Capítulo 15 – Los cigarrillos
Esa noche Sofia no duerme.
No es culpa del vino, aunque han bebido bastante. No es culpa de la pasta, pesada como estaba. Es culpa de las palabras de Flavio, que le dan vueltas en la cabeza como una moneda que no consigue decidirse por una cara.
«Teresa desapareció. No volví a verla nunca más.»
Y luego Matteo: «Pregúntale a Rocco.»
Se da la vuelta en la cama. Las sábanas están húmedas, enredadas en las piernas.
La ventana está abierta, pero el aire no se mueve ni un centímetro – es como respirar a través de un paño mojado.
Fuera, el cielo está negro, casi sin estrellas, y en algún lugar lejano un perro ladra dos veces y se calla.
Se levanta. Los pies descalzos tocan el suelo frío – el frío de la piedra le sube por los tobillos, un pequeño alivio tras el calor de la cama.
No enciende la luz. Camina en la oscuridad, baja las escaleras de memoria, y en lo hondo de la espalda todavía siente el cansancio del día, un peso sordo entre los omóplatos.
Llega a la cocina. La luz de la luna entra por la ventana, dibuja una franja plateada sobre la mesa.
Abre el frigorífico – las botellas siguen ahí, alineadas – , saca una botella de agua, bebe un sorbo frío que le baja directo por la garganta y le hace castañetear los dientes por un instante. La cierra de nuevo.
Entonces oye un ruido.
Viene de arriba. Del tejado. Un ruido cauteloso, entrecortado – no es el viento, no es un animal. Alguien desplazando su peso con cuidado, como si cada paso tuviera que negociarse con las tejas.
Sale por la puerta de atrás. El jardín está oscuro, pero la luna ilumina el pozo y las rosas silvestres con un gris plateado. El aire huele a tierra y a hierba mojada. A la derecha, la escalera de madera sigue apoyada contra la pared, del trabajo del día.
Levanta la vista.
Matteo está en el tejado, sentado en el borde, las piernas colgando hacia la plaza. En la mano derecha sostiene un cigarrillo – sin encender. Lo hace girar despacio entre los dedos, sin llevárselo nunca a la boca.
Sofia sube por la escalera. Los peldaños de madera crujen bajo sus pies. Él se vuelve.
«¿No puedes dormir?»
«No. ¿Y tú?»
Él levanta el cigarrillo. «Fumando.»
«No está encendido.»
Lo mira un momento, luego se lo guarda en el bolsillo. «Lo sé.»
Ella se sienta a su lado. El borde del tejado es estrecho, y siente el vacío bajo ella – las piernas colgando en la nada le provocan un breve mareo. Luego el miedo pasa, dejando solo el aire fresco sobre la piel.
El tejado bajo ella sigue caliente – el calor del día subiendo de las tejas, contra el frío del aire nocturno sobre los brazos desnudos.
El contraste le resulta extraño, como estar a horcajadas entre dos estaciones.
Desde aquí arriba, la plaza parece un dibujo plano: el bar de Flavio con la persiana bajada, una farola parpadeando, la sombra del campanario alargándose casi hasta el murete de la fuente.
«¿Por qué lo sostienes si no lo vas a encender?»
«Me calma.»
«¿El cigarrillo?»
«El gesto.» Hace una pausa. «En el barco, de guardia por la noche, siempre tenía algo entre las manos. Una cuerda. Una llave. No importaba qué.»
«Y ahora tienes el cigarrillo.»
Él no responde con palabras. La luna le ilumina el perfil – la nariz recta, la mandíbula tensa, las pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos que Sofia nunca había notado tan de cerca.
«Matteo. ¿Por qué has subido aquí?»
«Porque no podía dormir.»
«Yo tampoco.»
El viento sopla ligero. La plaza bajo ellos está vacía; un gato la cruza despacio, la cola levantada como un signo de interrogación, se detiene un momento a mirar hacia el tejado, luego sigue su camino.
«Sofia. ¿Has visto la hoja?»
«¿Qué hoja?»
«La que tenía en el pelo. De casa de Flavio. La he encontrado hace media hora, lavándome la cara. La he llevado puesta toda la cena.»
