Capítulo 22 – El regreso
La carretera hacia Oria es distinta de la que tomaron para llegar.
El sol está alto, el cielo azul, el paisaje pasando deprisa tras la ventanilla.
Pero Sofia no lo ve de verdad. Está sentada junto a Matteo, la cabeza apoyada en el cristal, mirando su propio reflejo superpuesto al paisaje – casas, árboles, campos pasando sin registrarse en sus ojos.
Solo ve su propia cara cansada, las ojeras, el pelo revuelto por el viento que entra por la ventanilla abierta.
No se lo arregla. Las manos se le quedan quietas sobre las rodillas; se las mira, las uñas limpias – se pregunta cuándo se las limpió, quizá en el hospital, quizá ya no importa.
Se lleva una mano a la cara. Todavía huele a desinfectante, como si la noche en la sala se le hubiera pegado a la piel. Se frota el dorso de la mano contra la camiseta, pero el olor persiste, como si se hubiera metido bajo la superficie.
El motor zumba, un sonido bajo que siente en los huesos más que en los oídos. La carretera es recta, larga, sin curvas – olivos, campos secos, alguna casa baja de tejado rojo pasando sin que ella los mire de verdad.
«Sofia.» La voz de Matteo es baja. «Llevas dos horas sin hablar.»
«Lo sé.»
«¿Quieres parar?»
«No.»
«¿Por qué no?»
«Porque si paro, empiezo a pensar.»
Él no responde, pero Sofia ve que sus manos aprietan el volante de un modo que no parece nada relajado, como si conducir fuera lo único que sabe hacer bien en este momento.
El viento entra, el sonido de las ruedas sobre el asfalto constante, hipnótico, casi una nana – cambia cuando la carretera se vuelve más rugosa, y entonces el zumbido sube y baja como una respiración.
«Matteo. Cuando yo tenía quince años, mi padre me llevó al mar.»
Se detiene. El viento entra, y ella mira hacia fuera sin ver nada en particular.
«Era agosto, hacía calor. Se acababa de comprar un coche nuevo, un Fiat blanco. Estábamos contentos – recuerdo que él sonreía mientras conducía, y yo miraba por la ventanilla pensando que ese día sería especial. De esos días que luego cuentas.»
El viento entra de nuevo. La mano izquierda de Sofia da golpecitos sobre la rodilla, sin que ella se dé cuenta.
«Llegamos a la playa. Él aparcó. Él no bajó – dijo que tenía que hacer una llamada. Esperé media hora. Luego una hora. Luego volví al coche, y él seguía al teléfono. Ni siquiera me miró. Solo dijo: “Ve a bañarte, ahora voy.”»
Se mira las manos. La izquierda sigue dando golpecitos.
«Fui a bañarme sola. Estuve una hora entera en el agua, estaba fría pero no quería salir. Cuando volví, él seguía al teléfono. No me había buscado. Ni siquiera se había dado cuenta de que había estado fuera una hora.»
«¿Y tu madre?»
«No estaba. Se había quedado en casa – dijo que no le gustaba el mar.»
El motor zumba, el viento entra, la mano de Sofia sigue dando golpecitos.
«Sofia. ¿Estabas enfadada con él, entonces?»
«Entonces no. Ya estaba acostumbrada – siempre prometía, y luego desaparecía. Pero ahora… sí. Ahora estoy enfadada.»
«¿Por qué?»
«Porque nunca me buscó. Ni ese día, ni después. Nunca se disculpó, nunca explicó por qué no había venido. Como si hubiera sido invisible para él toda mi vida.»
El silencio se estira; oye las ruedas, el viento, el motor. Luego nota su propio golpeteo, y la mano se detiene sola, como llamada al orden.
«Matteo. ¿Tú buscarías a alguien?»
Él no responde enseguida. Sofia mira sus manos en el volante – los nudillos tensos, apretados, como si el esfuerzo de conducir se hubiera vuelto de pronto más grande que la propia carretera.
«Sí.»
«¿Por qué?»
«Porque si no buscas… te quedas solo para siempre.»
Ella lo mira; él no la mira a ella, mantiene los ojos fijos en la carretera, pero Sofia ve que se le tensa un poco la mandíbula.
«¿A quién has perdido tú?»
«A Agnese. A mi madre. A todos, uno tras otro.»
«¿Cómo conseguiste aguantar?»
«No lo sé. Simplemente sobreviví.»
Sus manos, por fin, se quedan quietas en el regazo.
Pasan un área de servicio de autopista. Matteo no reduce la velocidad, y Sofia no se lo pide – pero al pasar por delante, se da cuenta de que le hormiguean las piernas, tiene el cuello rígido de tantas horas en la misma postura, la boca seca a pesar del agua que ha bebido.
La ventanilla abierta ya no basta; el calor dentro del coche se ha vuelto denso, casi sólido, y el olor a gasolina caliente entra a ráfagas cada vez que adelantan a un camión.
El motor zumba. La carretera se extiende. El viento sigue entrando.
«Matteo. ¿Estás cansado?»
«Sí.»
«Yo también.»
Él asiente; los dedos, sobre el volante, se mueven apenas, como contando algo sin darse cuenta.
Entonces, sin previo aviso, reduce la velocidad. El coche se detiene en el arcén, el motor todavía encendido, el silencio repentino extendiéndose como una ola en cuanto deja de entrar el viento.
«¿Matteo?»
Se vuelve hacia ella. Tiene los ojos cansados, rojos, las ojeras profundas de quien no ha dormido en días. Golpea dos dedos sobre el volante, un gesto lento, casi inseguro, como reuniendo valor antes de las palabras.
«Sofia. No sé por lo que estás pasando. Pero si necesitas a alguien que te escuche…» Se detiene, busca las palabras, la mano en la nuca. «…te escucho.»
El viento entra, le mueve el pelo.
«No tienes que hacer nada, Matteo.»
«Lo sé. Pero quiero hacerlo de todos modos.»
Ella no responde. Se mira las manos, ya quietas.
«Matteo. Cuando vuelva a Génova…»
«Voy contigo.»
«No hace falta.»
«Lo sé. Pero voy.»
Se miran.
«Eres testarudo.»
Él no responde, pero los labios se le mueven apenas, como a punto de sonreír y conteniéndose en el último momento.
«¿Y tú?», dice él.
«¿Qué?»
«Tú también eres testaruda.»
Sofia no responde. Pero sus labios se mueven. Casi.
Vuelven a arrancar. La carretera se extiende ante ellos, el viento entrando, el motor zumbando constante. Los olivos pasan deprisa, las hojas plateadas brillando al sol como pequeñas monedas agitadas por el viento.
«Matteo. Gracias.»
Él no responde con palabras. Pero Sofia ve que su pulgar tamborilea sobre el volante – un movimiento ligero, casi feliz, el primero desde que salieron de Génova.