Capítulo 9 — Lo que Jokin sabía #3
—Es su casa —repitió, y en la repetición me di cuenta de que la frase no era para mí: era para él, era la tabla a la que se agarraba—.
Yo llevo sus seguros desde la obra. Si hay una mujer viviendo ahí y él no lo sabe, y algo pasa —una tubería, un robo, lo que sea—, el que firmó soy yo.
El que cogió el dinero soy yo. Lo llamo mañana, le digo…
le digo que ella montó esto sola, que yo no sabía nada, que tú estás ahí de buena fe, que…
—Espera —le puse la mano en la muñeca, sobre la mesa, y lo noté temblar—. Espera unos días. Dame unos días. Todavía no sabemos qué es esto. Si lo llamas mañana sin saber qué es, se lo entregas todo a la única persona de la historia que sí voló, que sí mintió, que…
—¿Que sí qué? —me miró—. Tú sabes algo de él. Se te ve, Vera. ¿Qué sabes de Gonzalo Etchegaray?
Y ahí me frené, porque lo que sabía de Gonzalo Etchegaray era una carta sin abrir en una mesilla y un vestidor saqueado a medias y una firma con gancho, y todo eso, dicho en un bar, a un hombre que temblaba, no era una prueba: era un incendio.
No se lo dije. Lo guardé, como venía guardándolo todo, y oí mi propia voz ofrecer la única moneda que me quedaba:
—Una semana. Dame hasta el lunes que viene. Si en una semana no sabemos nada más, llámalo, cuéntaselo todo, ponte a cubierto, haz lo que tengas que hacer. Pero no mañana. Mañana no.
Jokin me miró un rato largo, con los ojos de un hombre que pesa dos miedos y no sabe cuál pesa más. La tele de la barra anunciaba el tiempo: niebla, niebla, niebla, toda la semana, como si el parte meteorológico fuera una broma del programa de Cuvi. Al final asintió, despacio, una vez.
—Hasta el lunes —dijo—. Y no porque tenga razón, eh.
Porque si le escribo y esto es lo que creo que es…
—no terminó. Se levantó, dejó un billete sobre la mesa aunque el pincho y los cafés no llegaban a tanto, se puso el maletín al hombro—.
Vera. Lo de tu nombre. Lo siento. De verdad.
Si me hubieran dicho «cualquiera menos esta», habría sido cualquiera.
Salió a la niebla y la puerta hizo su campanilla, y yo me quedé en la mesa con dos tazas vacías y un pacharán a medias, mirando la foto del itinerario en la pantalla del móvil hasta que se apagó sola.
Me habían elegido. Eso ya lo sabía: lo sabía desde las once fotos, desde el cuaderno, desde el «¿Servirá?
». Pero hasta aquella tarde la elección era una caligrafía, una paciencia, un método: cosas de papel.
En el Onaindia, por primera vez, la elección había tenido una voz y una escena: una mujer flaca y tensa, ensayada como una función, dejando un sobre de billetes y mi nombre completo sobre la mesa de un gestor asustado.
La mujer del arquitecto. De confianza. No mi oficio, no mi carácter, no mis tres semanas de rutas y horarios: mi marido.
Había sido elegida por mi marido, por ser de él, y esa era la pieza que no encajaba con nada de lo que yo sabía, y la que más miedo daba, y el porqué de ese miedo todavía no puedo escribirlo; que el papel me aguante unos días más.
Pagué de más también yo, por simetría absurda, y salí.
Antes de irme de la plaza pasé por delante del escaparate de una inmobiliaria cerrada, con sus fotos de chalés iluminados como si fuera de día, y me vi reflejada en el cristal, encima de las fotos: abrigo, bolso cruzado, cara de mujer que vuelve de una gestión.
Nadie diría, mirando aquel escaparate, que la mujer del reflejo acababa de comprar una semana de tiempo con una moneda que no valía nada: la promesa de una respuesta que todavía no existía.
Le debía a Jokin, para el lunes siguiente, algo que yo no tenía.
Lo pensé sin dramatismo, como se piensa una factura, y fue peor que pensarlo con dramatismo.
La niebla se había cerrado del todo sobre la plaza del Mercado: las farolas eran huellas de luz, los puestos de la mañana, persianas ciegas.
Subí por la cuesta hacia el parking con los pasos sonando a escondidas, como suenan los pasos en la niebla, y no miré atrás una sola vez, aunque me sobraban motivos.
En el coche, antes de arrancar, me quedé quieta con las manos en el volante y conté lo que tenía: hasta el lunes.
Siete días. Al octavo día, un hombre asustado iba a marcar un número de Chile y a decir, con palabras de gestoría, que en la casa del número doce vivía una extraña y que la señora Etchegaray no estaba donde tenía que estar.
Y con ese mensaje viajaría también otra cosa, en el mismo cable, a once mil kilómetros: mi nombre.
Vera Aldao. La mujer del arquitecto. Llegaría a Gonzalo Etchegaray como me había llegado a mí la casa: envuelta en una versión, de la mano de alguien que creía hacer un favor.
No sabía quién era Gonzalo, no sabía qué haría con mi nombre, no sabía nada de él salvo que era el único de la historia que se había subido de verdad a un avión, y que había dejado detrás una casa sin luces, una carta sin abrir y una maleta hecha a la carrera.
Arranqué. El coche de once años tosió y se puso en marcha, fiel como era fiel, y me llevó por la circunvalación entre dos paredes de niebla hasta la rotonda de la urbanización.
Delante de la verja, antes de abrir, miré la casa con las persianas como las había dejado y las luces apagadas, y pensé que dentro de siete días, quizá menos, aquella casa iba a dejar de ser un secreto entre Marta y yo.
Alguien, en Santiago de Chile, estaba a siete días de saber que su casa tenía inquilina.
No sé si Marta lo había previsto. No sabía todavía qué más había previsto Marta. Solo sabía que el reloj que yo creía mío — mi semana, mi registro, mi cronología— no era mío desde las seis y media de aquella tarde: corría para otra persona, en otro huso, con mi nombre en la esfera.
Abrí la verja y entré en la casa, y el panel me recibió con su frase de siempre, fiel a sí misma, fiel a su dibujo: «Sistema en marcha. Sin incidencias.» Y por primera vez no se la discutí. La incidencia ya no estaba en la casa. Venía de fuera, a once mil kilómetros, con fecha de llegada.