precisamente por serlo, resultaban devastadores.

Hasta había pañuelos con moco en el bolsillo trasero de los pantalones de mi abuelo.

Puede parecer una cosa insignificante.

Para mí no lo era.

Porque esas son las cosas que uno no piensa que va a extrañar. No extrañas un pañuelo. No extrañas un pantalón. No extrañas un frasco de talco. No extrañas una jaba. Hasta que un día entiendes que todas esas cosas pertenecían a una persona que ya no puede volver a usarlas.

La jaba de mi tía seguía allí con sus licras, sus cosas acolchadas y todos los repelentes que acostumbraba a ponerse para los mosquitos. Eran objetos completamente normales. Cosas que habían formado parte de su rutina y que, de repente, se habían convertido en recuerdos.

Y eso fue lo que más me golpeó. La casa no había desaparecido y sus cosas tampoco. Todo parecía preparado para que ellos regresaran. Pero ellos no iban a regresar.

—¿Y cómo vivió tu familia aquellas primeras horas?

Creo que cada uno lo hizo como pudo.

Yo veía a mi familia intentando sostenerse unos a otros mientras cada persona cargaba su propio dolor. Pero hay una imagen que todavía me cuesta imaginar: la de mi tío entrando a la casa de sus padres aquella mañana y encontrándose antes que nadie con aquella escena.

No puedo saber qué sintió exactamente.

No puedo entrar en su cabeza.

Pero sí puedo imaginar el impacto de entrar en la casa de tus padres esperando encontrarlos y descubrir algo que tu mente no está preparada para procesar.

Hay momentos en los que una persona no tiene tiempo de prepararse para el dolor. Simplemente lo encuentra. Y creo que eso fue lo que nos pasó a todos de diferentes maneras.

A mí me lo contaron mientras dormía. A mi familia le tocó verlo. Y después nos tocó a todos vivir con aquello.

Todavía hoy hay momentos en los que mi cabeza se rebela contra la realidad.

Puedo hablar de ellos, puedo escribir sus nombres, puedo reconstruir aquella noche y puedo contar lo que sé, pero existe una parte de mí que sigue esperando que todo sea un error.

Quizá porque aceptar que ya no están significa aceptar también que hay cosas que nunca volverán a ocurrir.

No volveré a escuchar a mi abuelo refunfuñar por el arroz que se comían los perros. No volveré a encontrar a mi abuela con sus perfumes y su talco. No volveré a escuchar a mi tía decirme «niña».

Y yo todavía no estaba preparada para eso.

Porque, aunque sabía que habían partido, necesitaba que algo permaneciera. Quizá por eso todavía recuerdo el olor a café. Porque durante tantos años ese olor significó que mi abuelo estaba en casa.

Y ahora, después de todo, era una de las últimas cosas que quedaban de él.