Capítulo 11 — La pared que zumba #2
Trece sesiones. El usuario: «instalador».
No un nombre: un cargo, un resto, un fantasma de la empresa que montó el sistema en dos mil dieciocho y que había dejado el código maestro pegado en un armario.
Las cinco primeras sesiones eran de junio, agosto, septiembre: espaciadas, una al mes o menos, siempre de madrugada.
Las ocho últimas eran de después del veintiséis de octubre.
De después de mí. Casi cada tres noches, siempre entre las dos y las cuatro, siempre cuando la casa dormía.
La última: aquella misma madrugada, a las tres y cinco, pocas horas después de que yo bajara por primera vez la escalera de chapa, mientras dormía a retales con LA-7 en la mesilla.
Leí la lista dos veces. La leí como se leen las páginas que una teme: primero entera, luego por partes. Y las partes decían dos cosas, y las dos juntas formaban la frase que llevaba semanas sin querer formar.
Primera: alguien con acceso de instalador llevaba meses —desde junio por lo menos, y el registro no guardaba más atrás o no me lo enseñaba— entrando en el sistema de esta casa por vía remota, de noche, a mirar.
No a tocar: el registro no marcaba ni un armado, ni un desarmado, ni una orden; solo consultas de eventos y, dos veces, la cámara del porche.
Alguien miraba el historial de la casa como quien lee un diario ajeno: qué puerta se abrió y cuándo, qué luz, qué hora. Leía la casa.
Segunda: quién podía tener ese acceso. El instalador era Hogar Seguro, una empresa de dos letras y un teléfono de asistencia que no contestaba los sábados.
Pero las empresas no se conectan a las tres de la mañana a leer diarios ajenos.
Las personas sí. Y de las personas de esta historia, solo había una que hubiera dirigido la instalación, que hubiera conservado una llave etiquetada de la obra y unas fotos sin rótulo, que supiera de esta casa lo que no sabe ni el que la paga.
Una persona que, además, era de las que se desvelan.
Iñigo no dormía bien los últimos años; yo me había despertado cien veces a las tres de la mañana en la casa de piedra y la cama de al lado estaba vacía y fría, y él estaba en el despacho, con la pantalla apagada a veces, ahora lo entendía, o eso creía entender.
La frase se formó sola, con letra de máquina: Iñigo llevaba meses entrando en esta casa sin pisarla. Y desde que yo vivía en ella, casi cada noche. Ya no leía la casa. Me leía a mí.
Lo escribí en la libreta. Y debajo, porque soy correctora y las erratas no se tapan, copié también lo que no cuadraba: las sesiones de junio, de agosto, de septiembre eran anteriores a mí.
Anteriores al cuaderno, a las fotos, a la llamada de Koldo, a todo.
¿Qué miraba en junio, cuando aquí vivían ellos, cuando la casa era una casa con gente y no un escenario?
Lo miré un rato y le encontré una explicación, porque las explicaciones siempre se encuentran si una las busca con ganas: que miraba la casa, simplemente; que la casa era lo que él no soltaba, la obra callada, la clienta de las fotos sin rótulo; que yo no era más que el último capítulo de una costumbre vieja.
Ordené la explicación en la fila, de mayor a menor, y cerré la libreta. Ya se lo preguntaría a él.
Hubo un detalle más, y lo anoté sin saber archivarlo: en el registro, en las zonas, en las etiquetas de la centralita, en ninguna parte de la casa oficial aparecía la semiesfera del pasillo de arriba.
La que había parpadeado al pasar yo, la noche de las tres y veintiséis.
Para el sistema, esa semiesfera no existía, igual que no existía la puerta gris.
La casa tenía cosas que el sistema no veía.
O el sistema tenía cosas que no me veía a mí.
Dejé las dos frases en la libreta, una bajo otra, y no taché ninguna.
Me pasé el resto del viernes haciendo el mapa de lo contrario: lo que el ojo remoto no alcanzaba.
Alcanzaba el porche y el jardín, las puertas y las ventanas, las horas de mis entradas y mis salidas, el ritmo de mis noches; no alcanzaba el interior, ni la libreta de la mesilla, ni la carpeta «Los Alisos», ni la cara que se me ponía al leer.
Quien miraba el registro sabía de mí lo que se sabe de un reloj: que da las horas.
No lo que yo pensaba mientras las daba. Esa diferencia me consoló un rato, y luego me dio más miedo todavía, porque era la misma diferencia que había entre el cuaderno de Marta y yo: tres semanas de datos perfectos, y una pregunta final que ningún dato respondía.
