Capítulo 6
Hay algo que descubrí después de que mis abuelos ya no estaban: ellos habían vivido muchas vidas que yo nunca conocí.
Yo conocía a mi abuelo como mi abuelo. Conocía a mi abuela desde el lugar que me correspondía dentro de su familia.
Sabía cómo era su carácter, recordaba sus regaños.
Pero ellos habían sido muchas otras cosas antes de ser mis abuelos.
Habían sido hijos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros de escuela, esposos, padres y personas que habían dejado recuerdos en gente cuyos nombres, en algunos casos, yo ni siquiera conocía.
Y fue después de todo lo ocurrido cuando esas personas comenzaron a aparecer.
Algunas me escribieron porque habían leído lo que yo había publicado.
Otras reconocieron sus rostros en fotografías.
Algunas llevaban décadas sin saber de ellos.
Otras los habían conocido durante apenas una parte de sus vidas, pero aquella parte había sido suficiente para que sus nombres permanecieran guardados en algún rincón de la memoria.
Entonces entendí algo que hasta ese momento no había pensado: mi abuelo también había sido José antes de ser mi abuelo.
Alguien me escribió desde lejos para contarme que había sido su gran amigo desde la niñez.
Habían estudiado juntos todos los grados de la primaria y también la secundaria privada que existió en Mataguá, justo frente a la bodega de mi bisabuelo Antonio.
Para aquella persona, mi abuelo no era el hombre que yo recordaba preparando café a las cinco de la mañana ni el abuelo que me sonreía cuando yo le hablaba de mis libros.
Era José, el muchacho con quien había compartido aquellos años de escuela, el amigo de una infancia que yo solamente podía imaginar a través de sus palabras.
Me habló también de mi familia de generaciones anteriores, de personas a las que yo conocí solamente a través de historias y fotografías, y de una casa que recordaba haber visitado hacía muchos años, cercana a la cárcel de Guamajal.
Habían pasado aproximadamente dos décadas desde la última vez que lo vio y, entre sus palabras, había algo que me conmovió especialmente: el deseo de regresar algún día a la tierra donde había crecido y encontrarse nuevamente con aquellas personas que formaron parte de su infancia.
Me dijo que uno siempre sueña con regresar a su tierra y que, dentro de esas fantasías, nunca faltaba visitar a su gran amigo de la niñez, José Lam Pumariega.
Yo leí aquellas palabras y pensé en la cantidad de años que cabían detrás de un nombre.
Para mí, José era mi abuelo.
Para él, había sido su amigo.
Y las dos cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Otra persona me escribió recordando a mi familia desde una época completamente distinta.
Me contó que había sido vecina de mis abuelos y que, aunque nunca tuvo la oportunidad de conocerme, sí conoció a quienes habían formado parte de aquella casa muchos años antes.
Recordaba a mi mamá, a Sayuri, a Taimy, a mi abuelo, a mi abuela y a mis bisabuelos, y hablaba de ellos desde una memoria atravesada por los años más difíciles del país.
Me contó que durante el Período Especial mi familia la ayudó mucho y que su hijo llegó a tomar leche gracias a ellos.
Aquella frase se me quedó grabada.
Porque a veces una familia no sabe hasta dónde llega lo que hace por otras personas.
Quizá para mis bisabuelos, mis abuelos o mis tíos aquello fue simplemente ayudar a una vecina.
Quizá consiguieron algo que tenían y decidieron compartirlo.
Quizá ni siquiera pensaron que décadas después una mujer recordaría que su hijo había podido tomar leche gracias a ellos.
Pero ella sí lo recordó.
Y cuando me escribió, aquella ayuda volvió a existir.
Eso también son los recuerdos.
Pequeños gestos que sobreviven mucho más que quienes los hicieron.
Otra persona me habló especialmente de mi tía.
Me dijo que había tenido el honor de conocer a mis abuelos y, sobre todo, a Taymi.
No sabía quién era yo, no conocía mi historia ni había tenido la oportunidad de verme crecer, pero aun así decidió escribirme para decirme que eran personas buenas y nobles y que siempre los llevaría en su corazón.
Me hizo pensar en algo que se repite en varios de estos mensajes: nadie que me escribió hablaba de ellos como desconocidos.
Podían haber pasado muchos años desde la última vez que los vieron, podían no conocer a sus hijos, sus nietos o la vida que habían construido después, pero cuando aparecieron sus fotografías algo dentro de ellos reconoció aquellos rostros.
El chino.
Coralia.
Taymi.
Nombres que para mí significan una familia entera, pero que para otras personas pertenecen a recuerdos completamente diferentes.
Una persona que los conoció cuando apenas era un niño me escribió después de leer lo que yo había publicado.
Tenía sesenta y tres años y recordaba a mi abuela desde que él tenía aproximadamente siete.
También conoció a mi abuelo cuando comenzó su relación con ella.
