La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 9 — Lo que Jokin sabía
45%

Capítulo 9 — Lo que Jokin sabía

El lunes dieciséis de noviembre la niebla se quedó a vivir en Torregil.

No era la niebla de las semanas anteriores, la de los bordes blandos y los setos recortados: era una niebla de casco antiguo, de callejón, la que entra en la ciudad por el río y no se marcha, la que convierte las farolas en lunas pequeñas y a los peatones en anuncios.

Conducir era absurdo y aparcar, peor, así que dejé el coche de once años en el parking del mercado de abastos y subí andando por la cuesta de la Estación, con el bolso cruzado y el cuello subido, haciendo el camino que se hace despacio cuando lo que espera al final es una conversación que una ha ensayado demasiadas veces.

El domingo por la tarde, en un impulso que me duró lo que dura un café, saqué el sobre manila del cajón de la mesilla y lo tuve delante, sobre la colcha, con la luz gris de la ventana encima.

Tres meses sin abrirlo. Seguía sin hacer falta: su contenido era de las pocas cosas de mi vida que no necesitaban revisión, porque no eran un documento sino una cicatriz.

Me pregunté, por primera vez en serio, si el lunes tendría que llevarlo conmigo, si llegaría el momento en la conversación con Jokin en que enseñarlo fuera la única jugada.

La respuesta me llegó con la misma claridad con que me había llegado el sobre: no.

Aquello no era una carta para una mesa de bar.

Aquello era mío, y lo mío, en aquella historia, era lo único que todavía no estaba en juego.

Lo devolví al cajón, debajo del jersey, y cerré el cajón con el cuidado de siempre.

El sobre seguía siendo la única errata que yo no estaba dispuesta a corregir en público.

Llevaba el ensayo en el cuerpo desde el sábado.

El domingo había sido un día largo: comida sola, dos horas de «Ceniza fría» por pura disciplina de plazo, la cronología abierta y cerrada cuatro veces sin añadir nada, porque ya no había nada que añadir: la tabla estaba completa y le faltaba una persona.

Había dormido mal, con la luz del baño y la rendija, y me había despertado con la conversación ya montada en la cabeza, con sus fases y sus líneas rojas: qué enseñaba, qué callaba, en qué orden.

El billete de un pasajero iba primero. Las fotos y el cuaderno no salían del archivo: eran lo único que la otra parte no sabía que yo sabía, y la información no se suelta hasta saber qué vale.

La carta del banco, sin abrir, era mi última carta: solo si hacía falta.

El Onaindia estaba en una esquina de la plaza del Mercado, con los cristales empañados y la luz amarilla de los bares viejos, de los que sobreviven a las franquicias a base de pinchos y de clientes de cuarenta años.

Llegué quince minutos antes, por profesión y por nervios: los correctores llegamos antes a todo, que es lo que tiene vivir de la anticipación.

Elegí la mesa con el criterio de siempre —de espaldas a la pared, la puerta a la vista, lejos de la barra y de la tele— y pedí un café con leche para tener algo entre las manos.

El bar estaba en su hora muerta: dos hombres con el periódico, una camarera con el moño alto limpiando la vitrina, el murmullo de una radio de barra que no era la mía.

Jokin llegó a las seis y media menos dos, puntual de gestoría, y lo vi antes de que me viera: la americana gris sobre el jersey, el pelo húmedo de niebla, el maletín blando colgado del hombro, la sonrisa ya puesta desde la acera, antes de entrar.

Eso lo noté en el acto, con el ojo que no se apaga: la sonrisa le venía de fuera, puesta como la americana.

La gente que viene a una conversación tranquila se pone la cara al entrar.

La gente que viene a representar se la pone en la acera.

—Vera, Vera —dijo, antes de llegar a la mesa, con las manos abiertas—. Qué bien. Cuánto tiempo, aunque sea por teléfono. Estás estupenda. La casa te sienta bien, se nota.

—Hola, Jokin.

Se sentó, pidió un cortado y un pincho de tortilla sin mirar la vitrina —el bar era suyo, se notaba; la camarera le puso el pincho antes de que terminara la frase— y habló durante los primeros cinco minutos de todo lo que no era: del instituto de Koldo, de la inspectora, de que su mujer quería pintar el pasillo, del viaje a la playa aplazado.

Mi hermano me había contado aquellas mismas cosas en la misma semana, y reconocí el circuito: eran amigos de verdad, compartían noticiario de verdad.

Lo que pasa es que Jokin usaba el noticiario como se usa un felpudo: para limpiarse los pies antes de entrar.

—Y dime —dijo al fin, cuando el cortado llegó y la camarera se alejó—. Papeles, me dijiste. ¿Qué papeles? ¿Te ha llegado algo del banco, de la comunidad? Porque eso es lo normal, eh: la casa sigue viva aunque ellos estén fuera, llegan facturas, avisos…

—¿Ellos están fuera? —pregunté.

Lo dije despacio, sin subir nada, como se lee en voz alta una frase que una ya ha corregido. Jokin sostuvo la sonrisa un segundo entero, que es un tiempo larguísimo para una sonrisa, y luego la bajó medio escalón.

—Hombre, claro. Chile. ¿No? —la risa corta, de relleno—. Se fueron en septiembre. Un año. ¿Por qué? ¿Te han escrito?

—No me han escrito —dije—. Tú los llevas, ¿no? Los seguros de la casa, del coche. Desde hace años.

—Desde la obra, prácticamente —aceptó, recuperando terreno conocido—. Bueno, desde que compraron. Es una gestoría pequeña, Vera, nos conocemos todos. Por eso lo de la casa fue tan… redondo. Gente seria, cuidadora de confianza, todo en familia.

—¿Y cómo fue, exactamente? —apoyé los codos en la mesa—. Lo de encontrar cuidadora. Cuéntamelo como se lo contaste a Koldo.

Algo se movió en su cara. No mucho: el párpado, la comisura. Los gestores no se delatan en los rasgos grandes; se delatan en la logística de la cara, en lo que tardan en decidir qué versión toca.

—Pues como se lo conté —dijo—. Los dueños se van un año, necesitan a alguien de confianza, yo conozco a Koldo, Koldo tiene una hermana recién separada que trabaja en casa… Redondo, te digo. ¿Qué pasa, Vera? Estás muy… —buscó la palabra— formal.

—¿Viste alguna vez a los Etchegaray? ¿En persona, este verano, antes de que se fueran?

—Vera…

—¿Quién te entregó las llaves, Jokin? —saqué el móvil de la mesa, donde lo tenía boca abajo desde el principio, y lo giré—. Las del sobre acolchado. Dos juegos, el mando del garaje, la hoja de instrucciones. ¿Quién te dio eso?

—Esto es un poco raro, ¿no? —la sonrisa hizo un último intento—. ¿Me estás haciendo un interrogatorio? —se rio, miró la barra como se mira un árbitro—. ¿Qué ha pasado? ¿Hay algo roto? ¿La alarma? Porque si es la alarma, tiene truco, yo te avisé…

—El dieciocho de septiembre —dije—. ¿Te suena esa fecha?

Se quedó quieto. La niebla apretaba los cristales empañados y los dos hombres del periódico se levantaban, con un ruido de sillas que me llegó de otro mundo.

Jokin no me contestó, y en el no-contestar se le cayó algo: no la cara —la cara aguantó— sino el ritmo.

Hasta ese momento hablaba con la velocidad de un hombre que llega a todas partes; a partir de ese momento habló como un hombre que decide a qué parte no llegar.

—No sé de qué me hablas —dijo.

—Es un viernes —abrí la galería del móvil, la foto del itinerario, con su raya de tóner gastado y sus márgenes torcidos, y la puse sobre la mesa, entre los dos, junto a su cortado intacto—.

Torregil, Madrid, Santiago de Chile. Un pasajero, Jokin.

Léelo. Un adulto. Estaba en el cajón del despacho, al fondo, debajo de los sobres. Lo encontré el jueves.

No cogió el móvil. Miró la foto desde donde estaba, con las manos alrededor de la taza, y miró luego hacia la ventana empañada, y luego hacia la barra, y en cada mirada se le veía comprobar una salida: la puerta, la camarera, el reloj.

Cuando habló, lo hizo con la voz más baja, la voz de verdad, la que no usaba conmigo desde que lo conocía, que era la primera vez:

—¿Quién más ha visto eso?

—Nadie.

—¿Y por qué me lo enseñas a mí?

—Porque todo lo que yo sé de Chile me lo contaste tú —dije—.

Tú a Koldo, Koldo a mí. Una sola fuente, Jokin.

Y la fuente no cuadra con el papel. Así que o me explicas la diferencia, o mañana tengo que ir a preguntárselo a alguien que no seas tú, y no sé a quién, porque no sé ni quiénes son esos dos.

Sé que la casa está vacía desde septiembre, que nadie los vio irse, y que solo voló uno.

Eso es lo que sé. Lo que no sé es por qué me metiste a mí dentro.

El Onaindia hacía su ruido de bar de tarde: la cafetera, la tele baja, la campanilla de la puerta.

Jokin miró la foto otra vez, y esta vez la miró de verdad, con la cara de un hombre que lee el parte de su propio accidente.

Después se quitó las gafas —no llevaba gafas; corrijo: se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, el gesto entero, el de lavarse sin agua— y cuando la mano terminó su recorrido, el gestor ya no estaba.

Quedaba un hombre de cuarenta años con el pelo mojado y mucho miedo, y ese hombre pidió un pacharán en vez de terminarse el cortado.

—No te metí yo —dijo—. Eso es lo primero. Juro por lo que quieras, Vera: yo no te elegí. Yo te puse el nombre en la boca de tu hermano, eso sí, eso lo hice yo, y te pido perdón por ello, pero la idea no era mía. La idea venía hecha.

No dije nada.

—A finales de septiembre —dijo—, la última semana, vino ella a la gestoría. Marta. La señora Etchegaray. Sola.

El bar, la niebla, la radio de la barra: todo siguió igual, que es lo insoportable de ciertas frases. Yo tenía las manos en el regazo y las dejé en el regazo.