La casa sin alma Capítulo 10
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Capítulo 10

—¿Qué sabes de lo que ocurrió después de que tu abuelo pidió clemencia?

Sé que después de que lo habían herido y de que pidió clemencia por su familia, mi tía salió del cuarto donde estaba durmiendo.

Ella estaba acostada debajo de un mosquitero, en la habitación, y no sé exactamente qué escuchó ni cuánto tiempo llevaba ocurriendo aquello antes de que saliera.

Lo que sí sé es que, cuando vio a aquellos hombres haciéndole daño a su padre, no se quedó dentro.

Salió.

Y se fue encima de ellos.

Me cuesta encontrar una palabra que describa lo que imagino que debió sentir en ese instante.

Según los testimonios que posteriormente llegaron hasta mí, mi tía se enfrentó a aquellos hombres como una fiera.

No tenía un arma. No tenía ningún objeto con el que pudiera defenderse.

Tenía solamente sus manos, su cuerpo y el instinto de una hija que acababa de ver a su padre siendo atacado.

Ella se fajaba como un hombre, me dijeron.

Y esa frase se me quedó grabada porque, cuando pienso en mi tía, no puedo evitar imaginarla exactamente así: entrando en aquella habitación sin medir el peligro, sin detenerse a pensar cuántos eran, sin preguntarse si tenía posibilidades de vencerlos.

Simplemente viendo a su padre en el suelo y lanzándose a defenderlo.

Y entonces fueron contra ella.

Según la información que he podido recopilar, recibió catorce puñaladas, entre ellas heridas en la zona del pecho y uno de sus costados.

No quiero afirmar detalles que todavía no conozco con exactitud, pero sí sé que fueron suficientes para hacer que comenzara a perder una cantidad terrible de sangre.

Y mientras intento imaginar aquella escena, hay una pregunta que regresa una y otra vez.

¿Qué pensó mi tía?

No puedo saberlo. Nadie puede saberlo. Pero puedo imaginarla.

Puedo imaginar el primer instante en que comprendió que ya no estaba luchando solamente para detener una agresión, sino que su propia vida también estaba en peligro.

Puedo imaginar el miedo que debió sentir, aunque por fuera estuviera luchando con todas sus fuerzas.

Puedo imaginar que, por encima de cualquier pensamiento, seguía existiendo una única certeza: eran sus padres.

Y quizás eso fue suficiente para que siguiera luchando.

Porque hay un tipo de amor que no necesita tiempo para pensar.

El amor de una hija por sus padres puede ser así.

Uno puede tener miedo y aun así avanzar.

Puede saber que está en peligro y aun así ponerse delante de otra persona.

Puede tener todas las razones del mundo para huir y, sin embargo, quedarse.

Mi tía pudo haber permanecido en aquel cuarto. Pudo haber intentado esconderse. Pudo haber pensado en su propia vida. Pero salió. Salió porque su padre estaba siendo atacado.

Y yo no puedo dejar de pensar en lo que significa eso.

Mi tía era madre. Tenía un hijo, su único hijo, al que había amado con una intensidad que quienes la conocimos pudimos ver durante toda su vida. Ella tenía un hijo esperándola. Tenía un esposo. Tenía hermanos. Tenía sobrinos. Tenía una madre y un padre. Tenía una casa. Tenía planes. Tenía una vida.

No sé si en aquellos segundos pensó en su hijo.

No sé si su rostro apareció en su mente.

No sé si pensó en su esposo. No sé si pensó en mi abuela.

No sé si pensó que quería volver a su cuarto.

No sé si en algún momento comprendió que podía no volver.

Pero hay algo que sí me cuesta apartar de la cabeza.

Quizás mientras estaba luchando contra aquellos hombres, una parte de ella todavía creía que podía salvar a su padre.

Quizás pensaba que, si conseguía detenerlos, todo terminaría.

Quizás creía que después podría volver a ver a su hijo.

Quizás pensaba que todavía tenía tiempo.

Quizás eso fue lo que la mantuvo luchando.

Y eso me destroza. Porque, según lo que posteriormente pude conocer, ella fue la primera en morir.

La desangraron y, después, la llevaron hacia el cuarto donde dormía. Y ahí hay una imagen que no consigo olvidar, aunque nunca la haya visto con mis propios ojos.

Mi tía, herida, todavía intentando sobrevivir.

Mi tía, en sus últimos momentos, intentando hacer algo con su teléfono.

Lo levantó. Tomó una fotografía. Pero estaba tan oscuro que no se pudo ver nada.

Nada. Solo quedó registrada la oscuridad.

Y me resulta imposible no pensar en el simbolismo de aquella imagen.

Una mujer que había salido de su habitación para defender a sus padres, que había luchado con sus propias manos contra personas armadas con objetos que podían quitarle la vida, terminó intentando dejar una última imagen de aquello que estaba ocurriendo.

Quizá quería que alguien supiera. Quizá quería registrar lo que estaba pasando. Quizá solamente fue un impulso. No lo sé.

Pero sé que aquel teléfono terminó ensangrentado. Y que su vida se estaba yendo mientras intentaba sostenerlo. Cuando pienso en eso, no pienso solamente en mi tía como la mujer que fue aquella noche.

Pienso en la madre que era. Pienso en su hijo. Y me pregunto qué habría pasado por su cabeza al pensar en él. Porque una madre puede estar aterrada por su propia vida y, aun así, pensar primero en la vida de su hijo.

¿Pensó que no volvería a verlo?

¿Pensó en su rostro?

¿Pensó en alguna conversación que habían tenido?

¿Pensó en las cosas que todavía quería hacer con él?

¿Pensó en que su hijo todavía la necesitaba?

No tengo esas respuestas.

Y quizá nunca las tenga.

Pero hay algo que me duele especialmente cuando pienso en ella: la posibilidad de que, en algún momento, pudiera haber pensado que todavía podía hacer algo más por sus padres.

Que quizá podía levantarse. Que quizá podía volver a ayudarlos. Que quizá aquello todavía no había terminado. Y ella ya no podía hacerlo. Eso es lo que más me rompe. Porque su vida terminó defendiendo a sus padres, pero sus padres todavía estaban allí.

La historia no había terminado. El peligro no había desaparecido. Y ella ya no estaba para ayudarlos.

Murió antes que ellos. Y no sé si existe una forma más dolorosa de explicar lo que significa el amor de una hija que esa. Mi tía no salió de aquel cuarto pensando que iba a morir. Salió pensando que podía salvar a su padre.

Y aunque no puedo saber qué pasó por su mente en sus últimos momentos, quiero creer que, hasta donde pudo, siguió siendo aquella misma mujer que conocí durante toda mi vida: luchadora, valiente, decidida y capaz de ponerse delante de quienes amaba.

La mujer que tantas veces me dijo «niña» cuando hacía alguna cosa mal.

La mujer a la que yo le contaba mis problemas.

La mujer que estuvo conmigo cuando estaba embarazada.

La mujer que se quedó conmigo después de mi cesárea.

La mujer que levantó a mi bebé, lo bañó, lo cuidó y pasó una noche entera sin dormir mientras yo intentaba recuperarme.

La mujer que amaba a su hijo por encima de todo. La mujer que amaba a sus padres. Y por eso me niego a pensar en ella únicamente como una víctima de aquella noche. Porque antes de que alguien le quitara la vida, ella eligió luchar.

También dejó detrás a una madre que amaba a su hijo. A una esposa. A una hermana. A una sobrina. A una hija que, en el momento en que vio a sus padres en peligro, no pensó primero en salvarse.

Pensó en salvarlos a ellos.