Capítulo 9 — Lo que Jokin sabía #2
—Sola —repitió, como si necesitara que la palabra quedara bien puesta—.
Yo la conocía de vista, de firmar pólizas, alguna renovación, siempre con él o con el correo de él.
Nunca sola. Nunca en mi oficina. Y aquel día entró sola, sin cita, y me dijo que necesitaba una gestión.
Esa palabra: una gestión. Que el matrimonio se iba a Chile un año, por el trabajo de él, y que la casa no podía quedarse vacía, y que necesitaban a alguien de confianza que viviera ahí, sin alquiler, cuidándola. Y que ya tenían a la persona.
El pacharán llegó y se quedó entre nosotros como un testigo pequeño.
—Me dio un sobre —siguió Jokin—. Con dinero.
En metálico, Vera. Billetes de cincuenta, así —hizo el gesto del taco—.
No quiero ni decirte cuánto, pero era… era mucho más de lo que vale esa gestión, mucho más, y yo te juro que en ese momento me dije: esto está mal, esto huele mal, hay algo aquí que no entiendo.
Y entonces ella me dijo la frase, la que me llevó.
Me dijo: «Es solo papeleo y discreción, Jokin.
Mi marido prefiere no… complicarlo.» Y sonrió.
Tenía una sonrisa… —se calló, buscó—. Sonreía como quien ha ensayado sonreír delante de un espejo.
Todo en ella era así aquel día: ensayado.
El bolso, la ropa, la voz. Como una función.
Y yo acepté. Cogí el dinero, no hice recibo, y acepté.
Ese es mi pecado, Vera. Lo sé desde hace dos meses. No hace falta que me lo expliques.
—La persona —dije—. Dijiste que ya tenían a la persona.
Jokin bebió medio pacharán de golpe, cosa que no se hace con el pacharán, y puso el vaso en la mesa con cuidado, centrándolo en el posavasos, dos veces, hasta que quedó exacto.
—Me dio tu nombre —dijo—. Ella. Con apellidos.
Vera Aldao. Y cuando yo le dije que no te conocía de nada, que cómo íbamos a proponerte algo así, me dijo: «Es la mujer del arquitecto.
De confianza.» Así. La mujer del arquitecto, de confianza.
Como si eso lo explicara todo. Y me dijo cómo hacerlo: que a través de Koldo, que eras su hermana, que si salía de Koldo no dirías que no.
Que Koldo tenía que creer que la idea era suya, o tuya, o de quien fuera, pero no de ellos.
Que jamás dijera tu nombre yo primero —me miró—.
Y yo lo hice. En la cafetería, un martes, con el café delante: «Oye, tu hermana no se acababa de separar?
» Tuve que hacerlo dos veces, la primera no cuajó.
La segunda sí. Tu hermano es un sol, Vera.
Tu hermano no sabe nada de esto. Quiero que eso quede claro pase lo que pase: Koldo solo puso tu nombre donde yo le dejé el hueco.
Ahí llegó.
Lo escribo como se escribe lo que una no entiende del todo: despacio, sin adornarlo.
Cuando Jokin dijo «la mujer del arquitecto», lo que tendría que haber sentido era sorpresa.
Era la frase rara de la conversación, la errata del texto: de todos los modos de nombrarme, aquel era el más imposible, porque mi marido y aquella casa no se tocaban en ningún papel que yo conociera, porque el nombre del arquitecto estaba tapado con papel kraft en la portada de un manual, porque nadie —nadie— tenía por qué saber que entre Vera Aldao y Los Alisos doce había un estudio de arquitectura de por medio.
La sorpresa era la respuesta correcta. Lo sé. Lo sabía entonces.
No vino la sorpresa. Vino el miedo.
Me llegó antes de que Jokin terminara la frase, por debajo de la mesa y por encima de la piel, un miedo antiguo, ordenado, casi doméstico: el miedo de que alguien hubiera leído una página que yo llevaba meses manteniendo cerrada.
No puedo explicarlo mejor todavía. Lo dejo aquí con su forma exacta: oí «la mujer del arquitecto» y no pregunté «¿cómo lo sabe?
», que era la pregunta limpia, la que hace una inocente.
Lo que sentí fue que me habían encontrado.
Y una no se siente encontrada si no se ha estado escondiendo.
De qué me escondía yo, y desde cuándo, y delante de quién: eso no entró en el Onaindia aquella tarde.
Lo tenía en el cajón de la mesilla de mi casa prestada, debajo de un jersey, y no estaba dispuesta a sacarlo delante de un gestor de seguros con medio pacharán en el cuerpo.
De modo que hice lo que sé hacer: guardé la errata en el cajón mental, ajusté la cara, y seguí corrigiendo.
—¿Por qué yo? —pregunté—. ¿No te lo dijo?
—Te lo he dicho tal como me lo dijo —Jokin levantó las manos—.
«Es la mujer del arquitecto. De confianza.
» Yo no pregunté más. Mira, Vera, cuando alguien te deja un sobre de billetes sobre la mesa y te pide discreción, hay dos maneras de preguntar más: la de los que devuelven el sobre y la de los que no.
Yo no lo devolví. No te voy a dar asco fingiendo ahora escrúpulos.
—¿Y él? —dije—. ¿Gonzalo? ¿Él sabe que estoy yo en la casa? ¿Sabe que hay alguien?
