Capítulo 12 — La prueba del alfiler #2
Me senté con la taza entre las manos, junto a la luz pequeña del led, y dejé que la franja hiciera lo suyo, que era poco y era mucho.
Llamó primero una mujer que cuidaba a su padre con demencia y que contaba que el padre, que no recordaba su nombre, recordaba de memoria las multas que le habían puesto en mil novecientos ochenta y tantos; Cuvi dijo que la memoria es una casa y que cada uno guarda las habitaciones que puede.
Llamó después un chaval de un polígono que no quería dormir porque soñaba siempre lo mismo, y Cuvi le recomendó contar el sueño en voz alta, solo, en la cocina, «que los sueños aguantan mal la luz de las cocinas».
Yo sonreí en mi cocina prestada, con mi taza, y por un rato la noche fue solo la noche.
Y entonces, a las tres y cuarenta, llamó un hombre.
Tenía una voz tranquila, educada, de las que ponen los cincuenta bien llevados: ni rota, ni apurada, ni siquiera triste. Dijo que no le pasaba nada, que él llamaba por dar un consejo, si es que era un consejo. Que él, desde hacía años, grababa a su mujer.
—Las conversaciones —dijo—. Las cosas que dice cuando se altera. Lo grabo todo, con el móvil, disimuladamente. Y luego, cuando está tranquila, se lo pongo. Para que se oiga. Para que vea cómo es.
Hubo un silencio. Hasta Cuvi, que administraba los silencios como nadie, tardó un segundo en entrar.
—¿Y ella qué dice, cuando se oye?
—Pues se altera —dijo el hombre, con una lógica serena que me heló la nuca—.
Claro. Y entonces lo vuelvo a grabar. Es la única manera de que entienda.
Usted no la conoce: ella se hace ideas, se lo inventa todo, dice que la vigilo, que la corrijo…
Yo solo le enseño la realidad. Las pruebas.
Para que vea cómo es. Algún día me lo agradecerá.
—¿Y usted se graba a sí mismo? —preguntó Cuvi, despacio—. Quiero decir: ¿usted se pone también sus propias cintas, para ver cómo es usted?
El hombre se rio. Fue una risa breve, sin humor, la risa de quien ha contestado a esa pregunta muchas veces delante de un espejo.
—No hace falta —dijo—. Yo sé cómo soy.
No sé qué dijo Cuvi después. Lo sé a medias, porque alcancé a oír que empezaba una frase —«mire, hay una diferencia entre…
»— y no la oí terminar: alargué el brazo y apagué la radio.
El dedo me tembló un poco sobre la rueda, y eso también lo registro, porque llevaba semanas registrando cuándo no me temblaban las manos y convenía ser justa con el cuerpo: aquella noche temblaron.
Me quedé quieta en la cocina a oscuras, con el led dibujando la encimera y la manzanilla fría, y dejé que la frase hiciera su trabajo.
Para que vea cómo es. Alguien grababa a su mujer con el móvil, disimuladamente, desde hacía años, y lo llamaba enseñarle la realidad.
Alguien convertía la vida de otra persona en un archivo y el archivo en una prueba y la prueba en una jaula.
Yo no sabía nada de aquel hombre, ni su nombre, ni su calle; sabía solo que existía, que vivía en Torregil o cerca, que dormía poco, y que en algún sitio de la ciudad había una mujer que llevaba años oyéndose a sí misma en cintas ajenas hasta no saber cómo era.
Y pensé —no pude no pensarlo— en la carta de la semana anterior, la de la mujer cuyo marido le corregía la memoria, y en la luz de una cocina encendida hasta las tres de la mañana que una vecina veía desde su ventana, y en una carta de banco sin abrir escondida entre la página ciento ochenta y la ciento ochenta y uno de una novela.
La ciudad estaba llena de archivos domésticos, de pruebas privadas, de hombres que documentaban a sus mujeres como quien documenta una avería.
Y yo vivía en la casa de uno de ellos. Eso era lo que la franja me había venido a decir aquella noche, sin decírmelo, que es como dice las cosas la franja.
Apagué el led y subí a oscuras, y no dormí.
El miércoles amaneció con helada en los tejados y la niebla baja, y a las siete y media, con la primera luz, bajé y miré el quicio de la puerta.
Mi nota ya no estaba.
En el felpudo interior, blanco, sin sello, había un sobre con mi nombre en tinta azul. Lo abrí en el despacho, con las manos limpias y la lámpara encendida. Cartulina crema, cuatro líneas, la misma inclinación, la misma presión:
«Hay algo en esta casa que él esconde. Encuéntralo. Entonces te lo explicaré todo. — M.»
Primero el ojo: la ge de «algo» y la de «esconde», cerradas las dos, con su gancho pequeño, el nudo, la mano que se cierra. La misma mano. La eme reforzada de la firma. Ninguna prueba nueva: la confirmación de todas las anteriores.
