La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 16 — El dueño #2
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Capítulo 16 — El dueño #2

Después preparé la noche como se prepara una mesa de trabajo.

Cené temprano, de pie. Cargué el móvil al cien por cien y probé la grabadora: treinta segundos de prueba con la radio de la cocina encendida, el móvil en el bolsillo de la bata, y al escucharlo se oía la voz de la radio entera y hasta el relé de la nevera; el bolsillo dejaba oír, que era lo único que necesitaba saber.

Dejé la verja peatonal sin echar el resbalón.

Dejé el pestillo de la puerta sin echar, con la cerradura echada solamente, que es como queda una puerta que espera visita sin admitirlo.

Apagué las luces de arriba. Encendí las de abajo, una a una, como el primer día, y me senté en la cocina con la novela de bolsillo de la estantería, la del lomo roto, sin leerla.

Llegó a las once y dos.

Lo oí en este orden, con la casa en silencio de sábado por la noche y la niebla cerrada sobre la urbanización: primero el coche, un motor grande y fino que no era de la calle, bajando la velocidad delante de la verja; después la verja misma, el resbalón que no había echado, empujada con una sola mano; después dos pasos en el porche.

Yo tenía el móvil en la mano desde el motor.

Escribí la palabra, una sola, a la «Ferretería»: «San Roque».

Enviar. Después abrí el hilo de Iñigo y escribí la hora que era: «23:02».

Enviar. Guardé el móvil en el bolsillo de la bata con la grabadora ya en marcha, me levanté, y me puse de espaldas al ventanal, con las manos en el borde de la mesa, como me había puesto para Iñigo ocho días atrás: en mi territorio, en la mesa de los documentos.

La llave entró en la cerradura desde fuera.

No el timbre. La llave. La puerta del número doce no había oído otra llave que la mía en seis semanas, y sonó distinto de como sonaba la mía, aunque era el mismo metal en el mismo bombín: sonó a costumbre, a mano que no calcula, a dueño.

El panel del recibidor empezó sus pitidos de cortesía, el tono paciente de la máquina que da treinta segundos; a los diez segundos los pitidos cesaron a mitad de una nota.

Quien había entrado tenía el código. Para el sistema de la casa, aquello no era una intrusión: era una vuelta.

«Sistema en marcha. Sin incidencias.» La frase más vieja de la casa, cumpliéndose otra vez a su manera torcida: para la casa, la incidencia era yo.

Oí el golpe seco de la puerta al cerrarse.

Oí el abrigo al colgarse del perchero, con el gesto que no piensa en sí mismo.

Y después lo vi llegar por el pasillo, a la luz blanca de la cocina, y supe quién era antes de verle la cara, por la manera de ocupar el pasillo: sin mirarlo, sin tocarlo, como se camina por un pasillo propio en la oscuridad de la memoria.

Gonzalo Etchegaray era más bajo de lo que me lo había pintado la sombra que dejaba en los demás.

Cincuenta años bien administrados, o eso aparentaba, el pelo gris con el corte de cada tres semanas, un jersey de cachemira gris sobre camisa, sin corbata pero con la posibilidad de corbata: la ropa de un hombre que ha venido directamente de un aeropuerto y ha decidido no parecerlo.

Tenía la cara de la gente que descansa: ni ojeras ni tensión, un hombre que duerme.

Lo registré todo con el ojo que no se apaga, y lo que registré no era la cara: era que la cara estaba puesta.

Había cruzado el jardín y el porche con ella ya montada, como Jokin se ponía la sonrisa en la acera.

—Buenas noches —dijo, desde el umbral de la cocina, con las manos visibles y la voz un punto más baja de lo que exigía la distancia: la voz de quien modula—.

Perdone la hora. Y perdone el susto: imagino que no esperaba a nadie.

Soy Gonzalo. El dueño de la casa —una pausa breve, una sonrisa breve—.

Aunque últimamente, me temo, más en el nombre que en los hechos.

—Lo sé quién es —dije—. Vera Aldao.

—Lo sé —dijo, y dejó que el «lo sé» trabajara un momento, sin adornarlo—.

La mujer que cuida la casa. La casa tiene muy buena cara, se lo digo de verdad.

Se nota la mano. —Miró la cocina con una mirada de inventario rápido, el ventanal, la encimera, la taza que yo había fregado y dejado boca abajo en el escurridor—.

¿Me permite? Llevo desde la una en aeropuertos y me gustaría sentarme cinco minutos antes de molestarla con preguntas.

—Siéntese —dije—. ¿Quiere un café? ¿Un vaso de agua?

—Agua, gracias —dijo, y se sentó en la silla de cara al ventanal, donde se había sentado Iñigo, y pensé que aquella silla estaba resultando ser el sitio donde los hombres de la casa venían a declarar.

Le serví el agua en un vaso de la casa, como anfitriona, y me quedé de mi lado de la mesa, de pie. No me senté. Había decidido de antemano no sentarme: quien se sienta acepta la visita; quien se queda de pie administra el tiempo.