Los datos son la cáscara. Todo el que vigila aprende eso tarde o temprano: que puede saberlo todo de tus horarios y no saber nada de ti, y que ese hueco es lo que vuelve loca a la gente que vigila.
El sábado llamó Jokin.
Lo hizo a media mañana, cuando yo estaba en la cocina con la segunda taza y la libreta abierta por la página de las sesiones, y su voz llegó envuelta en la normalidad de gestoría, dos tonos más arriba de lo natural.
—Vera, hola, hola. ¿Qué tal? ¿Todo bien por ahí? ¿La casa?
—Todo bien, Jokin.
—Eso, eso me gusta —una pausa; se oyó tráfico, una puerta—. Oye, que no he llamado todavía. A Chile. Quería que lo supieras. No vaya a ser que pienses que… bueno. Que no he llamado.
—Gracias —dije—. ¿Cuánto necesitas?
—No es eso, no es cuánto —el tráfico otra vez; estaba en la calle, hablando bajo—.
Es que… mira, Vera. Me escribió él ayer.
Un correo. Cosas del seguro del hogar, la renovación de enero, lo de todos los años.
Un correo normal. Y no le he contestado.
Llevo desde ayer sin contestar un correo de trabajo, yo, que contesto los correos antes de que lleguen.
Porque no sé cómo se contesta un correo normal cuando…
—se calló. Cuando callaba era cuando más se le oía—.
Si le contesto normal y luego esto sale, habré mentido por escrito.
Y si no le contesto, llamará. Gonzalo es de los que llaman.
—Unos días más —dije—. Dame hasta la semana que viene. Hay cosas que están moviéndose, Jokin. No puedo decirte más por teléfono.
—¿Cosas? ¿Qué cosas? Vera…
—Cosas de la casa —y colgué a los dos minutos, con la promesa renovada y un sabor raro en la boca.
Porque había algo en la llamada que no encajaba, y tardé un café entero en verlo: Jokin no me había preguntado nada.
Ni una pregunta sobre qué había encontrado, ni sobre la casa, ni sobre Marta.
El hombre que el lunes temblaba por saber, el sábado no preguntaba.
La gente deja de preguntar por dos razones: porque ya sabe, o porque tiene miedo de la respuesta.
Anoté las dos en la libreta, en sus dos columnas, y no taché ninguna, y me quedé mirando el jardín hasta que la taza se enfrió.
La tarde del sábado fue un desfile de pequeñas tareas hechas con la mente en otra parte: puse una lavadora, ventilé las habitaciones de diez en diez minutos como mandaba la hoja, respondí dos correos de trabajo con frases que a la segunda lectura me sonaron escritas por otra persona.
Al anochecer hice la ronda con más atención de la de mi madre: mirilla, pestillo, cortinas, gas, y una vuelta extra por el jardín lateral, linterna en mano, hasta la puerta gris verdoso.
Seguía cerrada. El seto seguía quieto. LA-7 seguía en mi bolsillo, y me sorprendí llevándola encima dentro de casa, como se lleva un documento en los países donde hace falta.
Aquella noche, la del sábado, la casa me tenía preparada su respuesta.
No dormí, como ya era costumbre; a las tres menos cuarto bajé, guiada por la cartografía ya memorizada de los pilotos, y puse agua para la manzanilla sin encender más que la tirita de led.
No encendí la radio. La miré, junto a la cafetera, con la antena plegada, y no la encendí; no quería voces aquella noche, ni siquiera la de Cuvi; quería el silencio con relieve de la casa, que ya era casi una conversación.
Me hice la manzanilla, la dejé enfriar en la mesa, y al volver al recibidor con la taza en la mano, de camino a la escalera, vi en el suelo una cosa blanca que no estaba ahí a las diez, cuando hice la ronda.
Un sobre.
Estaba dentro de casa, en el felpudo interior de la puerta principal, blanco, tamaño carta, sin sello, sin matasellos, sin más dirección que mi nombre escrito en el centro con tinta azul: «Vera».
Alguien lo había metido por debajo de la puerta —había una rendija de tres milímetros, lo comprobé después con la regla, tres milímetros bastan para un sobre— mientras yo dormía o fingía dormir dos plantas más arriba.
Lo cogí con dos dedos, como el cuaderno, y me lo llevé al despacho, a la luz de la lámpara, con las manos lavadas sin que me hubiera mandado nadie lavármelas.
Dentro había una tarjeta. Cartulina crema, como la de la bienvenida.
Tinta azul de estilográfica, como la de la bienvenida.
Y cuatro líneas, inclinadas diez grados, con la presión modulada de la escuela antigua: