Capítulo 11 — La pared que zumba
El jueves diecinueve entré en la grieta con luz y con método.
Esperé a las once, a la hora muerta de la urbanización, cuando los jubilados ya han hecho su primera vuelta y los furgones de reparto han pasado y las aceras se quedan de vacío hasta la salida de los colegios.
Me puse las zapatillas de estar por casa —las de suela limpia, no las de la calle—, cogí la linterna de verdad, la de mi caja de herramientas, no la del móvil, y una libreta y la regla de metal y un jersey de cuello alto, porque la grieta tenía su propio clima y ya lo conocía.
Antes de salir al jardín lateral hice una cosa que no me había hecho falta el miércoles: miré la calle por la mirilla, miré las ventanas, comprobé que la casa del catorce seguía con sus cortinas quietas.
Después crucé el jardín trasero con la normalidad ensayada de quien va a comprobar un contador, y en diez segundos estaba delante de la puerta estrecha, gris verdoso, sin manecilla.
Dejé la puerta entornada por prudencia —no había manecilla por dentro; si la puerta se cerraba del todo, me quedaba dentro hasta que alguien abriera desde fuera, es decir, para siempre—, calzada con el cuarto de luna de luz que entraba del jardín.
Encendí la linterna. Y hice el inventario de la tripa, de abajo arriba, como se hace la tabla de erratas: primero lo que hay, luego lo que significa.
Después de la centralita, la bandeja de cables corría a lo largo de la pared hasta el fondo, y en el fondo estaba la escalera: recta, empinada, de peldaños de chapa estriada, atornillada a las montantes, tan estrecha que se subía de perfil.
Subí de perfil, despacio, con la linterna en la mano derecha y la izquierda en la guía fría, contando peldaños: diecisiete.
Arriba, la grieta seguía: un tramo largo, horizontal, corriendo dentro del forjado de la planta alta como una vena dentro de un brazo.
Lo recorrí midiendo. Ochenta y cinco centímetros de ancho, parejo, de la entrada al final: la rebanada exacta que le faltaba al vestidor, la que el viernes del plano me había sentado en el suelo entre la ropa de dos desconocidos.
A un lado, la placa de pladur por su cara de atrás, con los tornillos vistos y las juntas sin cinta: detrás de esa placa estaban las habitaciones, mi dormitorio, mi cama, mi mesilla.
Al otro lado, tabique visto y el frío del exterior.
Caminé quince pasos pegada a la casa como quien camina por dentro de un piano.
A mitad de recorrido oí, apagado por la placa, un ruido de agua: la tubería del baño, alguien en alguna parte —nadie, la caldera— moviendo el agua de la casa.
Puse la oreja contra el pladur. Silencio de casa habitada por una sola persona, que es un silencio con horarios.
Me llegó el olor de mi propio suavizante a través de una junta.
Fue de lo más raro de aquella mañana: oler mi vida desde fuera de mi vida.
Y al final del tramo, el final: una pared.
Lisa, de pladur sin pintar, con los tornillos a la vista y una junta de obra abajo, a ras del suelo de hormigón.
Al otro lado de esa pared, lo supe como se saben las cosas midiendo, estaba el vestidor: la barra de los vestidos de ella, la cajonera central, mis cuatro vestidos de diario colgados del roble.
Golpeé con un nudillo, flojito, como quien llama a una puerta prohibida.
Hueco. Volví a golpear diez centímetros más allá.
Hueco. La pared del fondo del vestidor, la que el sábado del plano me había sonado «a nada, a pared» desde el otro lado, desde este lado sonaba a tambor apagado.
Detrás de la placa no había ya más casa: había aire, otro hueco, algo.
Lo que hubiera, no estaba dispuesta a averiguarlo a golpes.
No forcé nada. Que conste una vez más, como consta lo del sobre del banco en la novela de la mesilla: yo no abro lo que no se abre con llave.
Podía haber llevado un destornillador y desatornillado la placa en una hora; lo pensé; se me quedó el pensamiento en la punta de los dedos y no pasó de ahí.
No era mi pared. Y empezaba a sospechar, con un presentimiento frío en la nuca, que lo que guardaba tampoco era mío.
Bajé los diecisiete peldaños de espaldas, como se baja de una piscina, cerré la puerta gris verdoso y volví a la cocina con las zapatillas llenas de un polvo que no era de esta casa sino de su sombra.
Me lavé las manos. Me las lavé dos veces, como el día del cuaderno, y me reí de mí misma al darme cuenta, y la risa se me quedó a medias.
Aquella noche oí la pared.
No la oí por primera vez; la oí por primera vez sabiendo qué era, que es distinto.
Era la una y pico, yo llevaba una hora en la cama con la luz del baño y la rendija, y la casa hacía su repertorio de siempre —la caldera, el relé, el viento— cuando separé del repertorio un sonido que no era de la casa: muy bajo, muy constante, un zumbido redondo con un temblor mecánico dentro, como un ventilador pequeño, como un ordenador viejo trabajando de noche.
Venía de la pared del vestidor. No de la calle, no del tejado: de la pared.
Me levanté, entré en el vestidor descalza, y puse la palma en la pared del fondo, como la había puesto el sábado del plano, a tientas, como se palpa un terreno antes de comprarlo.
Fría. No fría de pared: fría de corriente de aire, del frío raso que tiene el cristal cuando pasa aire por detrás.
Puse la otra mano en la pared de al lado, la que daba al baño, para tener con qué comparar: la del baño estaba a la temperatura de la casa, tibia de calefacción; la del fondo estaba tres o cuatro grados por debajo, la diferencia justa para notarse en la palma y para no notarse nunca de paso.
Y debajo del frío, en la placa, el temblor mínimo del zumbido, como un pulso de máquina.
Algo funcionaba detrás de aquella pared.
Algo eléctrico, algo que se calentaba lo bastante para necesitar aire, algo que llevaba funcionando —hice el cálculo y me senté en el suelo del vestidor a hacerlo— algo que llevaba funcionando quién sabe cuántos años, día y noche, detrás de la ropa de un matrimonio que ya no estaba.
Había dormido veinticuatro noches a dos metros de un ventilador que no figuraba en ningún plano que yo hubiera entendido, alimentado por un cable que no salía en ninguna etiqueta de la centralita.
Busqué en la oscuridad del vestidor la rejilla por donde respirara y no la encontré, o no la encontré de noche, con la linterna del móvil y los nervios.
Mañana. Todo era mañana desde que había abierto la puerta gris; la grieta se había comido mi calendario.
Escribí en la libreta, con la letra alta y torcida de las vigilias: «La pared zumba. La pared está fría. Hay algo encendido dentro de la casa que no es de la casa.» Y debajo, sin saber muy bien por qué: «¿Cuánto tiempo lleva encendido?»
El viernes lo pasé entre la novela y el panel.
La novela primero, porque los plazos son los únicos que no vigilan a nadie: cerré la última página de «Ceniza fría», redacté el informe final con sus tres avisos de cronología y su elogio profesional, y lo envié a la editorial con dos días de retraso y una disculpa que no sentía.
Me contestaron con un emoji de aplauso. Así terminó mi semana de trabajo; lo otro, lo de la casa, no tenía plazo ni editorial ni emoji, y pagaba en otra moneda.
Después, el panel.
Porque en la centralita de la grieta había visto algo que no había querido ver el jueves: dentro de la puerta del armario metálico, pegada con cinta, una tarjeta plastificada de mantenimiento.
«Hogar Seguro — ficha de instalación — no retirar.
» Y debajo, en dos líneas impresas y una manuscrita: modelo de la central, teléfono de asistencia, y a mano, con rotulador fino y letra de obra: «cód.
maestro: 4417». El código maestro. El que yo no tenía, el que el primer jueves me había impedido ver el historial, el que no era el mío, colgado en la tripa de la casa como la llave de repuesto bajo el felpudo.
Los instaladores hacen eso; lo sé ahora; entonces solo sabía que la casa acababa de darme su segundo juego de llaves.
Me planté delante del panel del recibidor con la tarjeta memorizada y el corazón más despacio de lo que esperaba.
Tecleé el código maestro. El panel lo aceptó sin ceremonia, con el mismo tono con que aceptaba el mío cada noche, y el menú que se abrió era otro panel: zonas, usuarios, registro. Entré en el registro.
El registro de eventos era una lista gris, sin adornos, de líneas con fecha y hora.
Aperturas de puerta principal con mi código: ahí estaban todas, mis veinticinco días de entradas y salidas escritos en letra de máquina, mi vida vista por la cerradura.
Armados y desarmados del modo noche. Nada más de dentro: la casa, para el sistema, era yo.
Pero había una segunda pestaña: «Sesiones remotas». La abrí.
Y ahí estaba él.
Copié la lista en la libreta, línea a línea, con la mano tan quieta que me dio miedo la mano. La copio aquí tal como quedó, porque es un documento y los documentos se copian:
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