La casa sin alma Capítulo 7
53%

Capítulo 7

Hay días que uno vive sin saber que algún día tendrá que recordarlos para siempre.

Ese día no tenía nada de extraordinario.

No había ninguna razón para pensar que debía prestar más atención a cada palabra, a cada gesto o a cada minuto.

No sabía que algunas despedidas llegan disfrazadas de visitas normales, que uno puede abrazar a una persona por última vez sin saber que lo está haciendo, que puede mirar un rostro por última vez sin comprender que aquella imagen quedará guardada para siempre.

Yo no lo sabía.

Por eso fui a verlos como siempre.

Fui con mi bebé. Llegué a aquella casa sin imaginar que estaba entrando en ella por última vez, sin pensar que las cosas que iba a hacer allí quedarían después convertidas en recuerdos que mi mente repetiría una y otra vez.

No fui preparada para despedirme. No llevaba conmigo ninguna frase especial, ningún presentimiento, ninguna intención de hacer de aquella visita algo diferente.

Era simplemente otro día en mi vida y otra visita a mis abuelos.

Y quizá por eso hoy me resulta tan difícil explicar lo que siento cuando pienso en ella.

Porque fue normal.

Mi bebé jugó con ellos.

Y yo los miraba.

Había algo profundamente bonito en aquella escena: mi hijo, que apenas estaba comenzando a descubrir el mundo, compartiendo un momento con las personas que habían formado parte del mío desde que yo era niña.

Tres generaciones juntas en una misma habitación, sin que ninguno de nosotros pudiera saber cuánto significaría después aquella imagen para mí.

Mi abuelo estaba allí.

Mi abuela estaba allí.

Y yo también.

Todo parecía estar en su sitio.

No recuerdo haber pensado que debía quedarme más tiempo.

No recuerdo haber sentido que algo me decía que no me fuera.

No hubo ninguna señal que pudiera reconocer entonces como una advertencia.

Si la hubiera habido, quizá habría hecho cualquier cosa para quedarme.

Pero la vida no funciona así. No nos avisa cuándo debemos mirar por última vez.

Nosotros simplemente vivimos.

Yo hablé con ellos, estuve con ellos y después llegó el momento de marcharme.

Antes de irme abracé a mi abuelo.

Lo miré y le dije que estaba muy flaquito, que tenía que comer.

Y él solamente me sonrió.

Esa sonrisa es una de las cosas que más recuerdo.

No hubo una conversación larga.

No hubo una despedida dramática.

No hubo lágrimas.

No hubo palabras que pudieran hacerme sospechar que aquel abrazo tendría un lugar tan grande en mi memoria.

Solamente le dije que comiera.

Y él me sonrió.

Ahora, cuando vuelvo a ese instante, me pregunto cuántas veces una persona puede regresar a un momento que ya terminó.

Yo lo he hecho muchas veces. He vuelto a aquel abrazo con la imaginación.

He vuelto a mirar su rostro. He vuelto a escuchar mi propia voz diciéndole que estaba muy flaquito.

He vuelto a pensar que quizá debí quedarme un poco más, hablar un poco más, abrazarlo durante unos segundos más.

Pero en aquel momento no había ninguna razón para hacerlo. Yo creía que volvería. Esa es la parte que más cuesta aceptar. Creía que habría otra visita. Otro día. Otra comida. Otra conversación. Otra oportunidad de abrazarlo. Creía que mi hijo volvería a jugar con ellos.

Creía que todavía quedaban cumpleaños, tardes y reuniones familiares. Creía que habría muchas más fotografías y muchas más historias que contar.

Uno nunca se despide realmente cuando cree que va a volver. Por eso aquella tarde no tuvo la solemnidad de una despedida. Fue simplemente una tarde.

Y después me fui.

Me fui con mi bebé, con mi vida esperando afuera, con todas esas cosas que ocupaban mi cabeza y que en ese momento parecían mucho más importantes que recordar cada detalle de lo que acababa de vivir.

No sabía que había acabado de guardar mi último recuerdo de ellos juntos. No sabía que aquel abrazo iba a convertirse en una de las imágenes más difíciles de mi vida. No sabía que aquella sonrisa iba a ser la última que recibiría de mi abuelo.

Y quizá es mejor que no lo supiera.

Porque si hubiera sabido que era la última vez, aquella visita habría sido diferente. Habría intentado memorizarlo todo. Habría mirado más. Habría preguntado más. Habría abrazado más fuerte. Quizá habría buscado alguna manera de detener el reloj.

Pero también sé que, de haberlo sabido, habría vivido aquella tarde con un miedo que no quiero imaginar. Así que prefiero recordar que no lo sabía.

Porque, aunque ahora conozca el significado que aquella tarde adquirió después, ellos no sabían que yo estaba viviendo una despedida y yo tampoco. Y eso hace que el recuerdo conserve algo que quiero proteger.

La normalidad. La vida. El cariño. Porque antes de que aquella noche llegara, mis abuelos todavía estaban allí. Me fui sin saber que acababa de cerrar una puerta que nunca volvería a abrir de la misma manera.

Esa noche todavía no sabía lo que iba a ocurrir. Todavía pensaba que al día siguiente existiría un mundo igual al que había dejado atrás. Todavía creía que mis abuelos seguían allí, esperando otro día.

Y quizá por eso, cuando pienso en aquel día, no quiero llamarlo una despedida.

Porque yo no me despedí.

Yo simplemente me fui.