La casa sin alma Capítulo 1
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Capítulo 1

—¿Quiénes eran tus abuelos?

La pregunta parece sencilla, casi demasiado sencilla para todo lo que contiene.

Me quedo unos segundos pensando en cómo responderla, porque decir que eran mis abuelos sería cierto, pero estaría muy lejos de explicar lo que realmente fueron para mí.

Hay palabras que sirven para nombrar un vínculo, pero no siempre alcanzan para explicar lo que ese vínculo significa.

Mis abuelos fueron mi casa.

Fueron las personas que estuvieron ahí desde que tengo memoria, las que formaron parte de mi infancia antes de que yo siquiera pudiera entender cuánto significaba tenerlos.

Fueron quienes me vieron crecer, quienes estuvieron presentes en mis etapas más pequeñas y también en aquellas en las que empecé a creer que ya era lo suficientemente grande como para no necesitar a nadie.

Fueron mi lugar seguro durante tantos años que llegué a pensar que aquella tranquilidad era algo que simplemente existía y que siempre existiría.

Mi abuelo se llamaba José Antonio, aunque casi todos lo conocían como “el Chino”.

Mi abuela era Coralia. Y cuando pienso en ellos juntos, no los recuerdo únicamente como dos personas mayores que vivían bajo el mismo techo, sino como una parte inseparable de mi propia historia.

Para mí, su casa no era simplemente una casa. Era el lugar al que pertenecía.

—¿Qué recuerdas de tu infancia con ellos?

Recuerdo muchas cosas, pero sobre todo recuerdo la tranquilidad.

Es extraño que una palabra tan sencilla pueda contener tantos años.

Yo era una niña y no tenía las responsabilidades que después llegaron con la vida.

Podía preocuparme por cosas pequeñas, pasar horas en mi cuarto, escuchar música cuando estaba triste, inventar cualquier ocurrencia cuando estaba feliz y volver a la misma casa sabiendo que allí estaban ellos.

Mi cuarto estaba lleno de pegatinas de BTS y era uno de mis lugares favoritos. En aquel momento no sabía que también estaba viviendo una de las etapas más tranquilas de mi vida. Uno nunca sabe que está siendo feliz mientras está dentro de un recuerdo.

Las reuniones familiares también forman parte de esa infancia.

Se reunían todas las familias y yo solía convertirme en la bufona, haciendo reír a todos con mis ocurrencias.

Mi abuela era la más seria y mi abuelo estaba allí, formando parte de aquel ruido familiar que hoy recuerdo con una nostalgia que antes no habría sabido explicar.

En los cumpleaños había pastel, cerveza, cerdo asado y música en el patio trasero, y sonaban Checo Acosta y Pimpinela mientras todos estábamos juntos.

Yo pensaba que aquello era normal.

Pensaba que las familias simplemente permanecían.

—¿Y cómo era tu abuelo?

Mi abuelo era un hombre trabajador y tenía ese carácter de quien estaba acostumbrado a sostener una familia.

Tenía temperamento, pero conmigo siempre fue diferente.

Nunca necesitó alzarme la voz. Era pausado, y esa forma suya de hablar conmigo se quedó grabada en mi memoria mucho más de lo que entonces podía imaginar.

Se levantaba a las cinco de la mañana para hacer café.

Ponía el radio y se peinaba con el cabello todavía mojado, dejando que el agua le corriera por la frente.

Después comenzaba su día y trabajaba hasta casi oscurecer.

Cuando regresaba, quedaba impregnado en la casa aquel olor a café tostado que anunciaba su llegada incluso antes de verlo.

Hay recuerdos que no necesitan una fotografía para volver.

A veces basta un olor.

También recuerdo sus manos trabajando. Lo recuerdo moliendo harina y cargando aquellas latas pesadas de maíz, haciendo trabajos que seguramente para él eran parte de la rutina, pero que hoy yo miro de otra manera.

Recuerdo cómo terminaba lleno de tizne cuando hacía puré de tomate y cómo podía pasar de una jornada de trabajo a sentarse en su sillón para ver Pánfilo, como si ese pequeño ritual fuera una recompensa después del día.

Le encantaba hacer croquetas y pudín con panes viejos.

Tenía esa costumbre de aprovecharlo todo y de ahorrar hasta la última gota de arroz.

Si yo se la echaba a los perros, refunfuñaba.

No era una gran discusión, pero era una de esas pequeñas escenas que se repitieron tantas veces que terminaron formando parte de la identidad de nuestra familia.

Hasta sus dientes forman parte de mis recuerdos.

Tenía una «plancha» en la boca y me decía que le quedaban dos abajo y tres arriba. Hoy puedo recordarlo y sonreír, porque hay algo profundamente humano en descubrir que las cosas que alguna vez nos parecieron insignificantes terminan siendo precisamente las que más queremos conservar.

—¿Qué era lo que más te gustaba de él?

Que se sintiera orgulloso de mí.

Recuerdo su cara cuando le contaba que me estaba yendo bien vendiendo mis libros.

Algunas veces no era del todo verdad, pero me gustaba verlo orgulloso y creo que eso dice mucho más de mí que de aquellas pequeñas mentiras.

Yo quería que él creyera en mí. Quería que me mirara y sintiera que su nieta estaba haciendo algo bien.

Cuando cumplí quince años, en 2016, mi abuelo me compró mi primera computadora, —la que aún conservo—.

En ese momento era una computadora, un regalo que me hizo ilusión, pero con los años entendí que para mí significaba mucho más.

Era una de esas formas silenciosas de decirme que confiaba en mí, que quería verme crecer y que estaba dispuesto a ayudarme a perseguir aquello que me hacía feliz.

Quizá por eso todavía puedo recordar su expresión cuando hablaba de mis libros.

Hay personas cuyo orgullo se siente distinto.

El suyo era uno de ellos.

—¿Y qué recuerdas de tu abuela?

Recuerdo su carácter, porque mi abuela tenía temperamento y era una mujer que sabía hacerse notar.

Recuerdo que yo le sobaba la barriga y ella me regañaba porque no le gustaba que hiciera eso.

Recuerdo llevarle regalos y postales por el Día de las Madres, ir a buscar limones a una mata y tantas escenas pequeñas que en aquel momento no parecían importantes.

Pero lo eran.

Todo aquello era nuestra vida.

Y quizá eso sea lo más difícil de explicar cuando se intenta contar una historia familiar.

Desde fuera, una vida puede parecer hecha de acontecimientos importantes, pero cuando uno la ha vivido desde dentro descubre que casi todo lo que realmente importa está escondido en las cosas pequeñas: un café preparado al amanecer, una comida hecha en casa, una visita inesperada, una discusión por un poco de arroz, una canción sonando en el patio, un regalo entregado en un día especial o una persona sentada en un sillón mirando televisión.

—¿Cuándo empezaste a entender lo importantes que eran para ti?

No sé si alguna vez lo entendí por completo.

Creo que hay personas que se vuelven tan indispensables que uno deja de preguntarse qué lugar ocupan porque simplemente forman parte de todo. Yo sabía que los amaba, pero no necesitaba explicarlo. Sabía que eran mi familia, pero tampoco necesitaba definirlo. Estaban allí y eso bastaba.

Cuando era niña, no pensaba en el tiempo.

No pensaba que los adultos envejecían.

No pensaba que algún día una casa podía quedarse sin las voces que la habían llenado durante tantos años. Mucho menos pensaba que algunos de los recuerdos que estaba viviendo terminarían siendo los mismos que algún día tendría que proteger con todas mis fuerzas para no perderlos.

Por eso, cuando ahora intento responder quiénes eran mis abuelos, no quiero responder únicamente con sus nombres. Y quizá esa sea la primera respuesta que puedo dar a aquella pregunta: mis abuelos fueron la vida cotidiana que yo creía que nunca iba a perder.

Fueron mi infancia.

Fueron mi casa.

Fueron parte de mí mucho antes de que yo entendiera que algún día tendría que aprender a vivir con su ausencia.

Y si hoy estoy intentando contar esta historia, no es únicamente para hablar de lo que ocurrió al final.

Es porque hubo muchísimo antes.

Hubo una vida.

Hubo una familia.

Hubo una casa llena de recuerdos.