Capítulo 2
—¿Y cómo era crecer allí?
Durante mucho tiempo pensé que no había nada especial que contar sobre mi infancia, porque para mí aquella vida era simplemente mi vida.
No sabía que algún día tendría que sentarme a reconstruirla con palabras, ni que llegaría un momento en el que tendría que buscar dentro de mis recuerdos las cosas que antes podía vivir sin pensarlas.
Cuando eres niño no haces inventario de los días felices.
No guardas una lista de las tardes que quieres recordar para siempre.
Simplemente las vives, porque todavía no sabes que algún día serán precisamente esas tardes las que vas a querer recuperar.
Mi infancia transcurrió entre una casa que conocía de memoria y una familia que parecía permanente.
Yo sabía dónde estaba cada cosa, conocía los sonidos de la casa, las voces, las costumbres y hasta los momentos del día en los que cada persona hacía determinadas cosas.
Había una especie de orden que no necesitaba explicaciones porque llevaba años funcionando de la misma manera.
Yo podía salir, volver, encerrarme en mi cuarto, pasar una tarde haciendo cualquier tontería y después aparecer en la cocina como si el mundo entero estuviera exactamente donde debía estar.
Quizá eso era lo que más seguridad me daba: saber que podía regresar.
Cuando era niña no pensaba demasiado en el futuro.
Mi mundo era pequeño y, por eso mismo, enorme.
Estaba formado por mi casa, mi familia, mis amigos, mis juegos, mis preocupaciones de niña y todas aquellas cosas que parecían importantísimas en el momento y que hoy apenas recuerdo.
Podía pasar una tarde entera entretenida con algo que probablemente ahora me parecería insignificante y sentir que no necesitaba nada más.
Después llegó la adolescencia y, con ella, esa etapa extraña en la que uno empieza a creer que pertenece a todas partes menos a donde ha crecido.
Empecé a tener mis propios gustos, mis propias ideas y mis propias maneras de entender el mundo.
Mi cuarto se convirtió todavía más en mi espacio, lleno de música y de todas esas pequeñas cosas que sentía que hablaban de mí.
Cuando estaba triste, podía refugiarme allí.
Cuando estaba feliz, encontraba cualquier manera de convertir el día en algo divertido.
Pero por mucho que creciera, había algo que permanecía igual.
Ellos seguían estando.
Eso es algo que solo comprendí después. Durante la adolescencia uno puede sentirse independiente incluso cuando todavía depende muchísimo de su familia.
Cree que está construyendo una vida completamente separada, cuando en realidad sigue teniendo un lugar al que regresar.
Yo podía discutir, enfadarme, encerrarme en mi cuarto o querer pasar tiempo fuera, pero sabía que aquella casa seguía siendo mía.
Y esa certeza era tan grande que ni siquiera necesitaba pensar en ella.
En las reuniones familiares yo podía ser yo misma sin demasiadas preocupaciones.
No necesitaba preparar nada. Bastaba con estar allí.
Había algo bonito en esas reuniones porque nadie parecía estar contando cuánto tiempo quedaba para la próxima.
Los cumpleaños llegaban y se celebraban.
Las personas aparecían. Se preparaba comida.
Se ponía música. Se hablaba durante horas.
Los niños crecían, los adultos envejecían y, aun así, desde mi perspectiva, todo parecía seguir exactamente igual.
Esa es una de las cosas que más me cuesta explicar ahora: la sensación de permanencia.
Yo no pensaba que un día iba a existir una última reunión. No pensaba que habría una última vez que estaríamos todos juntos en un patio. No pensaba que algunas voces que escuchaba con tanta frecuencia terminarían perteneciendo únicamente a mis recuerdos.
La vida familiar también estaba hecha de cosas mucho menos especiales.
Días en los que no ocurría absolutamente nada, comidas normales, conversaciones que seguramente no recordaríamos al día siguiente y tardes en las que cada uno estaba concentrado en sus propios asuntos.
Pero incluso esos días tienen ahora un valor diferente, porque cuando miras hacia atrás descubres que la vida no estaba formada únicamente por las celebraciones.
Estaba formada por los días comunes.
Y eran precisamente esos días los que yo creía que tendría para siempre.
Creo que por eso me cuesta tanto aceptar algunas ausencias.
No extraño solamente los momentos importantes.
Extraño la posibilidad de que existieran más momentos insignificantes.
Extraño pensar que podía aparecer cualquier día y encontrarlos allí, contar alguna cosa de mis libros, sentarme un rato o simplemente estar sin necesidad de que ocurriera nada.
Hay una forma muy particular de querer a la familia que se construye con la rutina.
No necesita grandes demostraciones porque se alimenta de la presencia.