Jokin bajó la vista al posavasos. Lo centró otra vez.
—Me ha llamado dos veces —dijo—. Desde Chile.
Septiembre y… hará tres semanas. Para saber si todo iba bien.
Si la casa estaba bien, si no había incidencias.
Y yo le dije que sí. Que sí, que todo bien, que la casa cuidada, que sin novedad.
Porque eso era el trato, Vera: los dos fuera, un año, la casa con alguien de confianza.
Yo no sabía que… —señaló la foto del itinerario con la barbilla, sin mirarla—.
Yo no sabía que solo había volado uno. Ella me dijo «nos vamos», y él me llamaba desde allá, y las dos cosas juntas hacían un mundo que funcionaba.
Hasta que has puesto ese papel encima de la mesa.
—¿Y si ahora te llama?
—Pues ya no sé qué le contesto —dijo, y era la primera frase de la tarde que no sonaba a gestoría—.
Por eso… —se detuvo. Se mojó los labios.
Miró la ventana empañada, la niebla, las farolas encendidas a las siete de la tarde—.
Vera, tengo que preguntarte una cosa, y necesito que me contestes de verdad.
¿Qué has encontrado en esa casa? Porque tú no me enseñas un billete de avión en un bar por una factura del banco.
Llevas algo más. Se te ve. Se te ve desde que he entrado.
Lo tenía delante, abierto, por primera vez sin guion.
Y calculé, rápido, como se calcula en las mesas: si le contaba las fotos y el cuaderno, le daba un miedo que ya tenía dueño y me quitaba una ventaja que no tenía precio.
Si no le contaba nada, le dejaba solo con su miedo, y un hombre solo con su miedo hace lo que hacen los hombres así: ponerse a cubierto.
—He encontrado cosas que no cuadran —dije—. Como el billete. Cosas de papel, Jokin. Nada que se pueda llevar a ninguna parte todavía. Lo que necesito saber es si hay algo más que no me has contado. De ella. De aquel día. Cualquier cosa.
Se quedó callado un momento, y vi que hacía su propio cálculo, y vi que el cálculo le salía sincero, porque el miedo le había vaciado los depósitos de mentira.
—Flaca —dijo al fin—. Estaba muy flaca. No de enfermedad, eh, de…
de soga. Tensa. Y una cosa más, que igual no es nada.
Se llevó la documentación que me dejó: la hoja de instrucciones la había escrito ella, a mano, con una letra muy…
ya sabes. Y al irse, en la puerta, se paró.
Y me dijo: «Cuando ella pregunte, dígale la verdad.
» —me miró—. «Cuando ella pregunte.» No «si pregunta».
Cuando. Como si fuera una fecha del calendario.
Llevo dos meses con esa frase, Vera. Y hoy has preguntado.
El frío que me subió entonces no era de la niebla.
Quien escribe un cuaderno de tres semanas sobre una desconocida y deja las fotos en un doble fondo no espera que la desconocida no pregunte: lo prepara todo para que pregunte.
La gestoría era el último sobre. Jokin era la última entrega.
Y yo lo sabía, y aun así lo oí con el estómago: me lo habían dicho en la cara desde el primer día, con tinta azul y ge de gancho. Bienvenida, Vera.
—Jokin —dije—. Escúchame. Todo esto queda entre nosotros hasta que sepamos qué es. Ni una palabra a Koldo…
—A Koldo no —se adelantó, casi ofendido—.
A Koldo no le meto en esto ni loco. Pero Vera —y ahí la voz le cambió otra vez, le subió el pánico por la garganta—, tú no entiendes.
Hay una mujer que me pagó en metálico por decir que se había ido a Chile, y resulta que no se fue a Chile, y no aparece, y tú estás viviendo en su casa encontrando papeles.
¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si la policía…
? Yo cogí ese dinero. Yo puse tu nombre.
Yo le dije al marido que todo iba bien. Si esto sale, sale conmigo dentro, ¿lo ves?
Mi gestoría, mi licencia, Hacienda, mi mujer, tu hermano… todo.
—No le ha pasado nada —dije, y me oí decirlo con más certeza de la que tenía, y me pregunté de dónde la sacaba—. Marta está bien, Jokin. Las rosas, la letra, la hoja de instrucciones: eso no lo hace una mujer a la que le ha pasado algo. Eso lo hace una mujer con un plan.
—¿Y si el plan es malo? —casi lo susurró—.
¿Y si lo que hay ahí dentro es una cosa de matrimonio, de esas que se enredan, y yo soy el tonto que firmó?
—sacudió la cabeza, se llevó las manos a la cara, las bajó—.
No. No, Vera. Lo siento. Llevo dos semanas durmiendo mal desde tu primer mensaje, diciéndome que era paranoia, y ahora me enseñas que ni siquiera hay dos billetes.
Yo esto no lo puedo sostener. —Se incorporó en la silla, y se lo vi tomar la decisión como se le ve tomar a alguien una curva: con el cuerpo entero—.
Tengo que avisarle a Gonzalo. Es lo que hay. Al fin y al cabo es su casa.
La frase cayó sobre la mesa y se quedó ahí, entre el itinerario y el pacharán, y yo sentí que algo se cerraba por dentro con un golpe seco, como la puerta del número doce.
—Jokin…