Capítulo 16 — El dueño #3
—Entonces tendremos una conversación distinta —dijo, sin perder la sonrisa, y la dejó reposar—.
Una conversación con abogados. Y perdone que se lo diga claro, que es un favor: ¿quién va a creerle?
Piense cómo se ve desde fuera. Una mujer sola, recién separada, instalada en la casa de un matrimonio sin contrato ni recibo, que ha pasado seis semanas revolviendo papeles ajenos —los cajones se notan, Vera; los cajones de mi despacho tienen un orden que usted no conoce y yo sí—.
Mi mujer, una enferma que se esconde de su propio médico.
Y yo, un marido que vuelve de un año de trabajo y encuentra su casa ocupada.
—Abrió las manos, razonable, casi triste—.
Yo no quiero esa conversación. Sería fea para todos, y sobre todo sería injusta con usted, que solo ha caído en medio.
Acepte el arreglo. Es buena persona, se nota; las buenas personas no deberían pagar los papeles de los demás.
El reloj de la cocina marcaba las once y veintiséis. Marta tardaba veinte minutos. Iñigo, según de dónde estuviera, menos o más.
Lo había escuchado entero sin moverme, con las manos en el borde de la mesa y el móvil pesando en el bolsillo de la bata como una segunda conciencia.
Todo estaba ahí: la adulación, la fecha, la hora, la cifra, la versión con más datos que la mía, la amenaza envuelta en el mejor de los empaquetados.
El hombre más razonable de Torregil. No le corrijas ni una coma, me había hecho prometer Marta cinco días antes, y lo cumplí: no corregí ni una.
Mi trabajo aquella noche, lo único que la lista me encargaba ya, era que aquel hombre no se moviera de la silla antes de la hora, y lo hice como se hace todo lo importante: con preguntas tontas y agua.
—¿Puedo dar una vuelta? —preguntó él, poniéndose medio en pie, con la manera de los que ya se consideran de pie—. Ocho años de casa y casi tres meses fuera. Querría ver que todo está en su sitio.
—El agua primero —dije, y le llené el vaso sin esperar respuesta, y le puse la jarra delante, como se pone un obstáculo amable—. Veinticinco años de arreglos, ha dicho. ¿Qué se importa a Chile desde aquí? Nunca he sabido qué viaja en esos contenedores.
Me miró un segundo, midiendo si la pregunta era ingenua o era dique.
Decidió que era ingenua —la gente como él decide siempre eso, es su errata de fabricación— y me contestó con dos frases exactas sobre fruta y maquinaria, con puertos y con plazos, con el placer mal disimulado de quien se oye competente.
Yo asentía. Yo preguntaba por los barcos.
El reloj decía las once y media, y el hombre que había venido a su casa a medianoche se dejaba contar historias de contenedores porque nadie se resiste a que le escuchen su propia voz; eso también es un dato, y yo llevaba toda la noche viviendo de sus datos.
A las once y treinta y tres dijo:
—Es usted muy amable, Vera, pero no he venido a hablar de fruta. —Se puso en pie del todo, y esta vez no había jarra que lo parara—. Voy a ver mi casa. Lo primero es lo primero.
Y fue entonces, y solo entonces, cuando dije:
—Espere.
Se detuvo en el umbral de la cocina, medio vuelto, con la paciencia todavía puesta como el jersey.
—Es tarde para mí, señor Etchegaray —dije—. Y esta conversación no la tengo que tener yo sola.
Se le movió algo en la cara. No mucho: el párpado, la comisura. Los hombres así no se delatan en los rasgos grandes.
—¿Cómo dice?
Y en aquel momento, desde el recibidor, llegó el ruido de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal.
Gonzalo se quedó muy quieto. Oímos los dos —oímos tres— el golpe seco de la puerta al cerrarse, y unos pasos de mujer en el recibidor, unos pasos que yo conocía de oídos y de niebla —y la cerradura quedando sin echar detrás de ella, para el que faltaba—, y entonces Marta apareció en el umbral de la cocina, con el abrigo fino y la cara lavada de todo ensayo, y dijo:
—Hola, Gonzalo.