Después la cabeza. Había algo en la casa.
Algo que él escondía. Él: solo había un él en aquella historia que volara, que hubiera volado solo, con un billete emitido cuatro días antes y una maleta hecha con calma; el otro él, el mío, no había salido de Torregil.
Marta no decía «mi marido», decía «él», como se dice de quien no hace falta nombrar entre dos que ya saben.
Y no me decía qué era, ni dónde: me decía que lo encontrara.
La candidata tenía examen. La nota era, lo vi enseguida con la nitidez de las cuatro líneas, exactamente como el cuaderno: economía de parte militar, ninguna información gratuita, la respuesta mínima a la pregunta mínima.
Yo le había preguntado tres cosas —qué, quién, algo que me sirviera— y ella había contestado a una, y al contestar a una había contestado a las tres al revés: había algo, era de él, y encontrarlo me serviría.
«Entonces te lo explicaré todo.» El cebo y el plazo.
La voz que me decía que no estaba loca me pedía ahora una cosa a cambio: trabajo. Paciencia. Una búsqueda.
Y lo peor es que iba a aceptar. Lo supe en el acto, con la misma certeza oscura con que había sabido otras cosas en aquella casa.
No porque confiara en ella —confiar en una mujer que te vigila tres semanas y te deja sobres de madrugada es una confianza muy peculiar—, sino porque sus cuatro líneas eran la primera información de aquella historia que venía de dentro.
Todo lo demás era superficie: cerraduras, fechas, matasellos.
Ella era la única que sabía qué pasaba, y su precio era que lo encontrara yo, con mis manos, en su casa.
Me pregunté por qué no lo buscaba ella misma, que la conocía palmo a palmo, y la respuesta llegó sola y se quedó fría en la libreta: porque no podía entrar.
Algo le impedía a Marta Etchegaray entrar en su propia casa.
Las cámaras, el registro de puertas, los ojos de la urbanización: la casa entera era una ratonera de testigos para una mujer que oficialmente estaba a once mil kilómetros.
Necesitaba manos dentro. Las mías. La candidata, al fin, tenía contrato.
Guardé la tarjeta con la otra. Después hice la ronda de las nueve, la de la prueba del alfiler, con el móvil en las cruces de cinta de carrocero.
El alfiler del despacho no estaba sobre los lomos.
Estaba plano sobre la tabla de la estantería, delante de los libros, caído.
Y en la fila de novela negra de bolsillo, uno —el cuarto por la izquierda, el de la portada del faro— asomaba dos centímetros más que los demás, sacado y vuelto a meter a medias, rompiendo la línea de lomos que yo alineaba con la regla cada vez que pasaba la mano, por oficio y por vicio.
Comparé las fotos del lunes y del martes con la de aquella mañana, una junto a otra en la pantalla, y no hizo falta la lupa: dos centímetros.
Alguien había sacado aquel libro, o lo había tocado, entre la noche del martes y la mañana del miércoles.
En la cocina, el azucarero estaba girado: el pico vertedor apuntaba al fogón, y yo lo dejaba apuntando al ventanal, siempre, desde el primer día, porque lo giro así sin pensarlo, como se atan los cordones.
El alfiler que lo cruzaba había rodado hasta el borde de la encimera y seguía ahí, milagrosamente, sin caer al suelo.
En el salón, el tercer alfiler seguía entre las revistas, intacto.
Me quedé en medio de la cocina con el móvil en la mano y el frío subiéndome de los pies, y hice la lista de las posibilidades como se hace siempre: primero la memoria (¿lo moví yo?
no: las fotos del martes lo mostraban todo en su sitio, y las fotos no discuten); después el accidente (los alfileres no se caen en dos habitaciones distintas la misma noche; el azucarero no se gira solo); después la casa (la casa no tiene manos).
Alguien había entrado.
Hice la inspección completa, con luz y con método, temblando ya sin disimulo.
Ventanas: todas cerradas por dentro, con sus pestillos echados, una a una, las dos plantas.
Cerraduras: la principal y la de la cocina sin una marca, sin una viruta, sin ese brillo nuevo que dejan las ganzúas en los bombines viejos —y estos eran nuevos—.
El panel: el modo noche había aguantado toda la noche sin un bip; el registro no marcaba ninguna apertura que no fuera mía, ni un volumétrico, ni una incidencia.
Las cámaras exteriores, revisadas hora a hora en la aplicación del panel: niebla, la calle vacía, el coche de once años quieto bajo la escarcha, ni una figura en toda la noche.
La puerta de servicio —salí al jardín lateral a mirarla, con LA-7 en el bolsillo—: cerrada, quieta, con su pintura del color de la fachada y su cerradura vieja sin una señal fresca.
Alguien había entrado sin forzar nada, sin disparar nada, sin salir en nada, sin que la casa se enterara.
Y ahí la razón hizo lo que hace la razón cuando tiene miedo: eligió la respuesta que ya llevaba puesta.