Capítulo 11 — La pared que zumba #3
«No estás loca. No llames a la policía. Todavía no. — M.»
La leí cuatro veces. Después hice lo que mi ojo hace solo, sin pedir permiso: la comprobación, rasgo a rasgo.
La eme de «No» y la de la firma, altas, con el primer palo reforzado, como en las pólizas del archivador del banco, como en «Marta Etchegaray» a dos tintas.
La inclinación constante, sin fatiga. La presión media, de quien escribe de oficio o de vocación.
Era la mano. No había ninguna ge en el texto —lo comprobé con la lupa, absurdamente, como si el gancho fuera la única prueba válida y la ausencia del gancho pudiera absolver a alguien—, pero la eme bastaba, y la tinta bastaba, y el sobre sin sello bastaba: no había pasado por ningún correo; había pasado por debajo de mi puerta.
Y la firma. La primera tarjeta de esta casa decía «— M.
y G.», una sola mano firmando por dos. Esta decía «— M.
», a secas. La ge había desaparecido del mensaje.
La casa ya no firmaba por el matrimonio: firmaba ella sola, y firmaba desde algún sitio cercano, porque un sobre sin sello no viaja once mil kilómetros: viaja lo que viaja una mano desde un portal hasta una puerta, de noche, entre la niebla.
Desgrané las cuatro líneas como se desgrana una página difícil.
«No estás loca»: contestaba a un miedo que yo no le había dicho a nadie, a la palabra que yo misma había escrito y tachado en la libreta de la mesilla; quien escribía eso sabía lo que esta casa le estaba haciendo a mi cabeza, sabía hasta qué punto me hacía dudar de mí, y lo sabía porque lo había previsto, o porque lo vigilaba.
«No llames a la policía»: había algo, entonces, que la policía estropearía; había un plazo que la policía rompería.
«Todavía no»: un calendario. Alguien tenía un calendario, y en ese calendario la policía tenía una fecha y todavía no era.
Y el guion largo, la eme: la firma de quien quiere ser reconocida.
Podía haber firmado con nada. Firmó con su inicial.
Quería que supiera quién escribía. Quería que hiciera la comprobación con la lupa y la encontrara, a ella, del otro lado.
Hice las comprobaciones físicas, a las cuatro de la mañana, en bata.
El panel: modo noche intacto, ni un evento, ni una apertura; la puerta principal no se había abierto —el sobre había pasado por debajo, no por dentro de la cerradura—.
Las cámaras: la del porche apuntaba a la verja, eso lo sabía desde el primer martes; salí al porche con el móvil y me puse junto a la puerta, y comprobé lo que la geometría ya me había dicho: la cámara cubría la acera y la verja, pero los últimos dos metros, el hueco de la puerta bajo el alero, quedaban por debajo de su ojo, fuera del encuadre.
Quien dejó el sobre conocía el ángulo muerto.
Quien dejó el sobre había vivido años con esas cámaras, sabía lo que veían y lo que no veían, como se sabe dónde cruje una escalera propia.
Volví dentro, cerré con el golpe seco, y me quedé en el recibidor con la tarjeta en la mano, escuchando.
Marta Etchegaray no estaba en Chile. Marta Etchegaray no se había esfumado del mundo el sábado de las rosas.
Marta Etchegaray estaba viva, estaba cerca —lo bastante cerca para cruzar mi jardín de madrugada sin que la viera ni una cámara—, y me escribía.
La autora del cuaderno, la de las tres semanas de parte militar, la del «¿Servirá?
» con sus dos horquillas, seguía tomando nota.
Sabía que yo había encontrado las fotos, el cuaderno, el billete; sabía que había ido al Onaindia, quizá; sabía que dudaba de mi cabeza, porque esa era la prueba que su plan me hacía pasar.
La respuesta a su pregunta —servirá, no servirá— la estábamos escribiendo entre las dos, noche a noche, yo bajando la escalera con una taza vacía y ella cruzando la niebla con un sobre blanco.
Eso fue lo que más miedo me dio, y lo escribo sin adornos: no el sobre, no la letra, no la casa asaltada por debajo de la puerta.
Lo que me dio miedo fue el alivio. Porque «no estás loca» eran las dos palabras que yo necesitaba leer desde hacía tres semanas, y las había escrito la persona que más interés tenía en que yo las creyera.
Y aun así las creí. Aun así me las quedé.
Cuando la única voz que te dice que no estás loca es la voz que te ha metido en el laberinto, el laberinto ya no es el problema.
El problema es que empiezas a querer a la voz.
Subí a las cinco, con la tarjeta escaneada, copiada, guardada en dos sitios, y la casa zumbando suavemente detrás del vestidor, como una máquina que tose en otra habitación.
Antes de dormirme tuve un pensamiento claro y frío, de esos que solo vienen cuando ya no queda sueño que perder: me habían dicho que no llamara a la policía, y la frase llevaba un «todavía».
Lo cual significaba que había un después.
Y que alguien más estaba contando los días, además de Jokin.