—Se estará preguntando qué hago aquí un sábado a estas horas —dijo—.

Y con toda la razón. Adelanté el viaje. En Santiago cerramos la temporada antes de lo previsto y pensé: ¿para qué voy a esperar al martes?

Y aquí estoy. —Bebió, posó el vaso, lo centró en la mesa con dos dedos, y aquel gesto pequeño —centrar el vaso— me dijo más de él que toda la ropa—.

Imagino que Jokin le habrá contado. Que mi mujer organizó todo esto —un gesto ancho que abarcaba la cocina, la casa, mi presencia— sin consultarme. Que me lo he encontrado hecho.

—Sé que el acuerdo lo hizo la señora Etchegaray —dije—. Con la gestoría.

—El acuerdo —repitió, con una indulgencia de colegio mayor—.

Mire, Vera —puedo llamarla Vera, ¿verdad?

; somos casi de la familia, después de seis semanas de casa compartida—: no hay ningún acuerdo.

No hay contrato, no hay recibo, no hay nada firmado.

Hay una gestoría que se excedió y una situación que yo voy a arreglar esta misma noche, que para eso he venido.

Usted no tiene la culpa de nada: quiero que eso quede claro desde el primer minuto.

Se ha portado bien con la casa y la casa lo nota.

Pero usted entró con una llave que no es suya, Vera.

Entró en una casa en la que nadie con derecho a ello la invitó.

—Alzó una mano, tranquilo, antes de que yo hablara—.

No es una acusación. Es un dato. Yo vivo de los datos, como usted de las letras.

—El dato tiene otra lectura —dije—. La dueña de la casa me dio las llaves.

—La dueña —dijo, y por primera vez la sonrisa se le enfrió medio grado—. Vamos a hablar de la dueña, Vera. Que es mi mujer, y la quiero, y está enferma.

Lo dijo sin cambiar de tono, con la misma voz modulada de aeropuerto, y yo sentí físicamente el cambio de capítulo de la conversación, como se siente pasar de página: venía escrito.

Todo lo que siguió venía escrito, y yo había leído el borrador cinco días antes, en un banco de piedra junto al río: va a ser simpático, me había dicho Marta.

Va a ser razonable. Va a decirle que estoy enferma, que me hago ideas.

Y cada palabra va a estar escrita desde hace años.

—Marta está enferma, Vera. Se hace ideas —dijo Gonzalo—.

Lleva años haciéndoselas. Es una mujer maravillosa y tiene una cabeza que le juega malas pasadas: confunde las fechas, confunde las conversaciones, a veces confunde lo que lee con lo que vive.

Hay un médico en la calle de la Estación que la trata desde hace años; hay una medicación que le sienta bien cuando la toma.

Cuando no la toma, pasa lo que ha pasado: montajes.

Ideas. Casas que se prestan a desconocidas en mitad de la noche, por decirlo con cariño.

—Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas, el gesto de la confianza ofrecida—.

Le ha contado cosas, ¿verdad? A usted. Me consta que han hablado.

Me consta que mi mujer no está en Santiago, que nunca estuvo, que todo esto —otra vez el gesto ancho— es suyo.

No me lo ha dicho nadie, Vera. No hace falta que nadie me lo diga: la conozco mejor que nadie.

Llevo ocho años apuntando lo que le pasa.

Ocho años de fechas y de horas. Es la única manera de ayudar a alguien así: con la verdad por escrito, porque la palabra se la lleva la enfermedad.

Ocho años apuntando. Todo está escrito, Marta.

Lo tenía delante, sentado en la silla de Iñigo, diciéndome su método como quien ofrece sus credenciales, y lo más terrible —lo registré con la frialdad del oficio, que era la única frialdad disponible— era lo bien construido que estaba: ni una mentira grande, solo datos ciertos soldados a una conclusión falsa.

Ella se hacía ideas: cierto, decía que la vigilaban, y la vigilaban.

Había un médico: cierto, había una bolsa blanca esperando en una farmacia.

Él apuntaba: cierto, ocho años de cuadernos.

Todo comprobable. Todo verdad. Un texto sin una sola errata, que es la clase de texto que más inquieta a una correctora.

—No voy a discutir con usted sobre su mujer —dije.

—Ni falta que hace —sonrió, agradecido, y tomó mi negativa como se toma una cesión—.

No he venido a discutir. He venido a arreglar.

Mire: son casi las doce de un sábado. Yo he reservado una habitación en el hotel de la estación, a su nombre si quiere, pagada hasta el martes, con un suplemento por las molestias que me parece lo menos —dijo una cifra que era más de lo que yo cobraba por una novela entera—.

El lunes mi gente hace una mudanza de sus cosas al sitio que usted diga.

Y aquí no ha pasado nada. Usted ha cuidado una casa, se le agradece, se le compensa, y cada uno a su vida.

Es un buen arreglo, Vera. Es el mejor arreglo que va a encontrar, y se lo digo sin ninguna amenaza: se lo digo con la experiencia de veinticinco años de arreglos.

—¿Y si no acepto?