Capítulo 27 – La semana, el regalo y la partida
La mañana después de la decisión, Sofia se despierta con el sol ya fuerte y una sensación que hacía tiempo que no tenía.
No sabe con certeza qué es – quizá ligereza, quizá solo el cansancio que por fin se disolvió durante la noche.
Pero al abrir los ojos, ya no siente el peso de la carta en el bolsillo.
Porque la carta ya no está ahí: la dejó sobre la mesa de la cocina, doblada, la aceituna seca encima – una ofrenda, o quizá una pequeña despedida a esa semana de insomnio.
Se levanta. Baja las escaleras, los escalones crujiendo – el tercero gime, el quinto cruje. Ya se los sabe de memoria. Y hoy esos sonidos ya no le dicen que está atrapada. Le dicen que está en casa.
En la cocina, Matteo ha preparado dos tazas de café, no de té – una para él, una para ella, con leche como a ella le gusta.
«Buenos días.»
«Buenos días.»
Se sienta, coge la taza caliente, bebe. Él la observa.
«¿Estás segura?»
«Sí.»
Él asiente, pero las manos se le quedan sobre la mesa – demasiado quietas, como si temiera que al moverlas algo fuera a derrumbarse.
«Hoy salimos.»
«¿Adónde?»
«A ver Oria.»
«Ya la hemos visto.»
«No como la vas a ver ahora.»
Ella lo mira. Él sonríe – una sonrisa que no le llega del todo a los ojos.
Salen. Caminan despacio, demasiado despacio, como si cada paso pudiera ser el equivocado. Él le enseña el pueblo con ojos nuevos – la fuente seca, la panadería, la casa donde creció. Cada rincón es un fragmento de él, y cada fragmento es algo que ella ya sabe que no podrá llevarse del todo.
«Aquí había una fuente que funcionaba», dice él, deteniéndose en una plaza pequeña. «Jugaba aquí de niño.»
Ella mira el agua quieta, verdosa. «¿Y ahora?»
«Está seca.»
«Qué pena.»
Él se agacha, hunde la mano en el agua, la deja resbalar entre los dedos.
«El agua sigue ahí», dice. «Solo que bajo tierra.»
Ella no dice nada. Sabe que está hablando de otra cosa, por debajo de las palabras.
Caminan; sus manos se rozan por accidente, luego otra vez, hasta que él le coge la mano – cálida, temblando ligeramente. Ella no la retira.
Le enseña el colegio – un edificio bajo, de color ocre, un patio lleno de bicicletas sin candado.
«Aquí es donde Agnese me enseñó a leer», dice. «No dentro. En ese banco.» Señala un banco de piedra desconchado cerca de la verja, y por un momento se queda mirándolo sin añadir nada más.
Le enseña el murete, el campanario. Cada lugar es una historia, y cada historia, de algún modo, es ya una pequeña despedida.
Al final del día se detiene delante de un puesto de flores, coge un ramo pequeño de flores amarillas, su perfume tenue.
«Toma.»
Ella coge las flores entre las manos, sin saber qué decir.
«Nunca me habías comprado flores.»
«No sabía que te gustaban.»
«Me gusta que hayas pensado en ello de todos modos.»
Se miran, sin añadir nada más.
El último día, él le hace un regalo: un dibujo enmarcado, una casa con jardín, el pozo en el centro exactamente como está ahora. Los dedos de Sofia rozan el cristal del marco.
«Lo encontré entre las cosas de Agnese. Es la casa, cuando era más joven.»
Ella lo mira. «Es tuyo, si lo quieres.»
«¿Y tú?»
«Puedo quedarme en ella, si tú quieres.»
Él no responde enseguida. Mira el dibujo, luego lo guarda con cuidado en el bolso de ella, como si fuera de cristal fino.
«Quiero eso.»
Él no dice nada. Ella tampoco. Se abrazan, y él no afloja el abrazo ni siquiera cuando ella espera que lo haga. Ella no se aparta.
Al día siguiente, ella se va.
La estación es pequeña, gris. El tren llega tarde – dieciséis minutos, y ella los cuenta uno a uno, cada segundo a la vez un segundo menos y un segundo más.
El dibujo está en su bolso. Sus manos están quietas, o casi.
Él está a su lado. No la toca, no habla, pero está ahí – más cerca de lo que ha estado nunca, como si quisiera decirlo todo y no encontrara ninguna manera de meterlo en una sola frase.
«¿Volverás?»
«No lo sé.»
«Te esperaré.»
«Eso es una tontería.»
«Lo sé.»
El tren llega tarde. Trece minutos, luego diez. Ella mira el andén, luego a él – las manos apretadas en los bolsillos, tensas.
«Matteo. Si no vuelvo…»
«Volverás.»
«No lo sabes.»
«Sí lo sé.»
«¿Cómo lo sabes?»
Él no responde con palabras. Da un paso adelante, le coge la mano, la sostiene – cálida, temblando ligeramente.
«Porque tú siempre vuelves. En todo lo que haces.»
Ella lo mira, sus ojos fijos en ella.
«¿Siempre?»
«Siempre.»
El tren llega, el largo silbido, las puertas abriéndose. Sofia sube, se vuelve. Él sigue ahí, inmóvil.
«Sofia.»
Ella se detiene, baja un paso.
«¿Qué?»
Él saca algo del bolsillo – una ramita de romero.
«Toma. Agnese decía que trae suerte.»
Ella la coge, la sostiene entre los dedos – el aroma intenso, fresco, como si llevara dentro toda Oria.
«Gracias.»
«De nada.»
Vuelve a subir, se sienta junto a la ventanilla. Él se queda en el andén, las manos en los bolsillos, los ojos puestos en ella hasta el último instante posible.
El tren silba. Las puertas se cierran. Empieza a moverse.
Ella mira hacia fuera – él no se mueve, se hace cada vez más pequeño, luego desaparece del todo tras la curva de las vías.
Sostiene la ramita de romero, la huele – huele a mar, a tierra caliente, a toda Oria a la vez.
El tren corre. Las casas se vuelven pequeñas, el campanario se encoge en el horizonte, las calles que ha aprendido a conocer una a una desaparecen tras ella.
Apoya la mano en el cristal. Está frío, pero apenas lo nota.
Le vibra el teléfono. Un mensaje.
«Ya solo.»
Mira las palabras, los dedos le tiemblan ligeramente sobre la pantalla. No responde. No puede – cualquier frase le parecería demasiado pequeña para contener lo que siente, demasiado lejos de lo que querría decir.
Aprieta el teléfono con fuerza, como la ramita de romero, como el dibujo en el bolso.
El tren corre. Las últimas casas de Oria desaparecen, y empiezan los campos.
Adonde quiera que vaya, a partir de ahora, mi casa siempre estará ahí, piensa. El pensamiento le suena extraño en cuanto lo formula, pero es cierto. Demasiado cierto como para ignorarlo.
¿Entonces por qué me voy?
La pregunta se queda sin respuesta, mientras el tren corre y ella mira su propio reflejo en el cristal – un reflejo que, por un instante, parece el de otra persona.
Aprieta más fuerte la ramita de romero entre los dedos, y el tren sigue corriendo hacia el norte, hacia todo lo que la espera en Turín.