La casa sin alma Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Qué es lo que más te cuesta imaginar cuando piensas en aquella noche?

Hay imágenes que la mente se empeña en construir una y otra vez, aunque nunca hayan pasado delante de nuestros propios ojos.

No importa cuánto intente apartarlas, siempre regresan, porque nacen de las preguntas que jamás tendrán respuesta.

Yo no estuve allí. No vi lo que ocurrió y no puedo afirmar qué sintió mi abuelo en cada instante.

Pero después de conocer lo que pudo reconstruirse sobre aquella noche, hay escenas que aparecen inevitablemente en mi cabeza.

Me pregunto qué sintió un hombre de ochenta años cuando comprendió que aquello que estaba sucediendo dentro de su propia casa no tenía explicación para él.

Había abierto una puerta pensando que estaba ayudando a alguien que conocía y, en cuestión de segundos, se encontraba en el suelo, rodeado por tres hombres que le exigían que dijera dónde estaba un dinero que no tenía.

Y mientras intentaban obligarlo a hablar, lo apuñalaban.

Las heridas le provocaban gemidos de dolor.

Cuando pienso en eso, mi mente hace algo que no puedo evitar: intenta llevar a mi abuela hasta aquella habitación.

Imagino su voz.

Esa voz peculiar que yo conocía desde niña.

Imagino que, al escuchar aquellos sonidos, habría preguntado:

—José, José, ¿qué pasa?

No sé si dijo esas palabras. No sé siquiera si tuvo la oportunidad de decirlas.

Esa escena no la vi y no quiero convertir una imaginación mía en un hecho.

Pero es una de esas imágenes que aparecen cuando intento comprender qué significa que dos personas que habían compartido una vida entera se encontraran juntas en una situación semejante.

Y entonces aparece una palabra.

Clemencia.

—¿Qué significa para ti que tu abuelo pidiera clemencia?

Durante mucho tiempo pensé que pedir clemencia significaba simplemente suplicar para que alguien perdonara tu propia vida. Ahora esa palabra tiene para mí un significado completamente distinto.

Porque cuando pienso en mi abuelo pidiendo clemencia, no puedo evitar preguntarme si en aquel momento estaba pensando en él mismo.

Y quiero creer que no.

Quiero creer que, en medio de aquel terror, pensó en mi abuela.

En mi tía.

En sus hijos.

En sus nietos.

En todos nosotros.

Quiero creer que aquel hombre que había pasado una vida entera cuidando de su familia, incluso cuando ya no tenía la misma fuerza de antes, siguió intentando hacer lo mismo cuando más miedo tenía.

Porque eso es lo que hace el amor cuando es verdadero.

No desaparece cuando llega el miedo. Se aferra. Se resiste. Busca una salida incluso cuando parece que ya no existe ninguna.

Mi abuelo tenía ochenta años. Era un hombre mayor, vulnerable, enfrentado a tres personas y a una situación que nadie debería vivir. Y, aun así, cuando pienso en él arrodillado, no quiero imaginarlo como un hombre derrotado.

Quiero imaginarlo como un hombre intentando proteger a los suyos. Eso es lo que significa para mí la clemencia. No rendirse. No aceptar. No dejar de luchar. Es la última posibilidad de alguien que todavía espera encontrar un poco de humanidad en la persona que tiene delante.

Y hay algo que me rompe por dentro cuando pienso en ello: mi abuelo no tenía el dinero que le exigían. No podía darles aquello que buscaban. No tenía una respuesta capaz de detenerlos. No tenía la fuerza física para enfrentarlos. Lo único que podía ofrecerles era una súplica.

—¿Qué imaginas que pasaba por su cabeza en ese momento?

No lo sé.

Nadie puede saberlo.

Pero me pregunto si recordó su casa antes de aquella noche. Si pensó en mi abuela. Si escuchó su voz. Si recordó a sus hijos. Si por un instante aparecieron en su mente los rostros de sus nietos.

Me pregunto si pensó en mí.

Me pregunto si recordó aquella tarde en la que yo había estado allí con mi bebé.

Me pregunto si en algún momento apareció en su memoria aquella niña que había crecido en su casa, aquella muchacha que años atrás había recibido de sus manos su primera computadora, aquella nieta que todavía buscaba su mirada cuando quería contarle que alguno de sus libros estaba funcionando bien.

No tengo derecho a decir que lo hizo. No puedo saberlo. Pero soy su nieta y mi mente intenta desesperadamente encontrarme allí. Porque unas horas antes yo había estado frente a él.

—¿Qué es lo que más te duele de imaginar aquella escena?

La indefensión. Más que cualquier otra cosa. Me duele pensar en un hombre de ochenta años que ya había entregado una vida entera al trabajo, a su familia y a las personas que amaba, teniendo que pedir que dejaran vivir a quienes estaban dentro de aquella casa.

Me duele pensar que su edad, que debería haber significado descanso, terminó convirtiéndose en una de las razones por las que era tan vulnerable.

Me duele pensar que la persona que durante tantos años había sido una figura de protección para su familia terminó necesitando que alguien tuviera compasión de él.

Y, sobre todo, me duele pensar que incluso en ese momento su preocupación pudiera seguir estando puesta en los demás. Quizá por eso la palabra clemencia me resulta tan diferente ahora.

Antes era una palabra. Ahora tiene el rostro de mi abuelo. Tiene las manos de un hombre que trabajó toda su vida. Y tiene una voz que ya no puedo escuchar.

A veces siento que esta historia pertenece a una novela de terror, una de esas que uno termina de leer con el alivio de saber que todo fue inventado. Pero esta historia no fue inventada.

Y esa es quizá la parte más difícil de aceptar.

No existe la última página en la que alguien pueda cerrar el libro y decir que todo terminó bien porque solamente era ficción.

Esto ocurrió.

Y por eso hay palabras que ahora pesan de una manera diferente.

Clemencia.

Una palabra que puede parecer pequeña cuando se lee en una página, pero que adquiere otra dimensión cuando se piensa en un anciano que, en medio del miedo y del dolor, todavía intentaba proteger a su familia.

No sé cuáles fueron sus últimos pensamientos.

No sé qué vio. No sé qué sintió en cada segundo.

Por eso, cuando pienso en mi abuelo, no quiero que la última imagen que exista de él sea la de un hombre indefenso frente a la crueldad.

Quiero recordar al hombre que fue antes.

Al hombre que amó. Al hombre que trabajó.

Al hombre que cuidó. Al hombre que me hizo sentir orgullosa de que él estuviera orgulloso de mí.

Y quiero recordar también aquello que, incluso en la oscuridad más absoluta, parece haber permanecido intacto: su necesidad de proteger a su familia.

Porque quizá eso sea la clemencia para mí desde entonces.

No solamente pedir que te perdonen. Sino pedir que, por una última vez, alguien recuerde que delante de él hay seres humanos.