Capítulo 5
En aquel momento mi vida era muy diferente a la de ahora. Yo no tenía un bebé y ni siquiera estaba pensando en tener hijos; mis preocupaciones eran otras y mi vida todavía no había tomado el rumbo que tendría después. Pero cuando alguien de tu familia enferma, algunas cosas dejan de importar.
Durante aquellos días nos organizamos como pudimos para acompañarlo.
Estábamos mi mamá, mi tía, la familia de mi esposo y yo, cada uno ayudando de la manera que podía, intentando que él no estuviera solo y que tuviera todo lo necesario.
No recuerdo aquella etapa únicamente por el miedo, sino también por la manera en que nos unimos, porque cuando alguien que quieres necesita ayuda, muchas diferencias, problemas y preocupaciones individuales pasan a un segundo plano y lo importante se vuelve mucho más sencillo: que esa persona esté bien.
Mi abuelo regresó a casa después de aquella semana y la vida continuó, pero algo había cambiado dentro de mí.
Ya habíamos visto que podía enfermar, ya habíamos comprobado que su cuerpo podía obligarnos a detener nuestra propia vida para atenderlo y, aunque aquello pasó y volvimos poco a poco a nuestra rutina, había quedado una especie de conciencia nueva que antes no teníamos.
Después llegó algo que cambiaría todavía más las cosas: mi abuela debutó con Parkinson.
Al principio todavía podía hacer muchas de sus cosas y su vida no cambió de un día para otro, pero poco a poco la enfermedad fue avanzando y comenzó a afectar algo tan básico como caminar.
Luego llegaron las caídas, algunas de ellas graves, hasta que terminó fracturándose la cadera y, a partir de entonces, la silla de ruedas pasó a formar parte de su vida.
Para mí fue extraño verla cambiar, porque durante tantos años había conocido a mi abuela de una determinada manera que verla depender cada vez más de otras personas era difícil de asimilar.
Había cosas que antes hacía sola y que ahora necesitaban ayuda, y aunque intentábamos acostumbrarnos a esa nueva realidad, nunca terminaba de sentirse completamente normal.
La enfermedad no solamente estaba cambiando su cuerpo; estaba cambiando la dinámica de todos nosotros.
Cuidar dejó de ser algo que hacíamos de vez en cuando y se convirtió en una responsabilidad diaria.
Mi tía, mi tío Sayuris y mi mamá comenzaron a turnarse cada dos días para cuidar a mis abuelos.
Cada uno tuvo que hacer sacrificios para poder estar presente, pidieron licencia en sus trabajos y dejaron en pausa parte de sus propias vidas para dedicarse plenamente a ellos.
No era sencillo, mucho menos en un país donde conseguir incluso las cosas más básicas puede convertirse en una preocupación diaria, pero hicieron lo que podían con lo que tenían.
Había que cuidar a dos personas mayores, conseguir alimentos, resolver medicamentos y necesidades cotidianas, enfrentar los apagones y encontrar la manera de mantener una casa funcionando mientras quienes cuidaban también tenían sus propias familias, responsabilidades y necesidades.
Y aun así se turnaban. Cada dos días alguien asumía el cuidado, después otro y después otro, y así fueron pasando los días hasta que aquella organización dejó de sentirse como algo temporal y se convirtió en una nueva forma de vivir.
Yo también intentaba ayudar de las maneras que podía.
Muchas veces preparaba potajes para mis abuelos y se los llevaba cualquier día, sin que hiciera falta una ocasión especial.
Podía estar en mi casa, pensar en ellos, preparar algo y decidir llevárselo.
En aquel momento quizá no parecía gran cosa, pero con el tiempo aprendí que el amor no siempre llega en grandes gestos; a veces llega dentro de una olla, en una comida que preparaste pensando en dos personas, en una visita, en una pregunta sencilla sobre si necesitan algo o simplemente en aparecer.
Creo que fue durante aquella etapa cuando comprendí de verdad que nuestros padres también pueden llegar a necesitar que nosotros los cuidemos.
Cuando eres niño, son ellos quienes están pendientes de ti, quienes te alimentan, te llevan, te protegen, te acompañan y te levantan cuando te caes.
Y llega un momento en que los papeles comienzan a cambiar, aunque nadie te enseñe exactamente cómo hacerlo.
Ahora eres tú quien tiene que estar pendiente de ellos, quien pregunta si comieron, si tomaron algo, si necesitan ayuda, quien organiza los días alrededor de sus necesidades.
Mi mamá, mi tía y mi tío tuvieron que aprender a hacerlo mientras también intentaban sostener sus propias vidas, y lo hicieron durante una época especialmente difícil, sin condiciones ideales y sin tener siempre a mano todo lo que habrían necesitado.
No podían solucionar cada problema, no podían evitar cada dificultad y seguramente hubo momentos en los que ellos mismos se sintieron agotados, pero estaban allí.
Y eso es algo que quiero dejar escrito, porque cuando una persona enferma muchas veces la historia parece centrarse solamente en quien está en la cama, en quien utiliza una silla de ruedas o en quien necesita ayuda para caminar, pero alrededor de esa persona existe una familia entera que también está aprendiendo a vivir de otra manera.
Mi abuela tuvo que aprender a depender de los demás.
Mi abuelo comenzó a necesitar más atención.
Nosotros tuvimos que acostumbrarnos a ver cosas que antes no formaban parte de nuestra vida, y yo también empecé a mirar a mis abuelos con otros ojos.
Ya no solamente como las personas que habían estado conmigo desde niña, sino como dos seres humanos que estaban envejeciendo y que necesitaban que nosotros estuviéramos para ellos.
Eso me hizo valorar cosas que antes parecían insignificantes: una conversación, una visita, una comida, una tarde tranquila, el simple hecho de verlos juntos.
Porque mientras ellos envejecían, yo también seguía avanzando en mi propia vida.
La vida no se detiene porque alguien enferme.
Continúa, y nosotros continuamos con ella.
Por eso, cuando más adelante mi abuelo comenzó a estar todavía más débil y a caerse con mayor frecuencia, la preocupación ya no era la misma.
Ya sabíamos lo que significaba verlo perder fuerzas y sabíamos que no podíamos simplemente esperar a que se le pasara.
Queríamos llevarlo al médico, hacerle unos chequeos y saber qué estaba pasando.
Queríamos ayudarlo. Todavía estábamos pensando en soluciones, todavía estábamos haciendo planes y todavía creíamos que habría tiempo.
Porque hasta entonces, incluso con todas las dificultades, siempre habíamos encontrado una manera de continuar.
Y quizá esa fue una de las razones por las que nadie imaginó que nuestra historia estaba acercándose a un punto del que ya no podríamos regresar.