La casa sin alma Capítulo 8
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Capítulo 8

—¿Cómo te enteraste?

Me enteré porque mi mamá avisó a mis suegros.

Yo todavía estaba durmiendo y, al parecer, ellos no querían decírmelo inmediatamente porque sabían el impacto que podía tener una noticia así sobre mí.

Yo tenía un bebé de apenas cuatro meses y nadie sabía exactamente cómo iba a reaccionar.

Mi esposo terminó siendo quien tuvo que decírmelo.

Recuerdo que, cuando escuché lo que había ocurrido, mi cuerpo reaccionó antes de que mi cabeza pudiera entenderlo.

Comencé a hiperventilar y tuve un ataque de ansiedad.

Era como si mi mente se negara a aceptar las palabras que acababa de escuchar, pero al mismo tiempo mi cuerpo ya hubiera entendido que algo terrible había sucedido.

—¿Qué hiciste después?

Nos fuimos rápidamente para allá. No fui sola.

Con un bebé de cuatro meses, salimos todos hacia la casa de mis abuelos.

Yo no recuerdo ese trayecto como se recuerdan normalmente los viajes.

No recuerdo conversaciones ni detalles pequeños.

Recuerdo la urgencia, la sensación de que tenía que llegar y, sobre todo, la necesidad de ver con mis propios ojos qué estaba pasando.

Una parte de mí todavía esperaba que existiera alguna explicación distinta, algo que hiciera que aquella noticia no fuera realmente lo que parecía.

Creo que, hasta que uno ve las cosas, siempre queda una pequeña parte de la mente aferrada a la posibilidad de que haya un error.

Cuando llegamos, la casa ya no se parecía a la casa que yo conocía.

Había cintas de la policía. Había vecinos alrededor, algunos mirando con lástima, otros con una tristeza difícil de disimular y algunos con esa nostalgia que aparece cuando una persona conocida deja de formar parte de la vida cotidiana de un barrio.

Yo pasé sin mirar a nadie. No lloraba. No porque no me doliera, sino porque creo que todavía no podía llorar.

Estaba demasiado concentrada en intentar entender qué estaba viendo.

Miré a mi madre.

Estaba agachada, llorando mientras se mordía el labio.

Miré a mi tío, hablando con la policía, intentando obtener respuestas.

Y vi al esposo de mi tía sentado en el pozo, completamente inmóvil, como si su cuerpo estuviera allí pero su mente todavía no hubiera conseguido aceptar lo que estaba pasando.

Nadie parecía comprenderlo.

Todavía no sabíamos exactamente qué había ocurrido.

La casa estaba allí, pero ya no era la casa a la que yo había ido el día anterior.

Era el mismo lugar donde mi abuelo preparaba café, donde mi abuela vivía sus días, donde mi tía había pasado tantas horas y donde mi hijo había estado apenas unas horas antes.

Pero las cintas, la presencia de la policía y los rostros de las personas alrededor habían transformado completamente aquel espacio.

Yo había salido de allí el día anterior pensando que volvería.

Y ahora estaba entrando detrás de unas cintas policiales sin saber todavía cómo podía existir una realidad semejante.

—¿Cuándo supiste exactamente qué había ocurrido?

Posteriormente supimos que todo había ocurrido la noche del 30 de marzo de 2026, alrededor de las diez de la noche.

Esa noche le correspondía a mi tía quedarse a cuidar a mis abuelos.

Lo que conozco sobre lo que ocurrió dentro de aquella casa no lo sé porque estuviera allí.

Yo no estaba allí. Lo he ido reconstruyendo a través de información que he recopilado de personas que prefieren mantener su identidad en el anonimato y de los datos que posteriormente fueron conocidos sobre el caso.

Por eso quiero hacer una aclaración antes de continuar: cuando hablo de aquella noche, hablo desde lo que sé hasta este momento.

El caso se encuentra cerrado en cuanto a la investigación, pero el juicio todavía no se ha celebrado.

