Capítulo 11
—¿Qué ocurrió con tu abuela?
Hay una parte de aquella noche que me cuesta especialmente imaginar porque mi abuela no podía caminar.
El Parkinson había avanzado hasta el punto de que dependía de una silla de ruedas y necesitaba ayuda para muchas cosas que antes hacía por sí misma.
Y, aun así, cuando escuchó lo que estaba sucediendo, cuando comprendió que algo estaba pasando con su esposo y con su hija, intentó levantarse de la cama.
Me la imagino intentando hacerlo con el cuerpo que ya no le respondía como antes, impulsada únicamente por el instinto de una mujer que acababa de escuchar que las dos personas que más cerca tenía estaban en peligro.
Su esposo estaba siendo agredido. Su hija estaba siendo atacada.
Y ella, aun sin poder caminar, intentó llegar hasta ellos.
No sé cuánto pudo avanzar. No sé qué vio exactamente. No sé qué alcanzó a escuchar. No sé cuánto tiempo pasó desde que salió de la cama hasta que todo terminó.
Hay detalles que no conozco y prefiero decirlo así, porque este libro no pretende inventar respuestas para llenar los espacios que todavía existen. La familia no estuvo presente durante la reconstrucción completa de los hechos y el juicio todavía no se ha celebrado.
Pero hay cosas que sí sé. Mi abuela gritó. Y para hacerla callar, recibió una única puñalada en el pecho. Una sola. Después quedó en el suelo, junto a su cama, desangrándose.
Cuando pienso en esa escena, no puedo dejar de pensar en lo cruel que resulta que una persona que ya no podía caminar hubiera tenido que intentar hacerlo precisamente en el momento en que más necesitaba sus piernas.
Mi abuela no tenía cómo enfrentarse a aquellas personas.
No tenía fuerza para luchar contra ellas.
Lo único que podía hacer era gritar, pedir ayuda, intentar llegar hasta su esposo y su hija.
Y hasta eso intentaron quitárselo.
Su voz.
Su posibilidad de pedir auxilio.
Su último intento de proteger a los suyos.
—¿Por qué crees que nadie acudió a ayudarlos?
Mis abuelos vivían en el campo. Había algunas casas cerca, pero también existía algo que formaba parte de la vida cotidiana de aquel lugar: los perros ladraban todas las noches.
Era algo habitual. Los vecinos estaban acostumbrados a escucharlos y quizá por eso aquella noche los ladridos no provocaron la reacción que, en otras circunstancias, podrían haber causado.
Y pienso en eso constantemente, porque dentro de aquella casa había gritos. Había una pelea. Había personas luchando por sus vidas. Había miedo. Y afuera, probablemente, la noche continuaba como cualquier otra.
Los perros ladraban. Las casas permanecían en silencio.
La gente dormía. Y nadie sabía lo que estaba sucediendo a pocos metros.
Quizá ese fue uno de los elementos más terribles de aquella noche: que el mundo exterior siguió funcionando con normalidad mientras dentro de aquella casa una familia estaba viviendo sus últimos momentos.
No sé si alguien escuchó algo y pensó que eran los perros. No sé si alguna persona llegó a despertarse. No sé si alguien sospechó que estaba ocurriendo algo.
No lo sé.
Y no quiero inventarlo.
Lo único que puedo decir es que nadie llegó a tiempo.
—¿Qué sabes de lo que ocurrió después?
Según lo que posteriormente pude reconstruir, después de lo ocurrido con mi abuela, llevaron a mi abuelo hacia el otro cuarto. Lo obligaron a entregarles una llave que correspondía a una caja de herramientas de metal donde guardaba algunos de sus ahorros.
Abrieron la caja.
Y no encontraron lo que buscaban.
No había allí el dinero que esperaban encontrar.
Y hay algo especialmente cruel en eso. Todo aquel sufrimiento, todo aquel miedo, toda aquella violencia, se sostuvo sobre la idea de que mi abuelo escondía un dinero que finalmente no estaba allí.
No sé qué pasó por la cabeza de mi abuelo cuando vio aquella caja vacía. No sé si sintió desesperación, impotencia o simplemente miedo. Pero puedo imaginar lo terrible que debió ser comprender que aquello no iba a detenerse porque ya no quedaba nada que entregar.
Y entonces pienso nuevamente en la casa. En mi abuela junto a su cama. En mi tía en el otro cuarto. En mi abuelo siendo llevado de una habitación a otra. Tres personas que habían compartido una vida familiar y que aquella noche quedaron separadas dentro de la misma casa.
Según lo que sé, después mi abuelo fue arrojado en el cuarto donde ya se encontraba mi tía.
Sobre ella.
Mi tía ya había muerto.
Y mi abuelo terminó allí, junto a ella.
No sé cuánto tiempo permanecieron así.
No sé qué ocurrió exactamente entre un momento y otro. Hay partes de aquella noche que siguen siendo oscuras para mí y que probablemente permanecerán así hasta que la justicia establezca con precisión toda la secuencia de los hechos.
Pero existe algo más que posteriormente pudimos conocer. Había otro hombre vigilando desde el callejón. Y cuando salieron de la casa de mis abuelos, una cámara de una casa de la zona registró a esos tres hombres cubriéndose el rostro al pasar frente a ella.
Tres hombres.
Y después, otra vez, el silencio.
Me resulta difícil pensar en lo que significa que existieran personas vigilando desde afuera mientras dentro de aquella casa ocurría todo aquello.
Porque entonces la imagen deja de ser solamente la de tres personas que entraron por una puerta y se convierte en algo más organizado, más frío, más calculado.
Pero incluso ahí quiero ser cuidadosa.
Hay cosas que todavía no sé. Hay cosas que tendrá que determinar la justicia. Hay cosas que quizá nunca lleguemos a conocer por completo. Y mi familia, mientras tanto, estaba desapareciendo dentro de aquella casa.
Quizá por eso, cuando llegué al día siguiente y vi las cintas de la policía, los vecinos y aquella casa irreconocible, todavía no podía comprender la magnitud de lo que había ocurrido.
Yo solamente sabía que mis abuelos y mi tía ya no estaban. Pero todavía no sabía cómo había terminado aquella noche. Todavía quedaban demasiadas preguntas.
Y algunas de ellas, incluso hoy, siguen esperando una respuesta.