Ella lo mira. «¿Y no te habías dado cuenta?»
«No. La he encontrado mirándome al espejo.»
«Y yo nunca te lo dije.»
Él se encoge de hombros. «Cierto. ¿Por qué no?»
«No me pareció importante.»
Él la mira, luego se encoge de hombros con un gesto casi teatral. «Podrías habérmelo dicho. En cambio me has dejado pasear toda la noche con un arbusto en la cabeza.»
«No era un arbusto. Era una hoja.»
«Igualmente.»
Hay una sonrisa en sus labios – no ofendida, solo divertida, del tipo que uno se permite cuando la cosa en sí no importa en absoluto.
«¿Por qué no me lo has dicho?»
«No lo sé. Me hacía gracia, un poco.»
«Entonces te has estado riendo de mí toda la cena.»
«Solo un poco.»
Él la mira, y la sonrisa se ensancha, sincera ahora. «Me caes mejor así.»
«¿Qué?»
«Así. Cuando eres difícil.»
Sofia siente que la sangre le sube a la cara. «No soy difícil.»
«Lo eres. Pero es un cumplido, te lo juro.»
«Matteo, eres un idiota.»
«Lo sé.»
El viento sopla de nuevo, más frío. Sofia siente un escalofrío subirle por los brazos.
«Matteo. ¿Qué sabes de verdad sobre Teresa?»
Él no responde enseguida. Mira la plaza vacía como si la respuesta estuviera escrita en algún lugar entre las piedras.
«No mucho. Sé que era amiga de Agnese. Sé que discutían, de vez en cuando. Sé que en los últimos años Agnese dejó de hablar de ella.»
«¿Y Rocco?»
«Es el más viejo de todos. Conoció a Agnese antes de que yo naciera, prácticamente.»
«¿Sabes qué pasó entre ellas?»
Se encoge de hombros. «No. Pero si de verdad quieres saberlo, tendrás que preguntárselo tú misma.»
«¿Y tú? ¿Quieres saberlo?»
Él la mira. «No lo sé. Quizá. Quizá prefiero no saberlo.»
«Eso no es una respuesta.»
«Es la única que tengo esta noche.»
Sofia se abraza a sí misma contra el frío.
«El tejado está frío», dice él.
«Lo sé.»
«Deberíamos bajar.»
«Un minuto más.»
Él asiente. «Está bien.»
Se quedan ahí, sentados uno junto al otro, la plaza vacía debajo, las pocas estrellas visibles entre las nubes. El cigarrillo se queda en su bolsillo, nunca encendido. Sofia siente el frío picándole en los brazos, pero todavía no quiere moverse.
Luego se levanta. «Bajo.»
«Yo también.»
Bajan por la escalera, ella primero, él detrás, los peldaños de madera crujiendo bajo el peso alternado de sus pasos. Cuando llegan al jardín, Sofia se vuelve.
«Matteo. Mañana vamos a ver a Rocco.»
«Si quieres.»
«¿Tú quieres?»
Él se encoge de hombros. «No tengo nada mejor que hacer mañana, de todos modos.»
Ella lo mira – está sonriendo, pero es una sonrisa extraña, como si estuviera medio en broma y medio no.
«Hasta mañana», dice ella.
«Mañana.»
Ella entra. La puerta se cierra suavemente detrás de ella, y por un momento, a través del cristal, ve a Matteo todavía de pie en el jardín, la cabeza levantada hacia el tejado del que acaba de bajar.
Sofia se detiene un momento en el pasillo oscuro, la mano en la barandilla.
El frío del tejado se le ha quedado en los huesos; se lo frota de los brazos con las palmas, pero no desaparece del todo.
Piensa en Teresa, en una mujer que ríe fuerte y luego desaparece sin dejar dirección.
Piensa en Rocco, en sus manos quedándose quietas sobre el tarro.
Piensa que mañana, sea lo que sea lo que descubra, ya no podrá volver a no saberlo.
Sube a su habitación. La cama todavía está caliente de ella; se mete bajo las sábanas, y por primera vez en horas, siente que los párpados de verdad le pesan.