Capítulo 4
—¿Y tu tía?
Creo que para hablar de mi tía tengo que empezar por algo que explica mejor que cualquier descripción quién era para mí: yo siempre se lo contaba todo.
Mi tía se llamaba Taymi, pero para mí nunca hizo falta llamarla por su nombre para saber quién era.
Era simplemente mi tía, esa persona a la que podía acudir cuando no sabía qué hacer, cuando tenía un problema, cuando estaba enamorada, cuando había hecho alguna tontería o cuando necesitaba contarle algo que todavía no estaba preparada para decirle a nadie más.
No recuerdo haber tomado la decisión de convertirla en mi confidente. Simplemente ocurrió. Con los años, se convirtió en esa persona a la que buscaba de manera casi natural, porque sabía que podía hablar con ella sin sentir que tenía que encontrar las palabras perfectas.
Cuando tenía diecisiete años y quedé embarazada por primera vez, fue a mi tía a quien se lo conté antes que a nadie.
Yo no quería decírselo a mi mamá. Tenía miedo, estaba confundida y no sabía cómo enfrentar todo lo que estaba ocurriendo.
Era muy joven y de repente había algo enorme dentro de mi vida que no sabía cómo explicar.
Pero sabía que podía decírselo a ella.
Y se lo dije.
Mi tía me ayudó con todo lo que pudo. No recuerdo aquella etapa únicamente por el miedo que yo sentía, sino también por la tranquilidad de saber que había alguien de mi lado. Alguien que podía escucharme cuando yo todavía ni siquiera sabía qué quería hacer con todo aquello.
Después crecí y llegaron otros problemas, porque crecer también significa descubrir que el amor puede complicarte la vida de maneras que uno no imagina cuando es adolescente.
Cuando tenía algún problema con alguno de mis novios, también terminaba contándoselo a mi tía.
Ella me escuchaba, me daba consejos y, cuando yo necesitaba escapar un rato de mis propios problemas, me decía que fuera para su casa.
A veces los consejos no eran exactamente lo que yo quería escuchar, pero siempre terminaba escuchándola.
Porque confiaba en ella.
Y esa confianza no apareció de repente cuando me hice adulta. Venía de mucho antes.
Cuando yo era pequeña y quería salir a verla, podía llegar llena de churre y de fango, con las piernas sucias y sin ninguna intención de detenerme a pensar en mi apariencia. Pero entonces aparecía ella con aquella frase que todavía puedo escuchar en mi cabeza:
—Para ver a Said tienes que bañarte primero.
Y yo salía corriendo a bañarme.
Porque quería cargar a mi primito.
Cuando mi tía y su esposo trabajaban por las noches en Dinos Pizza y en el Carishow, mi abuela se quedaba cuidando a Said en la casa de arriba.
Yo me convertía entonces en una especie de entretenimiento improvisado para él.
Bailaba, hacía los bichitones, inventaba cualquier cosa para llamar su atención y terminábamos riéndonos de cualquier tontería.
Aquellos momentos eran sencillos, pero ahora tienen una ternura que entonces no podía reconocer.
Yo solamente era una niña queriendo jugar con su primito.
Mi tía solamente era mi tía, trabajando, cuidando a su hijo y regañándome porque estaba cubierta de fango. Nadie estaba pensando en que algún día yo iba a intentar reconstruir aquellos años con palabras.
Después la vida cambió y nuestra relación también fue creciendo conmigo.
Pero había algo que nunca cambió: su manera de estar.
Ella tenía una voz amable. Tenía carácter y sabía hacerse respetar, pero también tenía una nobleza que se notaba en la forma en que trataba a las personas que quería.
Era luchadora, valiente y decidida. No era de las personas que se quedaban esperando a que los problemas desaparecieran por sí solos.
Y tenía una sonrisa que siempre me llamó la atención.
Una sonrisa amplia, hermosa, de esas que transforman por completo el rostro de una persona.
A mi tía le encantaban las series turcas.
Estaba perdidamente enamorada de Farah y podía entregarse a una historia como si los personajes formaran parte de su propia vida.
También le encantaba CSI. Había algo muy divertido en verla pasar de una serie a otra, con sus gustos perfectamente definidos y esa manera tan suya de disfrutar las cosas que le gustaban.
Y luego estaba su hijo.
Said era una parte enorme de su vida.
Mi tía había pasado mucho trabajo para poder tenerlo.
El anticonceptivo que utilizaba había terminado causándole complicaciones y, después de que se lo retiraran, las posibilidades de que pudiera tener hijos quedaron muy reducidas.
Por eso, cuando finalmente llegó él, fue algo que parecía casi imposible y que para ella se convirtió en uno de los regalos más grandes de su vida.
Lo amaba profundamente.
Sus ojos vivían por él.
Lo llevaba a todas partes, lo complacía todo lo que podía, le daba sus gustos y estaba pendiente de él. No necesitaba decirme cuánto lo amaba porque se podía ver. Había madres cuyo amor se escucha cuando hablan de sus hijos; el de mi tía se veía en la cara.
Said era su niño.
Su único hijo.
Y ella lo había esperado demasiado como para no vivir cada etapa junto a él.
También estaba su esposo, con quien llevaba muchísimos años.
Yo sé que una relación pertenece a dos personas y que desde fuera nadie puede conocer realmente todo lo que ocurre dentro de un matrimonio, así que no me corresponde contar una historia que no viví desde dentro.
