Capítulo 17 — Lo que la casa vio
Lo que pasó después pasó deprisa, y lo escribo despacio, porque las cosas rápidas son las que más se deforman con los años.
Gonzalo no esperó a nadie. Dijo «voy a ver mi casa» con la educación intacta, como se dice «voy a por agua», y salió de la cocina con el paso de quien no consulta los pasillos.
Marta se apartó del umbral para dejarlo pasar; no lo tocó; no creo que hubiera podido tocarlo.
Yo fui la última. Subí detrás de los dos por la escalera recta de la barandilla oscura, oyendo delante de mí la respiración de Marta, que no era miedo ya, era otra cosa: era la respiración de quien lleva meses ensayando una noche y descubre que la noche es de verdad.
En el dormitorio principal no se detuvo.
Ni un vistazo a la cama, ni a las mesillas, ni a la cómoda: cruzó la habitación como se cruza un rellano y abrió la puerta corredera del vestidor de un tirón conocido.
La luz cenital se encendió sola al entrar, fiel a su sistema, alumbrándolo todo con la neutralidad de un hospital: las barras, la ropa, mis cuatro vestidos de diario colgados del roble.
Se arrodilló. No para atarse un zapato: para arrastrar.
Metió los brazos detrás de la cajonera central y la corrió hacia un lado con un solo movimiento, sin buscar el ángulo, sin medir, siguiendo el arco del parquet con la economía de quien ha hecho aquello cien veces a oscuras.
Los pies del mueble ni chirríaron. Pensé en todas las veces que aquella cajonera se había movido en la casa de noche, año tras año, tres habitaciones más allá de donde dormía Marta, y entendí —con el entendimiento de golpe que dan las escenas, que es más viejo que el de los papeles— cuántas noches de la vida de aquella mujer habían tenido detrás este ruido sordo, esta liturgia.
El pulsador hizo su clic. El panel cedió hacia dentro, y Gonzalo lo abrió del todo, con las bisagras silenciosas, y se quedó de rodillas delante del hueco.
El hueco estaba vacío.
El estante de obra —dos escuadras y una tabla, nada más— sin nada encima.
El polvo con un rectángulo limpio en medio, del tamaño de una zapatilla de deporte, la silueta exacta de lo ausente.
El cable del tubo corrugado recogido en una espiral y sujeto con una brida blanca, mi brida, la de mi caja de herramientas.
Al fondo, la placa de pladur con los tornillos a la vista, y el aire quieto, y el olor de siempre saliendo despacio, hormigón y yeso, el olor de la casa por dentro de la casa.
Gonzalo no se movió. Fueron tres segundos, cuatro, de rodillas, con la espalda muy recta y las manos en los muslos, y lo único que se movió en todo el vestidor fue la luz cenital, que no se movía: éramos nosotros los que respirábamos.
Marta, en la puerta, no dijo nada. Yo tampoco.
Había una justicia fea en aquel silencio: durante ocho años él le había leído a ella las entradas de sus cuadernos; ahora le tocaba leerle a él una página en blanco, escrita en polvo.
Cuando se puso en pie lo hizo despacio, y al girarse tenía otra vez la cara puesta, y eso fue lo que me dio miedo de verdad: no la rabia —la rabia es corta— sino la velocidad con que la cerró por dentro, como se cierra una carpeta.
—¿Dónde está? —le preguntó a Marta, bajito, casi cariñoso.
Marta no contestó.
—¿Dónde está, Marta?
—Lejos de ti —dijo ella—. Para siempre, ya.
Él asintió, como quien anota una respuesta, y entonces se volvió hacia mí.
No hacia ella: hacia mí. Porque Marta era el terreno conocido, el que llevaba ocho años cultivando, y yo era lo nuevo, la variable, la extraña que había vivido seis semanas dentro de su expediente.
Dio dos pasos hacia mí. No recuerdo que me dieran miedo los dos pasos; recuerdo que me sorprendió lo rápido que se puede acortar una habitación.
—Usted —dijo—. La correctora. La que lo copia todo. Me bastaron dos llamadas para saber quién cuidaba mi casa, y ahora la tengo aquí a medianoche, en bata, en mi vestidor. —Me miró el bolsillo de la bata, el bulto del móvil, medio segundo; lo registré—. ¿Qué ha sacado usted de esta casa?
—No voy a discutir con usted —dije—. Se lo dije abajo.
—No es una discusión —dio un paso más—. Es una pregunta concreta. ¿Qué ha sacado usted de esta casa?
Y me tomó la muñeca.
No me la golpeó ni me la retorció; quiero escribirlo con la precisión con que lo sentí, porque la precisión es lo único que le quita a estas cosas su poder después.
Me cerró los dedos alrededor de la muñeca izquierda, despacio, con la medida justa, como se sujeta a alguien a quien se quiere retener sin que se note, como se retiene a una enferma en una consulta.
No me hizo daño. Eso era lo peor: no me hizo daño, y sin embargo toda la habitación cambió de dueño en un segundo.
(En la muñeca no quedó ni marca: lo comprobé después, en el baño, con la luz blanca, y no había ni una rojez.