Uno sabe que ama a esas personas, pero no está diciéndolo todo el tiempo.
Lo demuestra apareciendo, compartiendo, ayudando, preguntando, llevando algo, escuchando o simplemente permaneciendo cerca.
Con los años fui entendiendo que muchas de nuestras demostraciones de cariño funcionaban así.
Yo también empecé a tener mis propias responsabilidades y mis propios sueños.
Escribir comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en mi vida y, poco a poco, aquello que al principio podía parecer una afición empezó a convertirse en una parte de quien yo era.
Mis libros dejaron de ser únicamente historias que escribía para mí y comenzaron a convertirse en algo que quería compartir con otras personas.
Y ellos estaban ahí para verlo.
Tal vez por eso aquel orgullo de mi abuelo significaba tanto para mí.
No necesitaba que entendiera cada detalle de lo que hacía.
Me bastaba con saber que le gustaba verme intentarlo.
Cuando le hablaba de mis libros, cuando le contaba que estaba vendiendo, cuando aparecía alguna noticia buena, había algo en su expresión que me hacía sentir que estaba haciendo algo que valía la pena.
A veces pienso que los abuelos tienen una manera diferente de mirar los sueños de sus nietos. Quizá porque han vivido suficiente para entender que crecer no consiste únicamente en conseguir cosas, sino en encontrar algo que te haga sentir orgulloso de haberlas intentado.
Y yo quería que él estuviera orgulloso de mí.
Todavía lo quiero.
También recuerdo la sensación de ser una niña sin demasiadas responsabilidades.
Vivir con ellos tenía una tranquilidad que entonces no sabía valorar.
Había problemas, por supuesto, porque ninguna familia vive sin ellos, pero yo tenía la posibilidad de mirar muchas cosas desde una distancia que ya no existe.
Mi mayor preocupación podía ser una canción, una discusión, algo que quería comprar o alguna historia que estaba escribiendo.
Hoy miro hacia atrás y entiendo que aquella despreocupación también era un regalo.
No porque mi vida actual no tenga momentos felices, sino porque crecer significa descubrir que la vida exige cosas que antes ni siquiera sabías que existían. Cuando eres niño, alguien más se preocupa por muchas de las cosas que tú todavía no sabes que deberías estar pensando.
Yo podía simplemente ser una niña.
Y ellos estaban allí.
Quizá por eso, cuando pienso en aquella época, no recuerdo una casa perfecta ni una familia perfecta.
Recuerdo una familia real. Con caracteres diferentes, con discusiones, con momentos de risa, con días buenos y otros no tanto.
Recuerdo personas que tenían sus propias preocupaciones y que, aun así, encontraban la manera de compartir una vida.
Eso es lo que quiero conservar.
No una versión idealizada de ellos, sino la verdadera.
La que tenía defectos, manías, discusiones y días normales.
Porque las personas que amamos no se vuelven importantes por ser perfectas. Se vuelven importantes porque forman parte de nuestra historia de una manera que nadie más puede ocupar.
Y mientras yo crecía, ellos también iban cambiando.
Eso es algo que en aquel momento no veía con claridad.
Para mí seguían siendo simplemente mis abuelos.
Las personas que estaban allí. Pero el tiempo iba dejando pequeñas señales que yo todavía no sabía interpretar.
Algunas cosas comenzaron a costarles más, algunas preocupaciones se hicieron diferentes y poco a poco fui comprendiendo que aquella tranquilidad que yo había dado por sentada también estaba atravesada por el paso de los años.
Aun así, yo seguía pensando que había tiempo.
Siempre parecía haber tiempo.
Tiempo para visitarlos otro día.
Tiempo para sentarme a conversar.
Tiempo para llevarles algo de comer.
Tiempo para hacer otra reunión.
Tiempo para otro cumpleaños.
Tiempo para volver a abrazarlos.
Nunca imaginamos que el tiempo puede agotarse sin avisar.
Y quizás por eso, cuando miro ahora hacia aquella niña que fui, no siento ganas de reprocharle nada.
Ella no podía saberlo. No podía mirar una tarde cualquiera y entender que estaba viviendo un recuerdo que algún día necesitaría con desesperación.
Solo podía vivirla.
Y eso hizo.
Vivió.
Rio.
Escribió.
Escuchó música.
Se escapó a las fiestas con sus amigas del barrio.
Se escondió entre las matas para jugar a los escondidos de noche. Cazó cocuyos y les cayó atrás a las gallinas.
Y cada vez que necesitó regresar a casa, sabía exactamente dónde hacerlo. Porque durante muchos años, para mí, la casa no fue solamente un lugar. Fue la certeza de que ellos estaban allí.
Y yo todavía no sabía que algún día tendría que aprender a vivir sin esa certeza.