Pero sí puedo hablar de lo que vi: muchos años compartidos, una familia construida juntos y una vida en común que formaba parte de su día a día.
Y eso también era mi tía.
Una mujer con una familia propia, con un hijo al que adoraba, con un esposo con quien había compartido una parte enorme de su vida, con un trabajo y con sus propias preocupaciones.
Pero, de alguna manera, todavía encontraba espacio para mí.
En agosto de 2025, cuando yo estaba embarazada de mi bebé y permanecí ingresada, volvió a demostrarme algo que ya sabía desde hacía años: que podía contar con ella.
Fue a verme.
No se limitó a aparecer un momento y marcharse. Me llevaba termos con hielo y agua fría, se quedaba conmigo durante ratos, hablaba conmigo y me acompañaba en aquellos días en los que yo necesitaba sentir que alguien conocido estaba cerca.
Después nació mi bebé.
Y mi tía estuvo conmigo la segunda noche.
Había habido una discusión con mi mamá porque ella quería ser la primera en quedarse conmigo para cuidar al bebé. Al final, yo preferí que fuera mi mamá quien estuviera esa primera noche, pero la segunda fue para mi tía.
Y aquella noche fue dura.
Yo acababa de pasar por una cesárea. Me dolía todo, estaba agotada, tenía cambios de humor, malestares y todos esos miedos que pueden aparecer cuando acabas de convertirte en madre y todavía estás intentando entender cómo funciona tu propio cuerpo mientras tienes a un recién nacido dependiendo de ti.
Fue mi tía quien me ayudó a levantarme para comenzar a caminar. Ella me sostuvo cuando todavía me costaba moverme. Aguantó mis cambios de humor. Aguantó mis molestias. Aguantó mis miedos. Y cuidó a mi hijo.
Fue la primera que lo cambió y lo bañó, utilizando trocitos de algodón, agua y jabón líquido. Yo la veía moverse de un lado a otro mientras lo cuidaba y recuerdo las gotas de sudor que le corrían por el rostro.
No se quejaba. Simplemente hacía lo que tenía que hacer.
Aquella noche prácticamente no durmió. Y yo, en medio de mis propios nervios, la despertaba para preguntarle una y otra vez:
—¿El niño está respirando?
Necesitaba comprobarlo. Necesitaba que alguien me dijera que sí. Y ella estaba allí para hacerlo.
Tengo fotografías de esos momentos en mi teléfono. Algunas son de ella dormida. Yo la miraba y, sin saber por qué, tomaba una fotografía. Quizá porque en aquel momento me parecía bonito verla allí. Quizá porque quería conservarlo. No sabía que algún día esas fotografías tendrían un peso diferente.
Hoy puedo mirar una de ellas y recordar aquella habitación. Puedo recordar a mi bebé. Puedo recordar mi cansancio. Y puedo recordar a mi tía durmiendo después de haber pasado la noche cuidándonos.
Es extraño cómo una fotografía puede guardar algo que en aquel momento parecía tan cotidiano. A veces pienso que toda mi relación con mi tía está hecha de fotografías así. No necesariamente de grandes acontecimientos, sino de momentos en los que ella simplemente estaba.
Y también cuando me regañaba.
—Niña…
Todavía puedo escucharla.
Creo que esa palabra resume muchas etapas de nuestra relación. Porque podía decirla cuando yo había hecho algo mal, cuando estaba a punto de hacer alguna locura o simplemente cuando necesitaba llamar mi atención.
Pero incluso ese regaño formaba parte del cariño.
Mi tía no fue perfecta.
Nadie lo es.
Tenía carácter, tenía sus días, tenía sus problemas y seguramente también cometió errores. Pero yo no necesito convertirla en una persona perfecta para explicar por qué la quería tanto.
Me basta con contar quién era para mí. Era la persona a la que le contaba mis secretos. La que me aconsejó cuando tuve problemas de pareja. La que me ofrecía su casa cuando necesitaba estar en otro lugar.
Esa era mi tía.
Una mujer que amaba profundamente a su hijo, y que hizo todo lo posible para darle una vida llena de cariño.
Una mujer que había construido su propia familia y que, aun así, nunca dejó de tener un lugar para mí.
Por eso no quiero que cuando alguien llegue a estas páginas piense en ella solamente a partir de lo que ocurrió al final.
Quiero que primero la conozca. Que sepa que tenía una sonrisa enorme. Que tenía una voz amable. Que podía ser firme y cariñosa al mismo tiempo. Que amaba a su hijo. Que cuidaba a los suyos. Que trabajaba. Que luchaba. Que se preocupaba. Que se reía conmigo. Que estuvo cuando más la necesité.
Y que, durante tantos años, fue una de esas personas que uno da por sentadas porque parece imposible imaginar la vida sin ellas.
Mi tía estaba en tantas partes de mi historia que ahora me resulta imposible contar la mía sin encontrarla en algún capítulo.
Y tal vez por eso necesitaba detenerme aquí antes de continuar.
Porque antes de contar lo que sucedió después, antes de acercarnos a los últimos días y a todo aquello que cambió para siempre nuestra familia, necesitaba que quedara claro quién era ella.
No quiero que su nombre aparezca solamente en las páginas más dolorosas. Quiero que aparezca primero entre risas. Porque esa fue mi tía. Y esa es la mujer que quiero que conozcan antes de llegar al resto de su historia.