Lo que le pasó a él entonces fue la cosa más rápida que he visto hacer a una cara.
En menos de un segundo —lo conté después, con la grabación en la mano, y fue menos—, el hombre razonable del aeropuerto se convirtió en otra persona sin cambiar de expresión: la sonrisa se quedó, pero cambió de dueño; se puso en pie despacio, con las manos un poco abiertas, y de su voz se fueron el aeropuerto y la modulación y quedó solo una ternura enorme y gastada, la ternura de quien ha esperado en demasiados hospitales.
—Cariño —dijo—. Cariño, otra vez con tus historias.
—No son historias —dijo Marta. Estaba muy quieta, con las manos alrededor del bolso, y la quietud era de la especie total, la del edificio con la demolición decidida dentro—. Y no estoy enferma. Estoy administrada, que es distinto. Ya lo sabes.
—Marta —él dio un paso hacia ella, y ella no retrocedió, y eso, lo vi, le costó al paso algo—.
¿Has tomado la medicación? Contéstame a eso solo, cariño.
¿Cuánto llevas sin tomarla? Tu médico lleva semanas llamándome a Chile, preocupado.
Todo el mundo preocupado. Y yo llego y te encuentro aquí, a medianoche, con una desconocida, en vez de en casa.
Ven. Vámonos a casa, hablamos con calma, mañana llamamos al médico.
Esto se arregla. Todo esto se arregla, como siempre.
—Esta es mi casa —dijo Marta—. No hay a dónde irse.
—Esta es nuestra casa —la corrigió él, despacio, con la paciencia de las fechas—.
Comprada, pagada, vivida por los dos durante ocho años.
Tú estás confundida, cariño. El diecisiete de septiembre tú misma hiciste la maleta; te la vi hacer.
Tres vestidos de verano, Marta. ¿Te acuerdas?
¿De que hiciste una maleta para Chile con tres vestidos de verano?
—se volvió hacia mí, me incluía, me reclutaba con la mirada—.
¿Lo ve? Así empieza siempre. Después no se acuerda, y la que miente soy yo.
—El dieciocho volaste solo —dijo Marta—. Con un billete emitido el catorce. ¿Quieres que hablemos de fechas, Gonzalo? Yo también tengo fechas. Llevo años teniéndolas.
—Claro que volé solo —no se inmutó; tenía la respuesta montada, la tenía montada desde hacía años, como todo—. Tú te pusiste mala la misma semana. El médico lo sabe. Te mandé al médico antes de irme, ¿no te acuerdas? El dieciséis, cariño. La consulta de las cinco. ¿Tampoco te acuerdas de eso?
—Me acuerdo de todo —dijo Marta—. De eso es de lo que me acuerdo.
Y ahí ocurrió la otra cosa, la que importaba, la que yo estaba esperando sin saber que la esperaba.
Gonzalo se calló. Miró a su mujer un momento largo, calculando, y en medio de aquella mirada —a la mitad exacta, como quien teclea una dirección sin pensar— sus ojos se fueron de ella, pasaron por encima de mí, y subieron.
Al techo de la cocina. A través del techo.
Hacia la planta alta, hacia el dormitorio principal, hacia la pared del fondo del vestidor.
Medio segundo, quizá menos. Después volvieron a Marta, y la sonrisa volvió con ellos, y la conversación siguió como si nada.
Pero yo lo había visto. El hombre de los datos, el hombre que centraba el vaso con dos dedos, el hombre que lo tenía todo escrito, acababa de hacer la única pregunta que le importaba de verdad aquella noche, y la había hecho con los ojos.
Gonzalo Etchegaray sabía que su archivo corría peligro. Y yo supe, viéndole la mirada subir a través del techo, que la parte educada de la noche se había acabado.