Vivían por aquella época en Julio Jover, entre Zayas y Esquerra, en casas muy cercanas.
Él fue creciendo y mis abuelos también continuaron con sus vidas.
Después llegó su propio matrimonio, se marchó del barrio y el contacto se fue perdiendo con los años, como tantas veces ocurre.
Las personas se mudan, forman familias, cambian de trabajo, pasan los años y aquellos vecinos que alguna vez parecían formar parte del paisaje cotidiano terminan convirtiéndose en recuerdos.
Hasta que un día regresan.
No físicamente, sino a través de una fotografía.
Él contó que se enteró de lo ocurrido en la calle y que después vio las imágenes. Al principio, el rostro de mi abuela le resultó familiar. Le dijo a su esposa que conocía a aquella señora y al Chino, pero no conseguía ubicarlos. Entonces apareció el nombre de mi abuela y todo volvió a su sitio.
Coralia.
Y detrás de ese nombre regresó un barrio entero. Regresaron las casas. Las calles. Los años de juventud. Las personas que alguna vez fueron jóvenes y que ahora ya tienen una vida completamente distinta.
Regresaron mis abuelos como los había conocido él. No como las personas mayores que yo conocí al final de sus vidas, sino como aquellos vecinos que alguna vez formaron parte de su juventud.
Me dijo que, en su recuerdo, quedaban guardadas las maravillosas personas que fueron.
Y creo que esa frase resume una parte de lo que estoy intentando hacer con este libro.
Porque yo tengo mis recuerdos, pero ellos tienen los suyos.
Yo puedo contar cómo era mi abuelo conmigo, pero no puedo contar cómo era con su amigo de la escuela.
Puedo hablar de mi abuela como la mujer que me regañaba cuando le sobaba la barriga, pero no puedo hablar de la niña que otro niño conoció cuando apenas tenía siete años.
Puedo contar cómo era mi tía como adulta, como madre, como mi confidente, pero hay personas que la conocieron antes de que yo pudiera comprender quién era ella.
Y todas esas versiones son verdaderas.
No existe un único José.
No existe una única Coralia.
No existe una única Taymi.
Cada persona que los conoció conserva una parte diferente de ellos.
Quizá por eso estos testimonios significan tanto para mí.
Porque durante mucho tiempo pensé que recordar era solamente mirar hacia atrás y aferrarme a mis propias fotografías, a mis conversaciones y a las escenas que todavía puedo reconstruir en mi cabeza.
Ahora entiendo que recordar también puede significar preguntar.
Preguntar quiénes fueron.
Dónde estuvieron.
A quién ayudaron.
Con quién se rieron.
Quién los quiso.
Qué historias vivieron antes de que yo existiera.
Y descubrir que, en algún lugar, hay personas que todavía pueden responder. Hay algo especialmente doloroso y hermoso en saber que mis abuelos fueron importantes para personas que yo nunca conocí. Porque significa que su historia no empezó conmigo y tampoco tiene por qué terminar conmigo.
Ellos existieron antes de que yo naciera.
Tuvieron amigos antes de que yo pudiera llamarlos abuelos.
Tuvieron juventud. Tuvieron sueños. Tuvieron vecinos.
Tuvieron dificultades. Tuvieron momentos que nunca llegué a conocer.
Y dejaron pequeñas huellas en personas que hoy, décadas después, todavía pueden reconocer sus rostros.
Quizá eso sea lo que realmente significa dejar una huella en alguien. No que esa persona recuerde cada detalle. No que conserve todas las fechas. Sino que, después de muchos años, vea una fotografía y diga:
«Yo conozco a estas personas.»
Y entonces comprenda que hay historias que son demasiado grandes para pertenecer únicamente a una familia.
La historia de mis abuelos también vive en quienes compartieron alguna parte de sus vidas con ellos. En quienes hoy, después de tantos años, siguen teniendo algo que decir sobre ellos.
Por eso quise guardar también estas voces. Porque yo puedo contar cómo los amaba. Pero ellos pueden contar cómo los conocieron. Y entre todas esas memorias empieza a aparecer una imagen mucho más grande que la que yo habría podido construir sola.
La de dos personas que tuvieron una vida antes de convertirse en mis abuelos y que, sin saberlo, fueron dejando recuerdos en personas que algún día volverían a encontrarse con sus nombres.
Ahora entiendo que quizá nunca podremos recuperar todo lo que el tiempo se llevó. Nunca sabré cada conversación que tuvo mi abuelo con aquel amigo de la infancia. Nunca conoceré todas las historias que mi abuela vivió antes de que yo naciera.
Nunca escucharé cada anécdota que alguien podría haberme contado si hubiera preguntado antes, pero… poco a poco, voy reconstruyendo a José, a Coralia y a Taymi.
No solamente como las personas que fueron al final.
Sino como las personas que fueron durante toda su vida.