Por eso no quiero presentar mis palabras como si fueran una sentencia ni como si yo hubiera presenciado los hechos.

Estoy contando una historia desde la información que he podido reunir, desde los testimonios que han llegado hasta mí y desde aquello que puedo afirmar con responsabilidad.

Lo que ocurrió comenzó, según esa reconstrucción, con algo que parecía completamente cotidiano.

Mi abuelo acostumbraba a preparar puré de tomate y, tiempo atrás, había contado con la ayuda de un hombre que trabajaba con él.

Aquel hombre había fallecido y, años después, su nieto —un muchacho joven— llegó hasta la casa de mis abuelos aquella noche.

Eran aproximadamente las nueve de la noche y, según lo que posteriormente pude conocer, en su casa aparentemente todavía no habían comido.

Fue hasta la puerta trasera para pedirle a mi abuelo que le vendiera arroz.

Mi abuelo inicialmente le dijo que no.

Y, por alguna razón, terminó cambiando de opinión.

Esa decisión tan pequeña, tan cotidiana, tan propia de alguien que probablemente no quería dejar a otra persona sin comida, fue la que hizo que abriera aquella puerta.

Lo que sucedió después es una parte de la historia que yo no presencié, pero que he podido reconstruir a partir de la información que me ha llegado.

Cuando mi abuelo abrió, no entró una sola persona.

Entraron tres hombres.

El primer golpe fue directo al abdomen.

Mi abuelo cayó al suelo.

Y ahí es donde resulta imposible no pensar en su edad, en su cuerpo y en la indefensión en la que se encontraba.

Era un hombre de ochenta años frente a tres personas.

Un hombre que, hasta unos minutos antes, estaba en su casa, probablemente pensando en algo tan sencillo como alistarse para irse a dormir, y que de pronto estaba en el suelo, sin comprender por qué alguien a quien había abierto la puerta estaba atacándolo.

Después comenzaron las agresiones.

Lo que buscaban era dinero.

Le exigían que dijera dónde estaba un dinero que, según la información que posteriormente conocimos, no tenía. Y mientras ellos exigían respuestas, mi abuelo se encontraba en una posición en la que prácticamente no tenía cómo defenderse.

No puedo saber exactamente qué pasó por su cabeza en esos minutos. Nadie puede saberlo salvo él. Pero sí sé lo que terminó haciendo: pidió clemencia por su familia.

Y hay algo en esa frase que todavía me resulta insoportable.

Porque pienso en él. Pienso en mi abuelo preparando café antes del amanecer.

Pienso en él trabajando hasta casi oscurecer.

Pienso en sus manos cargando latas pesadas de maíz.

Pienso en él lleno de tizne cuando hacía puré de tomate.

Pienso en el olor a café tostado impregnando la casa cuando regresaba del trabajo.

Pienso en las croquetas y el pudín que hacía con panes viejos para no desperdiciar nada.

Pienso en el hombre que podía refunfuñar porque alguien había echado demasiado arroz a los perros.

Pienso en el abuelo que me sonreía cuando yo le contaba que mis libros estaban funcionando bien.

Y pienso que unas horas antes yo había estado frente a él diciéndole que estaba muy flaquito y que tenía que comer.

Después de toda una vida, después de ochenta años, terminó de rodillas pidiendo que tuvieran clemencia por su familia.

No por dinero.

No por sus cosas.

Por su familia.

Y todavía hay una parte de mí que quisiera poder entrar en aquella escena y sacarlo de allí.

Pero yo estaba lejos. Yo estaba con mi bebé. Yo estaba viviendo mi vida sin saber que, a pocos kilómetros de mí, la vida de mi familia estaba cambiando para siempre.

Y cuando finalmente llegué a aquella casa, ya no quedaba nada que yo pudiera hacer para impedirlo. Todavía no sabía toda la historia. Todavía faltaban respuestas. Todavía faltaban preguntas.

Y, sobre todo, todavía faltaba conocer qué había ocurrido con cada uno de ellos dentro de aquella casa.

Eso vendría después.