Había medido la fuerza como medía todo, a propósito, para que no quedara rastro en el cuerpo y quedara solo en la memoria, donde no se puede fotografiar.
Así eran todas sus violencias: calibradas para no poderse escanear.) Me quedé quieta.
No tiré. Tirar habría sido entrar en su versión: la histérica, la que se altera, la que hay que sujetar.
Me quedé quieta y lo miré a los ojos y dije, con la voz más baja que encontré:
—Suélteme. Está grabándolo todo.
No es verdad que lo supiera hacer así de firme. Pero salió firme.
—¿Qué ha dicho?
—Suélteme —repetí—. Y no está usted en su casa.
—Gonzalo.
La voz vino del pasillo de la planta alta, y no era alta, y por eso mismo llenó el vestidor entero.
Iñigo estaba en la puerta del dormitorio, con el abrigo puesto y el pelo mojado de niebla, y tenía las manos quietas a los lados, y no sé cómo sonaba su cara porque no le miré la cara: le miré la postura, la de un hombre que ha corrido por una escalera y ha decidido en el último peldaño no demostrarlo.
Gonzalo soltó mi muñeca. Lo hizo al instante, sin resistencia, como se suelta una copa que no se quiere romper delante de invitados, y al soltarla ya estaba convirtiéndolo en otra cosa: se alisó el jersey, respiró una vez, y cuando habló tenía puesta la voz de aeropuerto, la modulada, la de veinticinco años de arreglos.
—El arquitecto —dijo—. Qué puntual. Lecuona, ¿no? Ocho años esperando a volver a entrar en esta casa. Entre, entre: al parecer es de todos.
—He venido porque me han llamado —dijo Iñigo, y no entró en el vestidor; se quedó en su umbral, midiendo el cuarto entero de un vistazo, como se miden las estructuras antes de pisarlas—. Y me voy cuando usted se vaya.
—¿En serio? —Gonzalo sonrió, y en la sonrisa vi por primera vez la materia de la que estaban hechos los seis cuadernos: no la rabia, no los celos: el archivo—.
Usted también, ¿eh? Usted también aquí. Tengo fotografías de usted, Lecuona.
De usted y de mi mujer, junto a la caseta de obra, el martes cuarenta minutos, el jueves veinticinco.
Las tengo fechadas. ¿Lo sabía? Lo tengo todo fechado.
—Lo sé —dijo Iñigo—. No hace falta haberlas visto: me las recitó usted mismo, ocho años atrás, junto a la caseta, con sus fechas y sus horas. Son fotos inocentes, Gonzalo. Lo sabemos los tres. Eso es lo que más le debe de haber costado archivarlas.
Por primera vez en toda la noche, Gonzalo no tuvo la réplica a tiempo. Le duró medio segundo el hueco; luego lo rellenó con otra sonrisa. Pero lo vimos los cuatro: la casa entera lo vio.
Bajamos a la cocina. Lo propuse yo, porque las escaleras y los vestidores son el terreno de las versiones y la cocina era el de los documentos, y porque abajo estaban la mesa y la luz blanca y el panel del recibidor a cuatro pasos.
Gonzalo bajó el primero, dueño de la escalera aunque ya de nada más.
Marta bajó detrás, y yo detrás de ella, e Iñigo el último, y pensé que aquella procesión ridícula y terrible era la única vez que la casa había tenido dentro a sus cuatro autores a la vez: el que la pagó con firma falsa, la que la heredó, el que la dibujó y la que la leyó.
En la cocina, Gonzalo se apoyó en la encimera, de espaldas al fogón, con las manos en el borde de piedra gris: la única posición de la habitación desde la que se veían todas las puertas. Lo hizo sin pensarlo, o pensándolo todo, que en él era la misma cosa.
—Vamos a terminar esto —dije yo.
Saqué el móvil del bolsillo de la bata, lo puse sobre la mesa, pantalla arriba, delante de todos, como se pone una prueba de imprenta sobre la mesa de luz.
La grabadora seguía en marcha: una hora y ocho minutos y subiendo, el contador rojo avanzando segundo a segundo delante de la cara de Gonzalo Etchegaray.
—Desde que abrió la puerta con su llave, señor Etchegaray —dije—, todo lo que ha dicho está aquí.
«Marta está enferma, se hace ideas.» «Usted entró con una llave que no es suya.
» «¿Quién va a creerle?» La habitación de hotel pagada hasta el martes.
La mudanza del lunes. Los cajones que se notan.
Todo. Y también la parte de arriba, la del vestidor, la de mi muñeca.
—Dejé que el contador corriera dos segundos más—.
Le he hecho la misma prueba que le haría a un manuscrito: dejarlo hablar.
Los textos se delatan solos, si una no los interrumpe.
Gonzalo miró el móvil. No dijo «es ilegal», no dijo «eso no vale en un juicio», que es lo que habría dicho un hombre más tonto: él sabía que el valor de una grabación no está en el juzgado sino en que existe.
Lo vi calcular. Lo vi recorrer la cocina con los ojos, buscando el dato que le faltaba, y se lo di yo, porque era el momento de dárselos todos, uno a uno, con la puntuación completa: