La casa sin alma Epílogo
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Epílogo

—Si pudieras decirles algo hoy, después de todo lo que has escrito, ¿qué les dirías?

Creo que durante todo este tiempo he estado intentando responder esa pregunta sin darme cuenta.

Al principio pensaba que escribir sobre ellos significaba reconstruir sus vidas, recordar fechas, contar anécdotas y explicar quiénes habían sido, pero mientras avanzaba comprendí que ninguna cantidad de palabras puede devolver a una persona.

Podemos llenar páginas enteras con recuerdos, describir una voz, una costumbre, una sonrisa o una tarde cualquiera, pero siempre habrá algo que no podremos poner sobre el papel: la sensación de tenerlos delante, de escucharlos responder, de saber que estaban allí.

Por eso no quiero que estas últimas páginas hablen de aquella noche.

No quiero que lo último que el lector recuerde de ellos sean las habitaciones, el silencio o el horror, porque sus vidas no comenzaron allí y tampoco merecen terminar allí.

Aquello forma parte de su historia, pero no es toda su historia, y si algo he aprendido mientras escribía este libro es que una vida entera no puede resumirse en el momento en que dejó de existir.

Quiero pensar que, de alguna manera, estas páginas lograron devolverlos a los lugares donde realmente pertenecen.

No a aquella casa vacía, sino a las conversaciones familiares, a las fotografías, a las tardes que todavía podemos recordar, a las personas que alguna vez compartieron una mesa con ellos y a quienes todavía pueden pronunciar sus nombres sin necesidad de explicar quiénes fueron.

Porque mientras alguien tenga un recuerdo que contar, una fotografía que mirar o una historia que transmitir, una persona continúa ocupando un pequeño espacio en este mundo.

A veces pienso que eso es lo único que puedo hacer por ellos ahora.

No puedo regresar al pasado, no puedo cambiar aquella noche, no puedo abrazarlos otra vez ni entrar por aquella puerta sabiendo que los encontraré allí, pero todavía puedo escribir.

Puedo tomar todo aquello que quedó disperso en mi memoria, en las palabras de quienes los conocieron y en las historias que sobrevivieron a ellos, y convertirlo en algo que pueda pasar de unas manos a otras.

Quizá algún día mi hijo lea este libro y no conozca personalmente a ninguno de los tres.

Quizá para él sean solamente nombres que pertenecen a una generación anterior, personas que aparecen en fotografías antiguas y de las que su madre habla con una nostalgia que él no puede comprender todavía.

Pero cuando llegue ese momento, quisiera que pueda encontrar aquí algo más que una historia triste; quisiera que pueda conocerlos desde la humanidad que tuvieron, desde las personas que fueron para quienes los rodeaban y desde todo el amor que dejaron detrás sin siquiera saber que algún día sería necesario conservarlo.

Porque una familia también está hecha de aquello que se transmite.

Hay cosas que no pasan de padres a hijos en forma de objetos, sino de historias, gestos, costumbres y nombres que se repiten durante los años.

Y quizá esa sea mi manera de asegurarme de que ellos continúen formando parte de nosotros: hacer que sus nombres no sean solamente algo que aparece en una lápida, sino algo que todavía pueda pronunciarse en una conversación, escribirse en una página y recordarse con una sonrisa además de con lágrimas.

No sé cuánto tiempo tardaré en aprender a convivir con su ausencia.

Tal vez nunca exista un día en que deje de doler por completo, porque algunas ausencias no se superan; simplemente aprendemos a caminar llevando ese espacio vacío con nosotros.

Lo que sí sé es que ya no quiero que el dolor sea lo único que quede cuando piense en ellos, porque hubo demasiada vida antes de aquel momento y hubo demasiado amor como para permitir que todo termine reducido a una tragedia.

Quiero recordar que fueron parte de mi infancia, de mi familia y de mi historia, pero también quiero recordar que fueron parte de la historia de muchas otras personas.

Hubo quienes los conocieron siendo jóvenes, quienes compartieron con ellos un barrio, un trabajo, una amistad, una comida, una dificultad o simplemente una etapa de sus propias vidas, y cada uno conserva una versión diferente de ellos.

Este libro nació de mis recuerdos, pero en sus páginas también caben las voces de quienes quisieron dejar constancia de que los conocieron y que, al recordarlos, encontraron en ellos algo digno de ser contado.

Tal vez esa sea la verdadera razón por la que decidí escribirlo.

No para explicar lo inexplicable ni para encontrar una forma de hacer que el pasado deje de doler, sino para impedir que el tiempo haga lo que inevitablemente intenta hacer con todo: borrar los detalles.

Porque el tiempo puede llevarse las voces, cambiar los rostros en las fotografías, hacer que las casas se deterioren y convertir los recuerdos más vivos en imágenes cada vez más lejanas, pero mientras alguien decida escribir, todavía existe una manera de resistirse al olvido.

Y yo decidí resistirme.

Decidí escribir sus nombres.

Decidí contar sus historias.

Decidí guardar aquello que todavía recuerdo y aquello que otros tuvieron la generosidad de contarme.

No puedo regresar a ellos, pero puedo regresar a sus vidas cada vez que abra estas páginas.

Puedo caminar nuevamente por los recuerdos sin necesidad de cambiar lo ocurrido, detenerme en aquello que los hizo felices, en las personas que amaron y en las pequeñas cosas que hicieron que sus vidas fueran únicas.

Y quizá, después de todo, esa sea mi forma de abrazarlos una vez más.

Si pudiera decirles algo ahora, no les hablaría de la tristeza que dejaron.

Les hablaría de todo lo que todavía provocan en nosotros, de las historias que continúan apareciendo cuando alguien menciona sus nombres, de las fotografías que todavía guardamos y de las personas que todavía los recuerdan.

Les diría que, aunque yo no pueda llevarlos nuevamente a casa, puedo llevar sus nombres conmigo y dejar que estas páginas hagan lo que mis manos ya no pueden hacer: conservarlos.

Porque ellos fueron mucho antes de aquella última noche.

Y serán mucho después de ella.

Quizá eso sea lo que más quiero que quede de este libro: que José Antonio, Coralia y Taymi no sean recordados solamente por la forma en que terminó su historia, sino por el simple hecho de que alguna vez estuvieron aquí, amaron, trabajaron, discutieron, rieron, cuidaron de los suyos y dejaron huellas en personas que todavía los llevan consigo.

Yo solamente estoy intentando poner esas huellas sobre el papel.

Para que cuando el tiempo avance y los años cambien tantas cosas, exista un lugar donde todavía puedan encontrarse.

Para que mi hijo pueda conocerlos.

Para que quienes los amaron puedan volver a ellos.

Para que quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocerlos sepan que existieron.

Y para que nadie pueda decir, algún día, que fueron olvidados.

Porque mientras estas páginas existan, mientras alguien las lea y mientras sus nombres sigan siendo pronunciados, su historia seguirá teniendo un lugar entre nosotros.

Y esta vez, quiero terminarla donde realmente pertenece.

No en aquella casa.

No en aquella noche.

Sino aquí.

Entre estas páginas.

Donde seguirán viviendo.