Capítulo 26 – La carta y la decisión
Los días pasan. Despacio.
Sofia no sabría decir si ha sido una semana o diez días.
El tiempo en Oria se mueve de otra manera que en Turín – más despacio, más denso, como si cada hora tuviera su propio peso.
Y siente ese peso cada vez que se despierta, cada vez que baja a la cocina, cada vez que sus ojos se cruzan con los de Matteo sin saber muy bien qué hacer con el momento.
Las últimas tres noches no ha dormido bien.
Se da la vuelta en la cama, mira el techo, escucha los sonidos de la casa – el frigorífico encendiéndose, el viento en las persianas, el silencio extendiéndose – y siente la carta en el bolsillo de la chaqueta colgada de la silla a pocos pasos, un peso que no deja de recordarle su presencia.
Llegó hace cinco días. La leyó esa misma tarde, en su habitación, después de que Matteo ya se hubiera acostado – no podía esperar, ya sabía lo que iba a encontrar. El banco le daba tres meses para saldar la deuda del estudio. Pasado ese plazo, sin pago, todo iría a subasta.
Tres meses.
Ha releído esa fecha al menos veinte veces. El número estaba marcado en rojo, y cada vez pensaba lo mismo, con amargura: lo han hecho a propósito, para que cada vez que mire, vea rojo.
No durmió esa noche, ni las dos siguientes. Se dormía al amanecer, solo para despertar dos horas después con el peso de la carta todavía encima, como una manta demasiado pesada para la estación.
Hoy ya no aguanta más. Se levanta, se lava la cara, se mira al espejo – ojeras profundas, el pelo despeinado, una cara que le parece más vieja de lo que recuerda, la cara de alguien que ya no sabe qué hacer con su propia vida.
Baja las escaleras – el tercer escalón gime, el quinto cruje, ya se los sabe de memoria, pero hoy le parecen más ruidosos de lo habitual, como si la casa también quisiera decirle algo.
En la cocina, Matteo ya está en la mesa, el té humeante entre las manos, el pan con aceite delante. Levanta la vista al verla, espera, no dice nada.
«Buenos días.»
«Buenos días.»
El silencio se estira. Ella abre el frigorífico, saca un vaso de agua, bebe, lo deja. Él la observa.
«Sofia. No has dormido.»
Ella se pasa una mano por la cara. «Lo sé.»
«¿Por qué no?»
Ella no responde enseguida. Se sienta enfrente, los dedos tamborileando sobre la mesa sin su permiso.
«Porque hay algo que necesito decirte.»
Él no dice nada, espera – sus manos alrededor de la taza se quedan quietas, tranquilas, en marcado contraste con las de ella.
Se mete la mano en el bolsillo, siente el papel fino bajo los dedos, lo saca, lo pone sobre la mesa. La mano le tiembla ligeramente.
«Me ha llegado esta carta.»
Él mira la carta, luego a ella. No dice nada.
«Léela.»
La coge, la abre, la lee – el pulgar recorriendo las líneas, la mandíbula tensándose un poco más con cada frase, las cejas bajando despacio.
Deja la hoja, la mira. Tiene los ojos más oscuros de lo habitual.
«Tres meses.»
«Tres meses.»
El silencio se estira; los dedos de Sofia por fin dejan de tamborilear, se quedan quietos sobre la mesa como exhaustos.
«¿Qué quieres hacer?»
«No lo sé.»
«¿Qué te gustaría hacer?»
Ella mira la carta, luego la ventana – el jardín verde, el sol alto, las rosas silvestres que podaron juntos ahora en flor.
«Quiero salvar el estudio», dice, la voz más baja de lo que le gustaría. «Lo construí yo sola, con mis propias manos y mi propio dinero. No quiero que el banco se lo quede.»
«¿Entonces?»
«Entonces tengo que vender la casa.»
Las manos se le cierran sobre la mesa, un puño apretado contra la madera.
«Pero no quiero vender la casa.»
Él la mira. «¿Por qué no?»
Ella no responde enseguida. Mira el jardín, luego la cocina – la mesa donde comen juntos cada día, la ventana donde él le prepara el café, la silla donde se sienta cada mañana como si siempre hubiera sido suya.
Luego mira las escaleras. Las que ha aprendido a conocer una a una – el tercer escalón, el quinto, el séptimo – del mismo modo que ahora conoce la respiración de alguien que duerme cerca, en una casa compartida.
Se levanta, camina hacia las escaleras, se detiene, apoya una mano en la pared – fría, la suya; cálida, la pared; la diferencia nítida bajo los dedos.
«¿Sofia?»
Se vuelve. Él está de pie cerca de la mesa, observándola.
«¿Qué haces?»
«Nada. Recordando.»
«¿Qué?»
«Cuando llegué. Estaba enfadada. No quería estar aquí. Y ahora…»
Se detiene. Mira los escalones – el tercero, el quinto, el séptimo – y recuerda esa primera noche, subiéndolos pensando dentro de seis meses ya me habré ido.
Recuerda la tarde en que él subió primero y ella lo siguió sin pensarlo.
Recuerda cada vez que ha bajado corriendo porque olía el café esperándola, cada vez que ha subido cansada y él ya estaba en la cocina antes que ella.
Ahora ya no quiere irse.
«Ahora ya no quiero irme.»
Él se acerca, se detiene a su lado sin tocarla – pero cerca, lo bastante cerca como para sentir su calor.
«Entonces quédate.»
«¿Y el estudio?»
«Es solo un lugar.»
«No es solo un lugar. Es todo lo que he construido de la nada.»
«¿Y esta casa? ¿Qué es, para ti?»
Ella no responde enseguida. Mira las escaleras, luego a él – sus ojos fijos en ella, esperando.
«Es mi casa», dice al fin.
«Entonces quédate.»
Ella lo mira. Sus manos siguen a los costados, relajadas; siente su respiración, el silencio extendiéndose entre ellos sin pesar.
«Matteo. ¿Y si vendo la casa? ¿Tú qué haces?»
Él no responde enseguida. Sofia ve que sus ojos se desplazan, sus manos se abren y cierran, como buscando las palabras adecuadas entre los dedos.
«Me quedo aquí.»
«¿Aquí?»
«Contigo.»
«¿Y si me voy?»
«Entonces voy contigo.»
Las palabras se le asientan despacio, como agua filtrándose – no son bonitas, no son poéticas, son simplemente sencillas. Y son suyas.
«Matteo. Tengo miedo.»
«¿De qué?»
«De perderlo todo.»
«No lo vas a perder todo.»
«No lo sabes.»
«Sí lo sé.»
«¿Cómo lo sabes?»
Él no responde con palabras. Da un paso adelante, le coge la mano – cálida, el pulgar rozando el dorso con un movimiento ligero, casi imperceptible.
«Porque estoy aquí.»
Ella siente el calor de su mano, su respiración, el silencio extendiéndose – no un silencio vacío, sino uno que espera, que sostiene algo sin prisa por soltarlo.
«Matteo. No tengo miedo de perder el estudio.»
Él la mira. «¿Qué?»
«No tengo miedo de perder el estudio. Tengo miedo de perderte a ti.»
Él no dice nada. Su mano se aprieta un poco más – no es una promesa dicha en voz alta, pero Sofia la siente igual, tan clara como una palabra pronunciada.
«No me vas a perder.»
«No lo sabes.»
«Sí lo sé.»
«¿Cómo lo sabes?»
Él no responde. Se inclina. La besa – un beso largo, lento. Sofia siente sus labios sobre los suyos, y por un momento deja de pensar en la carta, en la aceituna, en cualquier otra cosa que no sea este instante exacto.
Cuando se aparta, ella abre los ojos. Lo mira. Tiene los ojos abiertos, no llora, pero está cerca de hacerlo.
«¿Por qué?», pregunta.
«Porque estoy aquí.»
Ella asiente, luego coge la carta de la mesa – ligera entre los dedos, pero pesada con todas las noches pasadas dando vueltas en la cama, todas las dudas, todos los miedos acumulados.
Se la mete en el bolsillo, junto a la aceituna – todavía ahí, seca, dura, contra la pierna, como un recordatorio que lleva consigo sin necesidad de explicárselo a nadie.
«Matteo. Mañana voy a Turín.»
«Voy contigo.»
«No hace falta.»
«Lo sé. Pero voy.»
Ella lo mira, luego mira las escaleras – el tercero, el quinto, el séptimo.
«Entonces nos vamos mañana.»
«Mañana.»
Se levantan. La casa está en silencio a su alrededor.
«Matteo. No voy a vender la casa.»
Él la mira. La mano derecha se le levanta, le toca la cara, el pulgar rozándole la mejilla con un movimiento ligero.
«¿Por qué no?», pregunta.
«Porque es nuestra.»
Él no dice nada. Pero siente esas palabras dentro de sí, el peso de su mano en la mejilla, el calor que se queda incluso después de retirarla.
Y por primera vez en días, sus dedos dejan de temblar.